• Revista Adynata

Filotropía (Última entrega) / Gonzalo Sanguinetti


Filotropía: poética dolida de hospitalidad

El mundo, si se suprime en él el dolor, es inestésico en todos los sentidos de la palabra; ¡y tal vez el placer no sea más que una forma y un modo rítmico del dolor! Friedrich Nietzsche


Ante cada palabra, preguntar: ¿Cómo se relaciona una lengua con el dolor? ¿qué lugar le da en su ejercicio? ¿habla ante “el dolor de los demás” ? ¿lo hace sobre el dolor, estableciendo un sobrevuelo de precavida distancia? ¿habla sin dolor, intentando elidir la inexorable condición de vulnerabilidad de todo viviente? ¿o lo hace desde el dolor, en relación con, constituida por esa herida desde siempre antes?


Bifo (2018) recuerda que “el mundo es el efecto de un proceso de organización semiótica de la materia prelingüística. El lenguaje organiza el tiempo, el espacio y la materia de tal manera que se vuelven reconocibles para la conciencia humana.” Hemos situado este proceso de organización como Logos occidental, considerándolo un performativo tanto político como sensible, en tanto organiza los modos de percepción de lo sensible, al tiempo que organiza las jerarquías de dominio entre lo existente percibido como viviente. Allí donde la sensibilidad queda amputada en sus posibilidades para dar asilo a modos de existencia sensible del mundo que no resultan semiotizables, traducibles a la gramática, a la economía del sentido, se pone en marcha la lengua como dispositivo de exclusión, insensibilización, sacrificio de lo imperceptible, lo intraducible a la gramática de la ontología.


Esta delimitación ontoteológica de lo viviente se efectúa con el filo de una metafísica de la presencia antropocéntrica, androcéntrica y falogocéntrica, que es en sí misma una estructura del sacrificio: para delimitar lo viviente, se da-la-muerte. Declarar lo vivo y declarar lo muerto no se realizan sin arrojar, sobreexponer, vulnerar ciertos vivientes para procurar inmunizar, reducir la exposición al dolor en otros. Algo que Butler (2003) llamó “distribución diferencial del dolor”. Allí donde delimitar y jerarquizar lo viviente es arrancarse del común dolor de lo vivo, la lengua ejecuta ya el sacrificio y la crueldad. En ese mismo punto comienza una inabarcable memoria del dolor que aún solicita un dónde. Pero ¿cómo abrir la lengua al dolor? ¿cómo darle la palabra al dolor sin hablar en su lugar?


Aquí es donde dolor, poesía, sensibilidad y hospitalidad se reúnen en la obra de Juanele Ortiz constituyendo una escritura nacida de, y asediada infinitamente por, el llamado de lo dolorido, de lo vivo que tiembla en la sombra. La poesía orticiana se da tendiéndose hacia una extraña y persistente (in)consistencia que va adoptando un sinfín de nombres que fluyen sin que identifiquen de qué se trata ello a lo que los poemas dan acogida: por momentos son llamadas criaturas secretas del mundo, pero también auras, soplos, hálitos, oscuros reinos, criaturas en espera, cosas que tiemblan en su halo sensible, presencias secretas, impalpables presencias, llamado vivo que tiembla en la sombra y un interminable etcétera. Se trata de impresencias sutilísimas, delicadísimas, estremecidas vidas de lo sensible que oscilan cada vez entre las fronteras de lo imperceptible, lo infra-sensible, y van haciendo de la escritura orticiana un ejercicio tentativo, trémulo y balbuceante de la palabra para permitir a esos indecidibles indecibles una morada en la palabra, como morada en el mundo, pero una morada que realiza la paradoja de nombrar sin develar el misterio de lo que pide asilo en el delicado lugar del silencio.


