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  • “El guardián entre el centeno” de Salinger/ Ianina Fornaro

    Fragmentos de clase sobre la identificación en el Hospital Alvear. En el estadio del espejo Lacan refiere el pasaje de la insuficiencia a la anticipación, se anticipa la imagen cuando el cuerpo aún está fragmentado, cuando el cuerpo aún no tiene una unificación en lo que respecta a su imagen. En la pubertad con el estallido de la sexualidad esta imagen resulta insuficiente debido a que apremia la incorporación de las modificaciones que introducen los cambios corporales y la diacronía generacional. La imagen resulta insuficiente para responder ante esas modificaciones, amenaza la fragmentación. De ahí la necesidad de identificarse a alguna imagen para conservarse unificado. Aquí aparecen los diarios íntimos por ejemplo como posibilidad de una escritura que posibilita una descarga psíquica a los fines de transitar estos cambios. En “El guardián entre el centeno”, Holden (el protagonista) es un adolescente que ha sido expulsado de diferentes escuelas, lo mismo ocurre con la última a la que asiste y de ahí empieza a deambular por distintos escenarios hasta volver a su casa sin querer encontrarse con sus padres y poder tener una conversación con su hermanita menor Pheobe a quien adora. Holden de 16 años ha perdido a su hermano Allie que muere de leucemia a sus 11 años. Holden tenía 13 para ese entonces. Holden en una narración que le piden en la escuela cuenta esta historia basada en un guante de Béisbol que tenía guardado en su valija con poemas escritos de su hermano Allie. Dice que los tenía escritos para leerlos mientras jugaba porque su hermano no solo era totalmente inteligente, sino que era el mejor en muchos aspectos. Resalta lo bueno que era, para Holden, Allie era el mejor de todos y no había otro como él. Tras esto se puede pensar su conflicto en las relaciones sociales con los otros. Para Holden “todo el mundo es falso” salvo Allie. Durante su errancia hay una imagen en el Central Park donde hay patos y un lago. Holden le pregunta al taxista a dónde van los patos cuando el lago se congela, el taxista se sorprende con la pregunta y le contesta que se quedan donde están. Holden le responde que es imposible que sigan como si nada, se pregunta y les pregunta a todas las personas que pasan por allí a dónde van los patos cuando el agua del lago se congela, su pregunta es a dónde va alguien cuando muere, en contraposición con la pregunta de los niños, de dónde vienen, él se pregunta hacia donde van. A dónde se va tras la muerte. A dónde va su hermano, a dónde va él. En la escena con su hermana menor ella le dice que no puede ser que lo hayan echado de nuevo de la escuela, que el padre lo va a matar. Holden dice que el padre a lo sumo lo puede mandar a una escuela militar y listo. Su hermanita le dice que a él no le gusta nada, y él le responde que no es así que a él le gusta algo, después de dar rodeos y sin saber bien qué decir dice que le gusta su hermano Allie. Phoebe: A ti no te gusta nada. Aquello me deprimió aún más. Holden: Hay cosas que me gustan. Claro que sí. No digas eso. ¿Por qué lo dices? Phoebe: Porque es verdad. No te gusta ningún colegio. No te gusta nada de nada. Nada. Holden le dice: Me gusta Allie, y me gusta hacer lo que estoy haciendo ahora. Hablar aquí contigo, y pensar en cosas, y… Allie está muerto-le dice Phoebe- no vale. Si una persona está muerta y en el Cielo, no vale. Holden: Ya lo sé que está muerto. ¿te crees que no lo sé? Pero puedo quererle, ¿no? No sé por qué hay que dejar de querer a una persona solo porque se haya muerto. Sobre todo si era cien veces mejor de los que siguen viviendo. ¿Sabés lo que me gustaría ser? ¿Sabés lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? ¿Te acuerdas de esa canción que dice “si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno”? Me gustaría… Phoebe lo corrige y le dice: Es “si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno”. Y es un poema de Robert Burns. Tenía razón es “si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno” pero entonces no lo sabía. Creí que era “si un cuerpo coge a otro cuerpo” le dije, pero verás, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Solo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que más me gustaría hacer todo este tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo que único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura. Holden así identificado al guardián entre el centeno el que salva a los niños de caer en el agujero queda identificado a esa imagen que implica una suspensión en el duelo por su hermano y la interrupción a un proceso al que no puede darle lugar. Allie es el mejor de todos a condición de que nadie lo sea, la energía libidinal puesta al servicio de conservarlo como tal, de que no se termine de ir. Holden queda suspendido en esa identificación de ser “el guardián entre el centeno” cuidando la figura del santo. Retenerlo como el más bueno, el mejor en todos los aspectos (todo el mundo es falso) Deja suspendido el duelo en esta identificación intentando “salvar” retener a su hermano, cuidando que no se termine de ir. En la última escena Holden termina enfermo, al parecer en una especie de internación o intervalo en el que refiere a un psiquiatra y hablándole al lector le dice que no le digan a nadie pero que recuerda con simpatía a quienes se fue cruzando aún con quienes había tenido problemas “de lo que estoy seguro es que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”. Posibilitar una escritura. Un error de lectura que produce una identificación fijada en un símbolo que no acompaña a encontrar una salida y su posterior corrección que posibilita otro destino. Yo creía que era “un cuerpo coge a otro cuerpo”, pero era “cuando un cuerpo encuentra a otro cuerpo” Phoebe tenía razón y yo no lo sabía. Lacan, J. 2010, El estadio del espejo como formador, Escritos 1. Salinger, J. D, 2009, El guardián entre el centeno.

  • Acerca de algunas conversaciones y sus tonos / Verónica Scardamaglia

    Desesperada, desesperanzada Ya no creo en casi, casi nada Entonces creo Creo en mis amigos, creo en mis amigas En mi compañero, en mi compañera La única manera, creer para no desesperar Creer para no reventar Sara Hebe [i] (2009) - Ay, desapareciste por mí, y ahora aparezco por vos. Sara Hebe (2012) Desde antes de la pandemia el miedo como forma de gobierno venía in crescendo. En la pandemia, angustia y miedo quedaron mundialmente disponibles. Desde hace más de dos semanas, en Ciudad de Buenos Aires, la expansión de angustia y miedo avanza, cual humareda que marea los sentidos. Por momentos, pareciera que la lengua de los análisis políticos actuales se hubiera desatado en la calle, en las casas, en los consultorios, en las escuelas, en los taxis, ¿en las plazas? Durante el electoralísimo 2023 hemos quedado aprisionadas por una pinza que, desde ambas puntas, inyectó miedo y amenaza para ganar, miedo y amenaza para que no ganen. Ante la crónica de un resultado anunciado, se escucha a repetición: no lo puedo creer. Y, como repetición de una carrera ya corrida, la especulación de precios y de cargos también está desatada. Parecido a otras veces, diferente de otras veces. Ante las certezas analíticas y diagnósticas, cabe recordar que la lengua de los llamados medios de comunicación funciona, en muchos niveles, diferente que la lengua de la calle. Que decir “medios de comunicación” ya no remite solamente a radio y televisión. Que resulta imprescindible conocer cómo funciona ese universo llamado Tik Tok, donde los mensajes ya no hacen un masaje largo y pausado sino que funcionan con golpes de sentido de 10 segundos de duración. ¿Sabemos hoy cómo se compone eso que se nombra como lengua de la calle? ¿los bombos siguen funcionando como referencia de lo popular? Parecido a otras veces, diferente de otras veces. La pinza de miedo y amenaza ha instalado también desesperación, sobre todo en las clases medias, en espacios académicos y de militancias progresistas. Del mismo modo ha detonado una ametralladora punitiva contra quienes lo votaron, que incluyen acusaciones de desafectivizaciones varias. ¿Funcionan del mismo modo los tonos desafectivizados en las clases medias que en la pobreza? En la calle, muchísimas veces, se necesitan anestesias para poder vivir. Los mundos paralelos también se nos revelan en la lengua y en los tonos. En los barrios, en la calle hay desesperación hace rato, hay violencias hace rato, se grita hace rato. Quizás allí, un rasgo de identificación posible. Y un desafío ¿cómo hacer presente otros tonos desmarcados de aquellos centralizados por género, raza, clase, saber, edad, salud? ¿Cómo encontrar un tono que permita pensar y vivir? Parecido a otras veces, diferente de otras veces. En la conversación “Dos semanas después” se hace referencia al tono desafectado de los comisarios de a bordo. Un recuerdo de los 90 asalta: Milagritos López. Azafata cubana de American Airlines que llenara de curiosidad al maestro de la radio Lalo Mir cuando dividía su mes laboral entre Chile y Argentina. La escuchaba decir cosas fuera de protocolo, le llamaba la atención su humor, su tono y preguntaba por ella a las demás azafatas que sólo le respondían evasivamente y con sonrisas pícaras. Finalmente, una vez al escucharla, se quitó el cinturón de seguridad, se levantó del asiento y traspasó las cortinas. Allí estaba un joven comisario de a bordo llamado Fernando Peña, quien nacería en aquel instante como el múltiple e irreverente locutor y actor que supimos disfrutar. Una amiga comenta que en ciertos sectores de los feminismos se hizo un llamamiento a guardarse por 4 años. Otre dice del miedo a que les desaparezcan. Alguien se pregunta ¿nos van a matar a todos? Otrx cuenta que, en una actividad poselectoral de un espacio transfeminista para la reflexión y contención emocional, se termina repartiendo el Manual del pequeño detenido de la Correpi, ante el despliegue del miedo. Alguien no puede sostener una sesión virtual ante la posibilidad de infiltraciones digitales y escuchas pasibles de ser usadas en su contra en las redes. Alguien afirma, casi caprichosamente, no acepto esto. ¿Cómo canalizar la no aceptación por fuera del capricho personal, del ensimismamiento que provocan miedo y desesperación? ¿cómo transformarla en motor de acciones y estrategias políticas que se activen desde militancias que puedan otras composiciones? Parecido a otras veces, diferente de otras veces. Desde el 2018 Marcelo Percia viene planteando algunos sintagmas para pensar cómo se alojan la vida y sus dolores. Leemos en Corajes que atraviesan portadas (2019): “Dos sintagmas decisivos alojan la vida en los últimos años: Nunca más y Ni una menos. Manicomios no tendrían que haber ocurrido. Tampoco genocidios ni ensañamientos contra las mujeres. Manicomios, terror de Estado, violencia patriarcal, interrogan qué consentimientos hicieron y hacen posible lo que no tendría que haber ocurrido”. Agrega dos más: “Demasías no enferman, normalizaciones sí. Donde hay una necesidad nace un derecho.” Pareciera que la postpandemia hizo proliferar una serie de canales de streaming que han abierto posibilidades a una especie de resurgimiento y reutilización de los formatos de radio y TV. Se tratan de espacios que sostienen una programación que pueden verse / escucharse a través de las plataformas Youtube, Spotify y/o Twitch. Se trasmiten en vivo y también quedan almacenados en estas plataformas desde donde circulan cortes de los programas vía Tik Tok e Instagram, con algún titular llamativo que active sus reproducciones. Una de las pioneras ha sido Vorterix, creada en 2012 por Mario Pergolini, también están Urbana Play (creada como proyecto de radio propia por Andy Kusnetzoff, Matías Martin, María O’Donnell y Sebastián Wainraich), Luzu TV (que toma el nombre Villa Luzuriaga, barrio donde naciera su creador Nicolás Occhiato), Olga TV (proyecto de Migue Granados), Blender, Gelatina y tantos otros. Funcionan como medios de comunicación y sus seguidores (ya no teleespectadores o radioescuchas) tienen menos de cuarenta abriles. Hace aproximadamente dos meses, Camila Sosa Villada destartala los lenguajes políticamente correctos del progresismo de clase media en una larga conversación con Pedro Rosemblat, Ivana Szerman y Marcos Aramburu en el canal de streaming Gelatinaii. CSV: Obviamente que hay un montón de gente que se queda afuera de un discurso progresista y más en un país como este, donde el progresismo viene de la clase media, no viene de las clases bajas. Yo hablo con las travas y se cagan de risa cuando vos decís todes… ¿qué estás diciendo? ¡hablá bien! Entendés… GR: Hubo momentos igual en los que el progresismo venía de la mano del crecimiento económico, la redistribución de la riqueza CSV: Pero eso no pasó en realidad (interrumpe) GR: ¿Cuándo? CSV: Preguntale a un wichi, preguntale a una trava. Es decir, la propuesta de mundo que hay ahora -que es universal, no es un fenómeno solo argentino, no es solo latinoamericano-, es un mundo en el que ya hay mucha gente viviendo desde hace muchos años. Por eso digo, hay que preguntarle a los mapuches, hay que preguntarle a los wichis, hay que preguntarle a los nibaclea, a los pilagá, a las travas, hay que preguntarle a un boliviano, hay que preguntarle a un peruano, hay que preguntarle a un somalí en España cómo es vivir en el mundo que proponen estos candidatos, porque esa gente ya lo conoce. Yo lo conozco a ese mundo.” Cae de esta conversación una pregunta: donde hay una necesidad ¿se efectivizan los derechos? Un llamamiento antifascista se escucha por una radio española el 19 de julio de 1936. La Pasionaria -Dolores Ibárruri- dice “Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren, por el fuego y el terror, sumir a la España democrática y popular en un infierno de terror. Pero no pasarán…” Por estos sures, en los abrazos en la plaza a las madres, muchísimas veces hemos sido convocadas a este llamamiento. Ante el avance de esta concepción cipaya de libertad, quizás podamos situarlo también como un sintagma para estos tiempos: No pasarán. Nos abrazamos en las calles, uno de los lugares donde los miedos se conjuran. Parecido a otras veces, diferente de otras veces. i Cantante y compositora transfeminista nacida en Trelew que pertenece al movimiento del hip hop argentino desde el 2007. En sus recitales se disfrutan ritmos que van desde la cumbia rap, el hip hop punk pasndo por rkt y electrónica. Suele estar presente en las distintas luchas, ya sea la okupa de casa Gascón, el festival en el Borda cuando las topadoras macristas y movilizaciones transfeministas. ii https://www.youtube.com/watch?v=rXf2QlGfHSQ

