• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (29) Ante lo irremediable /Marcelo Percia

Como una barca de papel prendida fuego: así, por momentos, la clínica.

A los dieciséis años mató al hermano.

Cuesta decirlo, cuesta escucharlo, cuesta recordarlo, pero nada cuesta más que pensarlo. Lo que no se puede pensar se dice callando, se escucha silenciando, se recuerda olvidando.

¿Qué clínica la que piensa, dice, escucha, recuerda, lo que no se puede ni se sabe pensar, decir, escuchar, recordar?

Cabe preguntar cuándo, cómo, dónde, por qué. Pero, ante todo, se necesita afirmar que eso no debió ocurrir. Y que, si ocurrió, nunca más deberá pasar en ninguna parte y en ningún lugar. Solo después de esa afirmación tajante, se puede interrogar, componer, contar, inscribir (innumerables) historias de lo ocurrido.

No se completa una vida ni se saben sus misterios y secretos, sus devaneos y derivas, sus imperativos y confusiones. Apenas se entrevén fragmentos, episodios, circunstancias que omiten otras circunstancias.

Deliberaciones clínicas no demuestran ni resuelven, transcurren como insuficiencias consentidas, vacilaciones razonadas, discusiones que no concluyen.

Deliberaciones que, sin embargo, deciden sostenidas en saberes inseguros.

¿Qué se hace ante lo irremediable? ¿Se niega, se olvida, se carga encriptado? ¿Se lo relata con la sangre helada? Y, si no, ¿por qué sendas o pasadizos se sobrelleva?, ¿con qué líneas de borde, de separación, de detención?, ¿con qué demarcaciones de protección y descanso?, ¿con qué adentros y afueras?, ¿con qué signos de entradas y salidas?, ¿con qué costuras y desuniones?

Una boya flotando en la inmensidad no acota lo ilimitado, pero -tal vez- lo vuelve habitable.

Se puede terminar con los encierros manicomiales, pero ¿cómo terminar con las encerronas fatales?

Fernando Ulloa (1998) llama “encerrona trágica” a una posición de desamparo ante la crueldad que observa en vidas que sufrieron torturas y vejaciones en tiempos del terror de Estado. Describe ese atrape como una situación que admite solo los lugares de víctima y victimario, sin un tercero a quien apelar. Un momento de indefensión en el que no hay un afuera del horror ni ley a la que recurrir. Una circunstancia en la que se está a merced del capricho y la arbitrariedad de un poder ilimitado.

Ulloa extiende la idea de “encerrona trágica” a diferentes estados clínicos y políticos.

Entre dudas y precauciones morales, se opta aquí por llamar terceridad a tener con quién contar o tener en qué confiar. A la presencia de una palabra creíble que sostenga en medio de la devastación. A la posición trémula que rescata del aturdimiento afirmando que lo inconcebible no debió ocurrir.

Todo desvarío narra una estafa.

En la palabra estafa conviven ideas de fraude y apoyo, de engaño y sostén.

En italiano staffa significa estribo, una pieza de metal, madera o cuero, en la que se apoya el pie para montar. De ahí deriva la figura estafa en el sentido de quedar en el aire o de pisar en falso cuando el pie pierde un sostén seguro o punto de apoyo.

La expresión perder los estribos, que se emplea para describir a quien habla y obra fuera de la razón, sin controlar la ira y otras violencias, también, indica la pérdida de soportes firmes y estables.

Quizás lo peor de una estafa no resida en la decepción, el engaño, la defraudación, sino en haber instalado la desconfianza en todos los apoyos y sostenes.

Si el pie ocupa el lugar primero y el estribo el lugar segundo, se necesita una terceridad como confianza de que ocurrirá lo esperado. Cuando esa predictibilidad falta, no hay descanso posible. A veces, la reedición sin fin de innumerables caídas sirve para confirmar que no se debe confiar en nada.

Sin terceridad, como sugiere Pierce (1914) se padece un encierro semiótico.

