Cartas de la prisión / Rosa Luxemburgo
- Revista Adynata
- 2 nov 2025
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Wronke, 20-7-1917.
Soniuska querida:
Puesto que mi agonĆa aquĆ en la cĆ”rcel se prolonga mĆ”s de lo que y al principio habĆa supuesto, va a recibir usted mi Ćŗltimo saludo desde Wronke. ĀæCómo puede usted creer que ya no voy a escribirle mĆ”s? Nada ha alterado, ni nada puede alterar mis sentimientos hacia usted. Si no le escribĆa, era porque sabĆa que desde su marcha de Ebenhausen estaba usted metida en mil afanes, y tambiĆ©n porque de momento no me sentĆa con ganas de escribirle. Ya sabrĆ” probablemente que han dispuesto trasladarme a Breslau.
Esta maƱana he dicho adiós a mi jardincito. El tiempo estĆ” gris, hace frĆo y llueve, nubarrones desgarrados se persiguen por el cielo, y, no obstante, he gozado plenamente de mi paseo de primavera. Me he despedido del sendero empedrado que bordea la pared y por el que, durante casi nueve meses, he paseado diariamente. Conozco sus piedras casi una por una, y hasta la menor brizna de hierba que crece entre ellas. Lo que me interesa de las piedras es su variedad de colores: unas rojas, otras azules, otras grises. Durante el largo invierno, desnudo de verdor, mis ojos, Ć”vidos de colorido, intentaban buscar refugio en los minerales. Ahora que ya tenemos aquĆ el verano, encuentro en las piedras tantas cosas interesantes y curiosas en que posar la mirada... Un enjambre de abejas silvestres y de avispas anidan bajo ellas. Entre las piedras abren agujeros redondos, grandes como nueces y unidos entre sĆ por profundos corredores. Al sacar la tierra a la superficie, los insectos forman una larga serie de pequeƱos montĆculos. En estos montĆculos ponen sus huevos y fabrican cera y miel silvestres. Sin cesar se les ve entrar y salir, y durante mis paseos me he visto obligada a adoptar mil precauciones para no destruir sus albergues subterrĆ”neos. Hay tambiĆ©n las hormigas, que en varios sitios atraviesan y vuelven a atravesar el camino, siguiendo tan rigurosamente la lĆnea recta, que se las creerĆa penetradas del axioma matemĆ”tico que define la lĆnea recta como la mĆ”s corta entre dos puntos (cosa que, dicho sea de paso, los pueblos primitivos ignoran por completo).
Por otra parte, a lo largo de las paredes puede verse toda una floración de malas hierbas; mientras unas se marchitan y se propagan por semillas voladoras, otras siguen infatigables echando nuevos retoños.
Existe tambiĆ©n una verdadera generación de tiernos arbolillos que han crecido delante de mis ojos, en medio del camino o al pie del muro, durante esta primavera: una joven acacia, nacida seguramente de un retoƱo del viejo Ć”rbol próximo; varios pequeƱos Ć”lamos blancos, que han venido al mundo desde el mes de mayo para acĆ”, pero que muestran ya una frondosa exuberancia de hojas verdes y blancas que mecen graciosamente al viento, al igual que hace el Ć”rbol corpulento. Ā”CuĆ”ntas veces he recorrido este camino y cuĆ”ntas sensaciones he experimentado en Ć©l, y quĆ© de pensamientos se me han venido en Ć©l a las mientes! En invierno, cuando terminaba de nevar, a menudo abrĆa en Ć©l una senda; entonces me acompaƱaba mi pequeƱo pĆ”jaro carbonero, tan querido, que soƱaba con volver a ver en el otoƱo; pero cuando vuelva como de costumbre a buscar su alimento junto a mi ventana, ya no me encontrarĆ”. En marzo, despuĆ©s de un frĆo cruel, tuvimos algunos dĆas de deshielo, y el caminito se convirtió en arroyo.
