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- Círculo / Susana Thénon
Digo que ninguna palabra detiene los puños del tiempo, que ninguna canción ahoga los estampidos de la pena, que ningún silencio abarca los gritos que se callan. Digo que el mundo es un inmenso tembladeral donde nos sumergimos lentamente, que no nos conocemos ni nos amamos como creen los que aún pueden remontar sueños. Digo que los puentes se rompen al más leve sonido, que las puertas se cierran al murmullo más débil, que los ojos se apagan cuando alguien gime cerca. Digo que el círculo se estrecha cada vez más y todo lo que existe cabrá en un punto. Fuente: Habitante de la nada (1959), Susana Thénon, en La morada imposible, Tomo I, Bs. As., Corregidor, 2001. Judy Chicago Puño flama 2008 Vidrio pintado en molde 21.75 × 24 × 21 cm
- Saraos Uranistas: el disfrute del vivir, una provocación / Verónica Scardamaglia
Los saraos El vocablo portugués sarao deriva etimológicamente del latín vulgar serānum, que a su vez deriva de serum, que significa ‘la tarde’. Este nombre también se atribuye a fiestas y reuniones que se realizan al atardecer. Leemos a Lucía Tennina en el artículo Saraus periféricos de São Paulo: una comunidad afectiva marcada por el orgullo (2022): “La palabra “sarau” no es nueva. Varias canciones, novelas, cartas, crónicas y memorias del siglo XVIII europeas y americanas hacen referencia a estas lujosas reuniones de amigos, artistas, políticos, libreros que, con variada frecuencia, se encontraban en casas de determinados personajes de la alta sociedad o en espacios donde se desenvolvía la sociabilidad intelectual de esa época –como clubes, librerías, teatros y confiterías– para hacer públicas sus creaciones.” Hacia el 2001 en las periferias de San Pablo, proliferan encuentros entre artistas de la danza, la música, la literatura, analiza Lucía Tennina: “un nuevo mapa que toma como puntos de referencia espacios literarios llamados saraus de poesía, desde donde se articula un autodenominado Movimiento de Literatura Marginal que se manifiesta también con cursos, publicaciones, conferencias y mesas debate. Se trata, para definirlos en pocas palabras, de reuniones en bares de diferentes barrios de las regiones suburbanas de San Pablo donde se declaman o leen textos propios o ajenos frente a un micrófono durante dos horas.” Urano y los uranistas Paul B. Preciado publica en 2019 el libro Un apartamento en Urano. Crónicas desde el cruce. Este libro no se trata sólo de una recopilación de artículos escritos entre 2010 y 2018, y publicados en diferentes medios europeos sino, y sobretodo, escritos desde la urgencia del pasaje. Esa escritura que se escribe en el transcurrir de los cambios de pieles a los que nos arroja la incomodidad del vivir. Escribir mientras se vive entre ciudades, entre amores, entre departamentos, entre géneros, entre militancias, entre discusiones. Escribir como modo de buscar, encontrar y abandonar formas de nombrar eso que se vive. Hallazgo de palabras que sostienen y se gastan y vuelven a sostener. ¿Sostienen las palabras? ¿sostiene el nombrar? ¿sostiene la escritura?. Allí leemos que Urano, uno de los planetas más alejados de la Tierra, fue el primer planeta descubierto con ayuda de un telescopio ocho años antes de la Revolución Francesa. En 1864, Karl Henrich Ulrichs acuña el término uranista, inspirado en “la forma de concepción no heterosexual que aparece citada en El Banquete de Platón" en referencia a los relatos en torno a Urano, hijo de Gea, que lo concibe sola. Explica Paul Preciado que Ulrichs afirma "yo soy uranista" ante juristas y miembros del parlamento alemán que lo condenaron a prisión y prohibieron sus libros. Con esto se refiere a los amores del "tercer sexo" y lo enuncia exactamente 159 años atrás, un 28 de agosto de 1867. ¿Con qué voz podemos hablar? Escribe Paul B. Preciado en Un apartamento en Urano. Crónicas desde el cruce: “Hablar es inventar la lengua del cruce, proyectar la voz en un viaje interestelar: traducir nuestra diferencia al lenguaje de la norma; mientras continuamos, en secreto, haciendo proliferar un bla-bla-bla insólito que la ley no entiende. Ulrichs fue uno de los primeros ciudadanos europeos que afirmó públicamente que quería tener un apartamento en Urano. El primer enfermo sexual y criminal que tomó la palabra para denunciar las categorías que lo construían como enfermo sexual y como criminal. No dijo «no soy sodomita», sino que defendió el derecho a practicar la sodomía entre hombres apelando a una reorganización de los sistemas de signos, a una modificación de los rituales políticos, que definen el reconocimiento social de un cuerpo como sano o enfermo, como legal o ilegal. En cada palabra del Ulrichs que les habla a los juristas de Múnich desde Urano se oye la violencia que produce la epistemología binaria de Occidente. El universo entero cortado en dos y solamente en dos. En este sistema de conocimiento, todo tiene un derecho y un revés. Somos el humano o el animal. El hombre o la mujer. Lo vivo o lo muerto. Somos el colonizador o el colonizado. El organismo o la máquina. La norma nos ha dividido. Cortado en dos. Y forzado después a elegir una de nuestras partes. Lo que denominamos subjetividad no es sino la cicatriz que deja el corte en la multiplicidad de lo que habríamos podido ser. Sobre esa cicatriz se asienta la propiedad, se funda la familia y se lega la herencia. Sobre esa cicatriz se escribe el nombre y se afirma la identidad sexual.” El Maipo El trámite de validación de entradas al traspasar el hall se transforma en un pasaje encantador. Nos recibe quien se sabe no un mero trabajador sino el anfitrión y la puerta de acceso para disponernos a un buen estar en el teatro. Se trata de Horacio Cortés, de smoking con moño, un morocho de ojos y sonrisa brillantes, pieza fundamental como Jefe de Sala del Maipo desde 1994. Comenta en un reportaje Verónica Calvo, quien trabajara mano a mano con Lino Patalano y Julio Bocca: “Ser el jefe de sala del Teatro Maipo lo vive como un privilegio y lo muestra como un privilegio. No solo te hace sentir bienvenido al teatro, te hace sentir especial. Su manera de trabajar hace que todos se sientan afortunados de estar ahí”. La historia de un teatro como el Maipo, la Catedral de la Revista Porteña, se impone ya desde ese aterciopelado telón bordó que lo caracteriza, ya desde el maravilloso friso que enmarca el escenario, pintado por la inmensa Renata Schussheim. En él reposan nueve figuras humanas que, entre las máscaras griegas de tragedia y comedia, nos miran para que las miremos. Invitan a recorrer un espacio que provoca un viajecito en el tiempo incluso con el olor particular de la sala. Una sala acogedora que no ahorra en dorados y brillos y con palcos cercanos que escalan los dos pisos. Y ahí arriba las lámparas-arañas destellantes -que fueron bautizadas como “Las Nélidas”, homenajeando a las increíbles vedettes Nélida Roca y Nélida Lobato- acompañadas ellas por arañas más pequeñas que se encuentran en otros espacios del teatro y que también tienen nombre: Niní (Marshall), Lola (Membrives), Sofía (Bozán) y Tita (Merello). El Maipo (2026) Verónica Scardamaglia. Fotografía. El Maipo nos recuerda que lo misterioso ha sido una pieza fundamental en el mundo del espectáculo. En una entrevista de Jorge Lafauci a Carlos Szwarcer, autor del libro Teatro Maipo. 100 años de historia entre bambalinas, leemos: “Jorge Lafauci: Yo, que tengo bastantes años en esto, fui al Maipo muy jovencito, cuando cumplí 18 años, a ver una revista. Nunca me olvido, con Ámbar La Fox y Maurín, que era su esposo. Estaba Gloria Montes, la Coccinelle, una vedette transexual, y grandes cómicos. A través de todos estos años, cambió el concepto porque las vedettes no se tenían que mostrar fuera del teatro. Ahora la televisión exhibe todo, hasta las desnudeces. En aquel momento, hasta Petit (Carlos A. Petit), tanto en el Nacional como en el Maipo les prohibía mostrarse fuera del teatro. Es más, salían todas cubiertas para que no las vieran en la calle. Las vedettes por contrato no podían exhibirse y mostrarse. Por ejemplo, Petit decía: si una persona paga una entrada para ver a Nélida Roca desnuda en el escenario, no la tienen que ver en otro lugar de la Argentina, ni en los restaurantes donde cenaban, ni en Mar del Plata, ni en una playa. Nada. Vidas misteriosas. Por eso hay tan poco material fotográfico de Nélida Roca.” La obra y las provocaciones Un piano que no vemos suena en la sala para recibirnos. Al acomodarnos en las butacas afelpadas, se percibe el olor a teatro. El pesado telón bordó coronado por las nueves desnudeces en pose, queda iluminado por las Nélidas. Todos los sentidos están dispuestos para presenciar Saraos Uranistas. Una obra de teatro musical estrenada en 2024 en el circuito off, en la pequeña sala del Nüm Teatro Bar. Cuenta con seis personas en escena y está basada en archivos psiquiátricos policiales del 1900 acerca de homosexuales y travestis, investigados por Jorge Salesi. Dice de ella su dramaturgo y director Juanse Rauch que se trata de “un diálogo entre épocas que plantea la actualización de sentidos en tensión”. Una “revisión pop de la época”, dice. “Saraos como fiesta y no solo como relato de lo horroroso”, dice. “Ampliar las formas en las que se han nombrado a las sexodisidencias en Argentina”, dice. “Nos sorprendió gratamente que excedió a un público de nicho y que hay espectadores que no imaginábamos como psicólogos y psiquiatras, vienen cátedras de psiquiatría” dice en un reportaje para un streaming, antes de llevar la obra a Mendoza. La recomendación de esta obra tiene la potencia de la circulación del boca en boca. La deformación profesional que algunxs venimos recorriendo desde hace más de 20 años, ha tenido que ver con discutir las barbaridades diagnósticas patologizantes ancladas en el régimen de la diferencia sexual. Esa “red que limita nuestra percepción y nuestra forma de sentir y de amar” como menciona Paul B. Preciado en Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas (2019). Dice en esa perfoconferencia en París, ante tres mil quinientos psicoanalistas reunidos para las jornadas de L'ecole de la Cause freudienne: “Como el psicoanálisis y la psicología normativa dan sentido a los procesos de subjetivación dentro del régimen de la diferencia sexual, de género binario y heterosexual, toda sexualidad no heterosexual, todo proceso de transición de género o toda identificación de género