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Impiedad del inconsciente / Marcelo Percia

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 9 minutos
  • 4 min de lectura

Así ocurren las cosas en La Zona, la película de Tarkovsky (Stalker, 1979).


Se trata de una Zona prohibida. Un territorio misterioso. Tal vez cayó un meteorito o lo visitaron extraterrestres. No se sabe.


Un Stalker (voz inglesa que se traduce como rastreador, explorador, merodeador. No como el reciente acosador de las redes sociales) ingresa a la Zona como guía de dos personajes que se conocen con los nombres de Escritor y Profesor.


Stalker representa a un baqueano avezado que ayuda a ingresar a un espacio peligroso que entraña la desaparición o la muerte.


En la Zona todo sucede de modo extraño. Se puede avanzar y avanzar, volviendo al punto de partida. No se regresa por el mismo camino. No se puede ir en línea recta.


Las cosas mutan y se transforman cada minuto.


La Zona reacciona ante lo que piensan y desean quienes la transitan.


Compone un campo de afectación.


En la Zona se cree o no se cree.


Lo maravilloso de la Zona reside en que no tiene nada de maravilloso.


Lo inquietante no reside en lo que se ve, sino en la duración de lo que se ve.

Tarkovsky hace sentir que la Zona está viva.


Lo consigue por medio de movimientos tenues o sutiles del aire, del agua, de la arena, de los pastizales.


El secreto reside en su cámara: aun los planos que parecen estáticos tienen un imperceptible zoom que se acerca o aleja (hay que concentrarse en los bordes del cuadro para notarlo).


Estos movimientos mínimos, apenas sugeridos, componen latidos o respiraciones de la imagen.


La cámara ve, la cámara piensa, la cámara cuenta.


Por momentos, Tarkovsky emplea un recurso del cine: el plano subjetivo.


Ese plano en el que la mirada de la cámara coincide con la mirada de un personaje.


Vemos cómo alguien camina por la Zona pisando los pastizales y observando hacia el frente.


De pronto advertimos un cuarto personaje que mira: la Zona.


No interesa la Zona sólo como metáfora de una catástrofe nuclear ni de los campos de exterminio y exclusión.


Ni la Zona como resto de la civilización en la que la vegetación vuelve a crecer entre las ruinas.


La Zona importa como espacio en el que acontece el tiempo.


La cámara se desliza con lentitud.


Tarkovsky no pertenece al mundo en el que la atención no puede concentrarse en una imagen más de dos segundos.


Acaso no se trata de lentitud, demora, pausa, sino de una hipérbole del tiempo o del tiempo como demasía del instante.


Los planos secuencia, continuos y sin cortes, no resultan mágicos, maravillosos, sobrenaturales, sino desconcertantes: enrarecen nuestra relación con el tiempo.


El tiempo de la cámara de Tarkovsky ya subvertía los relojes visuales en 1979.


Si se quiere (por impaciencia o por ansiedad de asirse de algo) se puede forzar el argumento: la película narra el viaje a una habitación. Un lugar que cumple los deseos de quienes ingresen a él. No deseos sentidos, íntimos o inconfesables, sino deseos no sabidos.


O, si se le quiere atribuir un contenido existencial: Escritor y Profesor buscan, pero no saben qué. ¿Algo que los salve de la desesperanza, del hastío, de la nada?


O. si dan ganas de una trama de acción y espionaje, el Profesor que representa la racionalidad y el cientificismo, hace el viaje con el propósito oculto de destruir la habitación mágica con un explosivo casero. Está convencido de que la habitación de los deseos no garantiza la felicidad y que se corre el tremendo peligro de que caiga en manos de alguien que nos esclavice.


O, si se prefiere una historia sobre la escritura, se puede contar la ilusión del Escritor que persigue la fórmula de la inspiración eterna.


O, si se necesita un héroe místico y disidente se puede acompañar la vida desgarrada del Stalker, un renegado, que no teme volver a caer preso por ingresar a la Zona prohibida, porque ya se siente preso en todas partes. Un escéptico que sólo vive por la Zona, un sitio en el que conduce a otras desesperaciones que buscan algo que no saben.


O, si se busca una anécdota curiosa y, a la vez, espeluznante: la película anticipa el desastre de Chernóbil en la base nuclear Lenin ubicada en el norte de Ucrania.


O, si se quiere resaltar su insinuación profética, los días de la pandemia o el arrasamiento de Gaza.


O, si hace falta hacer un guiño psicoanalítico: se trata de un filme que revela que en todo deseo fantasmea algo que nadie quiere ni puede saber.


Pero, no: la Zona narra el tiempo.


Como las zonas clínicas, las del amor, las de la amistad o las de las revueltas, que importan más por los tiempos de la afectación.


La escucha clínica de una palabra que dura setenta segundos, y más.



Posdatas:


Tarkovsky pone en los pensamientos de Stalker un monólogo compuesto con diferentes fragmentos tomados de El Tao Te Ching, texto de sabiduría china, atribuido a Lao Tse (siglo VI antes de los tiempos actuales).


“La debilidad es algo magnífico y la fuerza no es nada. Nacemos débiles y frágiles. Morimos en la dureza y en la callosidad. Cuando un árbol aún crece es delicado y frágil, pero cuando está seco y duro, muere. La dureza y la fuerza son compañeras de la muerte. La suavidad y la debilidad expresan la frescura de la existencia. Lo endurecido no triunfará”.


******************

La fábula de Puercoespín, el maestro del Stalker, cuenta la condición trágica del deseo.


Una vez, Puercoespín acepta guiar a su hermano por el territorio prohibido. En un momento, lo impulsa a adelantarse por el pasadizo más profundo y terrible de la Zona. El hermano muere en el trayecto. Como Puercoespín se siente responsable, decide entrar en el cuarto de los deseos para pedir que su hermano vuelva a la vida. Al salir de la habitación, sin embargo, su hermano sigue muerto. Cuando, descorazonado, regresa a su casa, descubre que se ha vuelto inmensamente rico. Pero, ¿cómo? Si ingresó en la habitación implorando por la vida de su hermano. No pidiendo fortuna personal ni embriagado de codicia: sólo inspirado en el amor.


De a poco, Puercoespín comprende lo que sucedió: más allá de sus sinceros sentimientos, la Zona le concedió su deseo no sabido, negado, reprimido.


Entonces, atormentado por la culpa, Puercoespín se ahorca.


“No estamos preparados para la impiedad del inconsciente”, algo así dice Escritor cuando decide no entrar en la habitación.


Andrei Tarkovsky- Fotograma de “La Zona” - 1979 - 155 minutos
Andrei Tarkovsky- Fotograma de “La Zona” - 1979 - 155 minutos

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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