• Revista Adynata

El Gran Carnicero y la pandemia / Mónica B. Cragnolini

La pandemia de COVID-19 con la aparición en la escena mundial del virus SARS-CoV-2 ha permitido poner en suspenso muchos de los aspectos de lo que hasta ahora considerábamos la “normalidad” de nuestras existencias, y nos ha dado la posibilidad de pensar, imaginar y soñar “otras formas de vida”. Los cielos menos contaminados, las aguas más límpidas y los animales que reaparecen en lugares de los que habían sido expulsados por la proliferación de los humanos, no pueden ser una simple postal de la cuarentena, un recuerdo de un trayecto en aislamiento que en algún momento finalizará, o una anécdota para contarles a las generaciones futuras, sino que deberían conminarnos a pensar de forma responsable qué es lo que le estamos haciendo al planeta. Pensar esto obliga a imaginar otro modo de estar en el mundo, otra vinculación con las formas de vida no humanas que suponga desnaturalizar la forma prepotente en que el existente humano se ha enseñoreado sobre todo lo que es. Me voy a referir en este artículo al modo en que tratamos a los animales, ya que el carácter de zoonosis de la actual pandemia nos permite cuestionar las formas de producción de carne, leche, huevos, pero también otros modos de tratamiento de los animales (y de los humanos “animalizados”).[i]

Como sabemos, la pandemia se ha desatado con mayor virulencia en aquellos ámbitos humanos caracterizados por el hacinamiento: barrios carenciados en los que muchas personas comparten espacios estrechos y condiciones de higiene deficientes, geriátricos o casas de reposo de ancianos, cárceles superpobladas, y otros espacios que se caracterizan por la aglomeración humana en lugares limitados. En las grandes urbes esa aglomeración se da día a día en las calles, por eso las medidas de la mayoría de los países en torno al aislamiento preventivo también evidenciaron ese hacinamiento que vivimos en el transporte de pasajeros, en las calles, en los espacios de recreación, etc. Cuando los usuarios de medios de transporte público se quejan de “viajar como ganado” hacen patente no sólo la cuestión del hacinamiento, sino también una cierta “naturalización” acerca del modo en que se trata a los animales. Los animales de producción intensiva (el “ganado”) viven hacinados durante toda su existencia, y sólo las voces de los defensores de los derechos de los animales se elevan para denunciar esas condiciones.

Se hace entonces necesaria una referencia a las formas de tratamiento de los animales y su vinculación con las pandemias de los últimos tiempos, para pensar de qué manera el biocapitalismo, tan cuestionado en estos meses, necesita de esos modos de tratamiento para optimizar sus ganancias. En ese sentido, la figura del “Gran Carnicero” de Upton Sinclair me permitirá pensar la violencia estructural en el tratamiento de humanos y de animales, y el modo en que se anudan la carne humana y la carne animal en la producción intensiva.


Zoonosis y pandemias: de la gripe española (1918) al Covid-19


Cuando se habla de pandemias, más allá de la gran peste del siglo XIV, se suele mencionar la así llamada “gripe española”, una referencia constante en los discursos de los últimos meses. Robert Webster (2018, p.11 ss.) señala que la primera oleada de esta gripe en 1918, en Kansas, fue leve, pero luego, con el traslado a Europa y la contaminación de los gases venenosos en las trincheras de la Gran Guerra, el virus fue mutando y transformándose en letal. Se ha especulado que esta gripe posiblemente haya sido originada en las granjas avícolas norteamericanas y, en ese sentido, abriría el registro de una larga serie de pandemias surgidas en lugares de producción de animales, con virus que pasan de especies diferentes y se convierten en patógenos humanos. David Quammen recuerda que la gripe de 1918-1919 mató aproximadamente a cincuenta millones de personas y anunciaba, en 2012, que “La próxima gran pandemia podría ser de gripe”.[ii] Parecería que el reconocimiento del virus de la gripe aviar, H5 N1, se inició cuando en 1997 murió en Hong Kong un niño de tres años a causa de esta enfermedad, sin ser identificado el virus hasta que un biólogo holandés, de visita en Hong Kong reconoció el virus H5 de las aves, y generó un gran debate en torno a su conversión en patógeno humano.[iii] A partir de allí comenzó la investigación en Hong Kong, hasta que se determinó el origen de la enfermedad en los mercados de aves de corral, siendo la consecuencia el sacrificio de muchos animales (un millón y medio) y el cierre de esos mercados. Pero el virus no fue erradicado y siguió circulando entre los patos en las costas de China.