Dice una voz clínica: “Sí, cierto, a pesar de todo lo que conocemos, intuimos, suponemos, los apoyos pueden fallar, ceder, no estar. Pero, la próxima vez puede ocurrir que no nos defrauden. No se puede asegurar, pero se puede intentar”.

Un apoyo, una señal compartida, una invitación, intentan reponer la confianza y prevenir la arbitrariedad de los encierros y sus tenazas mortificantes.

Quizás se pueda llamar terceridad a un impoder que se ofrece como deseo de un común pensar.

Se suele repetir este enunciado para iniciar muchas conversaciones clínicas: “En las reuniones de los martes tratamos de pensar cosas que pasan en las vidas que vivimos. Cuando tenga ganas, puedo contarle algunas que, tal vez, puedan interesarle”.

Acaso terceridad quiera decir entrar en conversación con una certeza inconmovible o rescatar a una soledad de la desolación, del arrasamiento de las referencias, del sinsentido de lo caprichoso. A la vez, que anunciar la existencia de un tercero llamado el equipo al que se puede apelar para pensar.

Hola, ¿le cuento algo que se dijo en la reunión de equipo? Alguien recordó que cuando nos quedamos en el aire, sin tener en qué apoyarnos, en esos momentos -cuando sentimos que estamos cayendo- tratamos de aferrarnos a algo. A veces a cualquier cosa”.

Se conoce un relato de las pedagogías de la crueldad que desteje confianzas en lo común:

Una vida pequeña tiene miedo de saltar desde un muro. Quien está ahí para cuidarla, la anima diciendo: “Saltá, saltá, que te agarro”. Entonces, la criatura se deja caer, dándose un golpe contra el piso. Todavía en el suelo, reclama sin entender: “¡Me dijiste que me agarrabas…!”. “Sí, pero para que aprendas a no confiar en nadie”.

Si se desmoronan las confianzas, la vida se hunde sin poder sostenerse en nada.

En esa encerrona o atrape, algunas existencias prevén nuevos engaños o procuran que se repitan para constatar un destino inevitable.

Alguien dice: “Mire, no me hable como si no entendiera. Me quiere convencer de que acá me van a tratar bien, me van a dar de comer, que voy a tener una cama como en un hotel. No se gaste: ya estuve en un manicomio. Tendré toda la locura que usted quiera, pero no como vidrio”.

Mucho antes de que se aceptara que había que terminar con los manicomios, las desesperaciones ya sabían de la arbitrariedad de esas instituciones.

Tal vez eso que se propone aquí llamar terceridad haya recibido en otras partes el nombre de transferencia institucional. Se necesita suponer la existencia de una exterioridad confiable que sepa cuidar. Si no, solo se replican las encerronas.

No se piensa la idea de confianza como seguridad sin fisuras en algo o en alguien, sino como indecisión que opta por creer sabiendo que puede equivocarse.

Se necesita reponer o inaugurar una confianza posible como presunción nunca garantizada.

Así, como en el amor o la amistad, la clínica supone una apuesta.

Se puede concebir la confianza como inocencia o crédula fe y se la puede concebir como insistencia de una expectativa que sabe las pesadumbres de la decepción.

La clínica necesita inventar la idea de una confianza barrada. Pero no como confianza escindida, sino como memoria de la asfixia de los encierros, como indicación de que siempre se necesita contar con una terceridad a la que poder apelar.

Interesa pensar en lo otro de la confianza no como la desconfianza, sino como la prudencia. Mientras desconfianzas se encierran en un aislamiento protector, prudencias confían en los apoyos sabiendo sus falibilidades.

Tal vez esta consideración estuvo, entre otras, en la elección que Spinoza hace del sello lacrado que usa en sus cartas, con una rosa, las siglas de su nombre y la palabra “caute” (cautela), en un juego de palabras con su apellido y las espinas de la flor (“spinosa”, en latín).

El autor de la Ética elige como lema la cautela, pero tal vez no solo como temor ante los poderes que censuran, expulsan y persiguen, sino también como prudencia ante la abundancia de lo no sabido y la imprevisibilidad de lo contingente.

