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ORDALÍA / Eduardo Magoo Nico

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Quien adolece de alguna enfermedad

o anomalía

ve la entera humanidad

como un solo cuerpo doliente,

siente que cada célula de su cuerpo

tiende hacia una inopinada felicidad.


Cree que a aquella humanidad

y a esta felicidad

las empuja

un destino particular.


En verdad, no conocerá jamás

su verdadera identidad

sino una interpretación

cómica,

histriónica,

satírica,

de sus desventuras

y rechazará siempre toda evidencia

de la profunda tragedia

que se cela en ella.


Dentro suyo, una idea exaltada

de rebelión

lo lleva al centro del ciclón,

al corazón lacerado de la existencia,

en el que la luz del día

entra poco y mal.


Unas pocas ranuras

abiertas al exterior

portan, junto al oxígeno,

ciertos olores cáusticos

que contaminan el gusto

e invaden, con cada respiro,

sus pulmones.


Ve relámpagos,

oye agudos silbidos

y es recorrido

a lo largo de cada canal de su voluntad,

por resueltas intenciones,

contrarias a la Idea

en la que se ha formado.


Una certeza física,

casi un grito de sus vísceras,

le advierte

que ningún esfuerzo moral

podría frenar ese estímulo imperioso:

¡Vomitar!


Aquellas malditas arcadas de cada tarde

se manifestaban tempranamente

cuando mi padre volvía del trabajo

y le impedían subir a la habitación.


¡Hasta las constelaciones se detendrían

ante semejante marasmo!


Yo evitaba mirarlo en esos momentos.

“No hagas caso a lo que digo”,

me repetía ante cada exabrupto.

“Vos sos demasiado inocente para entenderlo,

la felicidad no pertenece a nuestro mundo,

es un invento de los ricos”.


A pesar de todo,

desde muy chico yo he deseado ser feliz.

Algunos días, en mi primera juventud,

me sentía invadido a tal punto

por esa especie de alegría o excitación

que corría a brazos abiertos gritando:

¡es demasiado! ¡no puedo tenerla toda para mí!


Ahora en el barrio me llaman Marzo

—vaya uno a saber por qué—

y vos, como las flores que se abren

al primer sol de primavera,

te presentaste a mí

en un domingo de gala

que cada tanto regresa.


Eras una sombra luminosa

entre torpes pinceladas de color.


Un signo de reconocimiento

irradiaba tu cuerpo.

Pero ¿cómo narrarlo?

No existe un código

que explique el deseo

que se convoca

en torno a una muchacha

distinguiéndola de las otras.


Algo así como el favor tribal

que consagra a los nacidos raros,

apartados en su propio sueño,

acosados por visiones

de las que nunca, o rara vez

despertarán.


Ella siempre aceptó con humildad

esa marca.

Hay quien la espera.

Hay quien la presiente.

Hay quien la precede.

Hay quien la rechaza.

Un punto de luz entre las sombras

que la distingue del conjunto.


Quien ha muerto, yace y reposa.

Quien, a pesar suyo, continúa viviendo

trata de darse algo de paz.

Hay un Marzo en mí que busca guerra

y un Marzo obediente

de ojos contenidos y sanguinolentos.


En ocasiones, espada incandescente,

en otras, un simple amante de la historia

y siempre en la vigilia,

un orden metódico

para predisponer el campo

a la batalla.


Se han inventado nombres nuevos

para la vieja industria del exterminio.

Denominaciones sofisticadas

para las más brutales erupciones de ignominia

demencia e imbecilidad,

propias de nuestro tiempo.

El tiempo del retroceso consciente

y bien planificado

a la barbarie.


Esta masa,

esta pobre materia de fatiga

y de servicios

ha de volverse inerte

o será desintegrada.


Harina lanzada al viento

con un gesto divertido

sin que a nadie le incomode,

en un cada vez más miserable

y patético carnaval.


¿Campos de concentración?

¿Bombardeos masivos tele-comandados?

¿Guerra bacteriológica o nuclear?

Ese es el concepto, llámelo como quiera.

Yo prefiero llamar a este estado de cosas:

Barbarie.


“¿Acaso Usted piensa que será harina de otro costal?”

¡Habría que poner estos carteles

en los portones de las fábricas,

de las iglesias, de los ministerios,

de las oficinas, de los bancos!


En su soliloquio, la voz se le hacía

siempre más áspera a Marzo,

mientras a él retornaba,

menos frecuente y discontinua,

la necesidad de gritar.

¡Gritar como en una asamblea!


Quizás,

viendo por la ventana de su cuarto

una bella mañana otoñal,

pensó en huir al “bosque encantado”

de su infancia.


Frente a él pasaron

a una increíble velocidad

muchas escenas de su vida,

y fragmentos

de la historia humana.


La sonrisa que asomaba en su rostro

se parecía a aquella de quietud,

de ingeniosa inocencia

que le sobrevenía después

de cada ataque epiléptico.


Pero esta vez,

llegaron otras voces de la plaza poco distante

entre el barullo creciente de bocinas y cacerolas.

Una marejada de gente nunca vista

se abalanzaba hacia las calles aledañas

para concentrarse y avanzar.


“¡Marzo!, ¡Marzo!”, le gritaron.

“Hoy es tu día, por fin”.

“¡A todo o nada, vamos a marchar!”.


Peter Blake Homenaje a Joseph Cornell 1996 Serigrafía a color sobre papel tejido 63,5 x 50,8 cm
Peter Blake Homenaje a Joseph Cornell 1996 Serigrafía a color sobre papel tejido 63,5 x 50,8 cm

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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