no-binaria desata una proliferación de diagnósticos.” En el recorrido de la deformación, también se ha tratado, no sólo de discutir por todos lados la normalidad que concentra todas y cada una de las centralidades de la fuerza, habidas y por haber, sino también de precisar y cuidar cómo aquellos filtros de género, raza, clase, adultocentrismo, ideología y capacitismos, condicionan la atribución de sentidos y la escucha. Escribe Marcelo Percia en Darse a la escucha (2025): “También hay una escucha no sólo sonora. Una escucha que sabe que una vida se dice de muchas maneras. Llamamos vida al deseo de contar lo que nos pasa. Al desborde de los nombres. A sonidos que envuelven a todos los sentidos y a cada sentido que envuelve a todos los sonidos. Llamamos vida a una falla del entendimiento. A suspiros que no constan en ninguna memoria. A las huellas que avisan que alguien o algo ya estuvo aquí. A querer hacer muchas cosas al mismo tiempo, porque todas las cosas nos atraen y nos gustan. Llamamos vida a lo que “ama esconderse” o “tiene el pudor de no mostrarse”. Como dice una proposición atribuida Heráclito. Darse a la escucha pide discreción ante lo que sólo decide insinuarse.” Saraos Uranistas provoca. Y no sólo por su contenido. Una provocación que atrapa la mirada que se posa en la belleza de cada detalle. Los cuidados se advierten en la escenografía, el maquillaje, el vestuario, el uso y la composición de los colores, los juegos de luces y brillos. Esto queda en evidencia en la ficha técnica de la obra que considera el diseño de guantes, calzado, tocados y pelucas. Hasta de la bijouterie, parecería. Allí la decisión de un cálculo extremo de cuidados al servicio de una pincelada de perfección ante aquello atribuido como anormal, delictivo y emfermo. Diseño de arte: Uriel Cistaro. Diseño de iluminación: Facundo David. Diseño de maquillaje: Adam Efron. Realización de escenografía: Guido Azqueta Mozzi, Juan Pablo Villasante. Realización de vestuario: Sandra Li, Patricia Mizraji, Uriel Cistaro. Realización de calzado: Pablo Ibañez. Realización de tocados: Uriel Cistaro. Realización de pelucas: Mónica Gutierrez. Realización de guantes Barrokua. Telón y adaptación escenográfica Maipo: TatiLuli Escenografía. Realización Set-electric: Jessica Tortul. Saraos Uranistas provoca también desde las composiciones actorales y musicales. Lucía Adúriz, Payuca / Maiamar Abrodos, Manuel Di Francesco, Emiliano Figueredo, Tomás Wicz y el músico Gabo Illanes se sacan unas chispas tales en el escenario que hacen crecer la magia que producen, evidenciada en el remolino de risas, sonrisas, lágrimas y conmociones que provocan. El juego entre Juanse Rausch - Gabo Illanes, entremezcla lo rítmico del lenguaje con la posibilidad de decidir cómo y desde dónde se enuncia lo que se enuncia. Cada palabra, cada intención, cada tono están donde quieren estar y afirman lo que quieren decir. Se deslizan sabiamente de lo ya dicho en torno a los mundos transfeministas, si bien lo recuperan. Casi como una pirueta de danza acrobática que toma carrera en lo pasado para, hermosamente y con riesgo, dar un salto hacia lo venidero, para insistir en formas de vida disfrutables de ser vividas. Dice Juanse Rauch “hay una fiesta en vivir la vida como la vivimos, no solo un martirio”. Al finalizar la obra, las muecas de las máscaras de la tragedia y la comedia se ven extasiadas por lo ocurrido. Y las nueve figuras que estuvieron asomadas al escenarios toda la función, buscan volver a la quietud de la sala vacía después de tantas hermosas provocaciones. Saraos Uranistas reactualiza y nos inscribe en la historia del placer por vivir como queremos vivir y nos recuerda que no se trata de una novedad ni de una nueva lucha de estos tiempos, sino de lo misterioso de las transmisiones que se hacen lugar, a pesar de saberlo o no. Saraos Uranistas, Irish Suárez. Fotografía de prensa.
- Adynata Setiembre / VPS
Desde hace ya seis años, un suave amontonamiento de inquietudes en torno al lenguaje y lo vivo se produce en Adynata. Este Setiembre, avalado por la potencia de autores que escriben, quizás, para perder los nombres. “Destruyamos. Desautoricemos lo escrito. Mi cerco y yo nos construimos en otro cerco: el del lenguaje.” afirma la entrañable Chantall Maillard en sus diarios. Desde esa intimidad tan cercana a lo que se plantea en el texto de François Jullien “Lo íntimo designa entonces dos cosas que mantiene asociadas: el retiro y el compartir. O antes bien, debido incluso a la posibilidad del retiro, surge la solicitación de compartir.” También en el Periplo Marechal leemos “Nadie escribe sin asumir un destierro. He ahí la puerta.” Al mismo tiempo, acontecen coincidencias en advertir acerca de algunas otras garras civilizatorias que acechan y degradan lo vivo, además del lenguaje. Macedonio advierte acerca de “el no hacer” sabiendo que “no es un género en el que se hayan hecho todos los progresos”. Arlt advierte acerca de la valentinización de la imagen, mensaje que llega aún en tiempos donde, quién sabe si se reconoce al nombre Rodolfo Valentino bajo los cautiverios de la pose. En la escritura de Pancha Casas, las Yeguas del Apocalipsis advierten acerca de las trampas que siguen manteniendo presos a sentidos y prácticas sobre las llamadas disidencias: “Pedro y yo tramamos un devenir, una cartografía y su loca posibilidad geoloca de habitante nómade, sin disidencia, sin dejar de considerar nuestra anormalidad normalista, pagana y proletaria; más bien, pienso, intentamos restablecer una vieja línea en el mapa, trazo arqueológico desaparecido en las mesetas de Sodoma, trazo oculto en el territorio-cuerpo chileno, fatigado por los agenciamientos sociales, habitado por la cristiandad y su resultado inmediato, el fascismo.” Y, por supuesto, lo clínico queda conmocionado cuando se trata de las batallas y tensiones entre civilización, lenguaje y lo vivo. Afirma el texto A riesgo de leer la vida: “arriesgarse a leer la vida supone arriesgarse a perder la vida. A perder los sentidos con que ordenamos nuestro relato de lo vivido, a perderse de las voces que dictan las razones de lo vivido y el destino de lo porvivir.” y agrega “Este acontecimiento de lectura disemina una secreta manera de sentir. Entonces empezamos por un afecto de lectura: no quedamos indemnes de este leer, una vida no quedará indemne después de esta lectura.”. Advertencias ético políticas y también estéticas que se materializan minuciosamente en una belleza musical llamada Saraos Uranistas. Y sin saber de antemano entre qué textos quedará cada texto elegido para Adynata, lo inquietante del azar aproxima también, la escritura acerca de La zona, la película de Tarkovsky. Allí Percia afirma “la Zona narra el tiempo. Como las zonas clínicas, las del amor, las de la amistad o las de las revueltas, que importan más por los tiempos de la afectación. La escucha clínica de una palabra que dura setenta segundos, y más.” Advertencias ante los tiempos y afectaciones que cuidan lo vivo, en el lugar y en la forma que ello asuma. v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil
- La insoportable levedad de los (las) disidentes sexuales / Francisco Pancha Casas
¿Qué podría entender una loca que habita el margen al escuchar hablar de disidencia sexual?, ¿bajo qué criterio submundista explicamos esto a una marica muerta?, liebre muerta o libre muerta, por ejemplo, ¿a una travesti indígena boliviana, peruana, mapuche, o en el reducto de la extrema pobreza latinoamericana, parapetada en su glamur y apaleada por lo mismo, desangrada sobre la acera en el escenario posible y brutal de lo cotidiano del paisaje? A manera de testimonio, pensándome como individuo colectivo durante los años de dictadura en Chile, y habitando luego el territorio homofóbico de la posdictadura, creo, sin seguridad aparente, que el trabajo realizado a manera de ocupación deseante por el dúo Yeguas del Apocalipsis —integrado por Pedro Lemebel y yo—, jamás se encasilló dentro de esta nueva y rara configuración academizante y carcelaria, desertora y tramposa, como es la disidencia sexual, o más extremo aún, la teoría queer. ¡Nunca tan raro, compañera!, diría Lemebel poniendo su boquita pintarrajeada de rojo en forma de corazón. Más bien, Pedro y yo tramamos un devenir, una cartografía y su loca posibilidad geoloca de habitante nómade, sin disidencia, sin dejar de considerar nuestra anormalidad normalista, pagana y proletaria; más bien, pienso, intentamos restablecer una vieja línea en el mapa, trazo arqueológico desaparecido en las mesetas de Sodoma, trazo oculto en el territorio-cuerpo chileno, fatigado por los agenciamientos sociales, habitado por la cristiandad y su resultado inmediato, el fascismo. La entrada triunfal a la Facultad de Arte de la Universidad de Chile, ocupada por los milicos, montados en pelota y a pelo en la yegua de feria, triste, vieja y proletaria Parecía (1990), a la manera de los conquistadores, parodiando al macho usurpador, Diego de Almagro, Pedro de Valdivia, Pizarro, frente a la mirada perpleja de los estudiantes conquistados, seducidos por la cabalgata, podría inaugurar esta línea, este trazo-desplazamiento, paseíto, fragmento de un discurso amoroso, el estar unos momentos sobre los cascos de los caballos y no abajo, acción que solo pretende entrar a la universidad, no para quedarse sino más bien para salir, para dejar su virus de despedida, un recuerdo, un pensamiento frágil que no va a cambiar nada, solo eso, la configuración de una metáfora remota, graficada como leyenda urbana, anudada en el tiempo, recuerdo solidario con los otros destinos, no disidente sino confirmativo. Sin embargo, y a pesar de todo, distinto. Sabiendo de ante mano que solo lo burgués hetero-normativo puede siempre disidir, pasar de una cosa a otra, atropellar sus propias casualidades y sexualidades y, al paso de los otros, dentro de la soberbia establecida, delimitando los márgenes repugnantes de lo mal llamado clase. Por ejemplo, en la performance Las dos Fridas, volvemos, nos volteamos Pedro y yo sobre el mestizaje y el contagio; la performance originalmente se llamaba Si-Da-Da, (no sé si todavía sigue llamándose así) como el movimiento dadaísta de lo inútil, de lo transformado para cambiar la circulación de la mirada, en este caso de la sangre, la sangre contaminada en relación directa a la pandemia del sida, la sangre como una línea de horizonte conectada a la artería del otro, no para alimentar un símil, sino para