• Revista Adynata

Hablas del viento (Décima cuarta entrega de esquirlas del miedo) / Marcelo Percia

Crecen raíces de miedo (en el amor, en la amistad, en la vecindad) sin que los sentimientos lo sepan.


Descartes (1649), en el Tratado de las pasiones del alma, piensa el miedo como un exceso de cobardía. Escribe: “…la cobardía es contraria a la valentía, como el temor o el espanto lo son a la intrepidez”.

Pero no hay lo contrario del miedo. Se lo puede disfrazar, negar, conjurar con acciones temerarias, gestos de arrojo, hechos de heroico valor. Pero el miedo está ahí olfateando peligros. Velando la muerte.

Necesita llevarse como fragilidad sabida, como temblor de inminentes desastres, como escalofrío irremediable.


Paranoias exacerban miedos hasta volverlos alertas mecánicas, automatismos de ataque, dagas de supervivencia.

Depresiones, que habitan mundos diezmados, se protegen hundiéndose en algo peor.

Angustias no cuentan con el sosiego del pavor.


Paranoias concluyen en que el mundo pergeña amenazas que asedian por todas partes.

Depresiones, para defenderse de lo que tanto daña practican, auto ensañamientos.

Angustias saben lo que amenaza y lo que daña, pero no se calman detectando enemigos ni ultrajándose.

Angustias no conocen protecciones. Incrustan tembladerales en la inocencia de los cuerpos.


Depresiones vuelven insípida la vida. Aplanan afectos, consignan uniformidades sin gracia.

Desestiman mínimos amaneceres del ánimo. Instan a tocar fondo.

Tras bruscos y denigrantes desalojos de un confort, un privilegio, un dominio, se repliegan en la fortaleza derruida de la mismidad.


Depresiones, al cabo, sienten la expulsión padecida como una sanción merecida. Se auto infligen castigos.


Depresiones viven ahogadas en la decepción. Actúan como ilusiones traicionadas.

Llenan el infinito de reproches.

Mortificadas y torturadas por una imagen de sí perdida, nada de lo que hagan alcanza a reparar ese ideal resquebrajado.

Pagan deudas que crecen con los días.


Depresiones quedan atrapadas en la telaraña de sometimientos que ellas mismas tejen.

Padecen tiranías del éxito, a la vez que las consienten. Ejercen la hostilidad como si tuviera una función correctora o como si la voracidad, que antes gozaba con los logros, ahora gozara con el desprecio.


Recriminaciones secan iniciativas, marchitan deseos, escarchan la piel de los abrazos, deslucen el sabor de una palabra conversada.


Depresiones practican individualismos tenaces.

Penan por paraísos perdidos. Rumian una y otra vez esas caídas, esos descensos irreversibles desde las cumbres.

Acarrean nostalgias, se culpabilizan.

Voces encarnizadas vuelven irrespirable el presente, incendian el pasado y vislumbran el futuro como negativa, capricho o dictamen que se rehúsa a devolver lo perdido.


Depresiones se enojan con la vida, con incompetencias personales, con insuficiencias de la voluntad.

Se irritan por vivir en un cuerpo enfermo, por tener mucha edad, por no gozar de una mejor posición social.


Depresiones lloran obnubiladas por íntimos malestares que se funden con la cruda vida en tiempos de pandemia.

La feroz alternativa entre acumulación de ganancias o protección de fragilidades se mezcla con estrechos devaneos privados entre éxito o fracaso propio, volver al ruedo con todos los honores o menosprecio.


Omnipotencias desalojadas de sus soñados poderíos, se encuentran -de la noche a la mañana- arrojadas a la impotencia.


¿Depresiones optan por atormentarse antes que admitir intemperies y crueldades de la civilización del capital?

Por momentos, agobiadas con tantas amonestaciones, ¿solo imaginan la pacificación de la muerte?


¿Hay una niñez de las depresiones? ¿Una temprana obligación de descollar siempre en un escenario ideal? ¿Una inminente posibilidad de expulsión del amor desde los primeros años?

En la infancia de todos los miedos anida una vulnerabilidad negada, una insuficiencia entrevista como falta imperdonable, una soledad sentida como condena inevitable.

Pero ¿cómo sucede que vulnerabilidades, insuficiencias, soledades, se sientan como peligros, faltas, condenas?

Peligros, faltas, condenas, ¿nublan angustias?, ¿evitan la descarnada visión del sinsentido?, ¿preservan las metas efímeras de la mortificación: éxito, reconocimiento, prestigio, dinero, poder?