El informe UNEP Frontiers 2016 destaca que el sesenta por ciento de todas las enfermedades humanas son zoonóticas, y el setenta y cinco por ciento de las infecciones emergentes también.[iv] El pasaje de los virus de especies silvestres a especies domésticas es factible por varias razones, todas ellas vinculadas con nuestro modo de actuar sobre el planeta. En primer lugar, se avanza sobre bosques con el desmonte para utilizar grandes superficies para cultivos (en general, de alimento para animales de producción), o crianza de ganado, o sobre humedales para crear nuevos lugares de asentamiento humano. Eso implica la migración de gran cantidad de especies animales, sobre todo aves, que deben buscar nuevos hábitats, y a veces los encuentran en urbes o lugares próximos a éstas. Por otro lado, existe el comercio ilegal de especies salvajes, las que al entrar en contacto con animales domésticos generan los “saltos” de virus que pueden convertirse en patógenos humanos.[v] Es necesario destacar que los animales de producción llevan una vida de hacinamiento, alimentación deficiente (la que se vincula, obviamente, con las ventajas visibles en la carne que se venderá, más que con la salud del animal), gran cantidad de hormonas y antibióticos, ínfima libertad de movimientos, stress constante: todo ello contribuye a estados de inmunodeficiencia.[vi]

Max Horkheimer señala la relatividad de las cualidades morales de los hombres en función de su situación de clase y su relación con el poder, y afirma que “Con quien ha alcanzado el poder, la mayoría de los hombres se comportan como criaturas amables, dispuestas a ayudar. Con la impotencia absoluta, como es el caso de los animales, todos se comportan como tratantes y carniceros” (Horkheimer, 1986, p.46).

“Tratantes y carniceros”: ese es un sintagma adecuado para pensar el modo en que nos vinculamos, no sólo con los animales de producción y aquellos humanos a los que animalizamos (inmigrantes, personas sometidas a trata para comercio sexual o trabajo ilegal), sino con el planeta todo. Somos “tratantes” del planeta porque, como en todo tratamiento que “pasa por las manos”, con nuestras manos arrancamos, moldeamos, extraemos, explotamos, acumulamos, distribuimos los así llamados “recursos” de la tierra. Pensamos al planeta todo como un gran productor de recursos para nuestras necesidades, y en esa idea incluimos a todas las formas de vida. Nos consideramos “soberanos” de la tierra, con amplia libertad de, en tanto tratantes, maltratar y aniquilar a las formas de vida diferentes.

Las zoonosis de origen viral de los últimos tiempos han sido varias: Hiv-Sida, la que ha producido más víctimas por su continuidad en el tiempo desde su aparición, y por su forma de contagio; SARS-Síndrome respiratorio agudo severo, 2002-2003; gripe aviar -H5N1, 2005, con sus variantes hasta la H7N9 en 2016-2017-; gripe porcina- H1N-, 2009; Ébola, 2014. Otra zoonosis, como la “enfermedad de la vaca loca” (encefalopatía espongiforme bovina), de origen priónico, visibilizó ciertas características de la alimentación de los bóvidos, engordados con harinas fabricadas a partir de los cadáveres de otros animales, desechos de mataderos y placenta humana.[vii] Una suerte de ingesta sarcofágica que muestra también una cierta antropofagia (el humano que ingiere carne de animales alimentados con otros animales y con elementos humanos).[viii] Todas estas zoonosis patentizan cómo tratamos al planeta: desmontando bosques para sembrar soja y maíz para alimentar a animales de producción, generando tierras yermas a partir de los monocultivos y el uso de agrotóxicos, encerrando a miles de miles de animales en espacios estrechos para producir carne, leche o huevos para consumo humano, inyectando antibióticos a esos animales para que no enfermen por las condiciones de vida a los que los sometemos, y hormonas para que crezcan más rápido, transportando a esos animales en condiciones de hacinamiento a los mataderos y lugares de faenamiento, produciendo a partir de las emisiones de gases de esos animales contaminación atmosférica y vertiendo los desechos en sumideros, humedales o lagunas.[ix] Todo un círculo vicioso que termina por atrapar a la humanidad, enfermándola a partir de los modos en que trata al planeta (sin mencionar el extractivismo, el fracking, el ataque a la biodiversidad y saqueo biótico, y todas las otras formas de consideración de todo lo que es como mero “recurso”).

