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  • Foto del escritorRevista Adynata

Notas sobre un proceso de integración escolar / Bautista Viera

Escribo este texto con la intención de compartir mi experiencia trabajando como integrador escolar en un colegio primario. Con ganas de acercar reflexiones alrededor de lo clínico en el campo educacional. Buscando agitar la experiencia para encontrar resonancias, acercar preguntas y compartir los estremecimientos que son parte de la mayoría de este tipo de experiencias laborales.

La integración escolar es el proceso mediante el cual se posibilita la incorporación o continuidad de estudiantes con necesidades educativas especiales en la escuela. Mi experiencia en esta actividad consistió en observar comportamientos y acompañar desbordes, momentos de ira, múltiples aburrimientos frente a los deberes, travesuras y risas. En sostener conversaciones filosóficas sobre las obligaciones escolares en pasillos y escaleras, en ir colaborando en la construcción de hábitos de escolaridad, trabajando con lo que la persona acompañada piensa de la escuela, lo que opina de sus compañerxs, si les odia o siente que lo odian por producir molestias a causa de sus necesidades, por representar un riesgo o por encarnar una diferencia patológica respecto a la mayoría.

Una lectura rápida de las integraciones escolares podría ubicarlas como un parche de la represión institucional. Ahí donde el conjunto de normas que regulan los cuerpos falla, la persona que realiza esta actividad es llamada a intervenir la conducta para favorecer el supuesto bienestar general, mediante la resolución de los conflictos en función de lo esperado por los objetivos pedagógicos que con haber transitado una institución educativa ya conocemos en primera persona.

¿Cómo correrse de la posición de curita de la herida institucional para funcionar de otro modo? ¿Es posible hacer preguntas a los dispositivos desde dentro de ellos? ¿Abstenerse de colaborar a satisfacer esos imperativos, produciendo otra cosa? ¿Cómo alojar un padecimiento y construir conocimientos en torno a superarlo, al mismo tiempo que intentamos algo más que simplemente emparcharlos o resolverlos?

La integración escolar está emparentada con un cambio de legislación sucedido hace relativamente poco. La Ley de discapacidad 24901 se propone detener el impulso a segmentar en “escuelas especiales” a personas con alguna dificultad cognitivo comportamental, alimentando la diversidad cognitiva y funcional del espacio áulico combatiendo la segregación. En este sentido podría pensarse que el paradigma de la integración educativa cuenta con cierta amplitud dado que pretende volver inclusivo el espacio escolar. ¿Podremos repensar el espacio escolar para volverlo más habitable?.


Es una figura intersectorial, en mi caso un trabajador de la salud inserto en el ámbito educativo. Mi objetivo es irme diluyendo, esfumandome como el agua dentro del agua en la medida que la persona va logrando una autonomía que le haga prescindir de mi acompañamiento, mientras la mayoría de los maestros me observan con desconfianza, me concentro en asistir sin generar dependencia.

Intervenir en el aula ¿qué decir en cinco segundos, entre todo un griterío, en una situación confusa y problemática? Muchas veces, estando ahí sin ser beneficiario del espacio para participar desde el discurso, solía pensar que de tener la posibilidad de hablarles a les alumnes con cierta autoridad podría resolver las situaciones conflictivas. No obstante, cuando fui invitado a reflexionar colectivamente con les estudiantes me di cuenta de lo contrario. No sabía que decir, lo que pude decir no tuvo los efectos imaginados, las contrapreguntas me dejaron sin palabras, las palabras no alcanzaron y lo que pueda ser dicho nunca alcanza para aliviar el dolor.

¿Y si ahí reside la fuerza de la situación? ¿Si la sabiduría de ese malestar está en poder volver audible un dolor que recorre las infancias con mayor o menor grado de intensidad, en torno a los modos en que la escolaridad se vuelve efectiva en cada territorio?

Siente fobia a las pelotas, si ve una tiene una especie de terror que le invade el cuerpo y no lo deja respirar. No soporta escuchar volúmenes altos de ruido, lo dejan confundido, aturdido, sin poder moverse, es como si la información sensorial lo tomara por asalto. En un informe dicen que tiene autismo y en otro dicen que tiene un trastorno generalizado del desarrollo. Vive hace un año con diabetes tipo uno, necesita medir sus niveles de glucemia cada cinco o diez minutos y tomar decisiones sobre si tomar insulina, tomar glucosa o simplemente esperar hasta la próxima medición. Por sus características, por el modo en que procesa la información, en que es afectado y afecta a los demás, parece estar constantemente a punto de estallar, de reventarse. No participa de ningún tipo de actividad reglada, regulada. Se le desarma el cuerpo. Cuando lo conocí no podía entrar al aula. Ahora entra, pero no acata ninguna orden colectiva, solo dibuja sin parar de espaldas a todes, pero permanece, está ahí sin ser parte del imperativo del quehacer.