desangrar de manera alevosa al otro, la mezcla de la sangre, el mestizaje insolente e invasor que hizo posible nuestra identidad de retazo, sin disidencia, solo la sangre derramada en el simulacro faldero del territorio de una de las dos Fridas, o frígidas, supuestos parecidos, arrojándose al precipicio del vestido castellano. El mapa y sus zonas de desplazamiento, sin duda, fue una de nuestras obsesiones, cambiar los sentidos de circulación de la percepción de los cuerpos: zonas de duelo, zonas de tráfico de deseo, zonas de desperdicios y tráficos culturales, zonas de dolor. La performance La Conquista de América, realizada el 12 de octubre de 1991, (día conmemorativo del fatídico arribo de Colón al continente) en la recién inaugurada sede de la Comisión de Derechos Humanos de Santiago de Chile, da cuenta de un territorio desmantelado, colonizado por inversiones, desde los españoles de antaño, pasando por los grandes capitales de hoy y su figura inmediata la trasnacional, como es la Coca-Cola, hasta las dictaduras y su marcha criminal. En el piso de la Comisión de Derechos Humanos fue grafiteado un mapa de América Latina, a mano alzada, sobre papel blanco, que luego se cubrió de amenazantes restos de botellas quebradas de Coca-Cola. El mapa de América como un tapiz atemorizador frente a lo descalzo de los pueblos originarios, del andar a pata pelá por la pobreza y el desarraigo, caminar en el filo de los mercados neoliberales devastadores, explotadores y miserables. Sobre este mapa descalzamos nuestros pies, depositamos nuestras plantas y las expusimos al corte, a la línea sangrante bajo las patas, a la soberbia del que no le importa cortarse, descalzadas, insisto. Rememorando a las madres de los detenidos desaparecidos, que dibujaron esta danza bajo las plantas calzadas por el brutal bototo del asesino Augusto Pinochet. En la coreografía del baile nacional, la cueca, ellas, las madres, bailan solas, bailan para denunciar la desaparición: ¿en qué lugar del territorio estarán?, «vivos los llevaron, vivos los queremos» señalan las pancartas. Falta gente en este mapa lleno de vidrios rotos, ellas bailan solas; sin embargo, esta vez las yeguas se les unen sin apellidajes, con sus nombres en desuso, Pedro y Pancho, maltratados por nombres corrientes, por vocablos de monta peyorativos y animal. Así, travestidas por esta marquesina, nos unimos como pareja de baile en esta danza macabra: las yeguas bailan y se cortan, sin disidencia, sin sexo, compartiendo y comprometiendo el luto. Es fácil, diría yo, buscarle la quinta pata a la homosexualidad, a la construcción mercantil y exagerada de lo gay, que no es lo mismo que barroca; ahí, a decir del poeta argentino Néstor Perlongher «¡hay cadáveres!», tal vez en las reivindicaciones más extremas de las sexualidades perversas, como es el caso de Saló, de Pasolini, que anuncia de manera alucinante y perversa cómo opera el fascismo sobre la conciencia de los cuerpos. Aunque la sexualidad siempre sea perversa y nómade, corresponde, creo yo, contorsionar el cuerpo una vez más, recuperar el viejo malabar de la loca para pasar piola por la esquina y articular los discursos desde la pluralidad política del pueblo y su devenir popular, lema encabezado por las Yeguas en la Bienal de Arte de la Habana: El individuo y su memoria, 1991. Perdónenme los gay que van a morir, pero esta vez nadie las saluda, afuera no hay nadie, dijo la loca. Lima, Perú, marzo del 2014. Fuente: Revista de Artes Visuales ERRATA#12: DESOBEDIENCIAS SEXUALES Enero – Junio 2014. Karol Radziszewski Fag Fighters Prologue 2007 video 14'30'' + color print; 75x100 cm
- Impiedad del inconsciente / Marcelo Percia
Así ocurren las cosas en La Zona, la película de Tarkovsky (Stalker, 1979). Se trata de una Zona prohibida. Un territorio misterioso. Tal vez cayó un meteorito o lo visitaron extraterrestres. No se sabe. Un Stalker (voz inglesa que se traduce como rastreador, explorador, merodeador. No como el reciente acosador de las redes sociales) ingresa a la Zona como guía de dos personajes que se conocen con los nombres de Escritor y Profesor. Stalker representa a un baqueano avezado que ayuda a ingresar a un espacio peligroso que entraña la desaparición o la muerte. En la Zona todo sucede de modo extraño. Se puede avanzar y avanzar, volviendo al punto de partida. No se regresa por el mismo camino. No se puede ir en línea recta. Las cosas mutan y se transforman cada minuto. La Zona reacciona ante lo que piensan y desean quienes la transitan. Compone un campo de afectación. En la Zona se cree o no se cree. Lo maravilloso de la Zona reside en que no tiene nada de maravilloso. Lo inquietante no reside en lo que se ve, sino en la duración de lo que se ve. Tarkovsky hace sentir que la Zona está viva. Lo consigue por medio de movimientos tenues o sutiles del aire, del agua, de la arena, de los pastizales. El secreto reside en su cámara: aun los planos que parecen estáticos tienen un imperceptible zoom que se acerca o aleja (hay que concentrarse en los bordes del cuadro para notarlo). Estos movimientos mínimos, apenas sugeridos, componen latidos o respiraciones de la imagen. La cámara ve, la cámara piensa, la cámara cuenta. Por momentos, Tarkovsky emplea un recurso del cine: el plano subjetivo. Ese plano en el que la mirada de la cámara coincide con la mirada de un personaje. Vemos cómo alguien camina por la Zona pisando los pastizales y observando hacia el frente. De pronto advertimos un cuarto personaje que mira: la Zona. No interesa la Zona sólo como metáfora de una catástrofe nuclear ni de los campos de exterminio y exclusión. Ni la Zona como resto de la civilización en la que la vegetación vuelve a crecer entre las ruinas. La Zona importa como espacio en el que acontece el tiempo. La cámara se desliza con lentitud. Tarkovsky no pertenece al mundo en el que la atención no puede concentrarse en una imagen más de dos segundos. Acaso no se trata de lentitud, demora, pausa, sino de una hipérbole del tiempo o del tiempo como demasía del instante. Los planos secuencia, continuos y sin cortes, no resultan mágicos, maravillosos, sobrenaturales, sino desconcertantes: enrarecen nuestra relación con el tiempo. El tiempo de la cámara de Tarkovsky ya subvertía los relojes visuales en 1979. Si se quiere (por impaciencia o por ansiedad de asirse de algo) se puede forzar el argumento: la película narra el viaje a una habitación. Un lugar que cumple los deseos de quienes ingresen a él. No deseos sentidos, íntimos o inconfesables, sino deseos no sabidos. O, si se le quiere atribuir un contenido existencial: Escritor y Profesor buscan, pero no saben qué. ¿Algo que los salve de la desesperanza, del hastío, de la nada? O. si dan ganas de una trama de acción y espionaje, el Profesor que representa la racionalidad y el cientificismo, hace el viaje con el propósito oculto de destruir la habitación mágica con un explosivo casero. Está convencido de que la habitación de los deseos no garantiza la felicidad y que se corre el tremendo peligro de que caiga en manos de alguien que nos esclavice. O, si se prefiere una historia sobre la escritura, se puede contar la ilusión del Escritor que persigue la fórmula de la inspiración eterna. O, si se necesita un héroe místico y disidente se puede acompañar la vida desgarrada del Stalker, un renegado, que no teme volver a caer preso por ingresar a la Zona prohibida, porque ya se siente preso en todas partes. Un escéptico que sólo vive por la Zona, un sitio en el que conduce a otras desesperaciones que buscan algo que no saben. O, si se busca una anécdota curiosa y, a la vez, espeluznante: la película anticipa el desastre de Chernóbil en la base nuclear Lenin ubicada en el norte de Ucrania. O, si se quiere resaltar su insinuación profética, los días de la pandemia o el arrasamiento de Gaza. O, si hace falta hacer un guiño psicoanalítico: se trata de un filme que revela que en todo deseo fantasmea algo que nadie quiere ni puede saber. Pero, no: la Zona narra el tiempo. Como las zonas clínicas, las del amor, las de la amistad o las de las revueltas, que importan más por los tiempos de la afectación. La escucha clínica de una palabra que dura setenta segundos, y más. Posdatas: Tarkovsky pone en los pensamientos de Stalker un monólogo compuesto con diferentes fragmentos tomados de El Tao Te Ching, texto de sabiduría china, atribuido a Lao Tse (siglo VI antes de los tiempos actuales). “La debilidad es algo magnífico y la fuerza no es nada. Nacemos débiles y frágiles. Morimos en la dureza y en la callosidad. Cuando un árbol aún crece es delicado y frágil, pero cuando está seco y duro, muere. La dureza y la fuerza son compañeras de la muerte. La suavidad y la debilidad expresan la frescura de la existencia. Lo endurecido no triunfará”. ****************** La fábula de Puercoespín, el maestro del Stalker, cuenta la condición trágica del deseo. Una vez, Puercoespín acepta guiar a su hermano por el territorio prohibido. En un momento, lo impulsa a adelantarse por el pasadizo más profundo y terrible de la Zona. El hermano muere en el trayecto. Como Puercoespín se siente responsable, decide entrar en el cuarto de los deseos para pedir que su hermano vuelva a la vida. Al salir de la habitación, sin embargo, su hermano sigue muerto. Cuando, descorazonado, regresa a su casa, descubre que se ha vuelto inmensamente rico. Pero, ¿cómo? Si ingresó en la habitación implorando por la vida de su hermano. No pidiendo fortuna personal ni embriagado de codicia: sólo inspirado en el amor. De a poco, Puercoespín comprende lo que sucedió: más allá de sus sinceros sentimientos, la Zona le concedió su deseo no sabido, negado, reprimido. Entonces, atormentado por la culpa, Puercoespín se ahorca. “No estamos preparados para la impiedad del inconsciente”, algo así dice Escritor cuando decide no entrar en la habitación. Andrei Tarkovsky- Fotograma de “La Zona” - 1979 - 155 minutos
- A riesgo de leer la vida* / gonzalo sanguinetti