  • Pavana del hoy para una infanta difunta que amo y lloro / Olga Orozco

    A Alejandra Pizarnik Pequeña centinela, caes una vez más por la ranura de la noche sin más armas que los ojos abiertos y el terror contra los invasores insolubles en el papel en blanco. Ellos eran legión. Legión encarnizada era su nombre y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván, arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada. El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo. El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie. El que pisa la raya no encuentra su lugar. Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad; noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro, y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte: esa perversa tentación, ese ángel adorable con hocico de cerdo. ¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento? ¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir? Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín donde se abre la flor azul del sueño de Novalis. Flor cruel, flor vampira, más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral. Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie, abismos hacia adentro. Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba. Erigías pequeños castillos devoradores en su honor; te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso; amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación; te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos; te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos, como lazos en manos del estrangulador. ¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba, y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra! Y de pronto no hay más. Se rompieron los frascos. Se astillaron las luces y los lápices. Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto. Todas las puertas son para salir. Ya todo es el revés de los espejos. Pequeña pasajera, sola con tu alcancía de visiones y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies: sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada, sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra, o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos, o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima. Pero otra vez te digo, ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto: en el fondo de todo jardín hay un jardín. Ahí está tu jardín, Talita cumi.

  • Adynata Diciembre / VPS

    A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Julio Cortázar Cuando (nos) llegue el después del después -el after del after según Ysy A- Adynata Diciembre ya estará flotando en la nube. Desde el 2015 Vicente nos escribe: “conozco estas nubes que vienen del ayer... Estas nubes espesas como el puño de un ángel jamás serán una lluvia sin memoria, no traerán la muerte por la muerte misma; ninguna derrota se arrogará la eternidad, ningún espíritu de la época, ningún pragmatismo oscurece la noche, la tan noche del ayer hasta olvidar el día, ni transforma en juego del silencio a la conciencia.” Tal vez, una paloma intente surcar los cielos. “Una paloma / De otros diluvios una paloma escucho.” (Giusseppe Ungaretti) Tal vez, una terca paloma kantiana que, como escribe Marcelo, “al final, aprende que no conviene volar en el vacío ni salir en medio de un temporal.” Terquedad que sabe que “lo que resiste, impulsa; que lo que detiene, posibilita; que lo que obstaculiza, sostiene.” Algo de esa zozobra en cómo surcar las tempestades, cómo levantar vuelo, cómo mirar y jugar con las nubes, se cuela en muchos de los textos de este diciembre. En la poética de Horacio, se mueve entre lo breve y lo oscuro, lo pulido y lo desanimado, entre lo acobardado y los intentos, entre lo que puede sostenerse y lo que abruma. En Caligrafías Nómades, pareciera que las zozobras se escuchan “en los chirridos lacerantes, en los ecos, en las vociferantes certezas, en los murmullos clandestinos.”, allí se afirma: “Nunca será definitivo este andar tambaleante en las cornisas de la explotación.” Lo tambaleante aparece también en “Me caigo y me levanto” de Julio Cortázar, de dónde Marcelo toma la imagen de lo recayente. Y resulta que aprendiendo a movernos así, cruzando líneas, podemos ir trazando, entre tambaleos y zozobras, las clínicas que hacemos. Y entre susurros, un secreto: “El secreto de la clínica que hacemos consiste en escuchar haciendo escuchar lo escuchado. En Adynata Diciembre también se leen saberes y acciones para este después que está por llegar. Un tiempo de Dysphoria mundis que, a cómo lo analiza Paul B. Preciado “se manifiesta no solo por el choque entre el régimen de verdad petrosexorracial y los nuevos saberes desautorizados feministas, antirracistas, queer, trans, no binarios y ecologistas, sino también por el cambio de los procedimientos sociales a través de los que la verdad se fabrica y se difunde.” Un tiempo para el que, según Sebastián Scolnik, “Será necesario retomar las sensibilidades rebeldes y contrademocráticas de las décadas de resistencia, reencontrar una relación entre las palabras y las cosas, articular una nueva fuerza que recupere la política de los derechos e imaginar nuevas instituciones que sirvan para prolongar las transformaciones en lugar de decretar la inmovilidad.” Y también resultará imprescindible constatar el mundo (Cami Manzanilla). Y “sostener lo que sostiene cuando dos manos solas no alcanzan” (Marcelo Percia). Y bailar una milonga queer (Susy Shock). Y “salir volando para no hacer agua, para ver toda la tierra y caer en sus brazos.” (Paco Urondo). Y cantar y llorar, y jugar al llanto, llorar para adentro, "llorar en compañía, llorar en soledad. Llorar en las calles de la ciudad.” (Cynthia Eva Szewach). Y desde el 2015, desde aquel agosto, Vicente aullando con una vehemencia temblorosa, nos arenga -una vez más-: “La historia de nuestra historia crece a contrapelo, a contraolvidos y a contramuertos en la memoria que le gana la continua brega al cementerio. Ya no soporta el corazón abierto un mundo enjaulado por el hambre… ¡Contra todo! ¡Contra todo! ¡Vamos a navegar! ¡Hay que destruir las jaulas! ¡Desde las hojas luminosas, una tras otra las hojas de poesía puestas sobre la piel de Dios! ¡A pesar de todo! ¡A pesar de todo! Está escrito aquí (la mano del ayer, la mano del hoy...) Hay una poética de la dignidad que no escurre su mirada ante la muerte. Surge y resurge en estallidos, a borbotones, una interrogación de la verdad que desnuda su respuesta desde los actos.” Mientras su gran amigo Julio abre el suspenso al desafío en el que estamos con una pregunta: “Tía, ¿cómo nos rehabilitaremos?”.