En ese círculo en el que somos tratantes y carniceros, el biocapitalismo es pensable como el Gran Carnicero, que le quita su sangre a la tierra toda (tanto a humanos como a animales) en nombre de la ganancia. Derrida ha hablado de “hematohomocentrismo” para referirse al lugar de la sangre en la constitución del modo de ser humano (Derrida, 2015, p.287): podríamos decir que vivimos de la sangre de otros, sean humanos o animales, pero a esa sangre la invisibilizamos o neutralizamos. “Todos son hombres de sangre, los que matan y los que comen. Nadie es impune”: esta es la frase del fin de la novela de Ana Paula Maia, De ganados y de hombres (2015, p. 123). El carnívoro no desea saber de la sangre de esos otros que tiene en su plato, y que han sido traídos a la vida, separados de sus madres, encerrados en lugares reducidísimos sin posibilidad de movimientos, alimentados para generar una carne tierna, y determinados en su cronología por las “necesidades” humanas para morir tempranamente. Pero esa sangre existe, y corre por las venas del Gran Carnicero, el capitalismo, en esa magnífica imagen de Upton Sinclair.


El Gran Carnicero: sarcofagia y canibalismo[x]


La Jungla de Upton Sinclair es un texto que tuvo un destino peculiar (que el mismo autor deplora) desde el punto de vista de su impacto en los lectores, pero que patentiza de una manera excepcional lo que considero se halla en el núcleo de la problemática animalista: la violencia estructural en el tratamiento de humanos y de animales, violencia que en estas condiciones de pandemia logra visibilizarse. Es decir, La Jungla es un texto que puede ser leído como un testimonio de los modos en que se anudan las formas de trato hacia los animales, y hacia los humanos considerados como animales. Las aristas de esa violencia: crueldad, sarcofagia y virilidad carnívora transitan las páginas de la obra de forma tal que logran conjugarse en la figura del Gran Carnicero.[xi]

Al indicar el “destino peculiar” deplorado por el autor, me refiero a la recepción que tuvo la obra en los consumidores de carne envasada. Posiblemente Sinclair, que había recibido el encargo de un diario socialista para escribir sobre las huelgas obreras en Chicago, esperara producir un impacto desde el punto de vista de aquello que le acontece al protagonista de la obra, Jurgis, cuando se torna socialista.(Colado, 2013, p. 95) A partir de la conmoción que produjo la novela, en 1906 muchos periódicos estadounidenses enviaron a sus corresponsales a observar las inspecciones realizadas por el gobierno en los mataderos, y denunciaron maltratos a los animales y a los obreros, modos inadecuados de transporte, etc. En junio de ese año se aprobó en Estados Unidos la “Ley de alimentos y fármacos puros” que exigía la presencia de una etiqueta indicando todos los elementos utilizados en el producto que se entregaba al consumidor.

Más allá de este efecto inmediato sobre los consumidores, La Jungla permite seguir una cadena histórica de la violencia estructural que atraviesa la trata de personas y el tratamiento de los animales, ya que permite conectar el modo en que eran tratados los inmigrantes obreros en los mataderos en Estados Unidos, con los modos en que fueron tratados y aniquilados los judíos en el tercer Reich, y su vez con las formas actuales en que son tratados humanos y animales en el biocapitalismo. Varios intérpretes de la obra señalan que La Jungla es la continuación de La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stow, y que ha sido continuada por Fast Food Nation de Eric Schlosser.[xii] Se podría objetar que en los dos primeros casos se trata de novelas, y la obra de Schlosser es un texto de investigación, sin embargo, Sinclair era un periodista que fue a registrar condiciones de vida en los mataderos y convirtió esos registros en su novela.[xiii]

Fue el editor de Appeal to Reason, periódico socialista, quien le solicitó que escribiera sobre los esclavos asalariados (wage slaves), razón por la cual Sinclair trabajó en los mataderos de Packing town durante siete semanas. La obra se publicó en 36 entregas, del 25 de febrero al 4 de noviembre de 1905, en un semanario que tenía una tirada de 500 mil ejemplares y era constantemente objeto de persecución política. La venta de la novela en librerías fue complicada por la presión de los empresarios de la industria de la carne, y todo esto generó una situación que llevó al presidente Roosevelt a citar a Sinclair para informarse del tema, y a iniciar una investigación en los mataderos, investigación que resultó la base de la ley sanitaria antes mencionada. En esa cadena histórica de violencia estructural que indiqué antes, deberíamos tener en cuenta que a partir de ciertas formas de trato de los esclavos en Estados Unidos se generaron los mecanismos de producción intensiva animal que permitieron el florecimiento de los mataderos de Chicago; que Henry Ford se inspiró en la cadena de montaje de los animales en esos mataderos para la instauración de similares mecanismos en sus fábricas de automóviles; que Hitler era un gran admirador de Ford y tomó nota de sus formas de trabajo para organizar los campos de exterminio, y que el presidente Eisenhower, impulsado por su admiración por las autopistas hitlerianas, comenzó la construcción de autopistas en EEUU, lo que permitió la proliferación de los restaurantes de comida rápida que se habían iniciado en 1948 con Richard y Maurice McDonald, quienes aplicaron la idea fordista de trabajo en serie a las cocinas de sus restaurantes. Destacaré entonces en La Jungla los elementos que considero están presentes en los mecanismos de la violencia estructural: crueldad, sarcofagia y virilidad carnívora, para mostrar cómo esos elementos se entrelazan en la figura del Gran Carnicero.


