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Asirse del aire…tal vez / Lucía Mauro

Foto del escritor: Revista Adynata
Revista Adynata
hace 6 horas
19 min de lectura

(Qué distraídos somos, qué torpes somos para las humildes almas que nos buscan

desde su olvido y quieren como asirse de una chispa, siquiera, ínfima,

de amor…)

Juan L. Ortiz

 

Parto de una cita en un libro tan vivido como agradecido: “…Pensar equivale a pararse en el aire…” En Darse al pensar, Marcelo Percia cuenta que el bailarín Nijinsky sabía volar, que interpelado respecto de la mecánica de sus saltos, dijo: “es fácil: salto y, por un momento, me paro en el aire”. Será que la simpleza de esta respuesta no logró despejar el enigma suscitado por esas zambullidas en el aire, del todo inexplicables, que hubo que convocar entonces al discurso de la ciencia y, frente a una torcedura de su pie, la radiografía tomada por el médico reveló lo que sin embargo siguió preservando lo indescifrable: una anatomía de pájaro anidaba en cada uno de sus pies.


Esa figura de "pararse en el aire", con que un pensar aletea resistiendo a la sofocación del pensamiento, resulta luminosa para reflotar la idea tan necesaria de sostén y que venga de los pies alados de Nijinsky no deja de insinuar algo más, que sea de sus pies poco humanos, de su anatomía casi animal, de su pisada de pájaro, no podría ser considerado un hecho de azar.


Intuyo que tal vez la naturaleza, en su divina trinidad: animal, vegetal y mineral, sea la que mejor nos enseñe eso que nos concierne en tanto seres hablantes y acaso sea conveniente esperar de los seres no hablantes las pistas para pensar lo que nos sostiene a nosotros, seres de palabra, aunque sabedores de la insuficiencia de las mismas frente a la "rugosa" realidad, conscientes de su "miniatura", de su carácter "resbaladizo", de "... la soledad de nuestras palabras tratando de romper la fría compacta materia..." (Juan Manuel Inchauspe, 1994). Lucidez de Inchauspe para decir con palabras lo que la palabra no puede frente a la frialdad inconmovible de una materialidad desafectada y poco porosa. Sensibilidad de Inchauspe que, sin embargo, no la espera como pudiendo venir de las palabras ni se las reclama ni entra en guerra con ellas. Lejos estamos ya de los ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo o de las perras negras que se vengan y mordisquean con que Cortázar escribió la nota 93 de su novela memorable pero, sin embargo, igual que en la rayuela, habrá que levantar los pies del suelo para saltar y volar afuera de cualquier casillero.



Después de Inchauspe ya no podemos renovar, de la misma manera, la credibilidad en la palabra. Desconfío de un sostén sólo hecho de palabras, desconfío sin desestimarlo, desconfío no como rechazo sino como creencia con reservas, como un fiarse cauteloso que, ni tibio ni dubitativo, se afirma, sin declinar en ninguna fe, en los silencios con que las palabras se arrugan y son ellas mismas mordisqueadas.


Me valgo de un poema bellísimo de José Watanabe, de su libro Animal de invierno, que dice "Nunca escuchaste canto más razonable/ que el de los pájaros que anoche huían de la tormenta: "Más vale/estar asido/del aire". Porque en el peligroso borde palpas verso como ramita providencial o frase de la filosofía como piedra para apoyar el pie. / Sí, más te hubiera valido aprender a asirte del aire" (2022). Frente a la tormenta, los pájaros saben que el aire puede ser algo que sostenga, nos advierten que un sostén tiene que ser aireado y con su canto nos alertan, pero ese sostén no está en el canto mismo (aunque pueda incluirlo de algún modo). Ese sostén no está en la rama del árbol y menos aún en el nido (que puede quedar a poca distancia de la jaula) sino en el aire mismo, ese aire que la propia tormenta podría inhalar haciéndolo jugar a su favor. Entonces, ganarle el aire a la tempestad, primerearle el elemento y hacer de él bocanada vigorosa, suspiro o aliento vital, "...una rosa de muerte para defenderse de la muerte..." como dice Juanele en su poema "22 de junio".