  • Saberes para tiempos venideros / Marcelo Percia

    Dos precauciones. La primera: Se proponen dieciocho saberes para tiempos venideros. Dieciocho puntadas sin hilo. Puntadas sin hilo no cosen telas entre sí: sólo dejan marcas pasajeras. Se trata de pensar sin caer en lugares comunes que nos protejan. Sin abrazarse a un habla cadavérica de siglas y etiquetas. Sin apelar a automatismos, frases hechas, repetición de fórmulas. Pensar supone, entre otras cosas, interrogar amorosamente nuestra relación con la lengua. Pensar para llegar a hablar una lengua clínica que nos guste. Las palabras saber y sabor tienen la misma raíz latina, Y, sin embargo, qué desabridos los términos técnicos traducidos sin alma. Qué rancias y gastadas las repeticiones en las aulas. Cuántos vocablos gustosos y sabrosos en nuestras conversaciones sin que se les preste atención. La segunda: No resulta sencillo dar con imágenes para pensar clínicas que hacemos. Se necesitan pensar soplos, suspiros, respiraciones. No se pretende una poética clínica. Sucede que no hay otra manera de decir las cosas que nos pasan cuando pensamos desasidos de los lugares canonizados: se sienten ternuras de aire, brisas de fuego, desgarraduras de agua. No se trata de hablar una lengua no conceptual o poco académica, sino de reponer la vida en lo conceptual y en lo académico. *** 1. Sabernos en peligro. 2. Saber las provisiones. 3. Saber las reservas.4. Saber que hay algo que no nos podrán quitar. 5. Saber la afectación. 6. Saber las habituaciones. 7. Saber el sentido común. 8. Saber los paralelos. 9. Saber la demora. 10. Saber lo inaudible. 11. Saber la terquedad. 12. Saber la caída. 13. Saber que los sostenes pueden fallar. 14.Saber lo recayente. 15. Saber dónde caer. 16. Saber lo inconcluso. 17. Saber la merma. 18. Saber el desquite. *** 1. Sabernos en peligro. Sabernos en peligro (si no inmoviliza) impulsa a buscar con quiénes pensar. Pensar supone sabernos en peligro de no saber pensar. La clínica que hacemos consiste en aprender ese no saber. Después de escuchar un sufrimiento, una desesperación, un desánimo, la clínica comienza diciendo: “No sé cómo pensar lo que le está pasando”. Reaccionar, adherir, rechazar, no equivalen a pensar. Pensar quiere decir abismarse a un silencio en el que las cosas, de pronto, vuelvan a carecer de nombres. 2. Saber las provisiones. Hay una palabra en mapuzungun (Rokiñ) que nombra los alimentos que te preparan quienes te quieren cuando te vas de viaje. Con ese cuidado tenemos que llevarnos provisiones para los tiempos venideros. Necesitamos abastecernos con pensamientos, ideas, palabras, que ofrezcan acogida a lo que nos pasa, que nos arropen en momentos de miedo y confusión, que nos sostengan para no caer o nos den una mano para levantarnos. 3. Saber las reservas. De cada cinco plantas en el mundo, dos se encuentran en peligro de extinción. Ya se crearon más de mil bancos de semillas. El más grande, que comienza a funcionar en 2008, está en una isla noruega al norte del Círculo Polar Ártico. Esta fortaleza subterránea, en medio del hielo, se conoce con el nombre de bóveda del fin del mundo. Contiene más de un millón de simientes vegetales conservadas en condiciones de humedad estable, baja temperatura, oscuridad o poca luz constante. Del mismo modo necesitamos saber que contamos con una reserva de afectos y acciones en peligro de extinción. Una reserva de palabras todavía sin germinar. Nuestra reserva emocional está en las pasiones que se transmiten en las aulas y en las lecturas que estremecen y suspiran. Nuestra reserva está en las artes que ofrecen un camino de retorno a la vida. Nuestra reserva está en el gusto por la conversación. Nuestra reserva está en las soledades que saben acompañar un dolor sin necesidad de decir nada. 4. Saber que hay algo que no nos podrán quitar. En el libro La Patagonia trágica de José María Borrero (1928) se cuenta la historia de los once selk'nam que son secuestrados en Tierra del Fuego, llevados a París y exhibidos en una jaula en la Exposición Universal de 1889. Esas vidas pertenecientes a una comunidad de cazadores y recolectores que no habían tenido contacto con la civilización blanca del capitalismo, de golpe, se encuentran en una ciudad esplendorosa, al pie de la Torre Eiffel, construcción que representa la cumbre del progreso europeo. Escribe Carlos Gamerro (2021) en su novela La jaula de los onas, a propósito de una de esas vidas secuestradas para la exhibición: “Se agarraba a esos harapos malolientes como si fueran su tesoro más preciado. Pero lo eran, lo eran: eran todo lo que le quedaba. Cuando se los sacamos le arrancamos el alma, y sólo le dejamos ese cuerpo desnudo, y limpio, y peinado; ni siquiera la tierra que llenaba sus arrugas le habíamos dejado. Hacía bien en chillar, y pelear, y morder la india vieja. Hay momentos en que uno se agarra a lo que sea, a su locura, a su vicio, a su mugre, como si fueran las propias entrañas; no porque sea valioso, no porque sea útil, sino apenas porque tiene que haber algo que no puedan sacarte”. Necesitamos saber las agarraderas de la vida. Saber que algunas existencias que no tienen de qué asirse, se aferran a lo que sea, aun a lo que les hace daño. 5. Saber la afectación. Corremos el riesgo de que se consolide una comunidad de sensibilidades blindadas. Sensibilidades que se amurallan para protegerse de cosas que duelen y no se entienden. Corremos el riesgo de vivir en un mundo sin afectación. El porvenir de las sensibilidades oscila entre una común afectación y una comunidad de indolencias. Entre la vida en común como inmersión emocional y una comunidad de reacciones estandarizadas. Psicofármacos, alcoholes y otras sustancias legales e ilegales, funcionan como administradores emocionales. La educación sentimental del presente aplana afectividades. Traza un arco de gradación de intensidades: pone de un lado vidas planas y esterilizadas y, del otro, vidas desbordadas y exaltadas. Cada tanto crea islotes de afectividades sobreexcitadas y enardecidas confinadas en estadios, fiestas electrónicas, recitales. 6. Saber las habituaciones. Al margen de las defensas inconscientes, se podrían considerar habituaciones que nos protegen de los dolores de la vida en común. Mencionemos cinco que, por momentos, se superponen: indolencias, indiferencias, anestesias, impasibilidades, poses empáticas. Indolencias practican una distancia razonada. Declaran: “No me importa”. “Pago mis impuestos”. “No me incumbe”. “Hago mi trabajo”. Indiferencias se justifican como distracciones. Dicen: “No me di cuenta”. “No presté atención”. “No vi… no escuché nada”. “Tengo demasiados problemas para, encima, ocuparme de lo que le pasa a los demás”. Anestesias solicitan adormecimientos. Anhelan la supresión o el bloqueo de lo que duele. Dicen: “Solo pido no sentir nada”. “Quiero dormir y despertarme cuando todo haya pasado”. Impasibilidades cancelan lo que siente, deciden no hablar de lo que duele para no dolerse. Dicen: “Siempre fue así”. “No se puede hacer nada”. “Finjamos demencia”. Poses empáticas practican gestos sentimentales pasajeros. Dicen: “Qué barbaridad”. “Pobre gente”. “Tendrían que hacer algo”. Sin embargo, sensibilidades habituadas están en riesgo aunque no lo sepan. La impermeabilidad no las deja a salvo del dolor. No hay inmunidad ante el dolor. Dolores se filtran como el agua en los techos. Quizás la opción resida en una común afectación o deshabituación que permita sentir y conversar sobre lo que nos está pasando. Una común demora que posibilite absorber demasías que una sola vida no puede. 7. Saber el sentido común. Nadie está a salvo de caer en el sentido común. El sentido común da pertenencia. Promueve la adhesión a un habla protectora. Ampara creando la ilusión de coincidir con el sentimiento de una supuesta mayoría. Realidades editadas (no hay otras) no se componen como mentiras ni falsedades, sino como enunciados que verifican visiones instaladas en el sentido común. Fuera del sentido común se está en la intemperie: la vida se vive como pasmo, como suspenso frío. Sin el adhesivo emocional de las supuestas mayorías sentimos el sobresalto de no saber qué pensar. El sentido común funciona como biblia del yo. Como oráculo. Como dictamen divino. El sentido común detiene hemorragias con sus torniquetes. La ilusión de pensar como toda la gente rescata sensibilidades apabulladas en un continuo naufragio. Actuamos libretos del sentido común, a veces, tan sinceramente que vivimos esas convicciones impostadas como sentimientos íntimos, profundos, frutos de experiencias personales. Sin el auxilio del sentido común sensibilidades se romperían excedidas. 8. Saber los paralelos. Transitamos entre mundos paralelos. Sensibilidades que habitan un mundo casi no se tocan con sensibilidades que habitan en los otros. Circulamos en ciudades repletas de muros invisibles y fronteras incorpóreas. Cada tanto se abren portales de paso de un mundo a otro. Entonces, irrumpe un bulto que respira cubierto por una manta en la calle, o una mano que pide. O nos invade una guerra, o una matanza, o la pesadilla de un territorio narco, o una sequía, o un incendio, o una peste, o infinidad de muertes que migran. Imaginemos: si se presentaran todas las devastaciones en un mismo instante, sin la protección de las habituaciones, no lo soportaríamos. Nuestras vidas normalizadas estallarían. La súbita visión de un cuerpo tirado en la calle (dormido, desmayado, muerto) suele resolverse no viendo o llamando a una ambulancia o a un patrullero. Entre quienes están caídos y quienes transitan no hay vínculos, sino líneas paralelas. Habitamos ciudades con mundos que, por momentos, se huelen o se oyen en azarosos y extraños infinitos. A veces, hediondeces y gemidos se escabullen pasando desde un lado a otro. Olfato y oído componen sentidos menos adiestrados para la separación. Pero, si no hay vínculo, lazo, relación, contacto, ¿qué hay? Hay sensibilidades habituadas a no sentir o sentir blindadas. Hay miradas momentáneas y efímeras. Hay constataciones posicionales sin nombres ni historias. Hay leyendas barriales. Hay miedos, rechazos, odios difusos. Hay inclinaciones curiosas sin cercanías. Hay distancias prevenidas. Hay afectividad simulada o solidaridad gesticulada. En pocas ocasiones hay hospitalidad, muchas veces hostilidad, casi siempre impasibilidad. Pero lo que interesa en estos paralelos no reside en que no se tocan, sino en que ambas líneas se mantienen vigilantes una de la otra. Normalidades necesitan mundos paralelos para no rozar ni tropezar con afectaciones que las desestabilizan. Las clínicas que hacemos cruzan las líneas. 9. Saber la demora. En la demora reside una condición de la afectación. Demora quiere decir suspensión del vértigo de los días, insinuación del silencio, inesperada calma de lo vivo. Demora acontece como suspiro. Como movimiento inmóvil. Como burbuja en el aire. Como espuma que tiembla. Tres imágenes de demora: la lentitud de un beso; el momento de acompañar, sin prisa, a una criatura pequeña hasta el momento en que pueda entrar en el sueño; el tiempo imprevisible de un duelo. Demoras apagan relojes, apagan celulares, apagan el después. Demoras detienen apuros. Demoras descansan huidas. La no demora en el amor vacía al amor del amor. La no demora en la amistad vacía a la amistad de la amistad. La no demora en la conversación vacía a la conversación de la conversación. La no demora en la clínica vacía a la clínica de la clínica. La no demora en la transmisión de un saber vacía a las aulas de deseo. La no demora en el dormir vacía a la noche de los sueños. Pero hay demoras difíciles, demoras que hacen daño. Demoras que duelen, que asedian como pesadillas, que aturden, que recriminan. A esas demoras que anclan el alma en un infierno no las llamamos demoras sino vidas estacadas a un sufrimiento. Demoras no se confunden con duraciones supliciadas. Demoras suponen una alegría y una confianza: la alegría o gratitud del solo estar; la confianza que da un intervalo sin hostilidad. 10. Saber lo inaudible. Saber escuchar sin interrumpir ni anticipar ni concluir. El secreto de la clínica que hacemos consiste en escuchar haciendo escuchar lo escuchado. Sin olvidar las tantas sorderas. Escuchar intentando traducir lo dicho a una lengua recién nacida en la conversación. Una lengua balbuceante que nombra lo vivido como si lo hiciera por primera vez. Sin olvidar lo intraducible. Escuchar incluso lo inaudible, lo insospechado, lo que nunca consigue decirse. Sin olvidar las privaciones auditivas de una época. 11. Saber la terquedad. Terquedad no quiere decir lo mismo que insistencia o perseverancia. En la Introducción a la Crítica de la razón pura (1781), Kant emplea una figura para objetar filosofías que creen que eliminando la distorsión de los sentidos alcanzarían purezas de la razón. Supone una paloma que imagina que volaría mucho mejor suprimiendo la resistencia del aire en un espacio vacío. Explica Kant que la paloma no se da cuenta que sin la resistencia del aire no avanzaría: carecería de puntos de apoyo, de sostén, de impulso. La escritora uruguaya Circe Maia recrea la ocurrencia del pensador de la Ilustración en un texto que titula Terca paloma: “-El aire me pesa... (La paloma se cansa luchando contra el viento) -Sácame el peso quítame el aire líbrame el ala El aire te sostiene ave estúpida, calla (Pero sueña el vacío la paloma kantiana)”. Se trata de saber que lo que resiste, impulsa; que lo que detiene, posibilita; que lo que obstaculiza, sostiene. Se trata de saber que no hay vuelo posible sin un común. Aunque también sepamos que lo común sostiene tanto como impide y malogra. Pero, sobre todo, importa saber la terquedad: la ruina del orgullo, la desgracia de la vanidad. Cuánta vida se pierde por la estupidez de querer tener razón. Cuánta vida se pierde por lo que no se puede, por lo que no se tiene, por lo que nos hicieron, por lo que no nos dieron, por lo que no nos reconocieron. Cuánta vida se pierde por la soberbia asentada en una soledad. La paloma kantiana, al final, aprende que no conviene volar en el vacío ni salir en medio de un temporal. 