Comencemos por un efecto que provoca el encuentro con la textualidad que labra Anne Dufourmantelle, ese tipo de efectuación que un encuentro es, y que aquí llamamos lectura. Una lectura que nos encuentra. Pero esta cita no es en cualquier lugar, ¿en dónde nos encuentra? ¿hacia dónde nos lleva? ¿desde dónde nos llama? ¿qué nos hace leer a Anne Dufourmantelle? “Un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo.”[i] La escritura que llamamos Anne Dufourmantelle, se despliega bajo la forma de una sutil conmoción, no accedemos a su lectura sino a condición de un despojamiento: una experiencia de ex-posición y des-posesión. Leer ocurre como espacio de una dehiscencia de la lengua: un espaciamiento de indagación clínico-poética que tienta relaciones inauditas entre las palabras y lo vivo. Aquí hablar, escuchar, leer, escribir suponen modos de tocar y dejarnos tocar. Un despojamiento tiene lugar, esta lectura descompone la inmunidad adquirida de la lengua ante los llamados de lo estremecido, desobra las defensas de las lenguas inconmovibles a lo vivo. Asistimos a una mutación de nuestra relación sensible con la lengua: de consagradas soberanías anfitrionas a temblorosos huéspedes inesperados. “La necesidad del psicoanálisis es primeramente la de una ruptura íntima. Es aceptar el sentimiento de ser huérfano en todo idioma.”[ii] Esta textualidad practica el sentido de lo poético como un operador clínico imprescindible, que despliega sentidos clínicos del obrar poético y sentidos poéticos del obrar clínico. Escuchar, leer y escribir ofician como umbrales de un sentido de lo poético, que comienza a transmutar las palabras en misteriosas esquirlas encantadas, fragmentos de fulguraciones antiguas, talismanes imantados de intrigas incitantes, incomprensibles restos de iridiscencias cuyos llamados nos conciernen en un desconcierto de resplandores. Así como un cuerpo puede devenir materia apoderada, modulada, reducida y arraigada a la fatalidad, también resulta susceptible de apoderamiento por súbitas texturas poéticas. Aquí, lectura se despliega como gesto inaugural de un acontecimiento capaz de hacer de un cuerpo radicado en la desgracia, una materia encantada por el tacto de lo poético. En este sentido en que, leer es escribir, reescribir e inscribir, arriesgarse a leer la vida supone arriesgarse a perder la vida. A perder los sentidos con que ordenamos nuestro relato de lo vivido, a perderse de las voces que dictan las razones de lo vivido y el destino de lo porvivir. Arriesgarse, a dejarse tocar por una textura poética que nos precipita a una orfandad que nos despoja de los sentidos con los que velamos las zonas de fragilidad donde temblamos de vivir. “La literatura traumática nos hace escuchar, lo queramos o no, el riesgo puro de la lengua. Durante la lectura lo que en nosotros es movilizado no se nos aparece, por lo menos no de inmediato. La alteración es continua, mucho más allá del momento en que nuestros ojos se posan sobre la página. Es por eso que en ciertos momentos de la existencia y en algunas existencias a secas, es imposible leer. Leer verdaderamente. Es decir, entrar en esa zona de arrebatamiento donde lo que es afectado en nosotros se nos escapa totalmente.”[iii] De entrada, esta lectura requiere tocarnos. Pero no se trata de cualquier tocar, toca a la manera de un arrebatamiento delicado y sutil, que cuando lo percibimos, advertimos que no hemos presentado resistencia, no ha habido combate, no nos hemos defendido. Descubrimos que, más bien, nos hemos dejado llevar por una secreta e irresistible dulzura. Sin poder saberlo, acontecemos declinadamente. De manera inadvertida, la resistencia cede hacia una desistencia. Este extraño tacto poético parece apaciguar -a fuerza de una aguda dulcedumbre- el vigor defensivo con que se cierra una r, transfigurándola hacia la curvatura abierta de una d. Pasamos de una soberanía que gobierna el acto de lectura, a encarnar una claudicación del querer-saber, querer-poseer, querer-dominar. Asistimos al insospechado gusto de una erótica de la desistencia. Este acontecimiento de lectura disemina una secreta manera de sentir. Entonces empezamos por un afecto de lectura: no quedamos indemnes de este leer, una vida no quedará indemne después de esta lectura. Sentido nocturno Al leer en esta zona de arrebatamiento, se hace de noche, la noche se hace en el cuerpo, la noche hace aparecer un estado de sensibilidad desde donde leemos. Leer conforma una cierta experiencia de la noche. Una lectura hecha con los ojos de la noche despierta sentidos nocturnos en el cuerpo leyente, sentidos ininteligibles e imperceptibles bajo el dominio de los valores de la luz, lo diurno, lo visible, que Dufourmantelle articula a la virilidad patriarcal. En el dominio de los valores diurnos definidos por los hombres, encontraríamos los ideales de la civilización, el progreso, la economía, el fetichismo de la técnica, la acumulación, la guerra, el héroe, la conquista, el dominio, la apropiación, la explotación, es decir, ese modo de vida cimentado en la renegación de lo viviente, de su pertenencia a lo viviente y de su relación de interdepedencia constitutiva con lo viviente. Recuerda una reflexión que escribe Jan Patocka a propósito de la experiencia del frente durante la primera guerra europea. Patocka relata que, tras la declinación del día, en las trincheras, durante la noche, el adversario ya no era el mismo, devenía “nuestro cómplice en la conmoción del día”. La noche abría, en el centro de la matanza, en el corazón solar de la guerra, “el dominio abisal de la plegaria por el enemigo: la solidaridad de los conmovidos”.[iv] Bajo esta experiencia de la noche, no leemos con los ojos, es preciso leer a ciegas, vamos a tientas, dejándonos llevar por la mano de la lectura. Pero en esta zona de arrebatamiento cada cosa quiere decir otra cosa, ¿qué quiere decir, aquí, la noche? "[La noche es] La apertura a lo que conmueve. Nos exige atravesar la experiencia de la pérdida del sentido” (…) Es en este sentido nocturno como quisiera hablar de la relación de la razón con la obsesión”[v] “Cuando un habla participa de la noche, nos hace oír las palabras de otro modo” La noche que se va haciendo en la lectura, esta lectura que se va haciendo noche, conduce al cuerpo arrebatado, hacia una lectura de la vida deletreada por una lengua conmovida. Una pronunciación de la vida que ocurre como soplos de una ensoñación estremecida. El tacto poético de esta lectura precipita una conmoción capaz de infiltrarse entre los tejidos que componen lo vivo a la manera de un traumatismo por deslumbramiento del que ya no sería posible volver atrás. A riesgo de leer la vida sería esta secreta apertura en nosotras a lo que es capaz de conmover lo vivo, estremecer la vida. La contraseña a una secreta comunidad de conmociones, donde la destitución de lo propio preludia la aurora hacia una noche común. Un gesto oblicuo, la efracción Si arriesgarse a leer la vida, supone ingresar en una vertiente de noche que se abre en quienes se disponen a ella, ¿hacia dónde nos lleva? Hacia un secreto llamado infancia. [la infancia] Está clasificada como “secreto de Estado” en nuestros archivos y prohibida de acceso. No existe ningún pase que nos dé el acceso autorizado a ella, ni siquiera momentáneamente. Por lo tanto, hay que entrar por efracción. Colarse allí como un ladrón y hurtar su esencia. Hasta hablar de ella es difícil, puesto que es a partir de un exilio irremediable que las palabras nos son dadas para hacerle señas.[vi] ¿Qué es este entrar por efracción? Un cierto gesto oblicuo del tocar poético, una agudeza que se abre-paso desde una lengua extranjera a las leyes que ordenan el sentido, un pasaje clandestino amparado en una lengua inaudita e inimaginada. En esta lengua del secreto, infancia y noche señalan umbrales de pasaje de una latencia poética de lo vivo, por donde asistimos a zonas, temporalidades, musicalidades intensivas, paisajes afectivos, estados de sensibilidad, donde no preexistían, o bien, de donde nos hemos desterrado para sobrevivir al encuentro con intraducibles demasías de lo vivo. Este modo de cartografiar la atmósfera nocturna de la infancia, la atmósfera infante de la noche como aproximación estética a una constelación de intensidades afectivas, recuerda unos versos de Claudia Masin en los que se lee: te di mi cuerpo y lo recibiste del mismo modo que si un niño te hubiera ofrecido un tesoro incomprensible como prenda de amor: el corazón de un pájaro, un puñado de arena La lectura nos arrastra por territorios donde acampan signos de lo incomprensible, donde proliferan arboledas de extraños frutos, cuya promesa de sabor anuncia saberes inquietantes. Territorios que sólo parecen recorribles bajo el paso de la errancia, aquí sólo se puede errar en la lectura. Todo parece ocurrir como si recolectáramos incomprensibles tesoros acaracolados a la orilla de un océano inconcebible, donde desembocan aguas más antiguas que el tiempo. Ahí donde el psicoanálisis se apoya en figuras como la “división subjetiva” o la “castración”, que aluden a una metafórica del filo que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que mutila, la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí. Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas, la dehiscencia de un fruto para esparcir su polen o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre irreversible en la transmutación de lo viviente, hacia otro modo de vida. El tacto poético de esta lectura efractora -e infractora-, abre paso a esas “zonas de devastación”, “reservas de fatalidad”, a las “fidelidades de infancia” (atadas a secretos, genealogías truncadas, memorias de guerra y silencios sacrificiales fuera de alcance o prohibidos), esas “esperas devastadas”, donde siguen aullando los “ladradores de tormenta y catástrofe”. Territorios cuyo signo distintivo radica en constituir nuestra indefensión radical, la irrevocable vulnerabilidad donde hemos sido -y (aún) podríamos- sabernos pasibles a su tacto e irreversiblemente transformadas. Es hacia esta indefensión radical, donde pulsa toda latencia poética, que nos lleva la efracción que la noche abre en quienes se arriesgan a leer la vida. Territorio donde anidan risa, sueño y lágrimas, materias que pueden abrir una vida a las eróticas de lo inaudito. A riesgo de leer la vida o una escritura de las lágrimas En una desapercibida solidaridad con los asuntos que la historia de la filosofía en occidente hecha por hombres, canonizó como fundamentales para el pensamiento, el psicoanálisis aún perpetúa la tradición de desatención a las lágrimas. La escucha de esta erótica de la desistencia, se demora en el acontecimiento de unas lágrimas. En el sentido de inminencia que se abre en el momento de las lágrimas. Relata: En el transcurso de la primera sesión de análisis había sucedido una cosa inesperada, terriblemente repentina: la psicoanalista se había puesto a llorar, o más exactamente, había sentido las lágrimas subir a los ojos. Ella se había disculpado y se había alejado para poder respirar, secándose las lágrimas que, inexplicablemente, amenazaban con llevársela, de cara a ese hombre tan contenido, cansado, que le contaba un evento que había sucedido hacía treinta años y del que buscaba entender alguna cosa. Era la primera vez que le pasaba de esta manera y Dios sabe que en quince años de práctica había escuchado cosas terribles, injustas, dolorosas. Él, el hombre, jamás había podido llorar.