Hay una confianza nacida de la vulnerabilidad. Una debilidad alegre por saberse viviendo con otras debilidades en un común cuidado ante lo imponderable.

Ante el riesgo de la bancarización de la confianza (se gana, se pierde, se deposita, se defrauda, se transfiere) se necesita afirmar, ante todo, que la confianza sobreviene como condición de la vida en común.

El mundo, tal como lo conocemos, se sostiene, entre otras cosas, en el prodigio de que las vidas hablan unas con las otras. Pero más que las palabras importan las relaciones de credibilidad entre quienes las dicen. Porque aún cuando se subscriba la pregunta de Beckett (1955) “¿qué importa quién habla?”, sí importa saber si se puede confiar o no en ese decir.

Tal vez la exigencia de una confianza ciega o absoluta solo sirva para privarnos del don de la confianza. La confianza necesita considerar tanteos y decepciones.

Se intenta con el nombre de terceridad afirmar un estar ahí que da su presencia, que da su poco saber, que da su insuficiencia, que da sus decisiones agitadas y trastabillantes.

La clínica no piensa la confianza como certidumbre, sino como momentánea suspensión de un peligro.

De la confianza se entra y se sale igual como sucede con el vértigo circular de un amor.

Se dijo que hay una primera confianza nacida de la vulnerabilidad, se dirá también que hay una confianza nacida del no control. Nacida de la renuncia a la pretensión de sujeción. Una confianza que sabe que no se puede dominar la vida que se vive ni la vida de las cercanías que se aman. Lo mismo que nadie puede predecir la próxima jornada.

Provisoriamente se llama aquí terceridad a un estar ahí que intenta nombrar lo acontecido para luego interrogar qué hacer ante lo irreparable.

¡Oiga!... cuando quiera o pueda, trataré de contarle algo de lo que se dijo en la reunión sobre la muerte de su hermano”.

¡Oiga, usted!, ¡Escuche!, se trata de locuciones interjectivas o exclamativas que piden aquí atención, sin compeler ni obligar. Invocaciones que invitan. Interpelaciones que saben de las maceraciones del tiempo y del olvido. Llamados a una responsabilidad en espera.

No se trata de permanecer como testigos que enmudecen o que se abstienen de responder. Se intenta otra cosa: estar ahí diciendo lo que no se puede dejar de decir, pero rodeando cada afirmación de un tremendo silencio: “Eso que ocurrió no debió ocurrir. El equipo no sabe cómo pensar lo que pasó. Pero, vamos a estar, cuando pueda, para pensarlo con usted”.

Nombrar no quiere decir dar nombre a un hecho o mencionar con la palabra justa lo ocurrido. Nombrar significa entrar en un tembladeral. Estar ante lo que no tiene nombre. Un momento de desgarro, vacío, hundimiento.

¿Puedo contarle algo sobre la reunión de equipo que me acordé recién? Alguien dijo que en una vida ocurren hechos desgraciados que muchas veces ignoramos, tratamos de olvidar o nos aguijonean como reproches interminables. Bueno, solo quería que usted sepa que allí se sigue pensando qué se puede hacer ante circunstancias tan dolorosas”.

Terceridad tal vez signifique eso: saber que existe un lugar en el que se están pensando cosas sobre lo que pasó y que ese pensamiento -que desea acompañarlo- lo espera.

¿Qué significa nombrar el crimen de un hermano? No lo sabemos, pero sí sabemos que se puede decir de muchas maneras sin llegar a nombrar, porque lo que ocurrió, en un sentido, no tiene nombre. Y lo que no se puede nombrar no se puede pensar. Aunque se tengan muchas palabras para la acción de matar (homicidio, asesinato, fratricidio) lo que aconteció no tiene nombre. Y aún cuando se nombre no tiene excusa, justificación, perdón. Ni representación.

En la reunión se dijo que algunas cosas que pasan no deberían ocurrir. Y que nunca más tiene que volver a pasar, en ninguna parte y en ningún lugar, que una vida se encuentre sin apoyo o sin un sostén en el que confiar. Y que tenemos que pensar algo que nadie sabe: ¿cómo reparar lo irreparable?”.

