• Revista Adynata

La mosca Lewkowicz / Tomás Baquero

No aplastes a esa mosca

¡Mira cómo levanta

sus manos hacia ti!

Issa


El haiku se permite lo ordinario, lo breve. Recoger de los sentidos una impresión sin la necesidad de demorarse navegando en las aguas de las sensaciones. Un detalle, un pequeño suceso cotidiano: el ruido de la rana que salta al estanque, la lluvia que cae mientras alguien camina, la luna que se refleja en un plato de sopa. En El imperio de los signos, Roland Barthes decía que el haiku reproduce el gesto de unx niñx cuando, con el espíritu tomado por el asombro, señala con su dedo algún pequeño suceso inadvertido acompañando el gesto con alguna exclamación: mirámirámirá. Es de algún modo como en aquella historia en la que el rey va desnudo, pero donde lo que se quiebra no es la silenciosa complicidad con los poderes sino el tedio, la tristeza, la pesadumbre cotidiana. No aplastes a la mosca, dice Issa, ¡está levantando sus manos hacia ti! Si cierto existencialismo tiene razón, es probable que las cosas extraordinarias lo sean porque así las recibimos. Y aun así es lindo pensar que nos estábamos perdiendo de algo que, a su vez, hacía un gesto hacia nosotrxs.


Leyendo una charla dada por Ignacio Lewkowicz me sobreviene la necesidad de señalarla con el dedo. No se me ocurre otra forma de invitación amorosa a algo que cuida la vida, especialmente cuando en verdad no habría nada que decir. Nada que decir; no obstante, el contagio de las ideas pide algunas palabras más. Érase una vez la mosca Lewkowicz que, con sus pequeñas patitas, llamaba encendía a través de los años el deseo de leer.


Se trata de una charla que fue titulada como “Una respuesta ética a la violencia”. Poco importa, creo, qué tan radicalmente nuevas son las cosas que se dicen allí, es más el hecho de saberlo presente. Santiago Roggerone, en su libro Venir después, habla de la generación Lewkowicz. Si Sócrates era un tábano, que incomodaba permanentemente al incitar a pensar, quizás la mosca Lewkowicz es una forma más amable y cuidadosa, propia de tiempos que no pueden convivir con los mismos niveles de angustia.


Una expresión dicha al pasar en la charla, como un ejemplo entre otros sin valor particular, me despierta el deseo de señalar. En la conversación, explora las diferencias entre el saber moral que nos indica lo que debemos hacer y el momento del pensamiento ético, que se abre cuando reconocemos que existen posibilidades por fuera de ese deber, aunque no sepamos cuáles. Como no sabemos cuáles, hay que inventar. Y como inventar es una cosa extraña, que ocurre a veces, como los cumpleaños o las tostadas que caen con la mermelada para arriba, es algo que pasa con otrxs.


Es entonces que dice: “que haya otros es lo único que nos libera de las tiranías propias y ajenas”. Que las tiranías propias y ajenas se encuentren en un mismo asunto es ya algo bello; también que la libertad no exista en soledad. Pero el momento-haiku, creo, es el mínimo de observación: hay otrxs. ¡Mirá, hay otrxs! ¿Estás viendo? No es el ámbito de las promesas sino de las posibilidades. El mínimo a partir del cual otra cosa puede ser posible. Tal vez añade poco, como los haikus. Pero quizás sea cierto, también, que hay sutilezas que es difícil capturar de otro modo. De allí la brevedad del haiku. Sin el haiku es difícil hablar de que llueve por el simple hecho de que llueve: “Llueve / ¡Pobre el que no puede / describir cómo llueve!” (Buson). Hay otrxs / puedo huir de mí. Hay otrxs / la historia reserva sorpresas. Cuando no decimos las cosas se nos olvidan, porque las moscas levantando sus manos son muy pequeñas.



s/A s/T Amuleto de mosca cerca del 1550-1295 a.C

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.