[vii] En esta vertiente de la noche, se piensan la risa y el sueño, como “resoluciones eróticas”, “inventos del cuerpo”, “operadores de lo real”, o como “inteligencias del instante”, quizás podamos pensar en esa misma serie lo que hacen unas lágrimas. No deja de resulta curioso que Dufourmantelle no haya concedido lugar a las lágrimas en esta serie de posibilidades de invención de lo inconcebible: “De alguna manera nos hacen experimentar un trauma positivo. Son un evento sin regreso, que sobreviene y eso es todo. Un riesgo radical. De la misma naturaleza que la alegría, creo, son un momento del que uno no se repone, abriendo, durante unos cuantos segundos u horas, un espacio de abertura psíquica a lo inaudito.” (…) Testigos de una posibilidad de invención y de resistencia nueva que subvierte la repetición hacia el lado de lo inesperado. Durante un breve intervalo, irrumpen hacia lo que aún no ha sido dicho, escrito, ya firmado, ya destruido, regalándonos unos cuantos signos mágicos.[viii] En una conferencia que llama "Pensar hasta no ver”, Derrida se detiene en unos fragmentos de un poema de Andrew Marvell, para poner en entredicho la relación que occidente construyó entre el ojo y el ver, entre la mirada y la verdad, entre la luz y la revelación, entre la visibilidad y el saber: los valores diurnos amparados en la vista, el heliocentrismo del pensamiento. Resalta que esa historia de los ojos, de este propósito de la función visual, es una historia escrita por ojos masculinos. Los versos dicen: dejad que las corrientes desborden sus fuentes hasta que ojos y lágrimas sean lo mismo: y cada uno del otro la diferencia lleve estos ojos que lloran, estas lágrimas que ven Los versos ponen en escena otra forma de ver los ojos, según la cual lo propio del ojo ya no sería ver, con su corolario de saber-dominar-poseer una verdad que apacigua, sino llorar. Si los ciegos pueden llorar, las lágrimas revelarían una verdad del ojo, más acá de la visibilidad. Los ojos entonces estarían hechos, no para ver (preveer, prevenir, predecir), sino para llorar. Y los versos sugieren algo más inquietante aún: las lágrimas ven. Habría un ver a partir de las lágrimas, ver después de las lágrimas. Habría un ver que advendría tras llorar, nunca antes. Si un “acto de hospitalidad no puede ser sino poético”[ix], una poética no se hace sin una cierta acogida de las lágrimas, extranjeras desatendidas y desterradas de los asuntos del pensamiento propuestos por los hombres de occidente. Una poética de las lágrimas restituye condiciones de conmovilidad en una vida, su susceptibilidad ante el tacto de las formas estremecedoras de lo vivo. A riesgo de leer la vida, sería este abrirse paso de un tacto poético que nos arriesga a una lectura de la vida que se abre con una escritura de las lágrimas. Bajo la experiencia de la noche y de unas lágrimas, no leemos con los ojos, es preciso leer a ciegas, o también, leer con un sentido de lo nocturno. Si el punto de partida, el punto de vista de un pensamiento fueran las lágrimas, ese punto ciego, ese punto de noche en los ojos, que consiste en un punto de agua ¿cómo escucharíamos, escribiríamos, hablaríamos en una lengua que “comienza con la mirada de Orfeo?”[x] Al fin, en palabras de Claudia Masin, no es para que algo permanezca que hablamos, es para que algo tiemble y se conmueva. Y no es cosa nuestra lo que pase después[xi] *Este texto fue presentado como una clase, en el marco del posgrado en curso "Interlocuciones sobre "Elogio del Riesgo" de Anne Dufourmantelle", dictado en el Centro de Salud Mental N°1, y coordinado por Mariana Duro Artola y Luciana Grande, junto a integrantes del equipo de residentes y concurrentes del centro. [i] Dufourmantelle, A. (2018) En caso de amor. Ed. Nocturna. [ii] Dufourmantelle, A. (2019) “Arriesgar el porvenir” en Elogio del riesgo. Ed. Nocturna [iii] Íbid. “Otro idioma”, el destacado es nuestro. [iv] Dufourmantelle, A. & Derrida J. (2000) La hospitalidad. Ed. De la Flor [v] Íbid. [vi] “Correr el riesgo de la infancia”. En Elogio del riesgo. [vii] “El amor el niño”. En Elogio del riesgo. [viii] “La risa el sueño – afuera del impasse”. En Elogio del riesgo [ix] Dufourmantelle, A. & Derrida J. Op. Cit. [x] Blanchot, M. (1955) El espacio literario [xi] Masin, C. (2022) La Mujer maravilla y yo. Ed. Caleta olivia Gabriela Bettini - Umbral II - 2012- Crayon y lápiz sobre bastidos - 200 × 150 cm
- Batato / Susy Shock
Tiene lunares cientos rojísimos como narices de clown. Cada vez que alguien ríe en cualquier sótano de mierda disfrazado de teatro sus lunares titilan bailan murga al ritmo de un vals. ¿Qué es? ¿Qué fue? ¿Y qué será? Nunca lo sabremos. Menos lo sabrán los que solo usan sus pijas para procrear Especie y ya Descifrar su chiste es matar al jodido burgués sediento de finitas respuestas que jamás se tocará el culo por temor a excitarse y si lo hace huirá rápido a confesarse a la Iglesia ese antro de Reyes pervertidos y patatónicos que "hostian" hasta el billete y se masturban con el Santo Sudario de no se puede no se debe no se hace Los mercaderes del escenario no entienden por qué ese perro de tapado de piel le practica sexo oral a su dueña y recita poemas del colibrí que se puso tetas para que lo quieran más. ¿Qué es? ¿Qué fue? ¿Qué será? ¿Un hallazgo de putas osadías en un país desierto de magia? ¿La voluntad de arco iris del linyera y la madama? ¿El olor a coger que invade las buenas mesas de Recoleta? ¿Qué es? ¿Qué fue? ¿Y qué será? Nunca lo sabremos y cada vez lo sabremos menos si corremos como idiotas para pagar las cuotas desesperadas de ese agujero que nos hace de pieza si seguimos desangelados y posmodernos llenos de manteca de cacao y culpa ajena comprando la revista "CARAS" de la "GENTE" a la que pretendemos parecernos ¿Será el dedo en la llaga? ¿Chaplin, que trajo el color? ¿O lo que pudimos ser y la siesta no nos deja? ¿Qué es? … ¿qué somos? ¿que fue?... ¿qué fuimos? ¿y qué será?... ¿y qué seremos? Batata tarea. Fuente: Del libro Revuelo Sur, Edit. Nuevos Tiempos, 2007. Jürgen Baldiga / Nachlass Jürgen Baldiga Ich bin tot Excerpts from the diaries Jürgen Baldiga (1959 – 1993) Fotografia análogica
- Filosofía en los días críticos (fragmento) / Chantal Maillard
Todas las cosas conspiran para la desaparición. Des-aparecer es el objetivo. El mundo es la historia de la visibilidad —el mundo que fue contado por los antiguos griegos—: apariciones y des-apariciones o la continuidad bajo la vida y la muerte. Aparición y des-aparición de lo que yo no soy, siéndolo más de lo que me soy a mí misma por debajo de mí. Aparición y des-aparición de lo que no somos, ya que ser es ser limitado, ser es estar cercado, ser es vivir en un cerco: vivir atemorizado en un círculo de fuego sin atreverse a a-cercarse, a romper el cerco aproximándose a las llamas que aprisionan con su horror, con su nada, con su amenaza: la purificación, la destrucción por el fuego. Purificarse: desintegrarse. Des-integrarse: romper los límites que nos hacen ser, ser íntegro, ser una fuera de lo que sigue, a pesar de lo que sigue, por encima de lo que sigue. Yo soy una y mi cerco, un cerco abierto como un ojo, un ojo que deslinda, que traza los lindes con fuego, aquel fuego que brota del párpado, nunca de la córnea. En la córnea, sobre ella, como pantalla translúcida, las lágrimas, sobre la córnea la gigantesca cortina de agua que mana dolorosamente de las entrañas, el agua del dolor que apaga el fuego sin romper el cerco, impidiendo, ahora y luego, la purificación. Las lágrimas son una desobediencia a la ley del universo: aparición-des-aparición. Las lágrimas son la culpa y el precio por el territorio conquistado: yo soy una y mi cerco. Destruyamos. Desautoricemos lo escrito. Mi cerco y yo nos construimos en otro cerco: el del lenguaje. Cada lenguaje un cerco. La transgresión: el trabajo de la metáfora. Transgresión lingüística, rápida, penetrante, creadora. La apariencia salta fuera del ojo, el ojo fuera de su córnea. La forma puede volverse música. La palabra guía dentro del cerco. De cerco a cerco ¿quién anda? ¿Qué aguijón penetra en los espacios que el fuego pone al rojo? De cerco a cerco nada, o tal vez el águila. El lenguaje de los cercos requiere otros conceptos, otras palabras, palabras trashumantes, palabras bereberes, palabras del desierto: sin eco, hechas de sílabas que se desmoronan al pronunciarse, palabras tránsfugas o planeadoras, palabras buitres, palabras carroñeras que limpien los viejos cercos de sus muertos, de sus asesinados y de sus asesinos. El lenguaje de los cercos requiere el vuelo. De cerco a cerco se vuela. Se vuela como los buitres, con el pico ensangrentado, con flecos de carne descompuesta colgados en las comisuras, propagando, de cerco en cerco, el virus: el ansia de hacer mundos. ¿Y las lágrimas? ¿Y el agua? Pura convulsión del aire licuado por el frío. La córnea vaciada de su ojo es el estanque de materia donde Leibniz creía ver el universo: la unidad de todo lo posible. El ojo, sin su córnea, apenas se parece al diseño de un ojo. ¿Y si lo posible fuera lágrimas infinitas? ¿Y si el dolor fuera el infinito anhelo de todo lo posible por existir? ¿Y si las lágrimas fuesen el dolor de existir que se expande por todos los cercos de los cercos? Desautorizar el texto, dejar al texto huérfano, matar al autor, destruir al que dice yo bajo el texto, al que dice yo sin decir «digo», desplazar al que escribe, dejar huérfano al que escribe, huérfano del texto que ya le precede, que siempre le ha precedido, que le precede en el cerco, que le encierra en su cerco, que le induce a cercarse y a decir yo, des-autorizar el texto cuando dice «lágrimas», con-textualizar el texto con otro texto que lo embeba como un papel secante, des-autorizar al yo cuando escribe «dolor» sin escribir que escribe, y dejar en suspenso el juicio sobre la posible des-aparición de una muy antigua creencia. ¿Y el grito? El grito es la flecha disparada que se eleva, vertical, y alcanza al buitre en pleno vuelo. Fuente: Chantal Maillard, Filosofía en los días críticos. Diarios 1996-1998, Pre-Textos, 2001, pp. 7-9. Robert Perry IMG 0538 2024 Impresión en gelatina de plata
