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  • Foto del escritorRevista Adynata

Adecuar la forma: Palabras tras la muerte del Dr. Roberto Kaplan / Milva Pentito

La peor experiencia que podés vivir en tu vida es ser médico (o cualquier trabajador de la salud) y de repente convertirte en un paciente, o acompañante de un paciente. Vas a quedar impactado por el sufrimiento de los pacientes y sus acompañantes, y vas a salvarte porque sos médico, y conocés la salida”

Dr. Hussain Mohammed Al-Baqshi, comunicaciones personales, 21 de enero de 2023. (traducción)


Durante los primeros diez días posteriores a la muerte del Dr. Roberto Kaplan1, tipeo apasionadamente la primer versión de estas líneas. Doy origen a – modestamente, o no tanto – una pieza poética y genuina, cargada de recuerdos, y con articulaciones bibliográficas que siento descriptivas.

Casi tres páginas. Las releo varias veces. No me convencen.

Acudo a las enseñanzas del maestro Mauricio Kartun. Dice él, -con mayor carga de metáfora y analogía que la que aquí menciono- que si hemos detectado algo inspirador, y no podemos escribir al respecto, es porque por más inspirador que sea, no se enlaza con nuestro universo personal.


Me hago la pregunta de rigor al respecto. Respondo un contundente sí: los días que pasé atendiendo al Dr. Roberto Kaplan en abril del año 2020, han resultado una inmensidad para mi universo subjetivo de enfermera, docente, poeta y prototipo de dramaturga2. Allí, en mi universo subjetivo, y en mi libreta de acopio escritor se quedaron todo ese tiempo.

Mientras abro los ojos a todo aquello, observo algo evidente: puedo, y estoy escribiendo. Cambio una palabra de aquí, y otra de por allá. Releo, y de nuevo. No me convence.


Prosigo entonces con otra de las enseñanzas del maestro Kartun. “No hagas fuerza” . La escritura exige trabajo y dedicación pero requiere, dice él, producirse en un “estado de fluencia acrítica con tiempo abolido” (comunicaciones personales, 2022 y 2023). De nada bueno sirve hacerla salir, como en casi cualquier metáfora intestinal que el lector imagine.

Me predispongo entonces a dejar que aquel texto inicial repose un tiempo antes de la próxima relectura. Mala idea. Con el avance de los días se va formando primero una especie de cascote en mi garganta, luego, un bloque de cemento. Pienso más de una vez en abandonarlo, y allí al bloque de cemento se le agregan un par de baldosas de cerámica. No puedo abandonarlo. Quiero terminarlo, y divulgarlo, como homenaje al maravilloso paciente que fue Roberto Kaplan, y como forma de guardar para siempre las enormes enseñanzas que recibí de él mientras fui su enfermera. Rescatando la grandeza de Roberto Kaplan en sus últimos años, siento patente, me rescato al mismo tiempo a mi, y rescato a todos los y las colegas que requieran lo mismo.

Lo denso del bloque de cemento y cerámica atascado en mi garganta, me impide hacer eficazmente casi cualquier otra cosa que no sea escribir, y cuando me siento frente a la pantalla de la computadora, lo que escribo no me convence. No importa lo que haga. No me convence.

Dejo entonces la tarea de adaptar la forma, y paso a ver el contenido.


Descubro que digo cosas que sé ciertas, y que sabe ciertas cualquier persona que haya visto a Kaplan en sus últimos años. Destaco la serenidad, la gratitud y la aceptación con la cual recibió ayuda cada vez que, por su estado, lo requirió. Lo claro que fue siempre para comunicarse, incluso cuando el deterioro amagaba descarrilarlo de criterios linguísticos. Lo inmenso que todo eso me resulta cuando a nosotros, los profesionales de la salud, nos aterra tanto la sola idea de vernos en el lugar de nuestros pacientes.

Reviso algunas anécdotas de la práctica atendiéndolo. Veo en todas ellas la síntesis perfecta de algunos conceptos dramaturgico-teatrales que suele explicar el maestro Kartun. Los elaboro en una prosa que me agrada.

Y a la enésima relectura, de repente, me pregunto: “¿A quién le importan?”

Existe, además, una cuestión sensible en referirse a la enfermedad, el padecer, o el deterioro de una persona de renombre, incluso, o más aún, cuando esta ha fallecido. Quiero saber algo más acerca de cómo llevan otros la noticia. En redes sociales, son más las instituciones médico-científicas que las personas que escriben sobre Roberto Kaplan. De las personas, todas destacan lo mismo que yo, y algunas, además, valoran los aportes que realizó como médico a su especialidad. Solo una persona lo narra en términos de paciente, y dice:

Falleció el lunes pasado a los 91 años. Sus últimos años fueron muy tristes para quienes lo conocimos, padecía de una enfermedad de Alzeheimer “

(T, O. comunicaciones personales, mayo 2023)


Concluyo así, que supongo de más, si creo que todas las personas que lo conocieron, y lamentan por estos días su fallecimiento, ven la cosa de la misma manera que yo. También supongo de más al creer que leer un relato de sus últimos años desde el punto de vista poético-teatral les pueda resultar agradable, oportuno, reparador, o pertinente.


Los poetas somos gente particular.

Comprendo entonces dónde estaba el asunto desagradable de la primera versión de estas líneas, y procedo a mutarlas, sin resquemor, en las que escribo ahora.

En ellas, al igual que en las anteriores, deseo pronunciar una oración fuerte y clara: Roberto Kaplan fue un paciente ejemplar. Son estas palabras un intento admirado de rescatar la última gran hazaña de su vida, y la invaluable enseñanza que nos dejó servida a nosotros, los que tuviéramos la mirada lo suficientemente atenta: ser profesional de la salud, y constituirse como paciente para atravesar los avatares de una enfermedad que le tocó en los límites de su propia especialidad; de la cual además era un referente nacional, y regional. Tras recibir el diagnóstico, era su derecho ser entendido como el sujeto a cuidar, y ya no como aquel que prescribe cuidados a otros. Y ese derecho se dispuso a habitar, todos los días de aquel abril de 2020, sin derramar una sola gota de hostilidad, ni malos tratos, ni nada similar.

Y yo, por esas cosas que no se explican, tuve la suerte de poder contemplarlo.

La vorágine de los años posteriores me dificultó un poco situarlo en esos términos. Con la noticia de su muerte, y mis intentonas de prosa homenaje, ingreso a un camino de resignificarlo, abrazarlo, y vivirlo nuevamente, en un trance nutritivo para el alma.



Referencias:

Kartun, M. , comunicaciones personales, en Seminario Dramaturgia de Emergencia, Teatro Caras y Caretas, julio 2022 y mayo 2023. Al-Baqshi, H. , comunicaciones personales, 21 de enero de 2023 T, O. , comunicaciones personales, 22 de mayo de 2023


1 Médico especialista en gerontología y geriatria, presidente en dos períodos de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría, y miembro de su consejo hasta el año 2014.

2 No termina de agradarme aquello de establecer división entre poesía y dramaturgia, pues considero, y lo he expresado en más de una ocasión, que se trata de dos modalidades circunstancialmente distintas de la misma cosa. Sin embargo en estas líneas elijo hacerlo como dato ilustrativo de contexto: en abril de 2020, durante la cuarentena por COVID-19, mi primer obra, “Permanente”, veía postergado hasta nuevo aviso su estreno en un teatro de Buenos Aires. Yo luchaba con todas mis fuerzas por negar lo que unos meses más tarde fue evidente: no íbamos a poder estrenarla.


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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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