12. Saber la caída. Infancias juegan a no caer o a caer sin hacerse daño. Uno de los juegos de las niñeces en las ciudades consiste en caminar haciendo equilibrio en la angostura de un cordón sin tocar la calle ni la vereda. Para evitar trastabillar se puede hacer contrapeso con los brazos extendidos a los costados, casi aleteando. Se evita la inofensiva caída como si se tratara de un precipicio definitivo. El juego no sólo consiste en mantenerse sin pisar la calle ni la vereda, sino también en andar en el límite. Habitar la estrechez entre dos territorios establecidos. Optar por la excepción de la frontera. Otro juego de equilibrio consiste en viajar en subte, tren o colectivo de pie sin sujetarse del pasamanos. Tratar de sostenerse sin aferrarse ni afirmarse en nada. Aunque manteniendo el reflejo listo para asirse a algo cuando se está a punto de caer. Otra circunstancia preciosa consiste en aprender a andar en bicicleta sin las rueditas a los costados que se añaden para las vidas pequeñas. El momento de transición en que alguien va detrás sosteniendo el asiento para que no nos caigamos mientras pedaleamos ladeándonos hacia un lado y otro. Hasta que sin darnos cuenta despegamos del apoyo y nos alejamos de esa mano que equilibraba. Se trata saber la caída como juego, como desafío de andar en las fronteras, como oportunidad de agarre, como el gusto por las solturas. Saber la gravitación de los cuerpos. Saber las dichas y desdichas de los sostenes. Saber la atracción o vértigo de estar cayendo. 13. Saber que los sostenes pueden fallar. Conocemos el desafío, el peligro, la fascinación que ejerce la escena de equilibrio a gran altura. Recordemos El circo, la última película que hizo Chaplin (1928) para el cine mudo. La escena del equilibrista necesitó más de setecientas tomas hasta quedar lograda. Vemos a Charlot caminado a mucha altura sobre la cuerda floja. Hace piruetas ante la indiferencia del público que advierte que está sostenido por un arnés asegurado a una soga que, con un sistema de poleas, un auxiliar maniobra desde abajo. Charlot disfruta haciendo pruebas inverosímiles. Baila y hace la vertical apoyando la barra sobre la cuerda sin temor a caer. Pero, de pronto, se desprende el armazón que llevaba atada al cuerpo. Charlot, sin darse cuenta, sigue con su número. El público reacciona con excitación y miedo cada vez que trastabilla o está a punto de caer. Tras muchas vicisitudes, Charlot llega hasta el otro extremo sudando. Cuando caminamos sobre una cuerda floja a mucha altura los sostenes pueden fallar. Desde abajo muchas miradas asisten al espectáculo, a veces, como si desearan un traspié, la inevitable caída, la muerte. Una red o un entramado en común pueden suavizar el impacto. El problema no consiste en perder el equilibrio, en sufrir un momento de vértigo o mareo, la cuestión reside en tener o no un común que nos sostenga cuando otros apoyos no están. Jacobo Fijman (1926) supo dar la imagen de un momento sin sostenes, sin apoyos, sin soportes. Escribió: “el suelo se ha caído de mis manos”. Tal vez no se trata de que nos sostengan, sino de que nos ayuden a sostener el suelo sobre el que nos apoyamos. Sostener lo que sostiene cuando dos manos solas no alcanzan. 14. Saber lo recayente. Sabemos que las recaídas resultan inevitables, pero no sabemos qué redes se necesitan para caer sin lastimarse. Qué redes que soporten pesadumbres de una época grávida. Qué redes que no atrapen ni inmovilicen. Qué redes que posibiliten rebotes amables. Qué superficies acolchadas que amortigüen golpes. Julio Cortázar (1967) en Me caigo y me levanto propone pensar lo recayente como una condición del vivir. Piensa que toda recaída es “una vuelta al barro de la culpa”. A una densa mezcla que empeora, cada vez, con la concurrencia de pensamientos enlodantes. Ante impulsiones, abstinencias, desesperaciones, la experiencia puede poco o nada para evitar una recaída, escribe Cortázar que en esas ocasiones se recae “como si nunca antes”. La paradoja de la experiencia reside en que aun habiendo caído muchas veces, siempre se vive cada caída por primera vez. Si las recaídas suceden (y sabemos que suceden), tal vez no se trata sólo de saber lo recayente, sino, también, de saber lo levantante. El día en el que lo levantante se vuelva tan inevitable o más que lo recayente, tal vez ese día podamos, como al final del cuento, ir a tomar un helado con un bizcochito. 15. Saber dónde caer. Tras las elecciones primarias, llega a la reunión de equipo en el hospital, diciendo: “Qué bueno saber que existe un lugar a donde caer con los corazones rotos”. ¿Cómo crear lugares a dónde caer con los corazones rotos? En la reunión de equipo en un hospital, en un aula, en un club, en una fiesta, en una conversación, en un paseo en silencio, ¿cómo crear algo así? En esta pregunta reside el sentido de las clínicas que hacemos. 16. Saber lo inconcluso. Medio siglo antes que el Quijote de Cervantes, Ariosto escribe Orlando furioso. Un poema épico en el que relata un amor imprudente. En medio de las guerras entre moros y cristianos, Orlando se enamora de una hermosa mujer musulmana. Entonces, dios castiga a Orlando quitándole el juicio por tres meses. Cumplida la pena, Astolfo tiene la misión de ir con su caballo alado a recuperar la razón de Orlando. Se lee: “En el universo jamás se pierde nada. Las cosas que se pierden en la Tierra, ¿dónde van a parar? A la Luna. En sus blancos valles se encuentran la fama que no resiste al tiempo, las plegarias de mala fe, las lágrimas y los suspiros de los amantes, el tiempo perdido por los jugadores, las fragancias de las noches. Y allí, en unas ampollas selladas, se conserva el juicio de quienes lo han perdido, del todo o en parte”. En la vida no se pierde nada. Lo vivido no queda consumado ni lo no vivido malogrado. Tanto lo vivido como lo no vivido quedan disponibles en memorias intangibles. Así esperan las palabras pronunciadas y las nunca dichas, los abrazos estrechados y los nunca dados, las decisiones tomadas y las nunca decididas, los viajes realizados y los nunca iniciados, los libros leídos y los no leídos, los amores gozados y los jamás realizados, las proezas conseguidas y las aplazadas. Lo vivido y lo no vivido quedan, como oportunidades vacantes, en pequeñas ampollas que llevan etiquetas que dicen: “Todas las vidas están inconclusas”. Las clínicas que hacemos tratan con esa inconclusión. A algunas conversaciones les crecen alas. Cuando se vive, cuando se está en lo que se está viviendo, no hay un ya vivido y un sin vivir. Sólo cuenta lo que ocurre, ahora, en lo que se está viviendo. Entonces, las conversaciones agitan las alas libando el momento. 17. Saber la merma. La escritora María Moreno, directora del Museo de la lengua, sufre un infarto cerebral en julio de 2021 que le provoca una parálisis en el lado derecho de su cuerpo, incluida la mano de escribir. Se las arregla como puede con el índice de la izquierda y el dedo pulgar. También queda con una dificultad para articular y recordar palabras. Y, sin embargo, escribe así con la lengua “rota e infartada”. En una entrevista de febrero de 2023, le preguntan: “¿Qué estás escribiendo ahora?”. María responde: “Estoy buscando el tono para escribir algo sobre mi ACV pero reduciendo al mínimo la anécdota porque eso lo convertiría en un mero testimonio o lo que es peor, en un libro de anti-autoayuda. ¿De qué manera contar cómo se vive en un cuerpo físico, en el dolor y lo escatológico, cómo se van armando las defensas desde la merma? Creo que lo llamaría justamente ‘La merma’”. En estos días publica un libro en que reúne ensayos con el título “Pero aun así”. Tal vez se trata de aprender a vivir y pensar desde la merma. Desde la pequeñez, desde la disminución, desde la debilidad, desde la fragilidad. Desde el desamparo y desde la vulnerabilidad. Desde las dulzuras y suavidades indóciles. Desde el límite que expande y no limita. Desde la inesperada inmensidad de lo mínimo. Las clínicas que hacemos saben las existencias mermadas. Las vidas amenazadas, reducidas, minimizadas, menoscabadas. Las clínicas que hacemos saben la merma no como falta, sino como mínima presencia que impulsa. La merma no como queja o lamento que dice ¡Ay no puedo! La merma como soberanía del impoder que puede aun no pudiendo. Sólo la historia de una existencia mermada, la de Higui de Jesús acusada de homicidio simple por defenderse de una violación grupal en 2016. Dice Higui en el juicio: “¿Puedo hablar, señor? Yo no quería que esto terminara así. Yo no quería más violencia que la que ya tengo encima. Esto lo voy a llevar hasta el fin de mis días”. Violencias rompen vidas, las despojan, las reducen hasta arrasarlas. Y, aun así, desde la merma, las últimas voces dicen: ¡Basta! No queremos más violencias que las que ya tenemos encima. 18. Saber el desquite. Las clínicas que hacemos acompañan desquites. Muchas veces desquites se confunden con venganzas. Saber el desquite supone apostar a una nueva partida. Desquites no cargan desdichas de las derrotas, de las tristezas, de las caídas. Desquites ilusionan volver a acontecer lo acontecido, desean desperderse de lo perdido, paladean otros comienzos. Desquites no se regodean con lo perdido, prefieren promesas de lo naciente. Desquites, a diferencia de las revanchas, nacen del solo vivir, no del resentimiento. Dice un refrán sobre la perseverancia que quiere seguir jugando: “Perdí y volví a jugar, con ansia de desquitar”. Libertad Demitrópulus -que testimonia historias de azúcar y muerte en la vida en los ingenios, que denuncia abusos y acosos de mujeres originarias, pobres, mestizas, de Jujuy - presenta la idea de desquite como oportunidad venidera, como circunstancia vital, como justicia tardía del azar. La esquiva justicia no como acción repara, sino como habilitación de otra oportunidad. En el final de Río de las congojas (1981), se lee: “En las derrotas, late el desquite”. Al concluir Sabotaje en el álbum familiar (1984) asistimos a una escena dramática. El hijo, nacido de la violación del hombre blanco, llama a su mamá “india comprada” o “mataca tuerta”. La golpea y humilla. En su arrogancia, borracho, se cae en un pozo, y le ordena que lo ayude. La mujer no lo auxilia, se lee: “Que llore, que muera, que se pudra. Que se seque dentro del pozo como charquí. Que reviente el hijo de Pegro Urgimán, mandinga como su padre. Desprecia a la tribu de matacos, la humilla vuelta y vuelta porque él se siente blanco y cristiano. Pero es mandinga. Salió malo y sin corazón. (…) Que se tome su meada y se coma su cagada. Que aprenda a no llamarla mataca tuerta”. La madre de la novela no busca, no trama, no espera venganza. Se encuentra ante lo que interpreta como justicia del azar. De su voz brota una maldición. Un manifiesto de dolor macerado. La maldición sobreviene como última confianza en una palabra desmembrada. Tal vez después de la lección lo haga sacar, aunque ese hijo no lo merezca ni entienda nada. A la madre de la novela le implantan una criatura y le extraen el corazón de un niño. No vive el desquite como la alegría de un nuevo juego. Nunca supo en qué consiste el derecho a jugar. Nace a la palabra nacida de un desgarro y de una maldición. La mataca tuerta tiene un ojo de más. El derecho al desquite equivale para ella al derecho de a la vida. Tal vez se necesite pensar un desquite nacido de la humillación que no pide venganza sino justicia. La acción de la india comprada no se compone de odio, sino del deseo de hacer nacer de nuevo al hijo de la violación, esta vez desde el dolor del amor. Justicia como oportunidad de otro nacimiento. La oportunidad de otro corazón en el costado helado del hijo del Amo. Venganzas se revuelcan en el odio, se imaginan negando clemencia, permanecen en el pasado, vuelven estéril el porvenir. Tienen la obsesión de traspasar un sufrimiento cambiando la dirección de un daño. Venganzas adquieren el gusto rancio y emponzoñado del rencor. Proponen el resarcimiento de la víctima a través de colgarse el traje de verdugo. Se excitan devolviendo males. Desquite no equivale tampoco a revancha, a la insatisfacción que carga con enojos y orgullos heridos. No equivale al deseo que aspira a la restitución de la vanidad perdida. Desquites solicitan la oportunidad: barajar y dar de nuevo. Como dice otro refrán: “Al mal dar, paciencia y barajar”. Desquites esperan el próximo juego. Cargan con un dolor, pero no aspiran a curarse de lo perdido, viven en la alegría del solo jugar. Y, al final, cuando las cosas terminan (bien o mal), desquites se despiden diciendo: ¡Quién nos quita lo bailado!