- El no-hacer / Macedonio Fernández
La mera omisión no es suficiente no-hacer; invención de una nueva dignidad: la omisión por Acto. El no-hacer-nada, o simplemente, el No-Hacer no es un género en el que se hayan hecho todos los progresos; véase en lo aquí narrado cómo podía enriquecerse todavía el noble género: Se titula el sensato cuento: "La Diosa Omisión" o "El Taller del Ocio". En aquella Estancia donde nadie hacía nada hubo un día en que los habitantes se alegraron al divisar que iba llegando lenta, descansadamente, una persona que no conocían. Los que llamaremos estancistas tenían por momentos la incomodidad de dudar de si no faltaría todavía algo que dejar de hacer, que a lo mejor habían descuidado de omitir; y este desconocido de tranquilo andar, por su desgarbo y modos reposados, expresión personal de contento y despreocupación, parecióles que tenía todo el aire de ser un experto en el no-hacer y el no-suceder, que eran las cosas en que vivían colaborando los estancistas sin discrepancia, y también sin jactancia, pues ya digo que no estaban satisfechos del todo, sospechosos de hallarse, sin darse cuenta, omitiendo todavía alguna omisión. Sí, el desconocido calmoso debía traer un algo que se pueda no hacer, una ampliación del catálogo; en efecto, y no en efecto, es decir parcialmente en efecto, el desconocido no era tal genio del no-hacer y había tenido la fortuna de que, por casualidad -pues por investigación y trabajo nunca halló ni buscó nada- conoció en la ciudad el precioso vivir del burocratismo. Explicó a los estancistas, una vez que se les hizo amigo y fue invitado a quedarse eternamente (aunque no fuera más que por no tener el trabajo de no quedarse) y a cooperar e identificarse con todo el no-hacer del Establecimiento, que había algo que añadir al puro no-hacer; éste era incompleto, carecía de su elegancia que fue siempre la belleza esencial de la Omisión, porque faltaba un ingrediente primario de la ociosidad que él descubrió en toda oficina del Estado, donde no sólo se le imparte al empleado nuevo en seguida la prohibición de hacer sino que se les hace firmar un horario de presencia en la oficina, y, para que su no hacer se vea, se le encarga confeccionar toda clase de memorias o informes, lo que no es trabajoso porque consiste simplemente en arrancar páginas de cualquier novela y firmarlas. Además, el recién llegado, y el ya empezado a quedarse, añadió una extraordinaria información, a saber, la de que los desocupados de Puerto Nuevo, con abundantes razones, se habían quejado del exceso de horario previendo que, por el espíritu de contradicción, el Gobierno decretaría prestamente el aumento de aquél. Así empezaron en la Estancia las memorias e informes de capataz, de proveedor, de cocinera, con otras tantas páginas de novela que quizás, bien encuadernadas en un solo tomo, constituirán la novela modelo de continuidad. Esto era la autenticación del No-Hacer, que es lo que les había faltado siempre a los estancistas. Fuente: Fernández, Macedonio (1944). Continuación de la nada. Ed. Corregidor. Jukhee Kwon - "Libro Libero"- 2013 - Papel, 1 libro - 140 × 90 × 10 cm
- La vida pasajera (fragmento) / Christian Bobin
Un hombre llega al paraíso. Pide a un ángel que le muestre el camino que dibujan sus pasos en la tierra. Por curiosidad. Por el deseo infantil de ver y de saber. Nada más simple, dice el ángel, ve hacia esa ventana y mira. El hombre acerca su rostro al cristal y mira el rastro de sus pasos sobre la tierra, desde su infancia hasta su último aliento. Algo le llama la atención: a veces no hay huellas. A veces el camino se interrumpe y no reaparece hasta bastante más lejos. Esas ausencias, dice el ángel, corresponden a esos días en los que tu vida era demasiado pesada para que pudieras soportarla. Yo te tomé entonces en mis brazos, hasta el siguiente día en el que la alegría volvía a ti —y tus fuerzas con ella. Si pongo esta fábula al comienzo de este libro, es porque nunca he escrito más que de esta manera: llevado por algo más ligero que yo; en los brazos —no de un ángel— sino de la vida pasajera, del centelleante rumor de vivir. Hace falta tiempo para alcanzar la inocencia de los días. Hace falta tiempo para conseguir la simplicidad del lenguaje. Hace falta tiempo para aprender, y más tiempo aún para reír sobre lo que uno ha aprendido. Reír tanto de nuestro saber, como de nuestra ignorancia. Reír como ríe la primavera en los ojos, como ríe la infancia en la voz, como ríe la lluvia en los libros. Porque llueve en los libros. Una lluvia fina resbala por sus páginas, cae sobre el corazón. En este libro la lluvia cantaba en la punta de mis dedos, golpeteaba sobre el papel, refrescaba la habitación. En este libro la lluvia tenía el nombre de una mujer, luminosa en su voz, justa en su corazón. Nella. Nella Bielski. A quién le hablamos cuando escribimos. No lo sé. Creo que es imposible de saber. Aquella a la que se escribe está al final de nuestras palabras como el día está al final de la noche, como la fiebre está al final del silencio. Las palabras van hacia ella para que las coja entre sus manos aquietadas, y las devuelva a algo más que ella misma —a no se sabe qué. “Te escribo” quiero decir: escribo a algo más que ti, a mucho más, es por ti que esto sucede. Antes se escribía al rey para implorar su gracia. Hoy en día el rey no recibe más, no abre ya las cartas. Hoy en día el rey se retira, taciturno, bajo los artesonados de su cielo. Ya no se le escribe a él, sino a alguna de sus sirvientas, con el fin de que ella le resuma nuestra carta —por el eventual contento que encontrará en ello: no hay otra manera de hacerse oír por un rey que manifestar delante de él una presencia liviana, dulce y divertida —sin frases sobre todo, sin ninguna frase. Este poema es una larga carta. Esta larga carta se ha convertido en un pequeño libro. Nunca he escrito más que libros cortos, por incapacidad de hacer otra cosa, pero quizá también por necesidad: escribir es convertir lo mucho en poco, el exceso en carencia. Ningún libro debería ser más pesado que la luz. Ninguna escritura debería hacer más ruido que una sonrisa. Christian Bobin, La vida pasajera, trad. Alicia Martínez, Ediciones El Gallo de Oro, Colección Gallo Azul, 2.ª ed., 2023, pp. 11–13. Joakim Allgulander Cielo 2023 Óleo sobre lienzo 240 × 170 × 2 cm con marco
- Adentro/afuera: cuando cae la barrera / François Jullien
1. Partamos al ras de la lengua. Desconfiemos del arrebato que amenaza con arrastrarnos por la pendiente de la metafísica. Para no dejarnos llevar por la tentación efusiva que se cierne sobre este caso, sobre este tema, actualmente convertido en tan prolífico, de una “apertura” al otro, aclaremos la noción, circunscribamos el término. O para decirlo de manera preventiva, curativa (en términos wittgensteinianos): partamos de lo único de donde podemos partir —de los “usos” del lenguaje ordinario. Pero resulta que respecto de lo íntimo el uso nos pone delante de esos dos sentidos, nos coloca sin mediación en esa bifurcación. Lo íntimo se dice de aquello que está “contenido en lo más profundo de un ser”; y así hablamos de un “sentido íntimo” o de la “estructura íntima de las cosas”. Pero también es aquello que “vincula estrechamente por medio de lo más profundo que existe”: unión íntima, tener relaciones íntimas, ser íntimo de... El diccionario (el Robert) enumera luego esos dos sentidos y los sitúa juntos, sin más glosas, sin pestañear, pero, ¿qué relación hay entre ellos? ¿Y no se oponen además? Porque uno expresa lo apartado y lo oculto, y el otro expresa la relación. Virtud del Diccionario que estira la lengua en todos los sentidos y según sus posibilidades, pero, ¿hasta dónde puede llegar en este caso el desmembramiento? ¿Equivale a una verdad esa virtud extensiva? Íntimo se llama en efecto “lo que es totalmente privado y generalmente oculto a los demás” (así ocurre con la vida íntima, con una convicción íntima o con lo que llamamos “diario íntimo”). Pero al mismo tiempo, igualmente, íntimo expresa lo que reúne a dos personas y favorece la armonía entre ellas. Por ambiente, por pregnancia, de manera tácita: comida íntima, fiesta íntima; o incluso hablamos de un rincón íntimo, a salvo del mundo, apartado de las miradas y de la charla de las personas que pasan —la pareja en éxodo durante la noche del último campamento se encontrará allí. Debemos pues empezar escuchando la lengua, los diversos usos de la lengua, diversos hasta la disyunción; aunque por eso mismo también debemos seguir lo que nos hace pensar entonces correlativamente y tal vez incluso deducir un sentido del otro: (1) que lo íntimo es lo más esencial al mismo tiempo que lo más retirado y lo más secreto, que se oculta a los otros; (2) que lo íntimo es lo que asocia más profundamente con el Otro y conduce a compartir con él. ¿Cómo se pasará entonces de un sentido al siguiente debajo de lo que parece, a primera vista, nada menos que una contradicción? ¿O bien qué esclarece esa contradicción? El hecho de que el diccionario establezca los dos sentidos rivales sin explicarse, sin rechistar, contentándose con yuxtaponerlos, nos dejaría sumidos en la aporía si no advirtiéramos en cambio, en el llamado a franquear esa separación, algo así como una revelación —por medio de ese desgarramiento “vemos detrás”. O digamos que percibimos entonces lo que se ofrecería para pensar de modo más crucial, lo que repentinamente nos da un asidero al pasar, sin previo aviso, en el seno de una palabra, en ese gap, sobre nuestro ser como humanos. La lengua piensa. Habrá que empezar entonces deteniéndonos en lo que dice (y hace) la lengua, sin que por ello lo conciba de modo suficiente, en todo caso sin explicitarlo. Porque no se encuentra un superlativo para “exterior” (a ello sólo responde “último”). Pero hay un superlativo para “interior”: “íntimo”. Intimus, dice el latín: lo que es “muy” o “más interior”. Nos vemos remitidos pues un paso más allá ante lo que nos hace falta pensar o, más precisamente, dialectizar, para superar esta aporía. Porque lo íntimo es lo intensivo o la radicalización de un interior, que lo retrae en sí mismo y lo sustrae de los otros, y lo íntimo al mismo tiempo expresa también su contrario: la unión con el Otro, unión “íntima”, un afuera que se vuelve adentro, “lo más adentro” —y genera la exigencia de compartir. “Íntimo” efectúa esa inversión de un sentido al otro: aquello que es lo más interior —porque es lo más interior lleva lo interno a su límite— es aquello que por eso mismo suscita una apertura al Otro; por lo tanto, lo que hace caer la separación provoca la penetración. 