Acaso terceridad, si quiere decir algo, signifique dar la espera. No la esperanza, ni la amnesia, ni el perdón, ni la exculpación.

Dar la palabra, dar la imposibilidad de un nombre, dar el “eso no debió ocurrir”. Dar la común decisión de pensar lo que no se puede ni se sabe cómo pensar.

Althusser en El porvenir es largo (1985) reconstruye y explica lo inexplicable: el 16 de noviembre de 1980 mata a la mujer que ama. Escribe dos años después: “…en el curso de una crisis intensa e imprevisible de confusión mental, estrangulé a Hélène que era todo en el mundo para mí”.

Un crimen que ejecuta sin saber lo que estaba haciendo. Un acto por el que se lo declara no responsable, inimputable. A través de más de trescientas páginas, Althusser reabre un juicio público que no ocurrió. Reconstruye su historia, más allá de la mirada policial, judicial, psiquiátrica. Trata de pensar lo irremediable, interrogando toda su vida.

Explica que no se resigna a quedar confinado en el silencio de lo acontecido, en ese momento en el que se vio arrojado a un estado inconsciencia y delirio atroz. Dice: “Escribo para levantar esta pesada losa sepulcral que pesa sobre mí”.

Bajo esa pesada losa sepulcral se vive en un mundo de fantasmas. Un mundo sin suelos, sin apoyos, sin sostenes. Un mundo caprichoso en el que un daño puede venir desde cualquier parte, y en el que los pensamientos hostigan con sus punzones.

Llamamos fantasma a una fantasía que no sabe de sí. Que no se puede contar como fantasía porque se vive como sentencia, certeza, acto material. Llamamos fantasma a imágenes secretas, ensimismadas, autónomas. Velos que agitan culpas y ausencias.

Mientras se camina a la luz del día se advierte una sombra proyectada que también camina. Pertenece al cuerpo que anda. Esa imagen inmaterial no compone una fantasía ni deviene fantasma. Pero si de repente se ve una sombra que acuchilla a otra sombra, esas siluetas oscuras reviven el fantasma mudo de lo acontecido. No se trata de un recuerdo ni de una fantasía, sino de la visión de algo que está eternamente sucediendo.

Se recuerda el instante en el que una infancia se encuentra con su imagen en el espejo. Un reflejo mueve los brazos, ríe, hace gestos. Una circunstancia increíble que necesita que la voz que cuida y acoge diga: “La imagen de ese cuerpo que se refleja en el espejo, te pertenece”.

Puede que eso se llame terceridad o no. Que se nombre como confianza, credulidad, apoyo. O que se relate como presencia amorosa, alojadora, dadora de una palabra posible aunque no se entienda lo que dice.

Cuando quiera le cuento qué se dijo en la reunión. ¿Qué se dijo? Se dijo que, a veces, vivimos prisioneros de una escena de la que no podemos salir. Una mala sombra que nos pone, una y otra vez, ante lo que no queremos ver, ante lo que no podemos entender, ante lo que no sabemos qué hacer. Y que la primera cosa que tiene que pasar para intentar salir de ese momento terrible reside en saber que eso no debió ocurrir. Que nadie puede lidiar en soledad con impulsos que arrasan, sin tener con quien pensar”.

En la Argentina, algunas referencias permiten confiar en una vida en común más allá de todos los desencantos: Donde hay una necesidad, nace un derecho. Nunca más. Ni una menos. Demasías no enferman, normalidades sí.

Sin estos enunciados, que deberían funcionar como cuidados para todas las existencias, viviríamos a merced del terror estatal, la violencia patriarcal, la crueldad del capital.

Sin estos mojones, nos abismaríamos en tiempos sin porvenir.

Cuando introdujo la tarjeta en la boca del cajero automático, escuchó que la vagina de la mujer, que esperaba detrás en la fila, dictaba los números de su clave personal. Entonces, decidió no retirar el dinero que le quedaba.