  • La estética (fake) del negacionismo / Paul B. Preciado

    Esa dimensión reactiva es claramente visible en la semiología visual utilizada por los seguidores de Trump durante el asalto. La estética neofascista de los asaltantes negacionistas combina ruinas de historia colonial, referencias surrealistas, ritos apocalípticos y los nuevos accesorios tribales del capitalismo cibernético: telefonía móvil, conexión a internet y redes sociales a los que se aplican las técnicas del cut-up electrónico preconizadas por William S. Burroughs. Pero quizás lo más llamativo es que el nuevo fascismo reproduce toda la gama de significantes y de estilos vestimentarios del fascismo histórico mezclados con símbolos que responden directamente a los movimientos afroamericano, feminista, indigenista y queer bajo la forma de un gran collage performativo, combinando diversos elementos que provienen de épocas y de culturas diametralmente opuestas. El asalto al Capitolio es un caleidoscopio de gorras rojas y de cazadoras de cuero, de camisas de leñador, de tatuajes nórdicos, de vestimentas completamente militares estilo «Tormenta del Desierto» con la inscripción Oath Keepers («Guardianes de la Promesa») en el pecho y caros conjuntos de parcas North Face y botas de montana, de cascos de montar en bicicleta multicolores y de chalecos antibalas paramilitares. En simbología animal, dominan las imágenes de lobos, y sobre todo del águila, emblema americano. Cromáticamente, prevalecen el rojo, el azul y el blanco, las banderas estadounidenses y confederadas, sobre un fondo general de tela de camuflaje. Los Proud Boys de corte de pelo hipster y barba han destronado la histórica cabeza rapada skin. Se trata de una muchedumbre mayoritariamente masculina (independientemente de cuál sea su sexo), pero en la que no faltan figuras femeninas defensoras del naturalismo de género y de la heterosexualidad normativa. Entre las numerosas banderas es posible distinguir una que representa la ideología binaria heterosexual, inventada directamente en respuesta a la bandera trans: dos líneas, una rosa y otra azul, con los signos masculino y femenino enganchados. Definitivamente, esta no es una masa populista de clases obreras o pauperizadas, sino un estructurado bloque de activistas racistas, antifeministas, antiqueer y anti-trans de clase media y privilegiada. El periodista Brian Michael Jenkins de la RAND Corporation, un think tank de análisis estratégico que trabaja para el ejército americano, no duda en hacer referencia a la revolución feminista y sexual del 69 y, al comentar las imágenes del asalto, decreta: «Esto es el Woodstock de la derecha rabiosa.» Estamos lejos de las estéticas de «la ley y el orden» de los años cincuenta o de los estilos de inspiración eclesiástica e inquisicionista del Ku Klux Klan. La estética de los asaltantes al Capitolio del siglo XXI es una fusión de signos que provienen de fuentes antagónicas y que de ningún modo pueden calificarse como «puros»: por una parte, los significantes heteróclitos de los relatos vikingos y nórdicos mezclados con la cacharrería del fascismo histórico del siglo XX, principalmente europeo, a los que hay que añadir, y esta es quizás la sorpresa, estrategias performativas típicamente feministas, afroamericanas o indígenas, que, frente a la opacidad habitual del cuerpo fascista militar o burocrático, ponen directamente el cuerpo desnudo en escena. El teórico inglés Dick Hebdige nos ha enseñado a entender el «estilo» como la inscripción estética en el cuerpo de las tensiones políticas entre grupos dominantes y grupos subalternos: ciertos objetos se elevan a estatuto de iconos y se emplean como un manifiesto o como una blasfemia, hasta se convierten en signos públicos de una identidad proscrita. [1] La dificultad para calificar el estilo fake-fascista específicamente trumpista (y sus emulaciones francesas zemmurianas, o las españolistas de Vox) se debe a que los neosupremacistas blancos son al mismo tiempo representantes de una subcultura proscrita que, sin embargo, sigue siendo dominante. Aunque la política del cuerpo del fascismo (virilisino, exaltación del cuerpo nacional, propaganda de la violación, ideología racial, deseo de exterminio de los judíos, xenofobia, islamofobia, heterosexualismo misógino, misoginia, odio a los homosexuales y a las personas trans...) parece estar proscrita en la cultura dominante contemporánea, las formas institucionalizadas de racismo, de antisemitismo, de islamofobia, de xenofobia, de misoginia, de transfobia y de homofobia son compartidas de modo transversal por los grupos neofascistas y por la cultura dominante. Por tanto, no se trata de grupos que reivindican un pensamiento minoritario, sino de colectivos que ponen al descubierto los fundamentos petrosexorraciales de las democracias occidentales y que, frente al presente cambio de paradigma, luchan por su reinscripción mediática e institucional en las nuevas formas de gobierno. El cuerpo que condensa con más fuerza performativa todos estos significantes es el de Jake Angeli, actor y líder del movimiento conspiracionista QAnon. Angeli entra hasta el corazón del Capitolio con un megáfono en una mano y una lanza sobre la que ha colocado una bandera estadounidense en la otra, lleva guantes negros, zapatos sucios y un misterioso pantalón de pijama marrón sin cinturón que parece destinado a caerse en cualquier momento. Aunque Angeli pretenda hacer alarde de una estudiada performance de la masculinidad supremacista hetero blanca, su teatralización de la acción corporal se parece más a una caricatura macho-fake de las Femen, o a la de artistas antirracistas o indigenistas como Guillermo Gómez Pena o nuestro querido y lamentablemente fallecido Beau Dick. Eso es quizás lo que tiene ser un chamán - fake de extrema derecha digital: Q-Shaman ha remplazado las flores en el pelo de las Femen y las máscaras ceremoniales de Beau Dick por una cornamenta y una piel animal más próxima de los colectivos procaza. Como las Femen, Angeli exhibe su torso desnudo: la escritura de eslóganes feministas ha sido sustituida por tatuajes de símbolos que provienen del paganismo pop nórdico precristiano y de las tradiciones del fascismo europeo: un yggdrasil, el árbol de la vida en las tradiciones nórdicas, un martillo de Thor y un valknut, un montan de triángulos enredados, símbolo del padre de Thor, otro dios nórdico; todos ellos símbolos de poder destructor, pero también de fecundidad viril en las tradiciones indoeuropeas paganas. El único signo «auténticamente» estadounidense es la pintura nacional-tribal de la bandera sobre el rostro. La piel (blanca, masculina, tatuada, pintada) es el mensaje. Quizás por esas referencias contradictorias, las cuentas de las redes sociales pro-Trump, como la de la portavoz republicana Sarah Palin, el abogado Lin Wood (ahora restringido en Twitter por incitar a la violencia) o el representante de la extrema derecha de Florida Matt Gaetz, se apresuraron a decir que Jake Angeli era la prueba de que la «manifestación» (así es como llamaban al golpe) del Capitolio había sido infiltrada por activistas antifascistas. Declaraciones contra las que Angeli reaccionó inmediatamente: «Soy un soldado de Qanon y digital. Mi nombre es Jake y me manifesté con la policía y luché contra BLM y Antifa en PHX.» La performance de Angeli, sin duda la imagen más fotografiada y difundida del asalto al Capitolio, ha dejado al descubierto las políticas del cuerpo de los neofascismos petrosexorraciales. Los supremacistas blancos tienen envidia del feminismo y de las tradiciones negras e indígenas americanas. Antes, cuando hablábamos de feminismo decíamos «lo privado es político». Ahora es necesario entender que ese eslogan feminista es también crucial para los movimientos antitransicionistas: el cuerpo blanco masculino hetero- sexual también es (violentamente) político y va a luchar por mantener su estatus de soberanía. En un contexto semióticamente saturado, las mascarillas han acentuado la teatralidad de los últimos acontecimientos, funcionando como una suerte de accesorio identificatorio que permite reconocer a los bandos enfrentados. El desenmascaramiento de los asaltantes trumpistas no es solo una posición respecto a las norinas en vigor de prevención de contagio vírico, sino que denota una política del cuerpo y del género, una concepción de la comunidad y de la inmunidad, y en último término funciona como una afirmación de autonomía y virilidad, independientemente del género del desenmascarado. Las armas de fuego y no las máscaras son las técnicas de protección de la inmunidad en el neofascismo: es necesario protegerse del otro femenino, homosexual, trans, judío, musulmán o no blanco (aquel cuerpo extranjero que es visto como una amenaza para la pureza de la comunidad heteroblanca), no del virus. El rechazo de la máscara en casi todos los seguidores de Trump y de los atacantes del Capitolio es una muestra más de la relación entre cuerpo y soberanía en las políticas petrosexorraciales. «La mascarilla representa la sumisión», le dijo un seguidor de Trump a la periodista Brie Anna Frank hace unos meses. «Llevar mascarilla es ponerse una mordaza, mostrar debilidad, sobre todo para los hombres.» La soberanía del cuerpo hetero blanco se define por el uso sin restricciones de la boca, la mano y el pene, y de las prótesis de la masculinidad; las armas de fuego y las tecnologías cibernéticas. Los neopatriarcalistas y neocolonialistas no pueden cubrir la piel blanca, como no pueden, tampoco, negociar, ni llegar a acuerdos consensuales acerca de la emisión y circulación de sus flujos corporales (la saliva, el semen) y subjetivos (la palabra). De nuevo, aquí, la piel es el mensaje. Del mismo modo que ni Trump ni sus seguidores pueden aceptar haber perdido las elecciones, los neofascistas fake no pueden aceptar un no por respuesta a un avance sexual, ni aceptan llevar condón o mascarilla, porque cualquiera de estas restricciones supondría una reducción de su soberanía blanca y masculina y una caída en lo que ellos entienden como el fango de la feminidad, de la infancia, de la homosexualidad, de los pueblos semitas y de las «razas» inferiores. Pocos días después del golpe, Judith Butler analizó la imposibilidad de Trump y de sus seguidores para aceptar la cesión de poder a Biden como el síntoma del rechazo masculinista a hacer el duelo no simplemente de la derrota en las elecciones de 2021, sino, de modo más general, del fin de la supremacía blanca en Estados Unidos. [2] En Male Fantasies, Klaus Theweleit explicaba como los perdedores de las guerras nacionalistas alemanas de principios del siglo XX que no pudieron hacer el duelo de la derrota fueron los que constituyeron el núcleo de las fuerzas no solo militares sino civiles que llevaron a Hitler al poder, e integraron después las cúpulas de las SS y las SA y pusieron en marcha la extermina industrial de judíos, gitanos, homosexuales, enfermos mentales, discapacitados y comunistas. La misma imposibilidad para aceptar la derrota (al mismo tiempo epistémica y política, colonial y patriarcal) puede ser el germen del futuro fascismo americano. [3] El golpe digital Si algo caracteriza a las estéticas que las derechas neonacionalistas han adoptado durante los últimos años es (quizás para estar a la altura del reto epistémico) la hipérbole. No basta con sostener algo, es preciso amplificarlo, exagerarlo y dotarlo de las cualidades de lo extraordinario con el fin de suscitar la adhesión del receptor. Desde un punto de vista filosófico, la ventaja de ese estilo corporal y discursivo hiperbólico que ha caracterizado las intervenciones de Trump y de sus seguidores es que permite evidenciar la mutación de las tecnologías de gobierno desde un régimen disciplinario petrosexorracial capitalista hacia nuevas formas de control cibernético y farmacopornográfico, incluso cuando se trata de dar un golpe de Estado (o de detenerlo). En términos del uso performativo del cuerpo en el espacio publico y de su difusión a través de las tecnologías de la información, el asalto al Capitolio fue un happening tecnopatriarcocolonial diseñado para producir imágenes posteables en las redes sociales. Frente a los golpes de Estado tradicionales llevados a cabo directamente por los aparatos represivos del Estado u otras instancias de gobierno (la policía, la Armada, una parte del ejecutivo, etc.) y retransmitidos por órganos de comunicación relativamente centralizados (radio o televisión), el asalto al Capitolio fue el primer golpe de Estado de la generación internet. Por una parte, el golpe no fue llevado a cabo por generales de la Armada, sino por «soldados digitales» (como se define el propio Angeli): youtubers y tuiteros con millones de seguidores. Por otra, tenía como objetivo no tanto la toma del gobierno como la fabricación de una imagen, de un meme, de un videoclip de TikTok de una proeza fallida filmada en vertical (asaltar el Capitolio entendido como lanzar al aire la masa de una pizza y ver como se estrella contra el suelo), que pudiera ser digitalmente compartido sin pasar por las restricciones de los medios de comunicación dominantes. El golpe podría haber sido una cadena de videos de acciones increíbles de un grupo de usuarios de internet en el monumental decorado del Capitolio que, como si se tratara de videos de gatos haciendo gimnasia, activados por un algoritmo, se van reproduciendo en bucle. Esta dimensión selfie del golpe de Estado explica por que los asaltantes al Capitolio no dan un paso sin filmarse con sus teléfonos móviles. Todo es teatralmente rústico, pero al mismo tiempo visual y semióticamente efectivo. Fuera, los asaltantes instalan un precario patíbulo de madera con una soga para ahorcar como un decorado «photo op» con el que poder hacerse fotos con el Capitolio de fondo. Una vez dentro del edificio del Congreso, el activista de extrema derecha proarmas Richard Barnett se sienta en el despacho de Nancy Pelosi y se hace un selfie con las piernas cruzadas encima de la mesa. Frente a la conciencia performativa de algunos de los participantes, llama la atención la inexperiencia de otros: algunos de los asaltantes se pasean filmándose por los pasillos y las salas del Capitolio con la divertida expresión de alguien que aprovecha una furtiva visita al interior del Congreso para hacer explotar los likes de su Instagram, olvidando quizás que están filmando y difundiendo las que serón después las pruebas y evidencias de sus futuros juicios. Otros, vestidos con infantiles gorros azules y rojos se fotografían llevándose estrados parlamentarios de cincuenta kilos de peso como souvenirs del golpe, como si el Parlamento fuera Disneylandia y hubieran ganado un peluche democrático gigante. Mientras tanto, Tim Gionet, activista neonazi, asegura la retransmisión en directo durante veintisiete minutes desde el Capitolio. Si todo el mandate de Trump consistió en la producción de fake news, el golpe con el que acabó su mandate fue también un fake coup, es decir, un golpe de teatro fabricado única y exclusivamente para ser difundido a través de las redes sociales y en internet -lo que no resta eficacia política ni repercusiones posteriores. Intuitment El cambio de paradigma que está teniendo lugar se manifiesta no solo por el choque entre el régimen de verdad petrosexorracial y los nuevos saberes desautorizados feministas, antirracistas, queer, trans, no binarios y ecologistas, sino también por el cambio de los procedimientos sociales a través de los que la verdad se fabrica y se difunde. La ruptura epistémica en curso se caracteriza porque el mercado, internet, las redes sociales (es decir, tanto cualquier usuario de internet como las corporaciones más sofisticadas del capitalismo cibernético contemporáneo), la inteligencia artificial... se afirman como los nuevos aparatos de verificación del régimen de verdad en el que estamos entrando: aquellos que pueden hoy establecer la diferencia entre lo verdadero y lo falso. Y lo hacen al mismo tiempo del modo más rizomático y horizontal, de la forma más espontánea y caótica, y en el marco cibernético más jerárquico, vigilado y controlado que existe, determinado por los algoritmos que rigen las aplicaciones en las plataformas móviles (Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, pero también Telegram, Parler, MeWe, etc.), y todo ello en beneficio del gran capital. Quizás el mejor ejemplo del protagonismo que tienen estos dispositivos digitales en la transición entre distintos regímenes de verdad sea la utilización de las redes sociales durante el mandato de Trump, así como en la organización y la transmisión del asalto al Capitolio, durante el periodo de resistencia a la cesión del poder y en la investidura de Biden. Twitter no es simplemente un medio de comunicación, sino un aparato de verificación capaz de «fabricar la verdad» y una potente tecnología de gobierno. Por eso, el auténtico impeachment a Trump fue su «intuitment»: 2G- la reducción de la potestad del presidente a través de la cancelación del acceso a sus cuentas de Facebook, Twitter y Google el 8 de enero de 2021. En un régimen de verdad en el que las redes sociales se han erigido en técnicas de fabricación de saber, la destitución no puede ser sino digital. Del mismo modo que se había de fuerzas paramilitares para designar las milicias que se arrogan el uso de la violencia, podríamos hablar de «fuerzas paragubernamentales digitales» para designar el control y la restricción de la potestad que ejercen las redes sociales. Una vez que la cuenta Twitter de Trump fue bloqueada tras el asalto, su potestad se vio completamente limitada. La presidenta del «antiguo» Parlamento de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, advirtió que si el impeachment no fuera posible habría que impedir no solo que Trump pudiera seguir tuiteando, sino también que pudiera tener acceso al botón nuclear. Así quedaron patentes las dos técnicas fundamentales de gobierno (y las dos formas de potestad) del presidente norteamericano: la digital y la militar, la cibernética y la necropolítica. En 2022, cuando Elon Musk había de la compra de Twitter, lo primero que evoca es el derecho a devolver a Trump la posibilidad de utilizar su cuenta. A mediados de 2022, tanto la compra de Twitter como el retorno de Trump a la plataforma siguen en suspenso. La revolución (y la contrarrevolución) en curso, tanto cuando se trata de la difusión de imágenes de violencia policial, de declaraciones de Me Too o Me Too Gay, Me Too Incest, etc., como cuando se trata de las teorías conspiracionistas o del asalto al Capitolio, confronta dos tecnologías de gobierno: de un lado, la cámara de video del teléfono móvil, y del otro, la policía nacional; de un lado, Facebook e Instagram, y del otro, el Parlamento y los procedimientos «democráticos» de voto, representación y recuento proporcional; de un lado, Twitter, y del otro, los juzgados. De un lado, internet, y del otro, las instituciones tradicionales disciplinarias. No se trata de que una de ellas sea más verdadera que otra: son dos tecnologías sociales y políticas completas con sus formas específicas de enunciación, de subjetivamente y de verificación. Por el momento se trata de tecnologías antagonistas, pero no creo hacer ciencia ficción si afirmo que en el futuro ambas tecnologías están llamadas a hibridarse hasta producir un parlamento digital. Pronto un Estado- nación será una red social, y un Parlamento, una aplicación compartida por un conjunto de «usuarios» que serán considerados (o no) como «ciudadanos» y «soldados» digitales. Es en el seno de esta transición donde se juega la revolución transfeminista, antirracista y ecologista contemporánea, pero también el proyecto de reforma petrosexorracial. [1] Véase Dick Hebdige. Subadtura. El significado del estilo. trad. de Carlos Roche Suárez. Paidós. Barcelona. 2004. [2] Judith Butler, «Why Donald Trump Will Never Admit Defeat». The Guardian, 20 de enero 2021. [3] Klaus Theweleit, Male Fanfasies, I. Women, Ftoods. Bodies, History: y Male Fantasies. 2: Male Bodies. Psychoanalyzing the White Terror, trad. de Stephen Conway, con Erica Carter y Chris Tumer. University of Minnesota Press. Minneapolis. 1987 y 1989. Fuente: Dysphoria mundis Editorial Anagrama (2022)