Ese sostén en el aire no es ancla siempre presta a terminar por hundir eso mismo que sostiene; no podría ser algo que pese más de la cuenta, algo que haya que arrastrar pues, aunque sin duda haya que sostener los sostenes, aunque supongan una medida de trabajo, no hay confusión entre quién lleva a quién y, la medida de trabajo exigida para la supervivencia del sostén tal vez ya no se distinga tanto del mismo. No somos un cadáver leproso arrastrando tras sí otro cadáver leproso, como decía Schreber su sufrimiento de ser demasiado apalabrado. Sus memorias son el testimonio de la violencia de las palabras (Manuel Inchauspe), del “instante supremo en que salto o me pudro” (Raúl Gustavo Aguirre), de esa basculación entre Nijinsky o Schreber, salto o carroña, asirse del aire o liegen lassen.


Watanabe lee en la naturaleza la consistencia propia de un sostén. No es un amarre que fije, que agarre, que retenga, que impida la movilidad propia del naufragio, de la deriva con que los nenúfares se desplazan en el río sin ahogarse y hasta sirviendo de asiento a otras formas de vida ("un mundo donde quepan muchos mundos") en un viaje o derrotero incierto abierto a las corrientes vitales del agua y de los vientos.


En la lengua de los parientes del mar, se dice “hacer camalote” para referirse a la acción de ensamblar los botes entre sí dejando que las embarcaciones sean remolcadas por la corriente del agua. La invitación a hacer camalote suele surgir del cansancio (aunque puedan intervenir causas más oscuras: hastío, pereza, dispersión) y la necesidad de soltar los remos por un rato. Es una puesta en suspenso, una pausa o recreo en la acción de remar. Dícese de la siesta o respiro que detiene el rítmico paleteo pero no así el andar y, menos aún, el viaje que continúa. La navegación sigue.


Ese “camalote humano” sólo en apariencia es isla flotante pues no supone ningún aislamiento sino que, por el contrario, enseña que sostenerse sólo puede ser “sostenerse con” (antes que “en”).


Hay en el aguapé toda una retórica del sostén que merece ser leída; casi una poética del mantenerse a flote descansado y en compañía de otros con quienes eximirse del trabajo de remar pero no por la vía de que la tarea recaiga entonces sobre ellos. No se trata de descansar fatigando al otro, no es un descanso a costa del agotamiento de los semejantes, tampoco un asunto de relevos o turnos, de división o alternancia del trabajo sino que con esos otros no sólo se comparte el viaje sino también la calma.


Basta contemplar ese ir y venir de los camalotes, en ronda y marcha silenciosa, como sabemos se defienden las grandes causas, para pensar la necesidad de un “a imagen y semejanza” que, ni religioso ni divino, haga suyo el saber de la naturaleza.


La “tribu camalote” tiene sus mitos de origen; uno de ellos dice que “…un día una pequeña plantita originaria del aire y nueva en la tierra, llamada Ka, quien crecía al borde del río y cuyo sueño desde que nació había sido flotar, dijo si unos cuantos de nosotros aprendemos a flotar, nos moveríamos con el río y nos desplazaríamos constantemente en él, aprenderíamos a ser puentes mediadores entre orillas y podríamos estar más cerca de la esencia del agua para comprenderla y ayudarla a limpiarse…” (Bestiario fantástico de islas, de la Biblioteca Popular Santa Genoveva ubicada en el Arroyo Felicaria).


Es así como las recreaciones humanas de ese vergel itinerante respetan la legalidad de su formación para darle vida como ensamble, unidad sin ser una ni única que hace conjunto no adhesivo, comunidad mediadora entre orillas o archipiélago andante esquivo respecto de la fijeza y soledad con que toda isla, en su agresión de desierto, pone un paréntesis al río.


Es que ¿cómo podría una isla venir a recoger la “naturaleza” de ese camalotal humano que tiende puentes mediadores entre las orillas enemistadas?