¡Oiga!, cuando usted pueda, tengo que decirle algo que se dijo en la reunión. ¿Qué se dijo? Esos pensamientos que lo asaltaron compararon la ranura en la que se ingresa la tarjeta en un cajero, con una vagina que se puede penetrar con un pene, una caricia, una fantasía. Se trata de una ocurrencia llena de secretos. La imaginación, a veces, se permite cosas que nadie se permite. Ah…algo más: el Banco aconseja cada tanto cambiar las claves de las tarjetas para prevenir robos”.

Para alojar un momento desquiciado, se necesita hacer lugar a comentarios que adviertan la capacidad comparativa de las metáforas, que reconozcan la creatividad de la imaginación, que recuerden que cada vida carga sentimientos secretos, que subrayen que los bancos recomiendan procedimientos de seguridad.

¿Cómo llamaríamos a eso?, ¿terceridad?, ¿poner en entredicho sin contradecir lo alucinado, hacer lugar a una pregunta, deslizar una duda, proponer otras conexiones?

Alguien que lo acompaña recuerda: “Todo lo que dice, lo hace. Durante un tiempo anduvo diciendo que iba a matar al hermano. Un día lo mató”.

Tal vez ese estar ahí que no sabemos cómo llamar consista en introducir una cuña en sus pensamientos automatizados. En afirmar una palabra entre la ausencia y la impulsión para intentar interrumpir una robótica conductual de terror.

¡Oiga!, en el equipo se dijo que hay algo que siempre se necesita recordar: ´Todo lo que se dice no se hace, ni todo lo que se hace se dice´”.

Pero, ¿quiénes se arrogan la autoridad de decir algo así? Tal vez, eso que nombramos como el lugar tercero, irrumpe no como verdad, sino como boya para no extraviarnos en la inmensidad.

Intervenciones clínicas se precipitan ante cada urgencia. Improvisan un estar ahí pensado y ensayado. La expresión improvisación meditada quizás diga algo más de lo que, a falta de otro nombre, se llama aquí terceridad.

Improvisación meditada de un estar ahí sin respuestas. Un estar ahí como interrogación incesante, pero también como pausa, como espera, como suspensión del asedio.

Nada se iguala a los momentos de un común pensar. Ningún devaneo solitario se asemeja a las reuniones de muchas horas en un hospital, entre sensibilidades que participan de deliberaciones clínicas.

Una voz cuenta que, a veces, participa de diferentes talleres, pero que siempre permanece de pie. Alguien reflexiona que algunas vidas necesitan, por momentos, volverse imperceptibles, eclipsarse, andar en tránsito, deambular entre los afectos y las cosas. Otra voz recuerda que el día del entierro del compañero con el que vivió, en el cementerio, se mantuvo a distancia. Tal vez en el umbral de una despedida o en el lugar de una no pertenencia.

Otra voz se pregunta: “¿Por qué necesita endeudarse y pagar sus deudas con más deudas?”. Otra bromea con amargura que eso se parece mucho a vivir en la Argentina.

Alguien conjetura que la declaración de insania por la muerte de su hermano lo confinó a una deuda impagable para el resto de su vida. Que la justicia lo eximió de responsabilidad, pero no de las borrascas del alma. Otra coincide: “Cuando se mata se contrae una deuda infinita”. Otra duda: “Pero, ¿mató?, ¿quién mató? ¿Estuvo presente en lo que ocurrió? ¿Cómo pensar ese momento aciago?”. Otra interroga: “¿Eso que nos empeñamos en llamar terceridad no concierne a la justicia y a la iglesia?”. Otra confiesa: “A veces me da miedo que vuelva a matar, ¿acaso se está a salvo de una alucinación o un rapto delirante?”. Otra afirma: “Un hecho que no tiene inscripción, ni sanción, ni pesar, no deja de acontecer”. Otra pide que no olvidemos que mucha gente cree que alguien que mató no estando en “su sano juicio”, es más peligroso que el peor de los asesinos porque es imprevisible. Otra voz agrega que tiene una hermana que no quiso verlo más.

