• Revista Adynata

Ideas para postergar el fin del mundo / Ailton Krenak

La primera vez que aterricé en el aeropuerto de Lisboa tuve una sensación extraña. Por más de cincuenta años había evitado atravesar el océano por razones afectivas e históricas.

Creía que no tenía mucho para conversar con los portugueses -no es que ello fuera una gran cuestión, pero era algo que evitaba-. Cuando se cumplieron quinientos años de la travesía de Cabral y compañía, rechacé la invitación para venir a Portugal. Dije: “Se trata de una típica fiesta portuguesa. Van a celebrar la invasión de mi rincón del mundo. No voy.” Aun así, no transformé esto en una pelea y pensé: “Vamos a ver qué sucede en el futuro”.


En 2017, el año en que Lisboa fue capital iberoamericana de la cultura, organizaron un ciclo de eventos muy interesantes con obras de teatro, muestras de cine y charlas. De nuevo me invitaron a participar, y esta vez, nuestro amigo Eduardo Viveiros de Castro daría una conferencia en el teatro María Matos llamada “Los involuntarios de la patria”. Entonces pensé: “Este tema me interesa. Yo voy”. Al día siguiente de la charla de Eduardo tuve la oportunidad de encontrarme con muchas personas interesadas en el estreno del documental Ailton Krenak e o sonho da pedra (Ailton Krenak y el sueño de la piedra), dirigido por Marco Altberg. La película es una buena introducción al tema que quiero abordar: ¿Cómo es que, a lo largo de los últimos dos o tres mil años, construimos la idea de humanidad? ¿Será que la misma está basada en muchas elecciones previas y equivocadas, justificando el uso de la violencia?


La idea de que los blancos europeos podían salir a colonizar al resto del mundo se basaba en la premisa de la existencia de una humanidad iluminada que precisaba ir al encuentro de una humanidad oscurecida, trayendo a esta última hacia una increíble luz. Este llamado para el seno de la civilización fue siempre justificado por la noción de que existe un modo de estar aquí en la Tierra, una cierta verdad, o una concepción de verdad, que guió muchas de las elecciones tomadas en diferentes períodos históricos.


Ahora, en el inicio del siglo XXI, algunas colaboraciones entre pensadores con visiones distintas y de origen cultural diferente, posibilitan criticar esa idea. ¿Somos realmente una humanidad?


Pensemos en nuestras instituciones más consolidadas como las universidades o los organismos multilaterales que surgieron en el siglo XX: el Banco Mundial, la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Cuando quisimos crear una reserva de la biosfera en una región de Brasil, necesitamos justificar frente a la Unesco por qué era importante que el planeta no fuera devorado por la minería. Para esa institución parece que basta con mantener algunos lugares como muestra gratis de la Tierra.

Si sobrevivimos pelearemos por los pedazos del planeta que no comimos, y nuestros nietos o tataranietos -o los nietos de nuestros tataranietos- van a poder pasear para ver cómo era la Tierra en el pasado. Esas agencias e instituciones fueron configuradas y mantenidas como estructuras de esa humanidad. Y legitimamos su perpetuación, aceptamos sus decisiones, que muchas veces son malas y nos causan pérdidas, porque están al servicio de la humanidad que pensamos ser.


Las experiencias que viví en diferentes culturas y lugares del mundo me permitieron evaluar las garantías dadas al integrar este club de la humanidad. Y pienso: “¿Por qué insistimos tanto y durante tanto tiempo en participar de este club, que la mayoría de las veces solo limita nuestra capacidad de invención, creación, existencia y libertad?” ¿Será que no estamos siempre actualizando aquella vieja disposición para la servidumbre voluntaria? ¿Cuándo entenderemos que los Estados nacionales ya se deshicieron, que la vieja idea de esas agencias estaba equivocada desde su origen? En su lugar, continuamos encontrando un modo de proyectar otras iguales a estas, que también podrían mantener nuestra cohesión como humanidad.


