A riesgo de leer la vida* / gonzalo sanguinetti
- Revista Adynata

- hace 11 horas
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Comencemos por un efecto que provoca el encuentro con la textualidad que labra Anne Dufourmantelle, ese tipo de efectuación que un encuentro es, y que aquí llamamos lectura.
Una lectura que nos encuentra. Pero esta cita no es en cualquier lugar, ¿en dónde nos encuentra? ¿hacia dónde nos lleva? ¿desde dónde nos llama? ¿qué nos hace leer a Anne Dufourmantelle?
“Un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo.”[i]
La escritura que llamamos Anne Dufourmantelle, se despliega bajo la forma de una sutil conmoción, no accedemos a su lectura sino a condición de un despojamiento: una experiencia de ex-posición y des-posesión.
Leer ocurre como espacio de una dehiscencia de la lengua: un espaciamiento de indagación clínico-poética que tienta relaciones inauditas entre las palabras y lo vivo. Aquí hablar, escuchar, leer, escribir suponen modos de tocar y dejarnos tocar.
Un despojamiento tiene lugar, esta lectura descompone la inmunidad adquirida de la lengua ante los llamados de lo estremecido, desobra las defensas de las lenguas inconmovibles a lo vivo. Asistimos a una mutación de nuestra relación sensible con la lengua: de consagradas soberanías anfitrionas a temblorosos huéspedes inesperados.
“La necesidad del psicoanálisis es primeramente la de una ruptura íntima. Es aceptar el sentimiento de ser huérfano en todo idioma.”[ii]
Esta textualidad practica el sentido de lo poético como un operador clínico imprescindible, que despliega sentidos clínicos del obrar poético y sentidos poéticos del obrar clínico.
Escuchar, leer y escribir ofician como umbrales de un sentido de lo poético, que comienza a transmutar las palabras en misteriosas esquirlas encantadas, fragmentos de fulguraciones antiguas, talismanes imantados de intrigas incitantes, incomprensibles restos de iridiscencias cuyos llamados nos conciernen en un desconcierto de resplandores.
Así como un cuerpo puede devenir materia apoderada, modulada, reducida y arraigada a la fatalidad, también resulta susceptible de apoderamiento por súbitas texturas poéticas.
Aquí, lectura se despliega como gesto inaugural de un acontecimiento capaz de hacer de un cuerpo radicado en la desgracia, una materia encantada por el tacto de lo poético.
En este sentido en que, leer es escribir, reescribir e inscribir, arriesgarse a leer la vida supone arriesgarse a perder la vida. A perder los sentidos con que ordenamos nuestro relato de lo vivido, a perderse de las voces que dictan las razones de lo vivido y el destino de lo porvivir.
Arriesgarse, a dejarse tocar por una textura poética que nos precipita a una orfandad que nos despoja de los sentidos con los que velamos las zonas de fragilidad donde temblamos de vivir.
“La literatura traumática nos hace escuchar, lo queramos o no, el riesgo puro de la lengua.
Durante la lectura lo que en nosotros es movilizado no se nos aparece, por lo menos no de inmediato. La alteración es continua, mucho más allá del momento en que nuestros ojos se posan sobre la página. Es por eso que en ciertos momentos de la existencia y en algunas existencias a secas, es imposible leer. Leer verdaderamente. Es decir, entrar en esa zona de arrebatamiento donde lo que es afectado en nosotros se nos escapa totalmente.”[iii]
De entrada, esta lectura requiere tocarnos. Pero no se trata de cualquier tocar, toca a la manera de un arrebatamiento delicado y sutil, que cuando lo percibimos, advertimos que no hemos presentado resistencia, no ha habido combate, no nos hemos defendido. Descubrimos que, más bien, nos hemos dejado llevar por una secreta e irresistible dulzura.
Sin poder saberlo, acontecemos declinadamente. De manera inadvertida, la resistencia cede hacia una desistencia. Este extraño tacto poético parece apaciguar -a fuerza de una aguda dulcedumbre- el vigor defensivo con que se cierra una r, transfigurándola hacia la curvatura abierta de una d.
