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  • Foto del escritorRevista Adynata

¡Ay, este tiempo! / Marcelo Percia

Actualizado: 6 feb

Se necesita encontrar una lengua en la lengua, una palabra en las palabras, un tono en el ruido.

Procurar un habla desujetada.

Aprender a perseverar como hierba mala.


Adherirse y repetir discursos hechos evita que duela no entender qué está pasando.

Urge tener con quienes escucharnos pensar no sabiendo qué pensar.


Se necesita interrumpir la desesperación para conversar la desesperación.

Suspender el enmudecimiento para decir la mudez.

Interceptar automatismos certeros para alojar la vacilación, el estupor, la nada.

Interrumpir, suspender, interceptar para morar, hacer silencio, habitar la espera.

No temer el vacío.

Conversar, decir, alojar: hacer manada.

Mientras tanto lo venidero.


¡Qué falta hacen quienes ya no están para pensar este momento!

¡Qué falta hacen sus memorias, sus inocencias luchadoras, sus ternuras escuchantes!

Soledades que nombran, llaman, recuerdan, a quienes cubrió la noche, saben de antemano que no pueden ante la ausencia.

Y, sin embargo, nombran, llaman, recuerdan.


Hojas de otoño, la película de Kaurismaki (2023), narra soledades del amor. Pone a la vista ansias, maldiciones, sonrisas, equívocos, memorias, que cuelgan del silencio. De fondo se escuchan canciones tristes y una radio contando la guerra.

En una entrevista, el director finlandés dice que el capitalismo consuma crímenes todos los días y que, en el mejor de los casos, el cine sirve como sueño o consuelo para existencias cansadas.


Las artes, como las clínicas, no pueden hacer nada para suprimir el dolor. Pero esa nada, que sí hacen, se llama acoger el dolor.


Contener supone saber lo incontenible, lo que desborda, lo que no se alcanza a imaginar.

A veces, sólo se trata de estar ahí en respetuosa proximidad de lo incontenible.

Tal vez contener dando ese no poder contener.

Pero, ¿cómo ante tanto miedo, tanto desconcierto, tanta amenaza?

En el desvarío y la confusión quizás un límite calma.

Pero, ¿qué límite?

Un límite a la confusión sin fin.

Un límite al desvarío que no deja nada a salvo del desvarío.

Se necesita una orilla que apacigüe la inmensidad, una piel estremecida que se arrime si forzar ni lastimar, una promesa amorosa sin cálculos ni codicias.

Se necesita el límite de una mirada que espera y escucha.

El límite de una voz suave que augura: “¡Si no sana hoy, sanará mañana!”.


Los celos gravitan como una obstinada pasión propietaria.

En amores que aman más la posesión que el amor germinan semillas de crueldad.


Se necesita saber la servidumbre para no acatarla.

Se necesita inventar fantasías o amistades para causar la vida (y no sólo cumplirla o recorrerla como destino).


Se necesita tener con quienes imaginar un porvenir que no se reduzca a que cada cual tenga que salvarse como pueda.


Ya nadie sabe cuánto vale una cosa.

¡Pronto algunas vidas valdrán mucho y otras nada!

¿Quién quiere vivir en un tiempo así?


En un pasaje de El mundo de ayer, Stefan Zweig (1942) cuenta la inflación en Viena durante los años posteriores a la primera guerra europea. Escribe: “La voluntad de vivir fue más fuerte que la estabilidad del dinero”.

Quizás en eso resida el secreto de la supervivencia: perseverar en lo vivo aun cuando no nos esté dado gozarlo.

Relata también Zweig que ante la desesperante inestabilidad del dinero, que perdía día a día su valor, la vida en común se sostuvo en lo que se sintió como más imperecedero: el amor, la amistad, el juego, la risa, el arte.

En la última carta que Zweig envía a Freud, en 1939, alienta: “Tenemos que permanecer firmes”. Sin embargo, tres años después, se suicida junto con su compañera en Petrópolis (Brasil).

En su nota de despedida, lamenta que capitalismos europeos se estén destruyendo entre sí. No soporta la pérdida y el hundimiento de la lengua con la que escribió y amó.

En la última línea, se despide así: “Mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos”. Tenía sesenta años.


Pesimismos, a veces, se presentan como tristezas o pesares de existencias nostálgicas que perdieron o están por perder privilegios, sostenes, referencias, pasiones. Cuando no se tiene nada, no se consuman pesimismos ni optimismos, se transcurre tratando de sobrevivir.


Tal vez se pueda diferenciar paciencia de perseverancia. Mientras que la paciencia cobija una esperanza resignada, la perseverancia aloja una confianza que llama a lo venidero.


Insiste un adjetivo para decir la terriblez de este tiempo. Se dice: “estamos viviendo momentos tremendos”.


Kierkegaard, que publica en 1843 Temor y Temblor, vaticina años después algo sobre su libro: “el espantoso pathos que contiene esta obra hará temblar”.

Desde entonces, asistimos a la percepción de lo tremendo, pero no como crudeza o exageración, tampoco como conformismo o fatalismo, sino como anudamiento de temores y temblores.

Una cosa el terror que inmoviliza y otra el temor que tiembla. Una cosa el terror que blinda sensibilidades, y otra cosa el temblor que se escribe, que decide contarse, que encuentra entre quienes decirse.