Daniel Freidemberg (2000) acierta cuando señala que sería inútil describir una poética de Ortiz que no se refiera a la vez a una ética y una actitud ante lo existente. Sin embargo, en Juanele, la inquietud por lo viviente, está lejos de agotarse en una problemática humana, ni siquiera en una problemática reducida a la fenomenología de lo existente, lo viviente no queda contorneado por ningún a priori antropomórfico, ni ontológico que intelija sólo la forma humana de lo viviente. Si bien tiende la poesía como extensión del plano de existencia sensible para lo animal, el viento, los sauces, el agua, la orilla, el crepúsculo, las brisas, el rocío, los montes, los jacarandás, los juncos, los sauces, el río, el alba, las noches y otras tantas presencias que palpitan vivientes en su poesía, lo más desconcertante acaso sea que lo viviente tampoco queda supeditado a una metafísica de la presencia de lo que es, de lo que piensa, de lo que habla con palabras, de aquello que tiene con qué dar testimonio palpable, tangible, visible, identificable de su manifestación existencial. Juanele radicaliza la hospitalidad de la palabra, ahonda el silencio, afina la sensibilidad hacia lo imperceptible, lo infra-sensible, lo inmanifestado para dar asilo a sentidos doloridos que no se dirían de este mundo, a formas más allá de las que ahora llamamos vivas[i]: Asila mundos sensibles, modos de existencia mínimos que la gramática de la ontología es incapaz de formular a causa de sus propios requerimientos para que un modo de existencia sea digno de ser nombrado, de adquirir derecho existencial.


Sí, sobre las hierbas tardías, era el mismo silencio el que solía titilar en algún grillo...

Y ese grito dulce de pájaro que no sabíamos nombrar y en que estaba la herida

de la melancolía isleña, profundísima, bajo los velos felices del lugar...

¿Un dolor agudo pero tierno de transparencia rota o abismada en sí misma?

¿Una ruptura de ramas en el hastío eterno de su reflejo, quizás?

¿O de pequeñas ondas fatigadas sobre el débil brazo abatido, y aún vivo, de un sauce?

Todo lo ignorábamos, pero la breve frase alada sangraba límpidamente algo más hondo:

una como tristeza de una humedad ya metafísica, ya musical, sin fondo...


Donde Bifo conjetura que la sensibilidad es la posibilidad de entrar en relación con entidades que no hablan nuestro lenguaje y que están compuestas por sustancias que difieren de las nuestras, Juanele labra a través de la palabra poética, un plano sensible para un común estar con los dolores impercibidos del mundo, para un común dolor con lo vivo. Intemperie sin fin es el nombre de esa apertura que convierte en advertencia para quienes se den a la poesía.


No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...


Apertura que podría situarse como un acto poético en tanto experimentación estética de un cambio en la semiotización del mundo capaz de transformar, trastocar, resensibilizar el recorte (in)sensible realizado por la gramática del Logos, y así, abrir paso a lo que la lengua como frontera le impedía paso: la potencia de una mitopoiesis permanente del mundo sensible; sostenida en la hospitalidad como extensión en la percepción sensible, hospitalidad de una piel tocada por otras composiciones del tiempo, el espacio y la materia. Restitución de una común vibración sensible entre la materia que deshace las exclusiones y exilios instituidos por la delimitación sensible del performativo filosófico-político que la humanidad occidental, vía el Logos, realiza para constituirse como principio de todo lo existente.


Saer llamó a esta agudísima delicadeza en Juanele, inquietud por “un dolor metafísico” en el mundo. Inquietud por la sensación de una herida inefablemente extendida que no cesa de infligir daño sobre lo viviente. En Juanele, la fuente de ese daño es indecidiblemente oscilatoria: a veces es situada en relación con lo impercibido: las voces que faltan, las criaturas ignoradas, los llamados que tiemblan desoídos, las manos que se extienden hacia nosotros, la vida que grita herida, y que precisarían una extensión sensible que les de acogida. Otras veces aparece situada en relación al potencial daño que podría comportar el lugar mismo de la acogida, siendo que ese lugar Juanele lo busca en la lengua. A punto tal, que el poema vacila permanentemente entre querer-decir para que ello advenga y querer-callar para que ello advenga, entre no saber qué evitaría el daño: si dar la palabra o dar el silencio. Juanele escribe extremando el cuidado por cada letra, cada espacio donde respira el poema, cada signo de puntuación, cada terminación, cada signo de pregunta colocado como indeterminación de lo dicho, porque ha sentido cómo la lengua puede tanto reparar como dañar en apenas una inflexión del ritmo, de la cadencia, del sonido, de la conjugación, en la terminación de una palabra. La posibilidad para que lo impercibido no sufra se juega delicadamente a cada letra, a cada silencio. No habrá formas de decir eximidas de esa sospecha infinita.