  • Dejemos hablar al viento de Agosto… / Vicente Zito Lema

    Hay épocas en que la poesía se plantea una última cuestión: ¿cuándo lleguen los poetas del mañana, los que anunciarán la alegría, tendremos algo más para recibirlos que tumbas de inocentes sin justicia y la moneda de la vida jugada a cara o cruz...? ¿Qué sucede con nuestras vidas llevadas y traídas, conmovidas, sea por azar o gracia del destino, decíamos ayer, o mucho más por nuestros actos, por la conciencia que se hace y que nos hace, y por la manera en que reproducimos materialmente nuestra existencia, aventuramos hoy...? ¿Estamos preparados para la interrogación de la historia, que súbitamente nos sorprende y nos sacude mientras el cuerpo avanza a los tumbos en las lejanías de la tragedia sureña, donde nunca fuimos más que espectros asombrados de la crueldad del mundo? Leo con cuidado y ligera sospecha, no fue previsto pero sucede así, los papeles amontonados, mios y de otros, que pronto serán un libro sobre el Agosto infausto (he aquí una palabra que tiembla, una hoja del ser en el viento sacudido de los seres), y la emoción acorrala; es una emoción que no desecha la conciencia, de allí su fuerza; como en toda poética, el delirio dolido de lo perdido nutre la verdad... Como espacio y como tiempo, estamos en la tierra del dolor social; conozco estas nubes que vienen del ayer... Estas nubes espesas como el puño de un ángel jamás serán una lluvia sin memoria, no traerán la muerte por la muerte misma; ninguna derrota se arrogará la eternidad, ningún espíritu de la época, ningún pragmatismo oscurece la noche, la tan noche del ayer hasta olvidar el día, ni transforma en juego del silencio a la conciencia. Lo que ahora irrumpe a caballo de los recuerdos es la rebeldía; lo he dicho y lo sostengo ante el paso de los años: se trata, en el arte, en el pensamiento y en la vida, vividos como actos de potencia, de ser cómplices ante lo dado, acomodados con ropas nuevas a las viejas servidumbres, o para bien de nuestro destino, aún en el dolor, animarnos a ser simplemente subversivos. La vida entonces será un arte sin representación, y la belleza por fin dormirá en los brazos de la verdad, que espera y necesita. La lectura que hoy hacemos del ayer pensando en el mañana, nos mueve, nos sacude, nos ata y nos desata... nos advierte que la entrada al paraíso del poder establecido no es más que el confín de un precipicio... ¿No hubo acaso en el ayer o fue mañana, ardiendo el alba que alguien de pie frente a las nubes, caminando sobre los ríos tumultuosos agitó aquellas palabras: hay otro cielo y está en la tierra?. ¿Adónde nos lleva sacar a luz las huellas del pasado, como quien intenta tallar el árbol de la vida? ¿Qué cielo nos descubre, qué estación nos espera? ¿Memorar es acaso un último viaje del corazón abierto, a pura contra ola? O sea: ¿sucede como espíritu de alegría y no como temblor agónico la decisión final de soñar, hasta que la historia sea resucitada del crimen continuo que la deshumaniza? Habrá que preguntarse: ¿Sentir como propio el dolor ajeno es el amor? ¿La memoria de los otros es el amor? ¿El otro que miró lo que yo moraría es el amor? ¿La historia que nos resucita y da sentido y latido en el silencio es el amor? ¿Qué hiciste con el amor? (Es la pregunta final) El viento que entra por la ventana no conoce más piedad que nuestro rostro frente al espejo... Las hojas de aquel agosto se mueven de aquí para allá como si la mano del pasado todavía temblara... ¿Qué fue de la gloria que alumbró las frentes celestes en la fuga de Rawson? ¿Qué de los fusilados en la base naval de Trelew, pagando con sangre hasta el hartazgo la victoria de la libertad que pudo ser y no fue? ¿Habrá respuesta en la escritura, la palabra vivirá como un acto del que no se resigna? ¿El hilo de Ariadna nos ahoga o nos guía, o sólo es una marca en nuestra garganta? La historia de nuestra historia crece a contrapelo, a contraolvidos y a contramuertos en la memoria que le gana la continua brega al cementerio. Ya no soporta el corazón abierto un mundo enjaulado por el hambre... ¡Contra todo! ¡Contra todo! ¡Vamos a navegar! ¡Hay que destruir las jaulas! ¡Desde las hojas luminosas, una tras otra las hojas de poesía puestas sobre la piel de Dios! ¡A pesar de todo! ¡A pesar de todo! Está escrito aquí (la mano del ayer, la mano del hoy...) Hay una poética de la dignidad que no escurre su mirada ante la muerte. Surge y resurge en estallidos, a borbotones, una interrogación de la verdad que desnuda su respuesta desde los actos. La historia de la esperanza es la historia de las luchas que construyen todas las esperas. No dejaremos en los labios de la muerte las últimas palabras. Menos todavía que la derrota sea el destino obligado de la historia, ni el olvido la sombra que destruya el legado de tanta luz de amor, de semejante combate, de tamaño heroísmo... ¿Acaso nuestras almas no guardan en esta luz de agosto que nos consuela y desafía la música del viento...? Agosto de 2015 Fuente: Trelew, una ardiente memoria. Coordinación general de Vicente Zito Lema. Ediciones La Llamarada. CABA 2015.