Aún recuerdo los pequeños rizos que el viento tibio dibujaba sobre el agua, en la que se reflejaban las piedras del muro. Llegó por fin mayo, y brotó junto al muro la primera violeta. ¿No se acuerda que se la mandé metida en una carta?
Hoy, mientras paseaba, observando y meditando sobre todo esto, un verso de Goethe danzaba, obstinado, en mi memoria:
El anciano MerlĆn en su tumba luminosa,
Donde le hablƩ cuando era joven...
Ya conoce usted los versos que siguen. Huelga decir que el poema no tiene relación alguna con lo que yo sentĆa y pensaba en aquel momento; eran la cadencia de las palabras y el encanto misterioso del poema lo que me seducĆa, envolviendo en calma mi espĆritu. No sabrĆa explicar por quĆ© una bella poesĆa, de Goethe sobre todo, obra tan poderosamente sobre mĆ cuando me siento agitada o estremecida. La sensación que experimento en tales ocasiones es casi fisiológica, algo asĆ como si, teniendo los labios resecos, bebiera un delicioso licor que refrescara todo mi ser, devolviendo la salud a mi alma y a mi cuerpo. El poema del "DivĆ”n Oriental", del que me habla usted en su Ćŗltima, me es desconocido. Le ruego me mande una copia de Ć©l. TambiĆ©n hay otra poesĆa breve que echo de menos en el librito de Goethe que tengo aquĆ, y hace tiempo que me gustarĆa tenerla. Se titula "Blumengruss" (1), y es una poesĆa de cuatro o seis versos; la conozco por una melodĆa de Wolff, que es de una belleza perfecta, sobre todo el final, que sobre poco mĆ”s o menos dice asĆ:
Las he cortado
Pensando en ti.
Las estrechƩ mil veces
Contra mĆ.
En mĆŗsica, estas palabras tienen una sublimidad tal, tal delicadeza, tal castidad, que se dirĆa que alguien estĆ” arrodillado en ellas en muda adoración. No conozco exactamente el texto, y me gustarĆa tenerlo.
Anoche, a eso de las nueve, gocĆ© tambiĆ©n de un espectĆ”culo verdaderamente hermoso. Desde mi canapĆ©, en el que me hallaba tendida, vi un resplandor sonrosado en los cristales, cosa que me sorprendió, pues el cielo estaba completamente encapotado. CorrĆ a la ventana, y quedĆ© como fascinada. Sobre el gris uniforme del cielo, hacia naciente, se extendĆa una gran nube de un color rosa tan maravilloso, y que de tal modo se destacaba sobre el fondo del cielo, que se la hubiera creĆdo una sonrisa, un saludo de lo desconocido. Me sentĆa como libertada, e involuntariamente tendĆ las manos hacia la luz milagrosa. ĀæVerdad que la vida serĆ” bella y valdrĆ” la pena de ser vivida mientras existan colores tan hermosos y formas tan bellas? No acertaba a apartar la mirada de aquella aparición, y sentĆa baƱado, por decirlo asĆ, mi ser en sus rosados reflejos, cuando, de repente, me echĆ© a reĆr de mĆ misma. Ā”VĆ”lgame Dios! El cielo, las nubes y toda la belleza de la vida, no son patrimonio de Wronke Ćŗnicamente, y no hay razón para que me despida de ellos. No, todas esas bellas cosas irĆ”n conmigo adondequiera que yo vaya, y no me abandonarĆ”n mientras viva.
Pronto le escribirƩ desde Breslau. Venga usted a verme tan pronto pueda. Recuerdos cariƱosos a Carlos. La abrazo una y mil veces. Hasta la vista, en mi novena cƔrcel.
Su fiel
Rosa.
(1) "El saludo de las floresā.
Fuente: Cartas de la prisión, Rosa Luxemburgo, Editorial Calomino, La Plata, 1946