Todo se aprovecha del cerdo, menos los gruñidos


Si admitiéramos, desde una impronta nietzscheana, que la sociedad humana no puede ser pensada sin ejercicio de la crueldad (entendiendo por tal el goce en el sufrimiento que Nietzsche ubica en el ideal ascético exacerbado) (Cragnolini, 2014), en La Jungla esa crueldad se especifica en la conversión de humanos y animales en meros números desechables.

La jungla cuenta la historia de Jurgis Rudkos y su familia de inmigrantes lituanos: una de las escenas del capítulo III los muestra cuando llegan a Packingtown, se enteran que allí se sacrifican de ocho a diez millones de animales por año, y se encuentran observando cómo los animales caminan como una marea desde los rediles en donde están amontonados hacia el matadero: “Por estos caminos la corriente de animales era siempre continua, y era cruel ver a los pobres seres marchar, apretándose unos contra otros, hacia su fin, completamente inconscientes de la suerte que les aguardaba. Aquello era un verdadero río de muerte. (…) - Aquí no se desperdicia nada - dijo el guía, y en seguida se echó a reír y añadió un chiste que sus amigos consideraron como de su propia cosecha. Todo se aprovecha en el cerdo, menos los gruñidos. (Sinclair, 2016, p. 43)

La escena que ven en el interior del matadero muestra a los animales que han entrado en una larga nave, son enganchados por una cadena en una de sus patas, elevados cabeza abajo en una rueda que gira: se escuchan los desgarradores gruñidos y alaridos de los cerdos, ante los que los empleados permanecen impávidos y sordos, los animales reciben una cuchillada, y luego son tirados en una enorme olla con agua hirviendo, muchos de ellos aún en agonía. El horror de la escena es tan metódico y maquinal que hace casi olvidar el sufrimiento de los animales que son enganchados, colgados y degollados en la máquina de matar: “Era aquello como un horrible crimen cometido en una mazmorra y sepultado después en el olvido” (Sinclair, 2016, p. 46).

En esta época de inicio de la maquinización de la industria cárnica, uno de los primeros problemas que encontraron los ingenieros fue el de cómo pensar máquinas que debían manipular cuerpos y vida, cuyas formas irregulares parecían escapar a la mecanización y, además, cómo transportar los cuerpos vivos que se transformarían en carne envasada.[xiv] La conversión en número y el trozado, así como la división del trabajo en partes mínimas fueron fundamentales para el éxito de la tarea, y de alguna manera la misma fragmentación cruel se realizaba con los obreros, lo que fue advertido por los sindicatos: “Allí se sacrificaba hombres al igual que se sacrificaba ganado: cortaban sus cuerpos y sus almas en piezas y los convertían en dólares y centavos” (Sinclair, 2016, p. 127).