¿Cómo justificar que somos una humanidad si más del 70% se encuentra totalmente alienado al mínimo ejercicio de ser? La modernidad arrancó a estas personas del campo y la selva para vivir en villas y barrios periféricos, transformarse en mano de obra en centros urbanos. Estas personas fueron despojadas de sus colectivos, de sus lugares de origen, y arrojadas dentro de esta licuadora llamada humanidad. Si las personas no tienen vínculos profundos con su memoria ancestral, con las referencias que dan sustento a la identidad, van a enloquecer en este mundo demente que compartimos.

“Ideas para postergar el fin del mundo” -este título es una provocación-. Estaba en el jardín de casa cuando me trajeron el teléfono diciendo: “Te están llamando de la Universidad de Brasilia para que participes de un encuentro sobre desarrollo sustentable”. La UnB tiene un centro de desarrollo sustentable con un programa de maestría. Me quedé muy feliz con la invitación, acepté, y entonces me dijeron: “Necesitas darle un nombre a tu conferencia”. Estaba tan compenetrado con mis actividades en el jardín que respondí: “Ideas para postergar el fin del mundo”. Lo tomaron en serio y lo colocaron en la programación. Tres meses más tarde me llaman: “Es mañana, ¿tienes tu pasaje de avión para Brasilia?” “¿Mañana?” “Sí, mañana darás aquella charla sobre las ideas para postergar el fin del mundo”.

Al día siguiente llovía, y pensé: “Perfecto, no va a venir nadie”. Pero, para mi sorpresa, el auditorio estaba lleno. Pregunté: “Pero ¿todas estas personas son de la maestría?”, a lo que mis amigos respondieron: “Nada de eso. Alumnos de todo el campus están acá queriendo saber sobre esa historia de postergar el fin del mundo”. Respondí: “Yo también”.


Estar con este grupo me hizo reflexionar sobre el mito de la sustentabilidad inventado por las corporaciones para justificar el crimen sobre nuestra idea de naturaleza. Fuimos engañados, durante mucho tiempo, con la historia de que somos la humanidad. Mientras tanto -mientras el lobo no está-, nos fuimos alienando del organismo del cual somos parte, la Tierra, y comenzamos a pensar que ella es una cosa y nosotros otra: la Tierra y la humanidad. No veo dónde hay alguna cosa que no sea naturaleza. Todo es naturaleza. El cosmos es naturaleza. Todo en lo que consigo pensar es naturaleza.


Leí la historia de un investigador europeo que a comienzos del siglo XX estaba en Estados Unidos y llegó a un territorio Hopi. Le había pedido a alguien de aquella aldea que lo ayude a encontrarse con una anciana a la cual quería entrevistar. Cuando fue a reunirse la encontró parada cerca de una roca. El investigador se quedó esperando hasta que dijo: “¿No va a conversar conmigo?” Y el facilitador le respondió: “Está hablando con su hermana”. “Pero es una piedra”. Entonces le respondió: “¿Cuál es el problema?”


Hay una montaña rocosa en la región donde el río Doce fue alcanzado por el barro de la minería. La aldea Krenak se encuentra al margen izquierdo del río, a la derecha hay una sierra.

Aprendí que esa sierra tiene nombre, Takukrak, y personalidad. A la mañana temprano, desde el patio de la aldea, las personas la observan y así saben si el día va a ser bueno o si es mejor quedarse quieto. Cuando está con cara de “no estoy para nadie” las personas se quedan alertas.

Cuando amanece espléndida, bonita, con nubes claras sobrevolando su copa, toda adornada, la gente dice: “Puedes hacer una fiesta, bailar, pescar, puedes hacer lo que quieras”.

Así como aquella señora hopi que conversa con la piedra, su hermana, hay mucha gente que conversa con las montañas. En Ecuador, en Colombia, en algunas regiones de los Andes, encuentras lugares donde las montañas forman parejas. Hay madres, padres, hijos, hay familias de montañas que intercambian afecto, hacen trueques. Las personas que viven en esos valles les celebran fiestas, dan comida, regalos, y reciben regalos de las montañas también. ¿Por qué esas narrativas no nos interesan? ¿Por qué van siendo olvidadas, borradas a favor de una narrativa globalizada, superficial, que nos quiere contar siempre la misma historia?


Los Massai, en Kenia, tuvieron un conflicto con la administración colonial porque los ingleses querían que su montaña se transforme en un parque. Se rebelaron contra la idea banal, común en muchos lugares del mundo, de transformar un sitio sagrado en un parque.