Se pueden interrogar las formas primeras de una supuesta estructura del ser, las circunstancias de las vidas adultas que cuidan y sostienen, las hablas del capital que designan y encarrilan afectos que no se sabe cómo nombrar. Pero, al capítulo de los comienzos se le vuelan las páginas. En cada línea vivida soplan ráfagas que se mezclan.

Por eso -como se dice en el título de la novela de Onetti- un análisis se inicia con la sola consigna de “Dejemos hablar al viento”.


Lamentos reconocen pesares. Quejas se ofuscan con lo irremediable. Angustias pueden habilitar protestas. Protestas cuestionan injusticias.


A veces, una voz lleva una presencia, otras ahonda una distancia. Por momentos, reconforta; otras lastima. En ocasiones, escucha; otras, inquiere, juzga, condena.

También una voz acompaña, suaviza, ayuda a arropar un terror.

Escribe Freud (1926) en Inhibición, síntoma y angustia: “Cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, aunque no por ello vea más claro”.


¿Orgullos que entran en pánico actúan violencias para no admitir terrores? ¿Fuerzas que dañan componen infames conjuros del miedo?


En ocasiones, momentos de pavura se interpretan como prueba de debilidad heredada, como carga de un destino asustadizo.

Montaigne (1592), en sus Ensayos considera al temor como condición vergonzosa y sumisa que, entre otras cosas, justifica la pobreza.

Todavía cuesta pensar en una terapéutica comunal hospitalaria con los miedos.


Si angustias no se confunden con vacíos que hay que llenar, si se confía en las potencias de una común debilidad y no en la invulnerabilidad de la fuerza, tal vez, entonces, la actual pandemia ofrezca la ocasión de hacer escuchar la apremiante inconformidad del cuerpo celeste.

Inconformidad no significa insatisfacción. Mientras la insatisfacción reclama mejoras, inconformidad impugna todas formas que comprimen, lastiman, estrangulan emotividades.


No se trata de ser uno mismo como si en eso consistiera alcanzar el fondo de la verdad.

Se trata de intentar estar presentes en cada momento posible. Aprender a componer sentimientos no personales, intentar abismarse en las gracias y desgracias de cada instante.


El viento traspasa dolores, presiente empatías del aire.


Se comprende la ficción de sí como fortaleza segura. Disciplinas del llamado pensamiento occidental primero instalan el imperativo del ser y enseguida anuncian el peligro del no ser.

Desde entonces, a esa supuesta angustia ontológica se la hace gravitar en las noches de las soledades.


Sensibilidades que hablan adoptan personalidades como si compusieran performances para escapar de las babas que las atormentan.

Personalidades, como intuyó Wilhelm Reich (1933) en Análisis del carácter, están ahí como corazas de miedo.


No se trata de salir a medicar depresiones, tampoco de animar a soportar catástrofes, ni de insuflar voluntades que aguanten hasta que pase la devastación.

Se trata de aprender a pensar en medio del desastre, de interrogar la vida antes del virus, de recuperar rabias previas. De afirmar lo que no se quiere más, aunque no se sepa lo que vendrá.


Úrsula Le Guin (2004) dedica su literatura en imaginar modos de vivir diferentes a los que conocemos hasta ahora.

Escribe: “Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que ‘utopía’ es un nombre demasiado grandioso y rígido para caracterizarlas. Utopías y distopías proceden del intelecto. Yo escribo a partir de la pasión y el gusto. Mis historias no son advertencias nefastas ni propuestas de qué deberíamos hacer. La mayoría, creo, se presentan como comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y celebraciones de las alternativas y posibilidades inventadas. (…) Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mentalidades, instar a abandonar la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos, ahora, es la única manera en que se puede vivir…”.


Normalidades levantan fachadas de felicidad en los sórdidos pasajes cotidianos. Persuaden que, si aún así, se insiste en ver el horror, eso se debe a inclinaciones malsanas o disidencias mórbidas.


Depresiones demandan amor, atención, contención, compasión, reconocimiento, respeto, rechazo, castigo. En los vaivenes del sufrimiento alternan humildades con ferocidades.


Spinoza (1677) no considera la humildad como virtud. La piensa como máscara de envidia y ambición. Detrás de los rostros que se ruborizan sospecha arrogancias contenidas. Omnipotencias que no muestran sus cartas, superioridades que aspiran reconocimientos por otros medios.