Y perdón, otra vez,

oh tú, el que no puede decirse

perdón,

por haber querido decirte,

gravitando tan largamente, tan largamente, sobre tu silencio de espera,

cuando sólo, en verdad, cabía,

evocarte a través de tu mismo silencio,

haciendo oír tu silencio...


Esta preocupación se encuentra en Derrida (1997) cuando plantea que la pregunta por la hospitalidad es la pregunta por la pregunta, es decir, el modo en que la pregunta pregunta, lo que la pregunta exige en su preguntar mismo, pero también la pregunta por la lengua en la que se realiza la pregunta del, al, arribante. Una hospitalidad sin condiciones,


"¿consiste en interrogar al que llega? ¿Comienza por la pregunta dirigida a quien llega? ¿Cómo te llamas? Dime tu nombre, ¿cómo debo llamarte, yo que te llamo, yo que deseo llamarte por tu nombre? ¿cómo te llamaré? ¿O bien la hospitalidad comienza por la acogida sin pregunta, en una doble borradura de la pregunta y del nombre? ¿Es más justo y más amoroso preguntar o no preguntar? ¿llamar por el nombre o sin el nombre?"


Juanele y Derrida parecen arribar a una misma tensión, que saben indecidible: ¿Resulta más justo y amoroso, preguntar o no preguntar? ¿Resulta más injusto y doloroso, preguntar o no preguntar? ¿Nombrar o no nombrar? ¿donar el lugar de un nombre o donar el lugar del silencio? ¿cómo alojar con la lengua el dolor producido por la lengua? ¿cómo dar asilo en las palabras a lo enmudecido por la lengua? ¿cómo curar con la lengua el daño producido por la lengua?


Si el Logos filosófico habla fijando las variaciones de lo vivo a unos nombres que detienen su variación, unos conceptos y sistemas que definen y jerarquizan los posibles de lo nombrado, y llama a ese ejercicio de totalización del sentido, de dar-muerte, “Filosofía”: amor al saber, amor por el saber, amor por conocer, amor por el nombre, amor a la esencia, amor a la verdad, amor a lo invariable, amor a lo inmutable, amor a lo eterno, amor a lo universal, Juanele parece percibir la crueldad inherente a esas formulaciones. Entonces habrá que inventar una respuesta poética a esta disyuntiva[ii], y habrá que tenderla humildemente (sin imponerla) hacia el invento de otro amor, quizás a la manera de una filotropía: una amancia de los tropos como poética dolida de hospitalidad.

(Si bien suele escucharse que la hospitalidad es dada hacia lo radicalmente extranjero, lo radicalmente otro, lo desconocido en su noche, no es frecuente escuchar un señalamiento que hace Lévinas sobre lo otro. Lévinas elige tres figuras, tres rostros para aludir a lo otro: la viuda, el huérfano, el extranjero. Es decir, tres vidas cuya signatura es la de un duelo que se lleva. Duelo de amor, duelo de amparo, duelo de la lengua. Este señalamiento da la pista de una relación íntima entre duelo y hospitalidad. La hospitalidad supone, ante todo, una apertura a lo doliente.)