En un pasillo remoto intenté advertirle a la vicedirectora mi posición existencialista en torno a las actividades grupales, pretendía poner en suspenso su idea de que el cuadro psicopatológico de la persona que estaba acompañando se estaba intensificando, atiné a decirle que me daba la impresión de que las experiencias de grupo están recorridas por una extorsión, la de no poder estar ahí, siendo merecedor de afecto, si no se actúa de una manera conforme a las lógicas establecidas. “Si no te comportas así no te vamos a querer, no te vamos a poder alojar”. Que la vida grupal está recorrida por una crueldad que nos impone modos de orientarnos hacia objetos y deseos como trueque para ser merecedores de afecto, para pertenecer. Silencio, sus dos ojos de buitre clavados sobre mi cara de estresado una tarde de frío en la escuela, siento que con su incredulidad me pregunta ¿Se puede vivir sin pertenecer a nada? ¿Se puede pensar un horizonte grupal librado de esas lógicas extorsivas?. Mientras se va sin responderme atino a pensar que soy un exagerado, si bien la exigencia institucional es volver el espacio escolar más inclusivo, es evidente que para ella resulta verdaderamente menos incordioso que el trabajador de la salud mental rectifique la conducta del alumno con dispersión cronica, antes que pensar modos de estar en común en el aula que no estén atravesados por la extorsión de obedecer para no ser castigado. Pero ¿dónde está la ética de trabajo si preferimos intervenir de una manera o de otra en función de lo que es más cómodo para nosotrxs, antes de ponderar otras alternativas, aunque resulten más trabajosas y demanden más esfuerzo?


Es un productor de dibujos incansable, al punto de que a ojos compañeros y docentes su actividad artística es exagerada, involuntaria, un rasgo de carácter que debe ser superado. Dibujar todo el tiempo, en los recreos de espaldas a la gran masa ruidosa que juega y grita, durante las clases, después de comer, dibujar es su tarea, es lo que hace (pienso después de verlo hacer eso durante meses) para poder soportar el estrés que le genera habitar la escuela, es una estrategia para drenar. ¿Cómo recuperar algo del valor de esa práctica si a los ojos de sus docentes y directivos es una actividad ociosa, improductiva e indeseada?

Luego de un tiempo de trabajo y asediados por la necesidad institucional de alcanzar resultados observables, acordamos que se acercaría a participar de la clase sin sus cosas de dibujo ¿Cuánto tiempo? lo que de, lo que se aguante, más allá de lo que haya que poder, una figura bastante recurrente en los colegios. Le digo: entrá y quedate lo máximo que puedas simplemente mirando, cuando no das más salis y te doy la cartuchera y los lápices. Lo veo entrar, se sienta a mirar la clase en un rincón, parece asustado. Me voy al cuarto pequeño al lado del aula de danza, estoy sentado, intentando escuchar si hace algo, si grita, si participa, ¿mirará silenciosamente? ¿participará cual voyeur de una actividad qué le aburre? después de algunos minutos escucho pasos agitados en el pasillo, y su voz: “Bauti, Bauti”, me asomo y lo veo venir. Cuando llega me dice: “me cansé, ya no aguanto más sin las cosas de dibujo” Se las doy y va a dibujar mientras sucede la clase, es su manera de aguantar, de permanecer en el dispositivo: ¿De que trata la clase? Danza recreativa, la profesora es amable y los chicos se divierten, sin embargo alguien no soporta estar ahí si no es dibujando, aunque nadie le exija nada y no se le hable o se le requieran hacer cosas.


Muchas veces me pregunté cuál sería el problema de que alguien simplemente dibuje en el aula. Siempre llego a las mismas respuestas, por un lado la compulsión institucional a perseguir objetivos pedagógicos, la escuela pidiendo resultados constantemente, hay que acreditar un saber para pasar, por otro lado, para sus compañeres el hecho de observar que él no hacía lo qué había qué hacer funcionaba como un grito sordo a la desobediencia ¿Porque trabajarían ellxs si él no? Quizás por esto es qué se piensan terapias o castigos ejemplificadores para quienes ponen en jaque las normas educativas, lo que demuestra el fracaso del dispositivo educacional. Ya no convoca al deseo ni produce interés, parece estar perversamente orientado hacia cosas que no repercuten en el resto de las actividades cotidianas de las infancias y solo se sostiene desde esa lógica de los castigos. Parece interesante que en su afán diverso e inclusivo, la escuela haya incorporado el síntoma qué evidencia su letargo.

Me da la sensación de que hay dos trabajos por hacer, por un lado intentar agitar el entramado cognitivo de la persona acompañada para volverla más permeable a la participación colectiva y el aprendizaje, pero por otro lado repensar las lógicas que volvieron la obediencia y el castigo los únicos andamiajes que sostienen el acatamiento de las reglas escolares.

Una tarde me grita: ¡me da recontra mil cringe entrar al aula!

Leí un término en Ninguna línea recta de Nicolas Cuello y Lucas Di Salvo, relacionado con el trabajo del historiador Greil Marcus, que me parece interesante: cicatrizar, remite a clausurar la capacidad interrogativa y crítica de ciertas experiencias opacas o poco claras, imponiéndoles características amigables para determinados sentidos comunes. En términos educacionales, cicatrizar podría pensarse como la administración higienista de ciertas conductas que se producen al interior de los dispositivos escolares, cancelando también la información crítica sobre los modos en que se gestiona la vida en común que dicha “dificultad para adaptarse” trae, retomando la idea de “funcionar como curitas” antes que como tramatizadores de una dispersión que pide ser escuchada. La tendencia a la cicatrización por parte de la integración escolar es tal que quizás la práctica misma existe porque no estamos preparados para escuchar aún la voluntad de deserción de los espacios en común, quizás porque esta deserción a los imperativos de unidad y coherencia grupal insinúa y nos conecta con un abismo innombrable, con la soledad del delirio y el desierto de la vida sin amarres. ¿Estamos preparades para escuchar la voluntad de deserción de los espacios en común?




Lisa Zaman - "Perdiendo la vista" - 2020 - Dibujo sobre papel - 41.9 x 30.5 cm.





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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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