¿Podría acaso el carácter de emergente de una isla ser suficiente para contrarrestar el hundimiento, que su anclaje al lecho fangoso del río denuncia, y así poder decir la liviandad móvil de esa dispersión de raíces, tentáculos verdes que sobrenadan desinteresados de su sepultura en el fondo?


El camalote rechaza cualquier asimilación a una isla; fiel a esas líneas por siempre inolvidables de John Donne, a esa declaración de principio para cualquier tratado de la vida en común de las soledades que somos: “…Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un terrón fuese arrastrado por el mar…sería lo mismo que si fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o tuya propia, la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la humanidad; y, en consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti…” 


En el poema “Hora triste” dentro del Libro de imágenes, Rainer Maria Rilke parece conversar con el John Donne de Devociones. Se trata de versos en manifiesta cercanía con las líneas del poeta inglés. Se lee allí una complicidad de letras que resuenan pero sin eco y sin espejarse, que se aproximan en una tierna y sentida comunidad de pensamiento que termina por hacerlos de una misma época, sin importar la brecha de 300 años que los separa en dos orillas y tan sólo por el simple pero suficiente hecho hermoso de haberse animado a la cita con las mismas inquietudes demasiado humanas.

“…Quienquiera que sea que se esté muriendo en alguna parte del mundo sin razón muere en el mundo, me concierne a mí…” (Rainer Maria Rilke)


“Cualquier hombre”, “Quienquiera que sea” en su muerte me afecta, me concierne disminuyéndome, poco importa de quién se trate. Esa pérdida en el mundo es también una resta que se anota en las cuentas de la propia vida por la sencilla razón de que ese otro no puede, aun siendo cualquiera y en su radical alteridad, desmentir la simpatía que me acerca por pura humanidad.


Sándor Ferenczi escribió su máxima “Sin simpatía no hay curación”. Su diario clínico es testimonio de su interés por anotar en las cuentas del analista los afectos que, suscitados por el analizante, lo disminuyen y lo conciernen como condición de posibilidad de toda curación.


Gran parte de la tradición psicoanalítica ha intentado hacer del analista una isla por la vía de una idealización de las figuras del muerto, del espejo no reflexivo y, por lo tanto, de un analista que desafectado se vacía de su “presencia” y de su “persona” para hacer surgir el rostro angelado de su humanidad perdida.


Tal vez toda escritura venga ya con un destinatario y toda letra se suponga entonces leída y ya antes bocetada, insinuada o ensayada en otras grafías precedentes pues, después de todo, no es posible escribir en soledad y ninguna escritura merece ser una isla; mejor hacer camalote de botes, de versos, de letras, de afectos.


Hubo una vez en que, ese poema que es el paisaje del litoral, conoció su escritura y se llamó En el aura del sauce. Allí, Juanele se pregunta "... ¿De dónde nos asimos en el dulce naufragio? / ¿De la estrella primera, / del fosforecer de las luciérnagas? / ¿De aquel silbido, / o de este canto tímido de pájaro? / Y los grillos? ..." Y hace algunas aproximaciones, va tanteando respuestas a las que el signo de interrogación deja entonces en una posibilidad de planteo, en una posibilidad de amago, en esa modalidad de existencia que Freud pensó para los afectos en el inconsciente. Juanele bosqueja opciones sin pronunciarse por una u otra; tal vez sólo interese ese signo de interrogación que es menos gancho para sujetar o agarrar que pincelada final con la cual introducir la vacilación sobre cada una de ellas o, como dice Silvina Ocampo, en su cuento para chicos grandes y para grandes chicos titulado “Los ruiseñores de Biriatú”: “…un signo que tiene la forma del cuello de un cisne que pasa por el lago…”. Sólo basta hacer de ese signo un ave para que aprenda a volar o a flotar en el dulce naufragio.