La vida de Jurgis y su familia es sumamente dura y difícil: son engañados por sus dificultades para comprender el inglés y pierden sus ahorros más de una vez, pasan todo tipo de necesidades, son maltratados y sometidos a condiciones de trabajo indignas, sin seguridad. Ante la crueldad del sistema de trabajo que no se preocupa por las vidas que se lleva, sean humanas o animales, se produce el despertar de la conciencia social de Jurgis al advertir que todos son partes de una maquinaria, rápidamente sustituibles como los animales que los mismos empleados matan. Sinclair describe ese mundo de la sustitución y del engaño en el que se fraguan certificados de nacimiento para que los niños trabajen antes de la edad permitida, así como se fraguan las inspecciones médicas, y se procesa la carne de animales con tuberculosis. Por otra parte, la sociedad de consumidores de lo producido en Packingtown es una sociedad sarcofágica, en la que la ingesta cadavérica se oculta (con esa estructura del referente ausente trabajada por Carol Adams)[xv] en la carne envasada: un cuadrado de materia inerte en la que es casi imposible encontrar al animal, su sangre, su vida.[xvi] Packingtwon generó esta necesidad en los gustos gastronómicos de los consumidores, y por ello, cuando se desarrolla la huelga “el país reclamaba a gritos su alimento como un niño desfallecido” (Sinclair, 2016, p. 3). Pero esa sarcofagia muestra su paralelismo con el modo caníbal en que los hombres del mundo del trabajo se tratan entre sí y son tratados por sus capataces, encargados y jefes. Ese trato hacia los otros humanos puede ser caracterizado desde la noción derridiana de “virilidad carnívora” (Cragnolini, 2012): el ejercicio del poder masculino (patriarcal) y la asociación de fuerza y carnivorismo. Son muchas las escenas de maltrato de mujeres: trabajadoras que deben ocuparse de sus hijos sin ningún tipo de derecho social, que enferman y mueren, así como las escenas de las otras mujeres que no encuentran lugar en el trabajo si no es a través de la prostitución (como Marija, que reconoce la decencia de sus compañeras de burdel, pero que también advierte que la venta de sus cuerpos las encierra “en inmundos rediles” como lo están los animales). (Sinclair, 2016, p. 426)[xvii]


El Gran Carnicero


Todos estos elementos indicados de la violencia estructural en el tratamiento de humanos y animales se conjugan, como señalé anteriormente, en la figura del Gran Carnicero: quien es el mentor en la conversión de Jurgis al socialismo, Ostrinski, le indica que poco a poco se dará cuenta que el Trust Carnicero es “el ciego e insensato código de la codicia, un monstruo dotado de cien bocas devoradoras y otras tantas garras aplicadas a la destrucción. En él cabía reconocer al Gran Carnicero, a la encarnación misma del capitalismo” (Sinclair, 2016, p. 453).

Ante esa gran maquinaria que destroza vidas, Jurgis advierte que nada se puede hacer, porque esa máquina tiene todos los medios en sus manos, monopolizando una gran cantidad de actividades, por eso piensa que sólo la educación del pueblo permitiría terminar con esa situación. En el siglo XIX y comienzos del XX esta conexión entre la explotación humana y la explotación animal había sido atestiguada y denunciada, entre otros, por un anarquista como Joseph Proudhon y por un jurista interesado en el ius animalium como Henry Salt.[xviii] Proudhon señala que los animales que tiran de los carruajes producen con el hombre, pero no están asociados con él, que recoge el fruto de su trabajo, y lo mismo acontece con los trabajadores, a quienes sus empleadores utilizan para lograr beneficios. Salt (1894) supo ver la violencia estructural vinculando las condiciones de vida de los esclavos a las de los animales, nuevos esclavos luego de la abolición de la esclavitud.

Jacques Damade (2016, p. 9) ha planteado la “alegoría Chicago” como “matriz del mundo humano”.[xix] Esto es lo que está presente en la imagen del Gran Carnicero: el biocapitalismo actual no es más que la confirmación del modo en que las vidas humanas y animales deben ser sacrificadas, fragmentadas, conservadas y distribuidas para beneficio de unos pocos.[xx]

Hoy en día las megagranjas y los agronegocios ocupan el lugar del Gran Carnicero: las multinacionales que se ocupan de la producción cárnica son cada vez menos, y operan con el modelo de integración vertical, que tiende a unir los criaderos, la producción de alimento para los animales, el transporte y los mataderos, haciéndolos depender de una sola empresa. Esto significa también la desaparición del trabajo local, que no puede competir con estas megaempresas: la maquinaria del Gran Carnicero sigue aniquilando animales y existentes humanos a la par. En 2016, R. Wallace y R.G. Wallace anunciaban la factibilidad de una nueva pandemia, indicando que ante esta posibilidad era necesario comenzar a establecer restricciones en todo lo atinente a plantaciones y producción animal, y para ello era necesario cuestionar el “lobby del virus” corporativo global (Wallace y Wallace, 2016, p. 91): el Gran Carnicero sigue presente, ahora ya no en los mataderos de Chicago, sino en los agronegocios y todo lo que de ellos depende.