  • La patria no vio al otro / Sebastián Scolnik

    En 1548 el filósofo Étienne de La Boétie escribió el Discurso de la servidumbre voluntaria, en el que se preguntaba por qué los hombres luchaban por su esclavitud como si se tratase de su libertad. El célebre libro se distribuyó primero clandestinamente hasta que, por insistencia de su amigo Michel de Montaigne, se publicó en 1572. A partir de ese momento no hubo experiencia política de resistencia que no haya tomado en cuenta estas reflexiones para pensar los dilemas que enfrenta toda lucha al toparse con las distintas formas de alienación que bloquean las posibilidades emancipatorias. Pero estas lejanas advertencias lucen malversadas en el tono culpabilizador con el que el progresismo intenta explicar(se) los resultados electorales de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). En todo caso, no sabemos por qué votar a Massa sería un acto de libertad, ni por qué quienes votaron a Milei se habrían equivocado o se dejaron seducir en la bruma de ofertas estéticas electorales cuyas propuestas son contrarias a los intereses populares. Toda recurrencia bibliográfica, cuando sirve como morada tranquilizadora y autojustificatoria y no como desafío, debería ser puesta en suspenso, pues las legitimidades que de estas citas se desprenden tienden a la mala fe. Y el aire aristocrático de la condena, que supone una superioridad moral, intelectual y política, asombra por su incapacidad de revisar los supuestos en los que se erige. la bala de sabag montiel Hace un año Cristina Fernández de Kirchner fue casi ejecutada ante la mirada atónita de un puñado de concurrentes que se había congregado en su apoyo y de una audiencia televisiva que no salía del estupor. Creo que todos nos hemos preguntado por qué, frente a la magnitud de lo ocurrido, no rompimos todo. ¿Por qué no se ha cumplido, en esta circunstancia límite (como en todas las que la precedieron), el famoso “quilombo” con el que nos dábamos manija para suponer que estábamos luchando contra las derechas persecutorias y vengativas, y para defender a quien atribuíamos la condición de encarnar la justicia social resultante de una política popular? En ese ritual, reiterado en cada marcha, hacíamos de cuenta que había límites infranqueables. Y ese quilombo no se armó por muchas razones. La bala disparada por el shooter no salió de la recámara. Pero esa ejecución pública nos condujo a pensar que algo fuerte había ocurrido como para sacar conclusiones simples o ningunear sus efectos. Mucho se ha dicho acerca de los discursos de odio que actuaron como preludio de este acontecimiento. Esta mirada, que atribuye a la palabra un carácter performativo, descuida la pregunta por las condiciones de posibilidad de su enunciación. ¿Por qué ciertas cosas pudieron ser dichas sin despertar las reacciones más elementales en todos nosotros (más allá de la condena en las redes sociales)? ¿Qué se había roto entre el kirchnerismo y la sociedad para que el matador desbordado, precedido por la lengua oscura de su tiempo, gatillara intentando pasar a la posteridad? Esa escena, que no podemos desprender de nuestras retinas alucinadas, nos señaló que estábamos ante el fin de una época. Y que nosotros, adocenados ciudadanos de una democracia putrefacta, no íbamos a hacer nada contra un poder judicial que ocultó y disgregó pruebas y conexiones, que dispersó en el tiempo las conclusiones más evidentes de una trama asesina para aislar y encapsular, en su extremo más débil, la atribución de responsabilidades. La bala que no salió tuvo el efecto de matar una época, teatralizando un final que nadie quiso asumir. Tiempo después, la propia Cristina advirtió sobre la existencia de un Estado mafioso, jurídico, mediático y judicial, que había vaciado a la democracia. La gravedad de este señalamiento tampoco produjo efectos. Era como un ladrido a la luna ante la indiferencia de una sociedad que repartía sus preocupaciones y su atención entre los problemas cotidianos y el Mundial de fútbol. Y nada hicimos tampoco. Un poco por desidia, un poco por comodidad, porque la fantasía de cuidar las instituciones para preservar la democracia siempre estuvo en el horizonte del kirchnerismo (Cristina propuso un pacto democrático con los mismos partidos implicados en ese Estado mafioso que denunciaba incluyendo, claro, el peronismo). Y, sobre todo, no hicimos nada porque luego de un vasto período de normalización, obediencia y vida pacificada, ya no hubiéramos sabido cómo. la bala que no salió tuvo el efecto de matar una época, teatralizando un final que nadie quiso asumir. el dulce encanto de la reparación La legitimidad del kirchnerismo hay que buscarla en su afán reparatorio. Es hijo de la más radical insubordinación social de los últimos tiempos. Supo interpretar, para recomponer la institucionalidad, esas demandas de quienes estábamos “afuera”. Si ya nada esperábamos de la democracia, completamente comprometida con los poderes globales y reducida a la administración del ajuste permanente, la tarea era destruir ese ordenamiento institucional que emergió de la dictadura y de las sucesivas frustraciones y derrotas democráticas. En los años noventa aprendimos a romper todo. Allí formamos nuestra estirpe. Madres, Piqueteros y Redonditos de Ricota. Creíamos más en nosotros que en la democracia y su sistema de partidos. Tampoco extendíamos crédito a las organizaciones sindicales (salvando las excepciones democráticas y combativas que parecen haber perdido la memoria). El kirchnerismo nos dio una vida. Si éramos intelectuales nos ofreció carreras académicas y Conicet. Si éramos artistas nos llenó de elogios, conciertos y programas televisivos. Si éramos desocupados nos ofreció trabajo. Si éramos pobres nos repartió guita. A los científicos los repatrió. A los organismos de Derechos Humanos los reconoció. Hizo suya una genealogía histórica y unos enunciados que de esas luchas se desprendieron. De pronto pasamos de querer romper todo a cuidar una vida, un sistema político que la sustentaba y permitía disfrutar de las mieles de reconocimientos y consagraciones. Pasamos a tener derechos, cuentas bancarias y aguinaldos, vidas domésticas y un relato que nos comprendía y representaba. Nuestros afectos, al fin, se habían organizado en torno a la actividad estatal. Ya no tendríamos que preocuparnos por luchar. Ahora éramos espectadores que solo debíamos obedecer. Obedecer a una jefatura política, previniéndonos de no hacerle el juego a la derecha, y obedecer los dictámenes de nuestra propia vida de plataforma, consumo y recompensas. Éramos aquello que había sido reconocido. Podríamos viajar, comer sano y entregarnos a terapias de distinta índole para compensar los pesares y desdichas de una vida encapsulada, mediatizada y cada vez más precaria. Pasamos del ardor de la rabia a la templanza pacificada. En el tránsito de ese “afuera” al “adentro”, de la intemperie a la reparación, ganamos en comodidad y perdimos en sensibilidad. Tercerizamos la política y el discurso. Pasamos de la crítica a la adhesión, del pensamiento a la opinión, y de los enunciados conceptuales a las consignas. la casta somos nosotros Llegados a este punto, corresponde indagar las razones por las que un elefante se incubaba debajo de nuestras narices y no fuimos capaces de verlo. Milei nos puso un espejo en el que estamos obligados a confrontarnos para preguntar quiénes somos y qué hemos hecho. No debe sorprendernos si decimos que la casta somos nosotros. Los que experimentamos una vida acomodada y cortamos la capilaridad que siempre nos comunicó con el dolor de los demás. La trama popular, indispensable para la política y la distribución del poder, se segmentó en “sectores” y “sujetos”. Dejamos de vivir los padecimientos en nuestras propias vidas confiando en que esta vez había quien los cuidara. A partir de entonces, tendríamos “intereses” específicos. Aun si cada vez debimos laburar más para sostener los niveles de consumo y responder al endeudamiento (factor clave de la reproducción social), lo hicimos en nuestro propio rubro reconocido. Si somos profesores, cada vez debemos sumar más horas, pero mantenemos el status. Y así sucesivamente en cada actividad a la que nos dedicamos. Pero, en el reverso de esa vida, se iba produciendo todo un mundo tan concreto y evidente como invisible para nuestros ojos. Al fin de cuentas, somos el tamaño de nuestra propia burbuja y no la vimos venir. No supimos, no pudimos o no quisimos. Vivimos la pandemia enorgullecidos de las medidas extremas que, en la incertidumbre, se tomaron para cuidar la vida. Festejamos los aviones carreteando con vacunas, nos emocionamos con los barbijos del Conicet, nos volvimos vigilantes, austeros y obedientes. Esperamos filminas e instrucciones. Leímos curvas estadísticas y escuchamos especialistas de todo tipo que pontificaban el cuidado. Pero nunca nos preguntamos, en los pliegues de esa “política pública”, por el sufrimiento de los demás. Por las consecuencias del encierro y del hacinamiento. Por la depresión y el hastío. Si fue la derecha la que supo interpretar que algo se abría en esos intersticios no fue por su lucidez sino por nuestra propia inmovilidad. Por nuestra satisfacción con quienes somos y por estar demasiado enamorados de nosotros mismos. Milei fue el que mejor supo destapar esa olla. Porque interpretó el malestar. Porque canalizó la rabia y ofreció un instrumento para la revancha. Al nombrar la casta como lo otro de la libertad, demarcó el campo. Se hizo portavoz de la furia y el deseo de cambio. Leyó las transformaciones en el mundo del trabajo y la impotencia estatal para regular las condiciones de vida e intercambio. Es el emergente del capitalismo de plataforma y su participación decisiva en la vida de cada uno de nosotros, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Tampoco el Estado mejoró la devastada infraestructura popular de los barrios periféricos. Ni siquiera pudo cuidar el bolsillo y la capacidad de consumo. Milei fue el objetor del lenguaje de los derechos, del gastado fraseo estatal y la justicia social declamada en nombre de una igualdad que nunca llegó. Se hizo dueño del rencor y convirtió esa furia en el material de su propia combustión. la hora de la desesperación “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, se canta en los mitines libertarios. Los viejos lobos del fascismo argentino se camuflan en la verba flamígera del enigmático monigote. La ultraderecha argentina, expresión criolla de los conocidos fenómenos globales, pisa fuerte ganando las elecciones. Un combo de dolarización, desregulación mercantil de todas las relaciones, desmantelamiento del aparato público y la infraestructura social, es el programa vencedor. Milei es la perversión de 2001. Porque si en ese entonces la desesperación se conectaba con ensayos militantes que expresaban el malestar para elaborar una política “desde abajo”, ahora es el ultracapitalismo el que ofrece voz a los humillados para perpetrar su venganza. Es la salida delirante que escenifica la rebeldía para evitar sus desenlaces impredecibles, para fundar nuevas articulaciones mercantiles que repongan su mando. Habla el lenguaje de la guerra y no oculta su programa, como hacía Menem, sino que lo enfatiza. De vuelta: ¿en qué momento se franqueó un límite sensible para ciertas políticas abyectas? Hay en Milei una malversación de la vitalidad popular, una usurpación de una lengua que no le pertenece y a la que debe apelar para sobreactuar una revolución que se propone evitar. Si las derechas pueden afanarnos las palabras (las necesitan porque las suyas están muertas) es porque primero permitimos que nos fueran expropiadas para cristalizarlas como lengua de Estado, porque no pudimos hacerlas vivir de otra manera recreando su contenido emancipador y las convertimos en slogans. Y porque en el fondo hemos dejado de pronunciarlas hace tiempo. Las militancias sustituyeron la imaginación por la obediencia. Cuando todos nos vimos sorprendidos por la sociedad que emergía del rencor y de otras formas del cálculo y las expectativas, incomprendida e indescifrable para las estructuras existentes (peronismo, iglesia, sindicatos, movimientos sociales), muchos salieron a la caza de estos votantes para ver “qué piensan”, “cómo se conducen”. De repente, los traductores del mundo viscoso se ofrecieron como mercancía apetecible. Libros de especialistas, espacios televisivos de representantes truchos de ese mundo, proliferación de encuestas y un repertorio variado de hipótesis buscaron satisfacer una curiosidad inagotable por comprender el objeto ninguneado durante años. Otros se propusieron salir a convencer a los votantes de Milei, como si no supieran lo que han votado o como si lo que pudiéramos ofrecerles como continuismo sirviera de antídoto a esa “irracionalidad”. Milei es el síntoma. La frustración no se disipará votando su programa, pero tampoco el de la “casta”. Tal vez hablando con sus votantes logremos espantarlos más. Será muy difícil evitar su victoria, pero si así fuera y la módica epopeya patriótica que se nos ofrece lograse imponerse, solo contendría y desplazaría la hecatombe. El verdadero hecho es que algo se reveló. Emergió una realidad de la que ya no podremos sustraernos. El cóctel de pobres, evangélicos, jóvenes y desahuciados se hizo presente. De aquí en más será imposible desconocer la fuerza de esa realidad. Si a lo largo de este artículo me he atrevido a usar la primera persona del plural es para evitar ese odioso deslinde de responsabilidades que cada quien puede hacer. “Yo no apoyé a este gobierno”, “yo me relacioné con los pobres”, “yo me movilicé cada vez que me convocaron”. Podemos elegir a Macedonio Fernández, Borges o Foucault, cada quien tendrá su preferencia. Pero recomendamos suprimir el Yo para empezar a pensar, y para asumir que esta es una catástrofe colectiva, sin autor, de la que todos nos tendremos que hacer cargo para salir del atolladero y construir un recomienzo para la vida política. Será necesario retomar las sensibilidades rebeldes y contrademocráticas de las décadas de resistencia, reencontrar una relación entre las palabras y las cosas, articular una nueva fuerza que recupere la política de los derechos e imaginar nuevas instituciones que sirvan para prolongar las transformaciones en lugar de decretar la inmovilidad. Si la derecha nos ganó con su impulso mítico, se impone empezar por salir del conservadurismo temeroso que nos guio estos años para bosquejar un nuevo vitalismo. Suele atribuirse a Mao Tse-Tung una frase cuya veracidad nunca pudo comprobarse, pero eso ya no importa: “Se avecina una tormenta terrible. Hoy es un gran día”. Debemos aprontarnos, pues. Fuente: Publicada en Lobo Suelto el 24 de noviembre de 2023

  • Caligrafía Nómade XVIII / Patricia Mercado

    Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está? ¿Cómo se escribe la historia? ¿Con tinta, con sangre? ¿Con hambre, con sueños? La historia, así rotos, ¿Cómo se escribe? ¿Con traiciones? ¿Con trabajo de hormiga? ¿Con gestas de titanes? ¿Con intrigas palaciegas? ¿Con golpes de suerte? ¿Con asambleas populares en la calle? ¿A gritos? ¿En secreto? Una canción de la trova rosarina decía: los días cantan la historia del hombre al borde del hombre, los días cantan mañanas, los días no tienen miedo. La historia se escribe con el oído. Pone el oído en los chirridos lacerantes, en los ecos, en las vociferantes certezas, en los murmullos clandestinos. Poner el oído y escuchar a los pueblos que caminan con sus odios y sus amores a cuestas. Caminan rengos, construyendo y destruyendo el suelo donde caminan. No los impulsa una voluntad unánime. Ni un poder, ni un saber. Tantos vientos mezclando los puntos cardinales, caminan. Y no es cuestión de porcentajes. Aunque los votos se cuenten así, y eso traiga fragores contantes y sonantes. Los pueblos viven transidos de contradicciones feroces que no sabemos cómo pensar. Hacen la vida con retazos: de impoderes y de impotencias, de milagros frágiles, de ocurrencias, de ensañamientos, de berrinches y belleza. Miramos el cielo intentando saber si lloverá. Miramos la calle intentando calcular de dónde vendrá el golpe y cómo hacerle frente. Siempre es en clave de presente. La historia se escribe en clave de presente. Piel colectiva como el parche de un bombo, vibra y resuena de infinitos modos. Ese temblor lleva y trae, como corrientes subterráneas, impulsos, reverberaciones, nostalgias, abruptas imaginerías. Memoria llena de imprecisiones, de desencuentros, que dibuja un aquelarre de signos. Extravíos en extrañas topografías. Presente que no puede cifrarse en una única interpretación, en lógicas mayoritarias. El presente de esa diferencia sin punto de llegada, su diseminación incesante, escribe la historia. Fricción de cuerpos ajenos a las figuras coreográficas sincronizadas, pulcras, asépticamente erotizadas, que predica el music hall vernáculo. Estos corales, el de los pueblos escribiendo la historia, están llenos de superposiciones, de reincidencias frenéticas, manchones, caídas, tachaduras. Grafía titubeante, dolorosa, por momentos ilegible. Grafía que repite y repite fórmulas antiquísimas con la obstinación de los necios. Fórmulas con las que ya sufrió de sobra, pero vive como nuevas. Y en el mismo gesto mórbido deja pulsar pequeñas incertidumbres de vitalidad capaces de saltar a la textualidad gozosa de lo vivo. Los pueblos se equivocan a cada rato. Su fuerza de saber y no saber, la de vivir. Y la de haber muerto tantas veces. ¿Dónde sino en el seno de los pueblos los poderes anidan y se alimentan? ¿Dónde sino allí predican las ambiciones hasta ser emuladas por quienes jamás accederán a ellas? ¿Dónde sino en ese hervidero de sustancias, formas, impulsos y quebraduras puede germinar el momento de la epifanía provisoria del desvío? Los pueblos caminan un suelo doliente y sobre él inventan pasos tan oscuros como luminosos. Nunca será definitivo este andar tambaleante en las cornisas de la explotación. Los pueblos escuchan cantar a las sirenas y se ahogan una y otra vez en las aguas de la historia. La marea humana, esa que ronda las calles. Esa que exuda proximidades en el subte. Esa del domingo que vocifera goles. Esa que rubrica, a paso de hormiga y a los saltos, pequeñas alegrías. Esa que abraza deidades que la acompañan. Esa que deletrea el cosmos que habitamos. La marea humana se levanta como una ola, nos sostiene y nos aplasta de a ratos. Hace cicatriz en el revolcón que nos pegamos. La marea humana hace carne del miedo y lo pone a la parrilla. La marea humana dibuja fronteras y elige perros asesinos para cuidarla. Perros que, antes o después, morderán con saña la mano que los alimenta. Y, a veces, fabrica trampas y se escapa en plena noche. La marea humana, los pueblos, exhuman fantasmas y los vuelven a enterrar. Los ventilan porque el horror y la querencia, a veces, duermen juntos. Los pueblos dicen y desdicen antiguas y nuevas letanías de la sumisión, como lengua infatigable en la sed. Arropan con harapos mugrientos la vida que vivimos, para hacer compost de los sueños que esperan y esperan revulsivas primaveras.