2. Resulta entonces que por medio de lo íntimo se quiebran las relaciones tradicionales del adentro y del afuera; e incluso estos ya no parecen reconocibles a primera vista. En efecto, por la inversión que contiene lo “íntimo”, que se convierte de lo más secreto en aquello que más puede vincular, es decir, de lo que es más interior en cada uno —“íntimo” en él— en aquello que puede fundar más profundamente, a la vez justificar y provocar, su unión con el Otro (según la expresión banal, aunque enseguida envidiosa: “son íntimos”), el interior y el exterior se revelan de pronto en las antípodas de lo que concebimos con ellos (manteniéndolos separados). Porque resulta que, según lo íntimo, lo interior parece comunicarse en el fondo con su opuesto. De allí, la hipótesis expuesta para aclarar la paradoja: ¿no será que cuando más se ahonda, se profundiza lo interior, menos puede extenderse aparte y aislarse? Cuanto más se aprehende en sí mismo el interior de nosotros mismos, en su trasfondo, como suele decirse, en tanto que “muy” o “más interno”, tanto más se encamina hacia su desclausura. Más da indicios “de lo Otro” que ya no es entonces el otro, sino su contrario: inversión que no puede ser más significativa y que no hago más que constatar —y es lo que me propongo explorar aquí en la estela de lo íntimo. Porque veo allí un hilo que se puede seguir con curiosidad para considerar lo que viene después. Tal vez nada menos que la necesidad de volver a pensar lo que entendemos como nuestra “interioridad” y por ende también una relación con el “otro” que ya no resulte forzada por la moral. ¿O acaso la moral no sea solamente el despliegue de lo íntimo en un principio, cuando todavía no está maniatada por la obligación? O digamos: ¿no sería acaso la misma moral, en el fondo, aquello en cuya senda nos pone el “recurso” de lo íntimo? Y de manera suficiente, porque basta para romper la clausura interior, en la cual un “yo” se encerró. De manera mucho más probatoria, menos dolorista en todo caso, en tanto que positiva, de la que efectuó tradicionalmente la piedad como “fundamento” de la moral. Puesto que sabemos que el problema que le planteó la “piedad” a la filosofía es precisamente que no se comprende cómo puedo experimentar “en mi interior”, para retomar los términos de la antinomia clásica, el mal que le ocurre al Otro “en el exterior”. Pues, ¿cómo se “traslada” uno mismo al otro (a su sufrimiento)? ¿Acaso por medio de la “imaginación”, acaso por la “representación” (Rousseau, Schopenhauer)? Y entonces, ¿cómo explicar el carácter inmediato de la reacción? De allí surge su “misterio”, como se lamentó (Schopenhauer en El fundamento de la moral). Lo íntimo por su parte es la oportunidad, en cambio, por el mero hecho de la alteración que se efectúa en él, de extender correlativamente su adentro al exterior, de tener la propia interioridad también en el Otro, cuanto más se intensifica, fuera de uno mismo, derribando la clausura de un “sí mismo”. Habitualmente, en efecto, en el estadio más rudimentario, el de lo “natural”, digamos, el adentro y el afuera confinan y se yuxtaponen, cada cual por su lado, y por ello se ignoran. Ese contacto es al mismo tiempo separación —como la piel. Uno y otro yacen para sus adentros, a uno y otro lado de la frontera, y se mantienen aislados, cada cual siguiendo su orden propio. Existen así el interior del cuerpo y el exterior del mundo: fisiológico por una parte, físico por otra. Uno puede herir y cortar al otro (el cuchillo). A lo sumo, hay un intercambio entre ellos: el cuerpo inspira-expira; absorbe y eyecta —la relación sólo es utilitaria. O bien, si las categorías de lo interior y lo exterior comienzan a entrecruzarse como en el trabajo (recordemos a Hegel), el interior del pensamiento que transforma el exterior del mundo y recíprocamente, ese proceso del que proviene la Historia, diferenciándose de lo natural, sin embargo los mantiene separados. Aun cuando enlazan entre sí un devenir común, no por ello dejan de permanecer cada uno de su lado, y cada uno conserva su distancia. Pero lo que hace suponer lo íntimo, radicalizando la inversión dialéctica entre los sujetos que somos, es que en su caso, desde el momento en que se profundiza en sí mismo, pretende ser lo interior de lo interior, “lo más interior”, y ese interior hace caer la frontera en la cual se encerró una interioridad. Al mismo tiempo que se retira en sí mismo, apela a “lo Otro” (mantengamos tanto como sea posible el efecto genérico del neutro) para que penetre en ese adentro, para que se le una y se inmiscuya; y la delimitación adentro/afuera llega entonces a borrarse. Lo íntimo designa entonces dos cosas que mantiene asociadas: el retiro y el compartir. O antes bien, debido incluso a la posibilidad del retiro, surge la solicitación de compartir. No sólo, evidentemente, porque cuanto más íntimo es lo que está en juego, más profundo es lo compartido. Sino sobre todo porque sólo lo que es íntimo quiere ofrecerse y puede hacerlo. Es porque nuestras partes “íntimas”, según la denominación usual, son las más retiradas, no exhibidas, e incluso deben vestirse, deben ocultarse, que podemos descubrirlas y llevarlas ante la mirada del Otro; exponerlas es ya ofrecer que salgan así de la neutralidad y la indiferencia que hacen permanecer a cada cual de su lado y que convoquen a la penetración y la mezcla. Debido a que se profundiza como íntimo, lo interior incita a su franqueamiento por un afuera; del mismo modo que a cambio aspira a su propia expansión. En tanto que se torna superlativo de sí mismo, ese interior renuncia a seguir siendo interno y reclama su superación para no chocar —deshacerse o agotarse— contra el límite. O bien, dicho al revés, esa apertura al exterior parece inscrita en el seno de la profundización del interior, convirtiéndolo en su contrario. “Repartición” a la que además tiende lo íntimo, al yuxtaponer esos dos sentidos opuestos y poner en juego su misma ambigüedad. Compartir es dividir partes, donde cada cual tendrá la suya sólo para sí, como se reparte una torta. Pero compartir es igualmente tomar parte en algo, ya no estar más solo y participar. Comparto un pastel, o bien comparto sentimientos o ideas. De tal modo que ser íntimo es compartir un mismo espacio interior —espacio de intencionalidad: de pensamiento, de sueño, de sentimiento— sin que ya nos preguntemos a quiénes pertenecen estos últimos. Allí se evoluciona como a partir de un fondo común que cada uno de los dos reaviva, mediante una frase, un gesto, una mirada, como en el tren de los exiliados, pero sin apropiárselo —sin siquiera pensarlo. 3. Porque de nuevo se hace presente lo que prescribe la lengua y cuya lógica hay que pensar. Cuando hablo de una cosa “íntima”, cuando íntimo es un epíteto, lo íntimo remite a su primer sentido: apunta hacia un retiro a salvo de los otros, designa en esa profundización del adentro lo que esencialmente es tanto más difícil de comunicar en la medida en que se mantiene apartado. Pero cuando digo: “yo soy íntimo”, cuando íntimo se vuelve atributo, cuando se lo predica y se le confiere un sujeto, su sentido de pronto se invierte, el punto de vista se altera nuevamente. Descubro que no puedo ser “íntimo” en mí mismo, que no puedo ser íntimo solo. Soy necesariamente íntimo con: no puedo “ser íntimo” sino para un “tú” —se requiere un plural (dual), se evoca un Afuera. Es decir que lo “muy interior” o “lo más interior” que constituye lo “íntimo” no se piensa sino desencerrando al yo que se enuncia en relación con un partenaire y dentro de una relación. Pero no se trata entonces, como dije, de dar pruebas de una buena voluntad ética hablando así de apertura al Otro; no cedo entonces, como puede resultar tentador, al tema eminentemente moral (demasiado ostensiblemente moral) del “hay que compartir”. Aunque la lengua lo piensa y lo implica por sí misma, fríamente y sin rechistar. Se trata entonces, por mi parte, de emprender una “analítica” (a partir de lo que dice y obliga a pensar la lengua), pero no predicar. “Soy íntimo contigo” significa en efecto que te abrí un “más adentro” de mí, que ya no mantengo con respecto a ti mi sistema habitual, tentacular, de defensa y de protección —aquel con el cual nos blindamos frente al exterior, y que hacemos variar, por supuesto, según los partenaires y las situaciones, pero usualmente sin renunciar por completo a él. En lo íntimo, no me prevengo ni me excluyo más. Vale decir que somos íntimos entre nosotros en la medida en que hemos derribado nuestros cálculos y nuestras razones y está suspendida la machaconería del interés, que no por ello deja de seguir rondando normalmente, como suele decirse, “adentro de la cabeza”, aun cuando ya no nos guíe, aun cuando ya no pensemos más en ello. Lo íntimo es el compartir subterráneo que ya ni siquiera necesita mostrarse ni probarse. Entramos en lo íntimo como quien penetra en una tienda, retomando esa imagen, que un buen día encontramos, cuya entrada alzamos y en adelante un mismo dosel nos cubre y traza este “nosotros”. Que el abrigo sea común a los dos y remita la clausura más allá de ellos hace que se evolucione en adelante “a cubierto”, a gusto, sin coerción, sin prescripción, sin obligación, como en un elemento o un medio compartido, en vez de continuar cruzándose cada cual confinado en su frontera y enfrentándose. Bajo ese dosel invisible, aun si no se “hace” nada (del tipo “¿qué hicimos hoy?”), aun si no se “dice” nada (ya no es necesario decir algo para “llenar” la conversación), el recurso de lo íntimo no se agota: en el entre que abre, se “entre-tiene”. Porque lo íntimo es un estadio que se alcanza, no un estado; pertenece a lo que llamaría el auge, no a la calma. Difiere por ello de la ternura, porque la relación no es solamente de sentimiento o de apego; razón por la cual habitualmente somos menos sensibles y apenas nos detenemos en ello. No se piensa en lo íntimo; uno ni siquiera piensa que se vuelve íntimo. Luego un día constatamos, ponderamos, que de hecho nos hemos vuelto así. Por otra parte, como no es ni virtud ni cualidad, no tiene determinación ni objetivo, en suma, como no tiene