Vidas como “recursos”


Intenté mostrar la íntima trabazón entre el tratamiento de humanos y animales desde la novela de Sinclair y esa magnífica imagen del Gran Carnicero para referirse al capitalismo, para plantear un cuestionamiento de la “normalidad” en la que vivíamos antes del aislamiento. Buena parte de los discursos actuales, maravillados ante los cielos azules y las aguas límpidas por el no tránsito de tantos humanos por el mundo, elevan su voz ambientalista para proclamar la necesidad de “más verde”, y los discursos de los últimos tiempos alientan una suerte de “capitalismo verde”.[xxi] El capitalismo verde busca la renovación de energías con paneles solares y parques eólicos, la biomasa para sustituir a los fósiles combustibles: se trata de “sustituir” para seguir consumiendo. Una transformación mundial sólo en la línea de las energías renovables no cambia demasiado, si no se cuestiona al mismo tiempo el modelo tecnocrático capitalista, que parte de la idea del sujeto con derecho a apropiarse de todo lo que es, y a acumular sin medida. En lo que atañe al tema que me interesa, la cuestión animal en la producción de carne, la vida de los animales es un “recurso” que se produce continuamente, sólo para ser consumido. A ese “recurso” que es el animal se lo condena a condiciones de stress y sufrimiento, y la presencia de pandemias zoonóticas (que parecen “asombrarnos” tanto) es una consecuencia de la vida que le damos a las vidas animales.[xxii]

El capitalismo verde, en relación a los animales, propone sustituir la crianza intensiva por crianza extensiva: animales que supuestamente morirán más felices porque han podido, a lo largo de una vida determinada de antemano por los humanos en cuanto a su cronología, pastar y caminar por los prados. Las vacas productoras de leche seguirán siendo preñadas artificialmente para generar leche, las gallinas ponedoras podrán pasear en lugar de estar en jaulas hacinadas: sin lugar a dudas todo esto “mejora” las condiciones de vida de los animales, pero ¿por qué pensar siempre en jaulas más amplias (un poco de más espacio para el esclavo, un alargarle las cadenas) y no en “jaulas vacías”?[xxiii]

En el siglo XXI ya no se puede justificar la necesidad de la producción animal desde la referencia al hambre del mundo.[xxiv] Si pensamos en los cerdos, por ejemplo, la mitad de la producción mundial la consume prácticamente un solo país, y para este consumo se desmontan bosques, se arruinan suelos, se echan residuos a los humedales, etc. Las megacorporaciones multinacionales productoras de alimentos, en lugar de contribuir a la reducción del hambre, generan una desigualdad en la disponibilidad de alimentos, que permite que cerca de ochocientos millones de personas sigan padeciendo hambre.

Los científicos y ambientalistas afirman que los causantes de la pérdida de biodiversidad son, sobre todo, la sobreexplotación y la agricultura.[xxv] Los humanos hemos colonizado el planeta todo de acuerdo a nuestras supuestas necesidades. Esas supuestas necesidades encontraron su vía de producción en el capitalismo y, como señalé antes, eso nos ha convertido en tratantes y carniceros.

En este megaproyecto de los agronegocios la industria farmacéutica tiene también un papel fundamental: el uso de antibióticos que permite que los animales resistan las deplorables condiciones de vida que se les proporcionan, genera una mutación de bacterias y virus que deben buscar nuevos hospedadores.[xxvi] Según Wallace, el modelo de agronegocios está creando los patógenos “más letales del mañana” (Wallace, 2016, p. 130), y se produce entre ambos un círculo, ya que las gripes de hoy se alimentan de los agronegocios, y a éstos les convienen esas gripes ya que les permiten eliminar a los pequeños granjeros, que carecen de fondos para aplicarlos a bioseguridad.

Cuestionando el uso de la denominación de “gripe porcina” (y lo mismo vale para gripe aviar, y toda zoonosis), Wallace (2016, p. 34) señala que los cerdos no tienen responsabilidad en esa gripe, ya que ellos no se organizan en ciudades de miles de cerdos inmunocomprometidos, no seleccionan de forma artificial las variaciones genéticas que los hacen más propensos a enfermar, no se envían a sí mismos en medios de transporte en condición de hacinamiento. La responsabilidad es de los agronegocios y del modo en que han intervenido en la vida de estos animales para obtener las mayores ganancias, y sin la menor consideración acerca de que están tratando con vidas, no con materia inerte, moldeable, utilizable, faenable.

De Sousa Santos (2020, p. 35) afirma que los tres grandes elementos de dominación han sido, desde el siglo XVII, el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo. Creo que en la segunda década del siglo XXI necesitamos patentizar la alianza del especismo con estas tres formas de dominación, porque la demanda de las otras formas de vida no humanas no es solamente cuestión del interés del humano en la extinción de sus fuentes de recursos, sino de los intereses de vivir y de no sufrir de las otras formas de vida.