Creo que comienza con un parque y termina como parking. Porque hay que estacionar esa cantidad de autos que producen por allá afuera.


Es un abuso de lo que llaman: razón.


Mientras la humanidad se distancia de su lugar, un grupo de corporaciones mal intencionadas se encarga de la Tierra. Nosotros, la humanidad, viviremos en ambientes artificiales producidos por estas mismas corporaciones que devoran selvas, montañas y ríos. Inventan kits super interesantes para mantenernos en este lugar, alienados de todo, y en la medida de lo posible tomando muchos remedios. Porque, al final, necesitan hacer algo con el excedente de la basura que producen, entonces harán remedios y muchas otras parafernalias para entretenernos.


Para que no se queden pensando que estoy inventando un mito más, el del monstruo corporativo, les cuento que tiene nombre, dirección y hasta cuenta bancaria. ¡Y qué cuenta! Son los dueños del dinero del planeta, y ganan por cada minuto que pasa, esparciendo shoppings por el mundo. Distribuyen casi el mismo modelo de progreso que fuimos incentivados a aceptar como bien-estar, por todo el mundo. Los grandes centros, las grandes metrópolis, son una reproducción los unos de los otros. Si vas para Tokio, Berlín, Nueva York, Lisboa o San Pablo, verás el mismo entusiasmo en construir torres increíbles, ascensores extravagantes, automóviles espaciales… es como si estuvieras en un viaje con Flash Gordon.


Mientras tanto, la humanidad va siendo separada de un modo tan absoluto de ese organismo que es la Tierra. Los únicos núcleos que aún consideran que necesitan quedarse conectados con esa tierra son aquellos que fueron casi olvidados al margen del planeta, en las costas de los ríos y océanos, en África, Asia o América Latina. Son pescadores, índios, quilombolas, aborígenes, la sub-humanidad. Porque existe una humanidad, digamos, ok, y hay una camada más bruta, rústica, orgánica, una sub-humanidad compuesta por personas que quedaron aferradas a la tierra. Parece que quieren comer tierra, mamar en la tierra, dormir acostados sobre la tierra, envueltos en tierra. La organicidad de estas personas es algo que incomoda tanto que las corporaciones han creado cada vez más mecanismos para separar a estos hijos de la tierra de su madre. “Vamos a separar esto, personas y tierra, este lío. Es mejor colocar un tractor, un extractor en la tierra. Personas no; las personas generan confusión. Y, principalmente, personas que no fueron entrenadas para dominar este recurso natural que es la tierra.” ¿Recurso natural para quién? ¿Desarrollo sustentable para quién? ¿Qué necesitamos sostener?


La idea de que nosotros, los humanos, nos despegamos de la tierra, viviendo en una abstracción, en una civilización, es absurda. Suprime la diversidad, niega la pluralidad de las formas de vida, de existencia y de hábitos. Ofrece el mismo menú, el mismo traje, y si es posible, la misma lengua para todo el mundo.


Para la Unesco, 2019 fue el año internacional de las lenguas indígenas. Todos nosotros sabemos que por año, o por semestre, una de estas lenguas maternas, uno de esos idiomas originarios de pequeños grupos que están en la periferia de la humanidad, es eliminado. Quedan algunas, preferentemente aquellas que les interesan a las corporaciones para administrar el desarrollo sustentable.


¿Qué hacen con nuestros ríos, nuestras selvas, nuestros paisajes? Nos quedamos tan perturbados con el deshuese regional que vivimos, quedamos tan descreídos con la falta de perspectiva política, que no conseguimos erguirnos y respirar, ver lo que importa de verdad para las personas, los colectivos y las comunidades en sus ecologías. Para citar a Boaventura de Sousa Santos, la ecología del saber debería también integrar nuestra experiencia cotidiana, inspirar nuestras elecciones sobre el lugar donde queremos vivir, nuestra experiencia como comunidad. Necesitamos ser críticos ante la idea plasmada de humanidad homogénea en la cual hace ya mucho tiempo el consumo tomó el lugar de aquello que antes era ciudadanía.