  • Llorar: Solecismos en llantos de infancias / Cynthia Eva Szewach

    “Ambas mujeres han empezado a llorar. pero ninguna detiene su canto”. Li Young Lee Hay llantos que surgen al cantar, pero no detienen la voz, como en el poema de Li Young Lee titulado “Yo le pido a mi madre que cante”. Hay cantos que hacen llorar de conmoción a quien escucha. Hay cantos en lenguas ancestrales que parecen sollozar tierras perdidas. Hay llantos de victoria, hay llantos de derrota. Una niña llora de sueño y le pide una canción a su mamá para poder dormir porque dice que cuando la escucha se siente como “se siente un olorcito rico”. Una sabiduría infantil que asocia la fuerza del aroma al deleite con la música. Lo dijo María Bethania en una entrevista: “La música es como un perfume, en fracciones de segundos, se siente, se recuerda, emociona…” A veces también el llanto está unido al reír, a la alegría. Regalar el libro “Conozca a su niño” de Winnicott, es una ceremonia y una oportunidad de ofrendar con el amor de hacer pasar un legado. Es la transcripción de charlas radiales entre 1940 y 1950 dirigidas en especial a las madres en los inicios, en momentos tan conmovedores. Hay un capítulo inolvidable, dedicado a los llantos. Winnicott los enumera a su modo, como llanto de dolor, de hambre, de tristeza, de enojo…distingue en cada uno delicadas sutilezas. Agrega hacia el final un tipo de llanto del que dice que casi no va a hablar, porque cree que es muy difícil que en un hogar con algunos cuidados amorosos ese llorar se lo encuentre. Es el llanto de desesperanza, desgarrador, hondo, efecto de alguna violencia recibida. A veces ese llanto lo presenciamos en quienes escuchamos. Viene de lugares ignotos, por situaciones extremas o incluso pueden ser ajenos a las circunstancias relatadas. El llanto inunda el ritmo del decir. Un desprendimiento que condimenta el rostro, el suspiro, el testigo. Escuchamos cuando el llanto nos pretende más despiertos de un sufrimiento que no notamos. Hacemos escuchar que el llanto en algunas infancias requiere la urgencia de ser consolado, alojado, tolerado, incluido, interrogado, aceptado. ¿Cuál es el dolor que se encapricha en no traducirse de otro modo? A veces un llanto que no cesa, puede ser enloquecedor. En “Fragmentos de un discurso amoroso”, Barthes escribe que ponerse a llorar es para probar que el dolor no es una ilusión. También que el acceso al llanto viene a aniquilar bruscamente un lenguaje largamente vigilado. Hacemos el llanto cuando quizá ya no hay nada más que hacer. Mame, ¿ij ken shoyn veinen? (¿Mamá, ya puedo llorar?): según el testimonio de Abba Kovner, son las palabras en ídish, que, efectiva y sigilosamente fueron pronunciadas por una niña en los días inmediatamente posteriores a la liberación de Vilna al terminar la Segunda Guerra. En la relectura del libro “Infancias en duelo”1 transitamos relatos de diferentes zonas del llorar, en temporalidades diversas, entrecortadas, intempestivas, aguantadas, que irrumpen o se entraman en la pérdida de un ser querido y se entretejen en los hilos de la vestimenta de luto, en escenarios que vienen a interrumpir la vida cotidiana o acompañan el vivir de las infancias en estados de duelar. A una niña pequeña, en la escuela, entre sus tareas y en momentos inesperados, le irrumpía un llorar tan potente como la invasión de un rayo. Al instante gritaba “¡Yo no tengo papá, no tengo papá!” Luego a las amigas, “¡Ustedes si!”. Tres tiempos: un dolor impredecible, la idea de suponerse una excepción al haber perdido a un padre y una comparación cargada de sufrir hostil, pero, que encontraba al gritar una incipiente escena donde lidiar con su modo de decir auxilio. Temporalidades; “¿¡Qué?!, ¡¿Todos ya lloraron!?” Se pregunta otra niña que no concurrió al entierro de alguien muy querido, porque decidieron que era mejor que no participara. Un retardo que gobierna algunos rincones de su pequeño mundo a donde muchas veces también llega tarde. En aquel solecismo del llorar, me dispongo a hacerle un lugar, quizá a tiempo. Jugar el llanto. Un personaje del juego en el artículo titulado “Transitar la pérdida”, llora para adentro. La pequeña paciente de tres años ha perdido a su madre, y está desesperada. Entra a las sesiones como un bólido, juega con fruición. De pronto otro juego surge: Una muñequita era una niña que se perdía “Está sola, triste no enojada, llora para adentro, extraña. La muñequita luego iba a llorar en soledad a la vera de un árbol. Su llanto era lejano e inaudible. El juego le da aumento de volumen sonoro a lo difícil de oírse. Al rato un viento fuerte se lleva algún personaje. “¿Cuándo van a volver? – pregunta. Continúa: “Nunca, nunca jamás”. Una retórica del no retorno. ¿Cómo se llora para adentro? El juego en transferencia asume la posibilidad de desplegar la zona gramatical de un llanto, que permanecía mudo de sonoridad, extrañado, extrañando. Un llanto inesperado, intempestivo, le ocurre a un niño a los trece años frente a un detalle que observa en la calle, al color de un auto quizá, una escena cotidiana, una celosía a medio alzar. Llora de pronto sin poder parar, ni poder evitarlo, como si una marea de afectos no existidos antes, arrasara una costa que se encontraba solo bajo la información y el relato cuidadoso acercade la pérdida de un padre de pequeño. Ese llanto no engaña de lo que se convierte a retardo súbito de lo supuestamente guardado. Hay veces que no se puede llorar. O llorar es poco frente a una craterización del sentir. Marcelo Percia en “Un común impoder” recuerda a Clarice Lispector cuando describe como en el llanto de un dolor, se escurren las lágrimas, corren sin parar, pero no dan alivio. Como las infancias con hambre . Cándido Portinari el genial e impactante pintor brasilero, dedicado a retratar la miseria y la máxima injusticia en sus personajes, los desposeídos, las infancias pobres, violentadas que mueren. Les pinta unas lágrimas grises, estatuarias en racimos que parecen perlas, inmóviles, eternas, visibles. La niña protagonista de la película Verano de 1993, cuyos padres habían muerto, luego de algunos avatares, estados de mucha seriedad, enojos, molestia silenciada, puede preguntar al fin a su tía ¿Qué dijo mi mamá de mí antes de morir? Un diálogo se inicia queriendo saber el lugar que había ocupado en especial su madre. Al breve tiempo mientras jugaba con quienes vivía, querida y alojada, suelta un llanto estrepitoso, imprevisto. -¿Por qué lloras?- le preguntan? -No sé, no sé, no se… ¿Cómo sabré quién me llorará a mí si un día no existo? Pregunta un niño. Derecho a llorar. Pilar Campiglia, recuerda un llorar inconsolable sin ganas de comer. La congoja que quita el apetito. Lo nombra como un cataclismo simbólico ligado a la desaparición de su madre durante la dictadura de 1976. Toma el llanto como desafío. Estaba al cuidado de su abuela, que siempre estaba para ella. Aún así, esa presencia amorosa, la ubicaba en relación con quien no estaba. Presencia de una ausencia. Llorar en compañía, llorar en soledad. Llorar en las calles de la ciudad. Un cuento de Katherine Mansfield se titula “La vida de Ma Parker”. Una mujer era empleada, había llegado ese día a su trabajo luego del entierro de su pequeño y amado nieto. Realiza sus tareas, con saludos de condolencias formales, pero sin ninguna excepcionalidad, termina la limpieza, la cocina con sus pensamientos tristes. Al salir no se le ocurría adónde ir. “Ay ¿no existía ningún sitio donde pudiese esconderse, estar sola donde quisiese sin que nadie la molestase ni molestar a nadie y sin molestar a otros? ¿No existía ningún sitio donde pudiese solazarse por fin sola llorando?” Cuenta Silvia Molloy, que ese relato estuvo presente en el origen de la amistad con Bianco, ambos lo habían leído sorprendidos. Escribe que siempre quiso recordar el título del cuento y sin embargo lo olvida y lo olvida. Es para ella entonces el cuento de la mujer que no tenía donde llorar y que le gustaba a Pepe. Elías Canetti, cuenta como recuerda Adriana Bugacoff, que, muerto su padre a los siete años, enterado de las pompas fúnebres, sin embargo, estaba al mismo tiempo esperando su regreso. Su abuelo, culpabilizado, abrumado y gimiente lo conminaba de niño a recitar el Kaddish, oración fúnebre cada año.” La incesante aflicción del abuelo, me impresionaba profundamente, pero yo había vivido el terrible desgarrón de mi madre, y asistía todavía noche tras noche, a su llanto”. El llanto absuelto en estado de esperar. 1 “Infancias en duelo” Editorial Otro Cauce, 2023. Autoras: Adriana Bugacoff - Cynthia Eva Szewach. En este trabajo se intenta recorrer algunos fragmentos del libro acerca del tema. [1] “Infancias en duelo” Editorial Otro Cauce, 2023. Autoras: Adriana Bugacoff - Cynthia Eva Szewach. En este trabajo se intenta recorrer algunos fragmentos del libro acerca del tema.

  • Milonga Queer / Susy Shock

    Me pegaste una etiqueta Antes de saber quién soy Me pegaste una etiqueta Antes de saber quién soy Cuando me pusiste nombre Me condenaste a ser vos Nunca podrás atraparme Con una palabra, no Nunca podrás atraparme Con una palabra, no Una pluma no hace a un ganso Yo solo quiero ser yo Milonga queer Soy lo que soy Si te gusta bien y sino no Desperdiciaste tu vida Viendo quién es raro o no Desperdiciaste tu vida Viendo quién es rara o no Pero lo más sorprendente Es que creas que la rara soy yo Después sacaste una ley Que me discrimina a mí Después sacaste una ley Que me legitima a mí A mí no me des permiso Porque no te lo pedí Milonga queer Soy lo que soy Si te gusta bien y sino no Vos y yo somos distintos Somos distintas las dos Pero crees que solamente La diferente soy yo Te da pánico el espejo Cuando mirás lo que soy ¿Que me tenés miedo a mí? ¿O te tenes miedo a vos? Milonga queer Soy lo que soy Si te gusta bien y sino no Si te gusta bien y sino no* Fuente: Canción Milonga Queer. Disco Buena Vida y Poca Vergüenza, Susy Shock y La Bandada de Colibríes, 2014. Con videoclip filmado en el Espacio Xirgu UNTREF perteneciente a una Universidad Pública del Conurbano Bonaerense.

  • Muchas gracias / Paco Urondo

    Sirve y me inclino ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán las puertas, dejarán entender: los artistas, los intelectuales, siempre han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron caminos, emancipaciones que no siempre lograron recorrer: era prematuro en algunos casos, en otros fue distinto – convengamos–, otras palabras son, bajar la corredera de la mira, buscar con el guión y dar justamente sobre algo que puede moverse; un bulto, un meneo a menos de cien metros de tu corazón vulnerable, también enemigo. La suerte ha dejado aquí de andar fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las flagrancias: esa mano allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron en evidencia y el amor no aparecía por ninguna parte. Recompuestos de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie pudo negar que en este país, en este continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza. Aquí estoy perdiendo amigos, buscando viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente la vida, queriendo respirar trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir volando para no hacer agua, para ver toda la tierra y caer en sus brazos. Fuente: Poemas póstumos (1970 - 1972)

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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