Todas las posibilidades tanteadas por Juan L., en tanto venidas de la naturaleza, llevan la marca de la caducidad y de lo etéreo como legalidad de lo vivo, participando de la ligereza y la liviandad con que lo existente relampaguea. Esta idea de un sostén que escapa a cualquier forma coagulada, que es fosforecer antes que luciérnaga, que es canto antes que pájaro, aura antes que sauce, tampoco admite ser asimilada a la dimensión de la palabra, que sabemos no eximida de su pendiente de plomada pero que, aún en sus versiones más volátiles, acoge "mal" esa levedad con que el silbido, el fosforecer o la estrella en su titilar evaporan el sentido con que los significantes se aploman. Pues, si después de todo, "...nosotros, allí donde sentimos, nos evaporamos; ay, nosotros..." (Rainer Maria Rilke, 1912-1922) es porque entre tanto el sentido devino sentimiento, sensibilidad, afectación capaz de derribar la admiración por la terriblez de todo ángel indolente e indiferente.


En las Elegías de Duino, donde Rilke presagia "...lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible...", pasa desapercibido el enigma que cifra lo terrible, rápidamente atribuido a la belleza y omnipotencia del ángel, pero es en el hecho de que "...lo admiramos tanto porque él, indiferente, desdeña destruirnos..." donde reside la auténtica terriblez: ¿cómo podríamos acaso admirarlo en su indiferencia? Esa impasibilidad ¿no resulta en sí misma destructora? Y, más aún, ¿por qué sería admirable lo absoluto de un poder capaz de darnos o quitarnos la vida?

La terriblez del ángel ha terminado por ser, después de todo, algo leve frente a lo verdaderamente terrible, ya de nuestro lado, del lado de nuestra admiración por esa indolencia, por esa frialdad e insensibilidad profundamente cruel.


¿Cómo sorprendernos con la crueldad de estos tiempos cuando esos son los resortes de lo admirable?

Marcelo Percia advierte, en Darse al pensar, que admiración y afectación no tienen entre ellas ninguna relación, que la admiración propicia devoción mientras que la afectación es afinidad alegre que acontece como fatalidad de la emoción. Ahora sabemos que la admiración puede ser por lo desafectado, que se admira desafectándose, que la admiración es conjuro para las emociones con que nos podemos llegar a conmover como sensibilidades que somos.


Si nosotros, afortunadamente desangelados, porque sentimos nos evaporamos: ¿cómo podría un sostén cumplir su función para el hombre si se pretendiese de una naturaleza diferente de la de aquello que sostiene? ¿cómo podría un sostén sostener al ser hablante si se erigiera desmintiendo la fugacidad propia de lo vital ahí donde "... ¿Acaso soy un soplo en la tormenta o una ola en el lago? ..." (Rilke, 1898-1901).


Sabemos, sin embargo, que esos sostenes pueden fallar y esa estrella primera, en la que hasta el momento hubimos de asirnos en el naufragio, revelarse ensombrecida y nosotros, como el Alazán de Atahualpa, pisar en falso y precipitarnos en súbita caída.

"...Oscuro lazo de niebla / te pialó junto al barranco. / ¿Cómo fue que no lo viste...? / ¿Qué estrella estabas buscando...? ..." (Atahualpa Yupanqui, 1979).

En el programa de televisión española "Retrato en vivo", Atahualpa, antes de entonar el tema "El Alazán", dice "para que la pena no parezca mucha pena la hice canción" y agrega, aclarando, "pero es pena".


Federico García Lorca escribe el poema “Pajarita de papel”. Pudiendo haber sido un “barco silencioso”, un “buque fantasma” o un “triste borriquito” (tan triste tal vez como el platero de cartón, ese burrillo de juguete, para que Juan Ramón Jiménez olvide el frío anochecer con que la muerte ensombrece todo cielo infantil), Lorca elige una pajarita, un ave creada por las manos de los niños, ciega y sin alas, para reírse del destino (mientras los padres callan) y gritar la eternidad de la mañana capaz de borrarle cualquier ocaso.

Venida de un juego de pliegues y dobleces que torció su suerte de “barquito de papel” igualmente estará hecha para el dulce naufragio cuando navegar “…era jugar con el viento, era una sonrisa a tiempo fugándose feliz de país en país…” (Juan Manuel Serrat, “Barquito de papel”)

Y nos llegan entonces estos versos conmovedores: “…Y aunque no crees en nada dices esto, no se enteren los niños de que hay sombra detrás de las estrellas…” (F.G. Lorca, “Pajarita de papel”).