José Mujica dice que transformamos a las personas en consumidores y no en ciudadanos. Y a nuestros niños, desde muy chicos, les enseñan a ser clientes. No hay personas más halagadas que los consumidores. Son halagados hasta el punto de quedarse imbéciles, babeando.

Entonces ¿para qué ser ciudadano? ¿Para qué tener ciudadanía, otredad, estar en el mundo de un modo crítico y consciente, se puedes ser un consumidor? Esa idea excluye la experiencia de vivir en una tierra llena de sentido, en una plataforma para diferentes cosmovisiones.


Davi Kopenawa estuvo conversando durante veinte años con el antropólogo francés Bruce Albert para producir la fantástica obra llamada A queda do céu: Palavras de um xamã yanomami (La caída del cielo: Palabras de un chamán yanomami). El libro tiene la potencia de mostrarnos que estamos en esa especie de fin de los mundos, cómo es posible que un conjunto de culturas y de pueblos aún sea capaz de habitar una cosmovisión, habitar un lugar en este planeta que compartimos de un modo tan especial, en el que todo tiene un sentido. Las personas pueden vivir con el espíritu de la selva, vivir en la selva, estar en la selva. No estoy hablando de la película Avatar, y sí de la vida de más de veinte mil y algo de personas -y conozco a algunas de ellas- que habitan el territorio yanomami en la frontera entre Brasil y Venezuela. Este territorio está siendo amenazado y devastado por la minería, por las mismas corporaciones perversas que ya mencioné y que no toleran ese tipo de cosmos, el tipo de capacidad imaginativa y de existencia que un pueblo originario como los Yanomami es capaz de producir.


Nuestro tiempo es especialista en crear ausencias: del sentido de vivir en sociedad, del propio sentido de la experiencia de vida. Eso genera una intolerancia muy grande en relación a quien aún es capaz de experimentar el placer de estar vivo, de bailar, de cantar. Y está lleno de pequeñas constelaciones de personas esparcidas por el mundo, que bailan, cantan, hacen llover. El tipo de humanidad zombie a la cual estamos siendo convocados a integrar, no tolera tanto placer, tanto disfrute de la vida. Entonces predican el fin del mundo como una posibilidad para hacernos desistir de nuestros propios sueños. Y mi provocación sobre postergar el fin del mundo es exactamente poder contar una historia más, siempre. Si podemos hacer esto, estaremos postergando el fin del mundo.


Es importante vivir la experiencia de nuestra propia circulación por el mundo, no como una metáfora sino como una fricción, poder contar los unos con los otros. Poder tener un encuentro como este, aquí en Portugal, y tener una audiencia tan esencial es un regalo para mí. Pueden estar seguros que esto me da la fuerza para estirar un poco más el inicio del fin del mundo que se me presenta. Y los invito a pensar la posibilidad de hacer el mismo ejercicio. Es una especie de tai chi chuan. Cuando sientas que el cielo está muy bajo, tan solo empújalo y respira.

¿Cómo lidiaron los pueblos originarios de Brasil con la colonización que quería acabar con su mundo? ¿Qué estrategias utilizaron para superar esa pesadilla y llegar al siglo XXI aún pateando, reivindicando y desafinando el coro de los satisfechos? Ví las diferentes maniobras que nuestros antepasados hicieron y me alimenté de ellas, de la creatividad y la poesía que inspiró la resistencia de estos pueblos. La civilización los llamaba bárbaros y encaró contra ellos una guerra sin fin con el objetivo de transformarlos en civilizados, para que puedan integrar el club de la humanidad. Muchas de esas personas no son individuos sino “personas colectivas”, células que consiguen transmitir, a través del tiempo, sus visiones sobre el mundo.