Hay quienes piensan que a una humanidad “más humanitaria” le parecerá terrible, en algún futuro, lo que hacemos con los animales. ¿Se puede “mejorar” la humanidad o es el modo de ser humano, tal como fue pensado filosóficamente desde la idea de sujeto soberano, el que fomenta que se trate de este modo a los animales humanos y no humanos? ¿No será que lo hay que transformar es este modo de ser humano sobre el que nos hemos erigido filosóficamente con tanta soberbia, modo que sustenta su mundo cultural sobre el sacrificio de la carne del otro animal y del otro humano?



[i] Señalo la cuestión de la zoonosis teniendo en cuenta que existen informes que indican otros posibles “orígenes” del virus en laboratorios de armas biológicas y otros ámbitos. Aun cuando nunca se llegue a la determinación del “origen” de este virus en particular, creo que es válido cuestionar nuestros modos de vida en relación a la forma en que tratamos a los animales y al planeta todo, dado el carácter de consideración de enfermedades zoonóticas para múltiples sucesos del siglo XX y XXI vinculados con la producción intensiva de animales (gripe aviar, gripe porcina, etc.). [ii] Quammen (2012, p.429): “The Next Big One (pandemic) could be very well flu”. [iii] Quammen (2012, p.416) señala que el mismo Webster, especialista en gripes, consideraba que esto era un error, hasta que quedó en claro que este fue el primer caso reportado de un virus de aves que afecta a humanos. [iv] El capítulo sobre Zoonosis se titula “Zoonoses: Blurred Lines of Emergent Disease and Ecosystem Health” (UNEP, 2016, p. 18 ss [v] Muchas veces se alude a las cuestiones vinculadas con el hambre mundial para justificar ese tráfico de animales, en rigor, está más relacionado con el esnobismo de la ingesta de especies exóticas (los mercados de animales exóticos para consumo suelen ser el paseo turístico de muchas ciudades) o con la adquisición de dichos animales como “mascotas”. [vi] Los feedlots representan “una tecnología de producción de carne con animales en confinamiento y dietas de gran concentración energética y alta digestibilidad. El engorde a corral es sumamente cuestionado por sus impactos pues produce contaminación y, sobre todo, una fuerte contaminación puntual, por nutrientes y concentración de excrementos, que afectan suelo, agua y aire”, señala el Atlas del agronegocio transgénico en el cono sur (Acción por la Biodiversidad, 2020, p. 90). [vii] Véase al respecto Kilani (2013), quien señala el carácter antropofágico de la ingesta cárnica y el modo en que la sociedad actual enmascara dicho carácter. [viii] Prefiero hablar de “sarcofagia” (ingesta de cadáveres) más bien que de carnivorismo, para evidenciar lo que se quiere neutralizar con un término tan amplio como “carne” (cuando se habla de “comer carne”). [ix] El informe La larga sombra del ganado (Steinfeld y otros, 2006) especifica qué genera la demanda creciente de carne animal, a nivel de la producción agropecuaria. El informe de la Fundación Heinrich Böll (2014) evidencia el impacto ambiental, ataque a la biodiversidad, degradación de agua, suelos y contaminación, y también desarrolla el tema del “costo climático” del ganado. [x] Lo que sigue con respecto a La Jungla retoma algunos párrafos de mi intervención en el V Congreso Internacional Cuestiones Críticas, organizado por Cetycli y Cela, y realizado entre el 17 y 19 de octubre de 2018 en la Universidad Nacional de Rosario. Este material que aquí presento no ha sido publicado. [xi] Desarrollo este tema en Cragnolini (2018). [xii] Schlosser (2002) muestra de qué manera las grandes cadenas de comida rápida, como Kentucky Fried Chicken (KFC), Mac Donald´s, Pizza Hut, Taco Bell, en tanto megacorporaciones alimentarias han transformado la dieta, la fuerza de trabajo, la agricultura de Estados Unidos y de aquellas partes del mundo en las que se instalan, y con ello, el mismísimo capitalismo. Las transformaciones económicas y sociales que produjeron estas cadenas abarcan concentración de la propiedad agraria, adquisiciones masivas de ganado en distintos países, mataderos, plantas de empaquetamiento, etc. [xiii] Sinclair era un muckraker, término que se suele traducir como “escarbador de vidas ajenas”, o “destapador de escándalos”. Frente al periodismo de entretenimiento, aparecen a fines del siglo XIX