García Lorca sabe del “oscuro lazo de niebla” que te piala y hace perder la estrella; enterado de la sombra que puede llegar a esconder el lucero primero, dice así tanto el avatar de todo sostén como la pretensión de callar, para los niños, esa fatalidad de inevitable vacilación que le toca.

Lorca desliza su idea de sostén y, más precisamente, de lo que puede ser sostener una vida infantil, del sostén como ahijar una vida. ¿Tendrá que ver acaso con ocultar o disimular el cono de sombra que se esconde detrás de las estrellas? ¿con agrisar la negrura nocturna? ¿con tranquilizar la noche tendiendo un manto de estrellas? y pintar con Van Gogh la noche estrellada para decir con él que “ver las estrellas siempre me hace soñar tan simplemente como me hacen soñar los puntos negros que representan pueblos y ciudades en el mapa” (carta a Theo, 9 de julio de1888)


¿O quizás tenga que ver con dejar que la mancha de humedad, descubierta por una Juana de Ibarbourou niña, filtre su universo de ríos, islas, selvas, flores, rostros, animales o cuanto se quisiera tener? sin pretender taparla a pinceladas ni empapelarla para devolver lo inmaculado de una pared donde se despeñen los sueños como se despluman las aves.

Sostener a una infancia no como renegación de realidades inevitables, ni como creencia necia que desmiente un real doliente sino como cuidado de la risa, como resguardo de la posibilidad de empuñar la risa.


Miguel Hernández escribe las “Nanas de la cebolla” desde la cárcel y como respuesta a la carta que recibiera de su mujer Josefina donde le contaba que ella y su hijo sólo tenían pan y cebolla para alimentarse. Morirá poco después de tuberculosis pero antes dejará, para la memoria imborrable de todos nosotros, esos versos de la resistencia vueltos canción de cuna, esas seguidillas que son consuelo arrancado al más profundo desasosiego, tibio consejo paternal para ese niño recién venido de cuyo porvenir ya se sabe ausente.

Esas letras, que claman “no te derrumbes” y exhortan a la risa siempre, componen una canción de despedida que es al mismo tiempo anuncio de una herencia, de un don, de una transmisión que excede a su pequeño hijo volviéndose legado para toda la humanidad.

La pregunta por el cómo sostener una vida infantil no podrá ser ya más una pregunta en soledad después de estos versos que son rayo que no cesa ni se agota.

“…Desperté de ser niño. Nunca despiertes. Triste llevo la boca. Ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma…No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre…” (Miguel Hernández)


Tal vez ahijar una vida infantil no sea tanto desconocer lo que pasa afuera ni proteger una supuesta “inocencia” de las infancias, ni que sean los ojos los ensombrecidos pero para buscar una anestésica ceguera que convierta a los mismos niños en “pajaritas de papel”. Sino quizás se trate de mantener una tristeza inevitable en reserva, no tanto ahorrar una tristeza como guardarla, no evitarla sino demorarla, hacerla canción (como dice Atahualpa) o hacerla cuento. Es sabido el poder del cuento como precursor del sueño en los niños, como “guardián” del dormir (podríamos decir con Freud) y, por ello mismo, como disipador de los temores que desvelan las almas infantiles.


En los pequeños, el súcubo de pesadilla se llama “cuco”. El cuco es un ave de tamaño mediano que pone sus huevos en los nidos de otra siendo parásito de puesta, es decir, usa individuos huéspedes para criar su descendencia liberándose de esa tarea o de la construcción del nido. Se desentienden entonces de sostener a sus crías y terminan por ser ellos mismos los sostenidos por sus semejantes.

Al fin y al cabo, no todo es grato lo que cabe esperar del reino de los pájaros, sea el cuco o el ave grisácea con que el alma de Alejandra Pizarnik, en sus diarios, oscila entre lo bello y lo terrible, entre la pluma entintada que escribe su testimonio fechado y la que se desprende del cuerpo del ave una vez que ha conocido la muerte.