Pasamos de una soberanía que gobierna el acto de lectura, a encarnar una claudicación del querer-saber, querer-poseer, querer-dominar. Asistimos al insospechado gusto de una erótica de la desistencia.
Este acontecimiento de lectura disemina una secreta manera de sentir. Entonces empezamos por un afecto de lectura: no quedamos indemnes de este leer, una vida no quedará indemne después de esta lectura.
Sentido nocturno
Al leer en esta zona de arrebatamiento, se hace de noche, la noche se hace en el cuerpo, la noche hace aparecer un estado de sensibilidad desde donde leemos.
Leer conforma una cierta experiencia de la noche. Una lectura hecha con los ojos de la noche despierta sentidos nocturnos en el cuerpo leyente, sentidos ininteligibles e imperceptibles bajo el dominio de los valores de la luz, lo diurno, lo visible, que Dufourmantelle articula a la virilidad patriarcal. En el dominio de los valores diurnos definidos por los hombres, encontraríamos los ideales de la civilización, el progreso, la economía, el fetichismo de la técnica, la acumulación, la guerra, el héroe, la conquista, el dominio, la apropiación, la explotación, es decir, ese modo de vida cimentado en la renegación de lo viviente, de su pertenencia a lo viviente y de su relación de interdepedencia constitutiva con lo viviente.
Recuerda una reflexión que escribe Jan Patocka a propósito de la experiencia del frente durante la primera guerra europea. Patocka relata que, tras la declinación del día, en las trincheras, durante la noche, el adversario ya no era el mismo, devenía “nuestro cómplice en la conmoción del día”. La noche abría, en el centro de la matanza, en el corazón solar de la guerra, “el dominio abisal de la plegaria por el enemigo: la solidaridad de los conmovidos”.[iv]
Bajo esta experiencia de la noche, no leemos con los ojos, es preciso leer a ciegas, vamos a tientas, dejándonos llevar por la mano de la lectura.
Pero en esta zona de arrebatamiento cada cosa quiere decir otra cosa, ¿qué quiere decir, aquí, la noche?
"[La noche es] La apertura a lo que conmueve. Nos exige atravesar la experiencia de la pérdida del sentido” (…) Es en este sentido nocturno como quisiera hablar de la relación de la razón con la obsesión”[v]
“Cuando un habla participa de la noche, nos hace oír las palabras de otro modo”
La noche que se va haciendo en la lectura, esta lectura que se va haciendo noche, conduce al cuerpo arrebatado, hacia una lectura de la vida deletreada por una lengua conmovida. Una pronunciación de la vida que ocurre como soplos de una ensoñación estremecida.
El tacto poético de esta lectura precipita una conmoción capaz de infiltrarse entre los tejidos que componen lo vivo a la manera de un traumatismo por deslumbramiento del que ya no sería posible volver atrás.
A riesgo de leer la vida sería esta secreta apertura en nosotras a lo que es capaz de conmover lo vivo, estremecer la vida. La contraseña a una secreta comunidad de conmociones, donde la destitución de lo propio preludia la aurora hacia una noche común.
Un gesto oblicuo, la efracción
Si arriesgarse a leer la vida, supone ingresar en una vertiente de noche que se abre en quienes se disponen a ella, ¿hacia dónde nos lleva? Hacia un secreto llamado infancia.
[la infancia] Está clasificada como “secreto de Estado” en nuestros archivos y prohibida de acceso. No existe ningún pase que nos dé el acceso autorizado a ella, ni siquiera momentáneamente. Por lo tanto, hay que entrar por efracción. Colarse allí como un ladrón y hurtar su esencia. Hasta hablar de ella es difícil, puesto que es a partir de un exilio irremediable que las palabras nos son dadas para hacerle señas.[vi]
¿Qué es este entrar por efracción? Un cierto gesto oblicuo del tocar poético, una agudeza que se abre-paso desde una lengua extranjera a las leyes que ordenan el sentido, un pasaje clandestino amparado en una lengua inaudita e inimaginada.