¿Altanerías deprimidas sobrellevan humillaciones como jactancias de dificultades heroicas? ¿Antes que hundirse solas, están dispuestas a hundir al mundo con ellas? ¿Abatimientos y amarguras absorben la hiel del decaimiento del capitalismo?


Depresiones actúan omnipotencias que desdeñan la imaginación. Soberbias que constatan que lo que ocurre ocurrirá sin otra opción.

Absolutismos de las depresiones, aunque se presenten con grises y modestias, componen arrogancias conservadoras que desalientan ímpetus y fantasías capaces de subvertir lo establecido.


Depresiones, a veces, sienten calladas condescendencias con lo que hace daño.


Se suele llamar naturaleza a la vida sin valor agregado. Sin artificios, sin culturas, sin sociedades, sin fábricas, sin deseos, sin trascendencias, sin realidades, sin artes, sin ciencias, sin palabras.

En el futuro se recordará a la naturaleza (esa distancia, esa otredad, ese misterio) como la vida sin daño agregado.


No se sabe qué marcas en los cuerpos y en las políticas de lo común dejará la pandemia. Por ahora, salvo algunas voces, se asiste a la perseverancia de los mismos hábitos sociales con barbijos, distancias físicas, más tiempo en los teléfonos y las redes.

Tal vez vacunas que salvan aplaquen la desesperada y resistida percepción de que está en riesgo la vida.


¿Habitamos poblaciones aquerenciadas al odio antes que al amor, a la amenaza antes que a la confianza, a la salvación individual antes que a la mutualidad, el cooperativismo, la solidaridad?

¿Gregarismos de la crueldad ofrecen protecciones más seguras que gregarismos de la suavidad?


Se repite: se necesita de los otros para vivir, pero ¿cómo se lo necesita?

¿Se los necesita como fuerza reclutada de defensa y de ataque, como exhibición de domino y poder, como ficción de invulnerabilidad?

¿O se los necesita como cercanías deseadas, como descanso de todas las batallas, como común vulnerabilidad, como inminente belleza no desprovista de dolor?


Enseñanzas de la pandemia:

(1) El derecho a existir está amenazado por la civilización del capital que naturaliza el derecho a destruir. (2) El virus puso a la vista que la salud no nos pertenece. (3) Asistimos a un presente que se encuentra ante la disyuntiva: capital o vida. (4) Aun en una catástrofe sanitaria, formas de rechazo e indiferencia tienden a prevalecer sobre las del cuidado. (5) Lógicas de poder que consienten la apropiación y acumulación de riquezas en pocas manos, ¿por qué tomarían la decisión de financiar, investigar, producir y entregar vacunas por igual a todas las sensibilidades que habitan la Tierra? (6) Se necesita esperar un porvenir en común, aun sin saber la forma que tendrá. (7) Se está en la vida sin tener que hacer ni demostrar nada, con la sola responsabilidad de no dañarla.


Bion (1972) en Experiencias en grupos, retomando observaciones de Melanie Klein, señala que -en momentos de catástrofes- formaciones comunitarias se vuelven dependientes de un poder reconocido, o se defienden y atacan todo lo que consideran extraño, o se entregan a la esperanza de una salvación mágica, sobrehumana, celestial.

Reconoce que las desesperadas defensas del miedo acallan angustia por poco tiempo. Esos manotazos de fe colectiva, a veces, calman desamparos accionando violencias y atizando zonas desdeñables.

Cree que solo una común fragilidad capaz de enfrentarse al oráculo enmudecido del presente podría sobrellevar lo insondable sin renunciar al pensamiento.


Enseñanzas de la pandemia:

(8) Entre una común debilidad que cuide y la omnipotencia de la fuerza colectiva, conviene optar por la primera.


Cuando una época se blinda ante las catástrofes del presente, sensibilidades que permanecen despiertas tienen más trabajo. Absorben lo que no se quiere oír. Lo que, no obstante, saben sin saber las pesadillas, las contracturas, los corazones desbocados, los comedores del hambre, las cornisas angostas.


Escribe Onetti (1979) en Dejemos hablar al viento: “Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre”.

Onetti rechaza la fe como fuerza colectiva. Confía más en las vidas desguarnecidas, en las intemperies inapropiables, en la liviana consistencia de las espumas. En las hablas del viento.


"Derrames", acrílico y tinta sobre bastidor 80x80. Gisela Candas, 2020.

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