“…Ningún libro puede ya sostenerme…” escribe el 27 de junio de 1955. Ya no hay cuento que apacigüe, ya no hay historia relatada que tome a su cargo la tristeza y releve de lo que despabila dolorosamente.

Quizás sostener a un hijo suponga ser depositarios de esa tristeza, inclinarla o hacerla caer un poco del propio lado hasta que, en un momento, sea posible lo que Mele Bruniard grabó con los kontós americanos y la manga de langostas diciendo “…oscurecieron el cielo de la infancia…ocultaron al Padre…”


Sabemos, por las xilografías de Mele que el sol también puede llevar impresa la sombra en la mirada y si la hormiga, interpelada por el caracol acerca de qué son las estrellas, responde “…vi miles de ojos dentro de mis tinieblas…” (F.G. Lorca, “Los encuentros de un caracol aventurero”), el bestiario fantástico de Mele supo, en cambio, tallar las tinieblas en los miles de ojos que singularizaron sus seres de tinta. Imposible olvidar los soles de la naturaleza esculpida de Mele, de miradas fruncidas, los rostros nublados de esos soles que cargan sobre sí los dolores del mundo, testigos inmemoriales de las penas de la humanidad pues “…que la pequeña vida continúa y que todo dolor importante tiene testigos, aunque sea un perro, el sol o las mentiras…” (Juana Bignozzi, “La vida en serio”).


Cuán necesario un testigo para que la “importancia” de un dolor no empequeñezca la vida, para que no la angoste, para que la vida continúe como río que pasa y lo estrecho sea lo íntimo y cercano de un abrazo y no el empobrecimiento de una vida disminuida.

En los grabados que estampan la fauna fantástica y los cielos de soles de Mele Bruniard se insinúan los custodios necesarios para toda aflicción.

La enumeración de Juana Bignozzi es precisa y ajustada: un perro, el sol, las mentiras.


¿Cómo no evocar aquí a Diana, la “compañera discreta” del poeta del litoral? “…esculpida en un gesto de caza hacia las estrellas del abismo…” (J.L. Ortiz, “Diana”). ¿De qué gubia viniste Diana? ¿con qué buril te tallaron esa “pureza de líneas”? Igual de fantástica que los seres de la animalia mitológica de Mele, compuestos como ensamble de diferentes bestias domesticadas. Tu mestizaje te ennoblecía en “auténtica aristocracia”. Condensabas la lealtad propia de las almas caninas, delatada en “esos ojos sesgados húmedos de una inteligencia casi humana”, con la “suavidad felina” mientras que, con tu humilde y sensitiva actitud, alejabas de ti la bella indiferencia con que los gatos se exhiben desafectados en falso señorío.


No todo es dulce en este naufragio. Ahí, en la amargura, ¿de dónde nos asimos?


León Felipe le escribe a un Quijote vencido y derrotado los versos más alentadores que J.M. Serrat pudiera entonar.

Testigo de las pesadumbres que habitan al hidalgo caballero, no pretende atajárselas haciendo de sus penas las propias, cargándose el dolor ajeno en heroico sacrificio sino que se trata, más bien, de un humilde “…háblame de tu tristeza no me voy a entristecer yo la única desdicha es propia…” (Rosario Bléfari, Poemas de los 20 en los 80), un compartir las penas en sentida confidencia, un confiarse los dolores en una común tristeza que sin olvidar “lo ociosa y abollada de toda armadura” encuentra, sin embargo, cómo proteger de la innecesaria aflicción de sufrir en soledad.

“…hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar! …” (León Felipe, “Vencidos”). Podría decírsele a este “caballero del honor” que dio “sepultura a su amoroso batallar” que renuncie a los honores pero no a la lucha, siempre y cuando el batallar no sea contra molinos de viento; decirle también que mejor asirse de ese viento como el cóndor que “…moviendo sus alas desata los vientos…” (Taki Ruru, “Poderoso cóndor”) y que darse aliento es recibir un modo de asirse del aire.