Si las metáforas absolutas tienen por finalidad “la organización trans-conceptual de un todo vivencial, y con arreglo a las cuales una época declina cada vez sus elementos de orientación y de decisión” (Blumenberg), lo existente y lo inexistente se tornan susceptibles de sentido para, son investibles por el sentido, elaborables como sentido, adquieren una "razón de ser" para el sensorium humano, a partir de la relación que pueda establecer con una de las metáforas absolutas más incuestionadas: Occidente como un monolingüismo, es decir, si la cosa habla o no habla de la manera en la que hay que hablar; habla como yo, de lo contrario no eres, tal como veíamos con Cassin. No importa si eso siente, se siente, hace sentir. El Logos de occidente tiene como uno de sus fundamentos al fonologocentrismo, de allí que la fijación de la metáfora humanista, en tanto fundamento ontoteológico, sea el centro metafórico alrededor del cual orbitan las significaciones que las lenguas occidentales producen, siguiendo trayectorias pretendidamente fijas, repetitivas e indeclinables. La metáfora humana funciona como una fuerza gravitatoria que organiza y define los tropos con los que una lengua decidirá el coeficiente existencial de cada matiz de materia sensible, y por lo tanto el umbral, el mínimo sensible necesario, para que algo devenga sensación perceptible en el sensorium cincelado por el Logos. Esta economía del sentido, esta ley de circulación de los signos y los significados, constituye la piedra angular de una gramática de la crueldad: una lengua insensibilizada para la percepción del daño que ya provoca su puesta en enunciación.


En este punto es que leemos en Juanele la puesta en juego de una filotropía como don poético capaz de interrumpir la economía del sentido, sus leyes de circulación, sus relaciones de valor, los límites convencionales de la relación entre significante y significado, que sostienen -y he aquí lo que hay que interrumpir- la gramática del pensamiento como una economía del dolor.


Derrida (1995) hace un esfuerzo por situar que un don, en tanto llegada del acontecimiento como lo imposible mismo, precisa de la fractura del logos y del topos para aparecer, para tentar la posibilidad de su suceso. El don opera como el punto sensible a partir del cual es posible abrir los juegos del sentido. Pero para que haya don sería preciso que sea alogos (no reducible a la razón/discurso/relación/cuenta) y atopos (siendo lo extraordinario, lo insólito, lo extraño, lo extravagante, lo loco, siempre fuera-de-lugar). Llevando hacia el infinito los tropos, tensando lo decible, diseminando metáforas donde los llamados sin fin puedan encontrar el asilo de una lengua que no cesa de fecundar y fecundarse por lo sensible, relanzando cada vez el carácter inagotable del proceso de creación de sentidos, Juanele trastoca la hostilidad del Logos en hospitalidad de la poética.


En el plano de la retórica, los tropos cuentan con la denostada virtud de introducir una desviación respecto de la manera que se considera apropiada para designar un concepto. La transferencia de significados que producen los tropos suele considerarse una licencia por las leyes de la retórica, porque transgrede una de las virtudes que se le exige a un discurso: su claridad, su veracidad, su organización conforme a la gramática del sentido, su adecuación al ideal epistémico del logos. Los tropos producen transferencias de significado al nombrar una cosa a través de otra, a través del furor repentino de una imagen, de figuras relampagueantes que abren desvíos en los sentidos con los cuales lo nombrado era perceptible, y lo perceptible nombrable; habilitan, entre las cosas, relaciones abyectas: una infinita y desmesurada composibilidad que no obedece a ninguna prohibición de contacto: Cualquier cosa podría decirse a través de cualquier otra cosa; cualquier cosa podría devenir asilo hospitalario, para lo que lo requiera. Entonces lo nombrado deviene susceptible de adquirir otros modos de existencia. Estas transferencias de sentido son ilícitas para El-sentido, para la Razón, para el Logos, los tropos trafican, contrabandean significados, relaciones, sentidos, posibles, imaginaciones cuya posibilidad es inhabilitada por la gramática misma. Nombrar algo a través de otra cosa no es sino la estructura misma de la lengua como diferencia de sí, como alteridad de sí, como diferancia: diferencia y errancia. (¿Y no es también la estructura de la vida la muerte? La vida realizándose a través de la muerte, y la muerte realizándose a través de la vida) Eso que los tropos restituyen en la lengua no es sino el fundamento poético de toda lengua.