en Estados Unidos escritores que se encargan de hacer patente la explotación infantil, el hacinamiento de los obreros, la corrupción de los policías y empresarios, entre otras cuestiones. (Filler, 1968). Muckraker es una figura de John Bunyan, de El Progreso del peregrino, un hombre que va con un rastrillo removiendo podredumbre y deja una corona que encuentra allí para seguir con su trabajo. Roosevelt aplicó el término a los periodistas que desnudaban las miserias sociales. [xiv] El libro de Giedion (1970) se dedica a este tema en pp. 218 ss. [xv] Hardouin-Fugier(2017, p. 351) señala que la división del trabajo en Chicago mejora el rendimiento y fragmenta la matanza del animal en tantos actos, confiados a operadores sucesivos de la cadena, que parece que nadie mata, sino que todo el mundo ejecuta. Para la estructura de referente ausente, véase Adams (2010). [xvi] Hribal (2014,p. 20)señala la diferencia entre flesh y meat (este último término aplicable a la carne industrializada, cuyo proceso no se ve). [xvii] La esposa de Jurgis, Ona, es violada por O´Connor, capataz de los cargadores, se enferma y termina muriendo. Cuando Jurgis se entera de ese abuso, se abalanza sobre él y le arranca un pedazo de carne con sus dientes. (Sinclair, 2016, p. 400) También existen las violaciones y asesinatos cotidianos de hombres y de mujeres, por parte de los individuos que son enviados para aplastar la huelga.(Sinclair, 2016, p. 394) [xviii] Es interesante notar que Proudhon no vio la vinculación entre el trato dedicado a los animales y el trato dedicado a las mujeres, a las que siguió pensando en lugares inferiores al masculino, mientras que Salt(1894) sí advirtió la cercanía entre la lucha por los animales y la lucha por los derechos de la mujer. [xix] En p. 20 del mismo texto, Damade señala que el mundo humano toma ritmo en la tierra del oeste sin límites, la hybris de una extraordinaria vitalidad que supone la ausencia de escrúpulos hacia humanos y animales, en la explotación a full. [xx] Sinclair (2016, p.453): “para los conserveros cien vidas humanas no alcanzaban a compensar diez centavos de beneficios”. [xxi] El reciente documental “Planet of the Humans”, dirigido por Jeff Gibbs, producido por Michael Moore y Ozzie Zehnerva justamente en la dirección de la crítica a ese capitalismo verde. (Moore, 2020). [xxii] Quammen (2012, p. 436) señala haber encuestado a muchos científicos especialistas en SARS, MERS, Ébola, acerca de la próxima pandemia, siendo la contestación de la mayoría de ellos que será de carácter zoonótico, y estaría vinculada con un virus ARN (como el actual SARS-COV-2). [xxiii] La referencia es al título del libro de Regan (2004). [xxiv] Véase el Atlas de la agroindustria 2019 (Fundación Heinrich Böll México y Rosa Luxemburg Stiftung México, 2019), que muestra de qué manera la producción de alimentos se halla en manos de megacorporaciones que abastecen de carne por demanda creciente de la clase media y habitantes de nuevas urbes. [xxv] Véase el Informe Planeta Vivo 2018 (WWF, 2018), que registra desde hace años la pérdida de biodiversidad desde el rastreo en diversas especies, y que atribuye dicha pérdida sobre todo a la sobreexplotación del planeta. En este momento, una cuarta parte del planeta está libre de la mano del hombre, se calcula que en 2050 sólo lo estará un 10 por ciento. [xxvi] En este tema hay que tener presente siempre el cálculo de ganancias del agroproductor: los antibióticos preservan la salud que las condiciones de vida arruinan, pero también están vinculados con el engorde de los animales, ya que se logra hacer más lento su metabolismo por el ataque que representan al microbioma intestinal.


Referencias

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*Publicado en Erasmus. Revista para el diálogo intercultural, 23. Mónica B. Cragnolini erasmus - Año XXIII – 2021 ISSN (en línea): 2718-6288 - (CC BY-NC-SA 4.0) http://www.icala.org.ar/erasmus/erasmus.html – Contacto: michelini.rio (at) gmail.com 2 Licencia de Creative Commons. Atribución-NoComercial-Compartir Igual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0), https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/



Rembrandt El buey desollado (versión de Glasgow) año: 1643, óleo sobre tabla 73,3 × 51,8 cm

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