Alguien recuerda, con un libro en la mano, que Lacan en 1966, en una intervención que se conoce como Psicoanálisis y Medicina, advierte que el enfermo no siempre espera del médico la curación, a veces solicita “que se lo autentifique como enfermo; o demanda que se lo preserve en su enfermedad, que se lo trate del modo que necesita, un modo que le permitirá seguir siendo un enfermo instalado en su enfermedad”. La misma voz se anima a sugerir que tal vez la justicia hizo eso: lo autentificó como inimputable, lo eximió de responsabilidad, lo declaró insano, lo protegió en la enfermedad apartándolo de la vida en común. Alguien propone decirle: “¡Oiga! En el equipo se sigue pensando lo que pasó. Pensamos que, a veces, se viven momentos terribles en los que una vida no sabe lo que hace o puede llegar a hacer. Por eso, estuvo internado en el hospital. Pero, tiene que saber que en ese momento de confusión usted no tenía a quién apelar ni tenía con quién contar. Lo vamos a acompañar. Eso no va a volver a pasar. Cuente con el equipo y cuente, también, con que la medicación siempre puede colaborar. Incluso cuente con que podría estar unos días en un lugar cuidado”.

Alguien aprovecha para comentar que, según el Génesis bíblico, Caín se convierte en el primer asesino al matar a Abel. Lo hace enfurecido por la injusticia divina que desprecia su trabajosa ofrenda mientras distingue con halagos la de su hermano. Caín, expulsado del Edén, vaga con la marca de la infamia en el rostro. Nunca obtendrá perdón. Una versión dice que su descendencia alcanzó siete generaciones hasta confundirse con el resto del mundo.

Una voz observa que trata a todos los varones como hermanos y a todas las mujeres como novias. Otra ironiza que padece una exageración patriarcal. Otra explica que, así como se endeuda, gasta el poco dinero que tiene sin control: “Un día compró catorce pares de medias”. Otra agrega: “Le regaló a un vecino, para el cumpleaños, la carne para un gran asado”. Otra recuerda que hace unos años pidió que el equipo le administrara la plata. Una voz se pregunta: “Si el dinero ocupa ese lugar de tercero del que hablamos, ¿no le haría bien tener la experiencia de que se le acabe la plata?”. Otra dice con pesar: “Por ahí estamos en problemas porque el dinero, como la policía y los jueces, se presenta cada vez más como una referencia arbitraria, caprichosa, evanescente, en la que no se puede confiar”.

Otra voz relata que, en muchas ocasiones, actúa como un justiciero que hace justicia a su modo. Otra agrega que hace poco decidió darle todos los alimentos que le entrega el hospital a un desconocido que vive en la vieja estación del pueblo. No hubo manera de que se detuviera para pensar. Seguía un impulso irrefrenable. Otra acota que se pasa la vida buscando gente necesitada tal vez para reparar lo que no puede reparar.

Alguien comenta que asiste a las cosas que se le dicen como si oyera hablar una lengua desconocida. Como si las palabras no lo alcanzaran. Una voz sugiere: “Tal vez sin ese escudo, lo que siente lo pulverizaría”.

Una inquietud comparte que, a veces, se conduce como si no tuviera límites, como si necesitara que alguien se los pusiera o buscara un castigo. Alguien comenta que cuesta mucho desprenderse de una cultura del castigo, de la prohibición, de una existencia sacrificial, dice: “Cuidar no puede significar castigar”. Otra voz dice que está de acuerdo en que no estamos para castigar, pero que puede ocurrir que esté buscando un castigo que lo alivie de la pesadilla en la que vive.

Borges (1969) escribe un relato breve que titula Leyenda. Abel y Caín se encuentran después de la muerte de Abel. Se sientan junto al fuego a comer y beber. Caín implora perdón. Abel ya no se acuerda qué ocurrió ese día. Entonces, Caín entiende que el único perdón posible reside en el olvido. El texto termina con esta línea enigmática pronunciada por Abel: “Mientras dura el remordimiento dura la culpa”.



V. Nicolás Koralsky (2022) "De la serie Talasofilias"



Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.