Filotropía: una lengua amante de aquello que la otra, de aquello que la despertenece.


El acto poético opera como un retorno espectral de lo expulsado por el Logos para constituirse: conversión de la lengua en un sistema de definiciones, designaciones unívocas, fijas, invariables, purgadas de la polivalencia e indecidibilidad que Pizarnik recuerda cuando escribe "cada palabra dice lo que dice, y además más, y otra cosa". La interminable diseminación de tropos que Juanele labra en su poética, impide que la lengua pueda guardar una relación de mismidad consigo. La desviación, el clinamen[iii] que produce cada vez la introducción de un nuevo tropo, extranjeriza la lengua, la torna un huésped de sí, impide que se cierre el circuito de sentido, que se delimite nuevamente el plano de recepción de lo sensible, que se vuelva un dispositivo de exclusión de lo dolorido.


Sólo a partir de allí es que se abriría la posibilidad de una hospitalidad incondicional: es preciso perder el refugio de lo propio, de lo mismo para dar asilo, es preciso darse a la intemperie para que el asilo tenga lugar. Dufourmantelle (1997) se alcanza a preguntar “¿Hay que partir de la existencia garantizada de una morada o bien es sólo a partir de la dislocación del sin-abrigo, el sin-lugar-propio que pude abrirse la autenticidad de la hospitalidad?”. La propuesta de una filotropía orticiana es el modo en que una lengua podría volver a sentir, en que una lengua podría abstenerse de la crueldad que ejecuta. Antes que un asilo político, la hospitalidad incondicional constituiría un asilo sensible, un acto poético. Quizá una política, si fuera posible, en la que todavía quepa algún porvenir, sólo sucedería a partir de un acto poético, como efecto de un acto poético.


Un acto de hospitalidad no comienza sino con algún adiós.


Precisamente, es por la inextinguible percepción de lo dolorido del mundo exiliado del mundo por no participar de la comunidad del Logos, que en Juanele la poesía se escribe como una hospitalidad sin condiciones, una ética sensible por la más mínima irradiación de lo viviente, e infinita responsabilidad por la intuición de que hay, y vendrán, vidas ínfimas, sutiles, inaudibles, tan delicadamente imperceptibles que ya están siendo arrojadas a un enmudecido dolor por la indolencia del Logos. Esta hospitalidad infinita con lo doliente, podría ser lo que Juanele llama -dos veces precedido por la advertencia de un “humildemente”- el invento del amor... Pero este amor no existe, no pre-existe, no existe aún, constituye una promesa de invención inacabada por definición, que incluso es preciso escribir en puntos suspensivos para intensificar su indecidibilidad, puesto que es una promesa diferida e interminable. No hay Obra posible del amor, sólo un obrar indefinido, una filotropía como espera, tendida con la humildad de lo que se ofrece sin imponerse, ser solicitada por lo que viene. Aquí no se dice el amor, no se pretende el programa de un logos amoroso, no hay un cómo decir el amor, sino que se hace en la materia secreta y silenciosa del mundo que copula en la estela hospitalaria que tiende el poema.


Por eso se hace preciso recordar a las amistades que la poesía es intemperie sin fin, y la poesía no admite separaciones ni jerarquizaciones de lo sensible en lo vivo, no delimita los territorios de su aparición, procura su diseminación, por ende, la extensión de lo viviente es intemperie sin fin. Pero no se trata sólo de que, en tanto vivientes, habitamos una común intemperie, sino que además se encuentra cruzada por llamados infinitos, llamados como interpelaciones a cualquier quién que pueda decir “Yo respondo”. No responde un sujeto, el responder supone al acto poético.