Se ha vuelto verosímil negar la vida a existencias vulnerables, malsanas, sucias, improductivas, peligrosas. La crueldad se piensa a sí misma como justicia necesaria, como indolencia justificada, como salvoconducto de inmunidad.


El imperio de la fuerza goza destruyendo debilidades. Así alimenta su efímera ilusión de invulnerabilidad.


Hace falta un poco de silencio. Pausar o suspender tanto ruido. Suavizar aturdimientos. Pensar temblando.

Desesperaciones repletas de datos no piensan. Estupores saturados de conjeturas, interpretaciones, sentencias, tampoco.

Incertidumbres colmadas de miedo, menos.


Se necesita volver al silencio para elegir las palabras, volver a la soledad para pensar lo común, volver al punto en el que nos perdimos para decidir en qué dirección seguir.


Volver, el tango de Gardel y Le Pera, que se graba en 1935, se conoce como canción del retorno. Como poética del anhelo y el desgarro. Como tardanza dolida. Como esperanza guardada. Como memoria de los exilios, de las emigraciones, de las huidas.

Carlos Gardel interpreta Volver en El día que me quieras, una de sus últimas películas. Una curiosidad que observa Sylvia Molloy: el protagonista no canta en la proa mirando hacia Buenos Aires, sino en la popa mirando hacia Europa. Canta de espaldas a lo que ansía reencontrar y de frente a lo que está dejando atrás.


Volveré y seré millones”, la voz de despedida que la esperanza atribuye a Evita, forma parte de un poema que José María Castiñeira de Dios escribió en 1962 recordando aquel dolor del 26 de junio de 1952.

Presa entre sus cerrazones, / y porque soy libre y fuerte / YO VOLVERÉ DE LA MUERTE. / VOLVERÉ Y SERÉ MILLONES”.


En un acto en homenaje a Evita bajo la lluvia, en el estadio de Nueva Chicago, el 28 de julio de 1972 nace el sintagma Luche y Vuelve. Consigna de un deseo, de un proyecto, de una demanda de justicia.

Se recuerda la letra V mayúscula conteniendo una P de menor tamaño como tatuaje de una época.


Volveremos, volveremos / volveremos otra vez / volveremos…”, se volvió canción de los retornos.


Volver persiste como vocablo del regreso, como infinitivo de una esperanza que anhela recuperar lo perdido. Como profecía de resurrección de un sueño. Como contraseña de lucha y resistencia. Como programa de reposición y defensa de derechos conquistados. Como estribillo de glorias populares.


En el infinitivo volver, sin embargo, asistimos a un giro hacia el pasado. Un porvenir invertido. Una custodia de lo ganado y, a la vez, una cerrazón de lo venidero.


En el listado de los volveres, se necesita volver encantar lo común.

Como ocurre cada vez que volvemos a encontrarnos para decir No en las calles.

También se necesita volver a encantar un porvenir no calculado, no sabido, no destinado.


Cuando el estupor y el miedo no ceden a la resignación, sobreviene la ira: grito de debilidades que propagan cercanías inesperadas.


Puede ocurrir que la ira no sepa o tarde en saber hacia dónde ir. Incluso puede, a veces, sobrevenir como nausea, vómito, indigestión. Pero, en el enojo de las debilidades vive el secreto de la ternura.


Se necesita cultivar un común descontrol que enloquezca a los controles.

Algoritmos actúan como zonificación de intereses y reacciones, como palmadas confirmatorias del yo pienso, como coincidencia confortable, como anticipo de deseos.

¡Qué bien hace encontrarse, de pronto, en las calles con el sudor, el júbilo, el grito, de un común inclasificable!


La cuestión no reside en sentirnos mal, sino en no tener con quienes pensar lo que nos está pasando.


Tratar de que el amor a la palabra sobreviva a este momento.

Contar que supimos el horror mientras lo estábamos viviendo.


¡Ay esta época política en la que retornan odios de clase con sus crudezas, violencias, racismos, desembozados!

Una vecina dice a otra separada por una medianera: “Negra de mierda, yo soy propietaria, no una usurpadora como vos”.


Jacobo Fijman (1926) supo dar la imagen de un momento sin sostenes, sin apoyos, sin soportes. Un momento sin amistad y sin hospitalidad. Escribió: “el suelo se ha caído de mis manos”.

Tal vez no se trata de que nos sostengan, sino de que nos ayuden a sostener el suelo sobre el que nos apoyamos. Sostener lo que sostiene cuando dos manos solas no alcanzan.

Ningún tiempo (por más personal que se quiera) se sostiene sin conversaciones que sostengan, sin memorias que acompañen, sin la imaginación de porvenires que trasciendan lo conocido.


En tiempos aciagos nos toca querernos más.

Desear felicidad como gesto imperecedero.

Practicar luchas en sesgo como Perseo ante Medusa.

Seguir buscando ideas perdidas, olvidadas, todavía no pensadas.

Nos han declarado la guerra.

Volveremos, como otras veces, a empezar.


Nadie sabe lo venidero.




v Nicolas Koralsky Fotografía digital toma directa (Pteri) Πτέρη. Febrero 2024.


コメント


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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