En esta lengua del secreto, infancia y noche señalan umbrales de pasaje de una latencia poética de lo vivo, por donde asistimos a zonas, temporalidades, musicalidades intensivas, paisajes afectivos, estados de sensibilidad, donde no preexistían, o bien, de donde nos hemos desterrado para sobrevivir al encuentro con intraducibles demasías de lo vivo.
Este modo de cartografiar la atmósfera nocturna de la infancia, la atmósfera infante de la noche como aproximación estética a una constelación de intensidades afectivas, recuerda unos versos de Claudia Masin en los que se lee:
te di mi cuerpo y lo recibiste
del mismo modo que si un niño te hubiera ofrecido
un tesoro incomprensible como prenda de amor:
el corazón de un pájaro, un puñado de arena
La lectura nos arrastra por territorios donde acampan signos de lo incomprensible, donde proliferan arboledas de extraños frutos, cuya promesa de sabor anuncia saberes inquietantes. Territorios que sólo parecen recorribles bajo el paso de la errancia, aquí sólo se puede errar en la lectura.
Todo parece ocurrir como si recolectáramos incomprensibles tesoros acaracolados a la orilla de un océano inconcebible, donde desembocan aguas más antiguas que el tiempo.
Ahí donde el psicoanálisis se apoya en figuras como la “división subjetiva” o la “castración”, que aluden a una metafórica del filo que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que mutila, la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí. Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas, la dehiscencia de un fruto para esparcir su polen o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre irreversible en la transmutación de lo viviente, hacia otro modo de vida.
El tacto poético de esta lectura efractora -e infractora-, abre paso a esas “zonas de devastación”, “reservas de fatalidad”, a las “fidelidades de infancia” (atadas a secretos, genealogías truncadas, memorias de guerra y silencios sacrificiales fuera de alcance o prohibidos), esas “esperas devastadas”, donde siguen aullando los “ladradores de tormenta y catástrofe”. Territorios cuyo signo distintivo radica en constituir nuestra indefensión radical, la irrevocable vulnerabilidad donde hemos sido -y (aún) podríamos- sabernos pasibles a su tacto e irreversiblemente transformadas.
Es hacia esta indefensión radical, donde pulsa toda latencia poética, que nos lleva la efracción que la noche abre en quienes se arriesgan a leer la vida. Territorio donde anidan risa, sueño y lágrimas, materias que pueden abrir una vida a las eróticas de lo inaudito.
A riesgo de leer la vida o una escritura de las lágrimas
En una desapercibida solidaridad con los asuntos que la historia de la filosofía en occidente hecha por hombres, canonizó como fundamentales para el pensamiento, el psicoanálisis aún perpetúa la tradición de desatención a las lágrimas.
La escucha de esta erótica de la desistencia, se demora en el acontecimiento de unas lágrimas. En el sentido de inminencia que se abre en el momento de las lágrimas. Relata:
En el transcurso de la primera sesión de análisis había sucedido una cosa inesperada, terriblemente repentina: la psicoanalista se había puesto a llorar, o más exactamente, había sentido las lágrimas subir a los ojos. Ella se había disculpado y se había alejado para poder respirar, secándose las lágrimas que, inexplicablemente, amenazaban con llevársela, de cara a ese hombre tan contenido, cansado, que le contaba un evento que había sucedido hacía treinta años y del que buscaba entender alguna cosa. Era la primera vez que le pasaba de esta manera y Dios sabe que en quince años de práctica había escuchado cosas terribles, injustas, dolorosas.
Él, el hombre, jamás había podido llorar.[vii]
En esta vertiente de la noche, se piensan la risa y el sueño, como “resoluciones eróticas”, “inventos del cuerpo”, “operadores de lo real”, o como “inteligencias del instante”, quizás podamos pensar en esa misma serie lo que hacen unas lágrimas. No deja de resulta curioso que Dufourmantelle no haya concedido lugar a las lágrimas en esta serie de posibilidades de invención de lo inconcebible:
“De alguna manera nos hacen experimentar un trauma positivo. Son un evento sin regreso, que sobreviene y eso es todo. Un riesgo radical. De la misma naturaleza que la alegría, creo, son un momento del que uno no se repone, abriendo, durante unos cuantos segundos u horas, un espacio de abertura psíquica a lo inaudito.”