Oscar del Barco (2008) escribe: “eso que llamamos 'poeta' es un espacio-de-manifestación: el poeta no es una intencionalidad constructora del poema sino que llamamos poeta al espacio de manifestación del don del poema”.


Oír es ya posible por un desarreglo irreversible de los sentidos, una extranjerización de la lengua, para que acontezca una disponibilidad, un espaciamiento, una recepción sensible que a veces Juanele nombra con tropos que se relevan interminablemente: ternura, comunión, dicha, canto íntimo del mundo, melodía de la unidad, o invento del amor… Existir es ya exposición al llamado, un desconcertante estar a disposición de lo que está-no-estando y de lo que aún no está pero se anuncia en el silencio de una inminencia insabida.


Un silencio cortés, extremadamente cortés, ante las cosas y los seres...

Ellos debían aparecer con su vida secreta sólo llamando el silencio,

pero con cuidados infinitos, ah, y con humildad infinita...

(…)

Todas las cosas decían algo, querían decir algo. Había

que tener el oído atento u otro oído fino, muy fino, que debía aparecer.


Responder al llamado es crear una resonancia sensible con lo imperceptiblemente vivo y permanentemente violentado, dolorido, sacrificado. La poesía en Juanele se compone como hospitalidad incondicional para lo viviente, y lo viviente allende lo perceptible. Eso que insiste en el obrar Juanele, entre los infinitos tropos que cuidan lo indecible, es una intuición sensible (siempre frágil, tenue, delicada, temblorosa, nunca clarividente) del dolor que llama por debajo de la línea de horizonte que demarca qué es lo vivo, y al mismo tiempo, un gesto de hospitalidad a través de una imposible afinación de la palabra como artificio vibrátil capaz de recepcionar los modos de existencia mínimos de lo sensible, intentando expandir su capacidad de reverberar con lo infra-sensible. Y todo aquello a sabiendas de que se trata de una tarea interminable, infinita, informulable, puesto que el mundo es una infinita dispersión de la materia en innumerables modos de existencia sensible, y la extensión del dolor del mundo es, por principio ético, desconocida e indeterminable.


Llamados de lo vivo dolorido constituyen una intemperie sin fin, la poesía se da como asilo de tiempo, de silencio, de espera, de metáforas, de tropos, para la incesante conversación entre intraducibilidades que se solicitan.


Me has sorprendido, diciéndome, amigo,

que “mi poesía”

debe de parecerse al rio que no terminaré nunca, nunca, de decir...


Oh, si ella

se pareciese a aquel casi pensamiento que accede

hasta latir

en un amanecer, se dijera, de abanico,

con el salmón del Ibicuy...:

sobre su muerte, así,

abriendo al remontarlo, o poco menos, las aletas del día...


Seguiría mejor eso que mide

su silencio, y de que, al fin de cuentas, parejamente, es hija...






[i] Aludimos al poema “Este río, estas islas…” donde se lee: “¿O es que de veras sólo desde no sabemos qué formas, siempre más allá de las que llamamos ahora vivas, podríamos dar en el secreto de estas horas, que parecen venir de una desconocida gracia con un sentido que se dijera no es de este mundo, tal es su transparente inocencia, tal su sueño espacial de allá lejos en que hay alas tenuísimas que brillan y se apagan con una melancolía ya celeste?”

[ii] No dejemos de señalar que la disyunción de esta disyuntiva, la persistencia de la “o”, ya es efecto del funcionamiento opositivo y binarista del logos como lengua de la metafísica de occidente.

[iii] Bifo (2018) piensa que “La sensibilidad estética consiste en una sintonización dentro de la pluralidad vibratoria de posibilidades y en la detección de una inclinación factible en términos de su evolución. El acto poético es la insinuación profética del clinamen, del punto de precipitación y fijación del movimiento vibratorio de los eventos posibles.”



Carlos Alonso Fin de la primavera1974 Dibujo en Acuarela 70 x 70 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.