A veces los antropólogos limitan la comprensión de esta experiencia, que no es sólo cultural. Sé que hay algunos antropólogos aquí, no se pongan nerviosos. ¿Cuántos percibieron que estas estrategias sólo tenían como propósito postergar el fin del mundo? Yo no inventé esto, sino que me alimento de la resistencia contínua de estos pueblos que guardan la memoria profunda de la tierra, aquello que Eduardo Galeano llamó de “Memorias del fuego”. En ese libro y en Las venas abiertas de América Latina, muestra cómo los pueblos del Caribe, de América Central, de Guatemala, de los Andes y del resto de América del Sur, estaban convencidos del error que era la civilización. Ellos no se rindieron porque el programa propuesto era un error: “No queremos este engaño”. Y los otros: “No, toma este engaño. Toma la Biblia, toma la cruz, toma la escuela, toma la universidad, toma las rutas, toma el tren, toma la minería, toma este golpe”. A lo que los pueblos respondieron: “¿Qué es esto? Que programa más extraño. ¿No tienen otro?”


¿Por qué nos sentimos incómodos con la sensación de estar cayendo? Últimamente no hacemos otra cosa que caer en picada. Caer, caer, caer. Entonces, ¿por qué estamos sorprendidos ahora con la caída? Vamos a aprovechar toda nuestra capacidad crítica y creativa para construir paracaídas coloridos. Vamos a pensar en el espacio no como un lugar cerrado, sino como el cosmos donde podemos caer en picada con un paracaídas multicolor.

Hay centenas de cuentos de pueblos que están vivos, cuentan historias, cantan, viajan, conversan y nos enseñan más de lo que aprendemos con esta humanidad. Nosotros no somos las únicas personas interesantes en el mundo, somos parte de un todo. Esto tal vez tire un poco la vanidad de esta humanidad que creemos ser, además de disminuir la falta de admiración que tenemos, todo el tiempo, por aquellas otras compañías que están en este viaje cósmico junto con nosotros.


En 2018, cuando estábamos al borde de una nueva situación en Brasil, me preguntaron: “¿Qué van a hacer los indios frente a todo esto?” A lo que respondí: “Hace quinientos años que los indios resisten. Estoy más preocupado con los blancos. ¿Cómo van a salir de esta?” Nosotros resistimos expandiendo nuestra subjetividad, sin aceptar esa idea de que somos todos iguales.

En Brasil aún existen aproximadamente 250 etnias que quieren ser diferentes las unas de las otras, y que hablan más de 150 lenguas y dialectos.


A nuestro amigo Eduardo Viveiros de Castro le gusta provocar a las personas con la perspectiva amazónica, llamando la atención exactamente sobre esto: los humanos no son los únicos seres interesantes que tienen una perspectiva sobre la existencia. Muchos otros también la tienen.

Cantar, bailar, vivir la experiencia mágica de suspender el cielo es común entre muchas tradiciones. Suspender el cielo es ampliar nuestro horizonte; no el horizonte prospectivo, sino uno existencial. Es enriquecer nuestras subjetividades, que es la materia que este tiempo en el que vivimos quiere consumir. Si existe un deseo de consumir naturaleza, existe también uno de consumir subjetividades, nuestras subjetividades. Entonces vamos a vivirlas con la libertad que fuimos capaces de inventar y no ponerlas a la venta. Ya que la naturaleza está siendo arrebatada de un modo tan indefendible, seamos capaces, por lo menos, de mantener nuestras subjetividades, nuestras visiones, nuestras poéticas sobre la existencia. Definitivamente no somos iguales y es maravilloso saber que cada uno de nosotros es diferente del otro, como constelaciones. El hecho de poder compartir este espacio, de estar juntos viajando, no significa que somos iguales; significa exactamente que somos capaces de nos atraernos los unos a los otros por nuestras diferencias, que deberían guiar nuestra vida. Tener diversidad, no eso de una humanidad con un mismo protocolo. Porque eso hasta ahora solo fue una manera de homogeneizar y sacarnos la alegría de estar vivos.


Fuente: Ideas para postergar el fin del mundo publicado por Colectivo Siesta. Traducción y coordinación Carolina Pierro


Conferencia dictada en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, en un ciclo de seminarios coordinados por Susana de Matos Viegas, el 12 de marzo de 2019, como actividad preparatoria a “Muestra amerindia: Caminos del cine indígena en Brasil”, publicada originalmente bajo el título “Ideias para adiar o fim do mundo”, Ed. Schwarcz S.A. Companhia das Letras.


DjLu Juegasiempre, Emily (Niños del barrio), mural en Bogotá, Colombia, 2018

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.