ORDALÍA / Eduardo Magoo Nico
- Revista Adynata

- hace 2 días
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Quien adolece de alguna enfermedad
o anomalía
ve la entera humanidad
como un solo cuerpo doliente,
siente que cada célula de su cuerpo
tiende hacia una inopinada felicidad.
Cree que a aquella humanidad
y a esta felicidad
las empuja
un destino particular.
En verdad, no conocerá jamás
su verdadera identidad
sino una interpretación
cómica,
histriónica,
satírica,
de sus desventuras
y rechazará siempre toda evidencia
de la profunda tragedia
que se cela en ella.
Dentro suyo, una idea exaltada
de rebelión
lo lleva al centro del ciclón,
al corazón lacerado de la existencia,
en el que la luz del día
entra poco y mal.
Unas pocas ranuras
abiertas al exterior
portan, junto al oxígeno,
ciertos olores cáusticos
que contaminan el gusto
e invaden, con cada respiro,
sus pulmones.
Ve relámpagos,
oye agudos silbidos
y es recorrido
a lo largo de cada canal de su voluntad,
por resueltas intenciones,
contrarias a la Idea
en la que se ha formado.
Una certeza física,
casi un grito de sus vísceras,
le advierte
que ningún esfuerzo moral
podría frenar ese estímulo imperioso:
¡Vomitar!
Aquellas malditas arcadas de cada tarde
se manifestaban tempranamente
cuando mi padre volvía del trabajo
y le impedían subir a la habitación.
¡Hasta las constelaciones se detendrían
ante semejante marasmo!
Yo evitaba mirarlo en esos momentos.
“No hagas caso a lo que digo”,
me repetía ante cada exabrupto.
“Vos sos demasiado inocente para entenderlo,
la felicidad no pertenece a nuestro mundo,
es un invento de los ricos”.
A pesar de todo,
desde muy chico yo he deseado ser feliz.
Algunos días, en mi primera juventud,
me sentía invadido a tal punto
por esa especie de alegría o excitación
que corría a brazos abiertos gritando:
¡es demasiado! ¡no puedo tenerla toda para mí!
Ahora en el barrio me llaman Marzo
—vaya uno a saber por qué—
y vos, como las flores que se abren
al primer sol de primavera,
te presentaste a mí
en un domingo de gala
que cada tanto regresa.
Eras una sombra luminosa
entre torpes pinceladas de color.
Un signo de reconocimiento
irradiaba tu cuerpo.
Pero ¿cómo narrarlo?
No existe un código
que explique el deseo
que se convoca
en torno a una muchacha
distinguiéndola de las otras.
Algo así como el favor tribal
que consagra a los nacidos raros,
apartados en su propio sueño,
acosados por visiones
de las que nunca, o rara vez
despertarán.
Ella siempre aceptó con humildad
esa marca.
Hay quien la espera.
Hay quien la presiente.
Hay quien la precede.
Hay quien la rechaza.
Un punto de luz entre las sombras
que la distingue del conjunto.
Quien ha muerto, yace y reposa.
Quien, a pesar suyo, continúa viviendo
trata de darse algo de paz.
Hay un Marzo en mí que busca guerra
y un Marzo obediente
de ojos contenidos y sanguinolentos.
En ocasiones, espada incandescente,
en otras, un simple amante de la historia
y siempre en la vigilia,
un orden metódico
para predisponer el campo
a la batalla.
Se han inventado nombres nuevos
para la vieja industria del exterminio.
Denominaciones sofisticadas
para las más brutales erupciones de ignominia
demencia e imbecilidad,
propias de nuestro tiempo.
El tiempo del retroceso consciente
y bien planificado
a la barbarie.
Esta masa,
esta pobre materia de fatiga
y de servicios
ha de volverse inerte
o será desintegrada.
Harina lanzada al viento
con un gesto divertido
sin que a nadie le incomode,
en un cada vez más miserable
y patético carnaval.
¿Campos de concentración?
¿Bombardeos masivos tele-comandados?
¿Guerra bacteriológica o nuclear?
Ese es el concepto, llámelo como quiera.
Yo prefiero llamar a este estado de cosas:
Barbarie.
“¿Acaso Usted piensa que será harina de otro costal?”
¡Habría que poner estos carteles
en los portones de las fábricas,
de las iglesias, de los ministerios,
de las oficinas, de los bancos!
En su soliloquio, la voz se le hacía
siempre más áspera a Marzo,
mientras a él retornaba,
menos frecuente y discontinua,
la necesidad de gritar.
¡Gritar como en una asamblea!
Quizás,
viendo por la ventana de su cuarto
una bella mañana otoñal,
pensó en huir al “bosque encantado”
de su infancia.
Frente a él pasaron
a una increíble velocidad
muchas escenas de su vida,
y fragmentos
de la historia humana.
La sonrisa que asomaba en su rostro
se parecía a aquella de quietud,
de ingeniosa inocencia
que le sobrevenía después
de cada ataque epiléptico.
Pero esta vez,
llegaron otras voces de la plaza poco distante
entre el barullo creciente de bocinas y cacerolas.
Una marejada de gente nunca vista
se abalanzaba hacia las calles aledañas
para concentrarse y avanzar.
“¡Marzo!, ¡Marzo!”, le gritaron.
“Hoy es tu día, por fin”.
“¡A todo o nada, vamos a marchar!”.




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