fin (y la vía ética desde los griegos quería un “fin”, telos), lo íntimo se ha sustraído igualmente a la captación de la filosofía. Por tal motivo, como comprobamos, se han interesado tan poco en ello, se lo pensó tan escasamente después de todo. No obstante, lo íntimo me parece que merece que nos detengamos en ello tanto más en la medida en que vemos lo que nos hace ganar con respecto a todo pensamiento de la intro-(sección) y de lo interior (la famosa “vida interior”, etc.). Es incluso a lo que más me aferro aquí: poner de relieve lo íntimo en contra de la interioridad y de su culto, para desembarazarnos de ellos. Pues mientras que la noción de interioridad de entrada es sospechosa por lo que deja entrever, o sea ruptura y rechazo del mundo exterior, y por ende encierro en sí mismo y debilitamiento por confinamiento (del mismo modo que todo subjetivismo siempre hará sospechar que ignora la objetividad), resulta que lo íntimo, al excavar algo más profundo, más interior que lo interior, al mismo tiempo invierte esa tentación del repliegue con su vuelco, la lima y la subvierte. Se produce un rebote que enlaza la relación y hace surgir una aventura; mediante lo cual genera lo inaudito. Lo más interior, e incluso “lo más interior” de todo, se halla atravesado por una tentación de desconocimiento y abandono; se libera de sí mismo aspirando al exterior de sí que abolirá la frontera limítrofe de uno: “uno mismo” ya no está apretado, no se estanca, sino que se desborda y se vuelve expansivo. Lo íntimo es ese elemento o ese medio donde un yo se despliega y se exterioriza, pero sin forzarse, sin pensarlo —lo que en verdad significa “efusión”. No se podría ser restringido, mezquino, mediocre cuando se accede a lo íntimo. Lo que entonces nos hace descubrir lo íntimo, en consecuencia, aunque discretamente, sin alertar, no es nada menos que aquello que de golpe, por la posibilidad que abre, desbarata la concepción de un Yo-sujeto bloqueado en su solipsismo —la misma contra la cual se sublevó tanto, como es sabido, la filosofía contemporánea. La psicología nos decía que solamente me relaciono con el Otro, afuera, y puedo abordarlo, por una proyección-abstracción a partir del “yo”. Freud también... Vemos con asombro que Freud pertenece a ese partido. Aunque sin embargo hizo tanto para derribar la concepción de un sujeto insular y que pretende ser autárquico, no deja de seguir preso del prejuicio de la “representación” como facultad maestra a partir de la cual un sujeto se relaciona con el mundo del mismo modo que dominó la filosofía clásica. Como si sólo accediera a la conciencia del Otro (al hecho de que el Otro tenga conciencia) mediatamente y por deducción: “que otro hombre tenga igualmente una conciencia —dice— es una inferencia que se obtiene per analogiam” (El inconsciente, 1915). Es decir que respecto de todo hombre fuera de uno mismo, “la hipótesis de la conciencia se basa en una inferencia” y por ende “no puede merecer la certeza inmediata que tenemos de nuestra propia conciencia”. Pero la posibilidad de lo íntimo basta precisamente para desmentir y demoler esta aserción, sirviendo de piedra de toque para su contrario. Diría incluso que la finalidad de lo íntimo, si tuviera una, sería precisamente hacer experimentar lo inverso: que el otro es conciencia al unísono conmigo mismo, lo que entonces se aprehende de manera inmediata y no por deducción, no per analogiam, en ese adentro compartido. Debido a que en lo íntimo la frontera entre nosotros se difumina y hasta se borra, y el Otro se deshace de su exterioridad y recíprocamente, resulta que compartimos efectivamente la conciencia; la “con”-ciencia que se promueve de acuerdo con el Otro ya no es propiedad de un sujeto; o digamos que en lo íntimo nuestras conciencias encajan tan bien que se desapropian; ya no hay “tú” o “mi” conciencia, sino que “la” (también optamos aquí por el genérico) se extiende entrenosotros, abriendo ese “entre”. No es tanto que “me haces falta”, como se suele decir habitualmente, cómodamente (posesivamente), sino más bien que “me siento en ti”. En la medida de esa intimidad, nos volvemos co-conscientes y co-sujetos. Con lo cual lo íntimo levanta una punta del velo que nos ocultaba la co-originariedad de los sujetos que pretende pensar el pensamiento moderno y según el cual, como empezamos a ver, la moral se puede considerar de modo muy distinto. Lejos de ser entonces un aspecto particular de la experiencia humana, o aun cuando fuese su intensificación, lo íntimo desestabiliza aquello en lo que basamos tradicionalmente nuestra aprehensión del Yo-sujeto y es en verdad “revelación”, tal como afirmé —pero una revelación completamente empírica y muy modesta, hecha al pasar, furtiva, reservada. Por consiguiente, nos será preciso avanzar más dentro de lo que no dudaré en llamar lo inaudito de lo íntimo, tanto más inaudito en la medida en que es discreto, para abrir con nuevo impulso, siguiendo ese hilo, un camino hacia lo humano y hacia la moral, sondeando el “nosotros” que esto nos descubre. Fuente: François Jullien, Lo íntimo. Lejos del ruidoso amor, El Cuenco de Plata, 2016. Richard J. Treitner "When the Geriatric Party's Over” 2017 fotografía toma directa "When the Geriatric Party's Over” 2017 fotografía toma directa
- Periplo Marechal / Patricia Mercado
1 Así nació Marechal. Como una profecía en la noche invernal de la calle Rioja. El tiempo juega a mestizarse. A veces, lo hace con descaro. Su frenético movimiento en planos de simultaneidad arrasa el barro de lo que llamamos presente. Digo ahora mismo: 18 de octubre de 2025, por costumbre, por desesperación, como conjuro frente a lo perdido del porvenir. Así, la memoria se revela como potencia regenerativa y no como evocación. 2 En 1979 ella estaba enamorada de un muchacho alto y rubio que, en ese invierno, la esperaba cada lunes a la noche en la puerta de la facultad, al final de la clase de Latín I. Caminaban por la calle Rioja hasta Plaza Once. La peregrinación semanal estaba cargada de reflexiones metafísicas que intentaban bordear un silencio espeso. Mientras, el invierno y la dictadura mordían la carne. Tan solitarios como ellos, los árboles de la vereda respiraban en la oscuridad. Oficiaban aquel trayecto como una liturgia de la que desconocían el significado. Una de esas noches, el muchacho rubio le contó que su hermano, que pertenecía a Montoneros, había sido chupado por los milicos junto a su novia tres años antes. Él traía los muertos y la noche los borroneaba para guarecerlos mientras pronunciaban, con palabras casi inaudibles, el horror. Dijo que, en el departamento del que se los habían llevado, quedaron libros. Allí rescató el Adán Buenosayres de Marechal, que acababa de leer. Prometió que el lunes siguiente lo traería para regalárselo. Y así lo hizo. Ella era tan joven que aún no se sabía extraviada. Hija de una familia nómade cambiaba de casa, de barrio, de amigos, cada pocos años. No sabía extrañar. Habitaba una Argentina abstracta, hecha de rasgos inasibles. Nacida del otro lado de la General Paz, aquellos eran sus primeros escarceos en la ciudad. El último lunes de aquel invierno, el muchacho le dio el libro de hojas amarillentas. De inmediato, ella supo que le donaba un mapa y lo acomodó con parsimonia en su biblioteca. 3 Durante los años que siguieron se abocó, reiteradas veces, a leer la novela. No lograba comprender una sola palabra de las hojas amarillas. Leía veinte o veinticinco páginas y lo abandonaba, derrotada en la escaramuza. Pasaban unos años y lo volvía a intentar, con la misma suerte. En cada mudanza, el Adán Buenosayres viajó embalado en las cajas de libros. Vivió junto a ella en todas sus casas. El Adán esperó. 4 Toda lectura acontece a oscuras, donde el ojo no ve. 5 Esa noche leyó en la página 194 una marca que el muchacho alto y rubio dejó con birome azul: 11-7-79. Supo que los ojos de ambos se cruzaban en el mismo lugar 46 años y 3 meses después. Se pregunto qué significaba esa Zanja de Alsina en el tiempo. No tuvo respuesta. Entonces tocó, delicada, la hoja amarilla y frágil con la inscripción. A veces el misterio sólo pide ser acariciado. 6 En el umbral del amanecer, página 508 de la máquina Marechal, entiende que la potencia de la ficción, de la literatura, radica en sostener la vida. 7 Esta madrugada el lomo del libro se despegó. Ha envejecido como un buen vino: exudando un sabor macerado en la fragilidad. 8 Nadie escribe sin asumir un destierro. He ahí la puerta. 9 Adán cruza la calle Warnes en la página 365. 10 Marechal derrama signos en la intemperie donde ella abraza su cuaderno de hojas rayadas. Le enseña que la literatura es mediúmnica. 11 “Ciertamente, aquello era el otoño definitivo” subraya ella en la página 250. 12 Dejemos que ladre la jauría psi su “cosita” terapéutica. La literatura pertenece a las grandes liturgias de los pueblos. Su sacramento es la palabra escrita. Y ni la industria editorial puede corromper la potencia de ese sacramento. 13 Él subraya con birome azul:” El mundo se conserva por el secreto” afirma el Zohar. Y no a todos es útil conocer el verdadero nombre de las cosas. (9.7.79, página 157) 14 Qué bendición no haber estudiado Letras. Qué bendición hundirse en el laberinto del alfabeto. 15 Página 364, ella subrayó en lápiz: “La iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche. Adán Buenosayres escucha: nadie y nada: se han callado las voces. Adán se interrumpe súbitamente desalentado: le parece advertir que sus palabras, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar vuelo” 16 La noche devora la calle Gurruchaga. Ella desanda los pasos de Adán por la rayuela húmeda de los adoquines. 17 Palabras deshilachadas hacen morada en los círculos infernales que Marechal dibuja. Llega a Corrientes. Un taxi sin pasajero avanza lento y dobla la bocacalle. 18 Cruza la avenida y camina hasta Vera. Dobla y, media cuadra después, se para frente a la puerta marrón. Saca una llave del bolso. Abre la puerta de su casa. Al final del pasillo sube la escalera. Entra al departamento justo cuando su mano subraya la página 642: ” Cuando miré las cosas desde ángulos, para mí, desconocidos, una exaltación gozosa me dominó, en adelante me dí a la grata empresa de roer y devorar físicamente los volúmenes del recinto.” Alicia Mihai Gazcue La E, reconsiderando (La letra E, reconsiderando) 2020 Pintura acrílica y collage sobre lienzo 20,5 × 20,5 × 3 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