(…) Testigos de una posibilidad de invención y de resistencia nueva que subvierte la repetición hacia el lado de lo inesperado. Durante un breve intervalo, irrumpen hacia lo que aún no ha sido dicho, escrito, ya firmado, ya destruido, regalándonos unos cuantos signos mágicos.[viii]
En una conferencia que llama "Pensar hasta no ver”, Derrida se detiene en unos fragmentos de un poema de Andrew Marvell, para poner en entredicho la relación que occidente construyó entre el ojo y el ver, entre la mirada y la verdad, entre la luz y la revelación, entre la visibilidad y el saber: los valores diurnos amparados en la vista, el heliocentrismo del pensamiento.
Resalta que esa historia de los ojos, de este propósito de la función visual, es una historia escrita por ojos masculinos.
Los versos dicen:
dejad que las corrientes desborden sus fuentes
hasta que ojos y lágrimas sean lo mismo:
y cada uno del otro la diferencia lleve
estos ojos que lloran, estas lágrimas que ven
Los versos ponen en escena otra forma de ver los ojos, según la cual lo propio del ojo ya no sería ver, con su corolario de saber-dominar-poseer una verdad que apacigua, sino llorar. Si los ciegos pueden llorar, las lágrimas revelarían una verdad del ojo, más acá de la visibilidad.
Los ojos entonces estarían hechos, no para ver (preveer, prevenir, predecir), sino para llorar. Y los versos sugieren algo más inquietante aún: las lágrimas ven. Habría un ver a partir de las lágrimas, ver después de las lágrimas. Habría un ver que advendría tras llorar, nunca antes.
Si un “acto de hospitalidad no puede ser sino poético”[ix], una poética no se hace sin una cierta acogida de las lágrimas, extranjeras desatendidas y desterradas de los asuntos del pensamiento propuestos por los hombres de occidente.
Una poética de las lágrimas restituye condiciones de conmovilidad en una vida, su susceptibilidad ante el tacto de las formas estremecedoras de lo vivo.
A riesgo de leer la vida, sería este abrirse paso de un tacto poético que nos arriesga a una lectura de la vida que se abre con una escritura de las lágrimas. Bajo la experiencia de la noche y de unas lágrimas, no leemos con los ojos, es preciso leer a ciegas, o también, leer con un sentido de lo nocturno.
Si el punto de partida, el punto de vista de un pensamiento fueran las lágrimas, ese punto ciego, ese punto de noche en los ojos, que consiste en un punto de agua ¿cómo escucharíamos, escribiríamos, hablaríamos en una lengua que “comienza con la mirada de Orfeo?”[x]
Al fin, en palabras de Claudia Masin,
no es para que algo permanezca que hablamos,
es para que algo tiemble y se conmueva.
Y no es cosa nuestra
lo que pase después[xi]
*Este texto fue presentado como una clase, en el marco del posgrado en curso "Interlocuciones sobre "Elogio del Riesgo" de Anne Dufourmantelle", dictado en el Centro de Salud Mental N°1, y coordinado por Mariana Duro Artola y Luciana Grande, junto a integrantes del equipo de residentes y concurrentes del centro.
[i] Dufourmantelle, A. (2018) En caso de amor. Ed. Nocturna.
[ii] Dufourmantelle, A. (2019) “Arriesgar el porvenir” en Elogio del riesgo. Ed. Nocturna
[iii] Íbid. “Otro idioma”, el destacado es nuestro.
[iv] Dufourmantelle, A. & Derrida J. (2000) La hospitalidad. Ed. De la Flor
[v] Íbid.
[vi] “Correr el riesgo de la infancia”. En Elogio del riesgo.
[vii] “El amor el niño”. En Elogio del riesgo.
[viii] “La risa el sueño – afuera del impasse”. En Elogio del riesgo
[ix] Dufourmantelle, A. & Derrida J. Op. Cit.
[x] Blanchot, M. (1955) El espacio literario
[xi] Masin, C. (2022) La Mujer maravilla y yo. Ed. Caleta olivia




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