Luis Alberto Spinetta, “el flaco”, en su “Plegaria para un niño dormido” reza “…Que nadie, nadie despierte al niño déjenlo que siga soñando felicidad destruyendo trapos de lustrar alejándose de todo mal…” Tal vez asir una vida infantil suponga “lustrar” la rugosa realidad menos para sacarle brillo que para pulir lo áspero, para suavizar lo desapacible de todo mal.


Elsa Bornemann, la escritora de nuestras adolescencias, hace hablar a un animal en Cuadernos de un delfín, escribe el diario de Simo para dar tratamiento a la orfandad, a la separación, al exilio, a la exogamia y al "entre-cautiverios" en que puede transcurrir una vida (del cautiverio primero en la familia de delfines al cautiverio del espectáculo, del show de pantallas y flashes, de las verdaderas "redes de pesca" con que se apresa una existencia). Pero también, este "libro del desasosiego" hace escuchar que, frente a las fantasías de "ocultar su dolor en la profundidad de la piscina y arrastrarse hacia el fondo azulejado", el lazo de amistad con su entrenadora lo mantiene a flote. Poco importa que no hablasen "el mismo lenguaje", que las palabras no comunicaran, "que no se entendieran" por la vía del lenguaje articulado. No era la palabra lo que allí lo hacía dar esos saltos fuera del agua para los cuales el "hundirse hasta el fondo" era envión (antes que caída o derrumbe), empuje, impulso para un ir más allá que hacía pie en el amor a Renata, en el afecto. Y es así como Simo, después de negarse a salir del agua, de mantenerse en el fondo como acto de rebeldía o resistencia, se aventura al salto que es menos obediencia a un llamado que un arriesgarse a "pararse en el aire", ahí donde reconoce que la vuelta al mar, aun aconteciendo, no habría de retornarlo ya a la escena desde hace rato perdida y que "sin Renata, las aguas marinas le devorarían los ojos y él, ya ciego, la llevaría como un fantasma, asida en su corazón". "Hendí el espacio con mi salto vertical. Casi un pájaro unido al aire...". No interesa aquí pensar el amor como cautiverio sino, por el contrario, como impulso para un salto que haga levantar los pies, el salto no como respuesta a la demanda de exhibición, no como cumplimiento con los requerimientos del libreto del show ni como sumisión a los reclamos del negocio capitalista con que la fauna silvestre deviene mercancía sino como gesto que lo lanza fuera del agua, que los sostiene suspendido fuera de la piscina asido tan sólo de un amor, del afecto con que las amistades traicionan el tedio vital.


El testimonio de Simo conmueve, se pregunta "... ¿Dónde estaba mi mañana? ¿Tras qué sombra o qué luz mi destino, impaciente, aguardándome, se resistía a mostrarme su cara hecha en tiempo futuro? ¿De qué modo me cobijaría? O tal vez me dijera basta... ¿Y si pronunciaba esa palabra que torna ceniza a aquel que la escucha? ¿Ya tan sólo un recuerdo sería entonces? ¿O mi esqueleto olvidado, filtrándose en la tierra lentamente, volvería a tener vida y angustia hecho planta, hecho pluma, simple gota en el pico de un pájaro?..."


Su soliloquio dice acerca de esa profunda comunión con la naturaleza, esa continuidad o complicidad con sus formas admirables hechas de silencios, de soledad sin desolación, del rumor de hojas (el mismo que se escucha cada vez que se abre un libro) antes que de cualquier palabra, de cenizas como restos de una vida encendida, de lo que florece y se marchita o de lo que "ayer maravilla fue pero sombra suya aún no es" (Luis de Góngora). Y aunque en las venas, antes que sangre, nos corra una corriente vegetal (Juanele, "Señor" en En el aura del sauce) o una de aguas turbias de limo fecundo (Beatriz Vallejos, "Al Paraná" en Alborada del canto) y nos creamos, por ello, autorizados a erigir la ilusoria esperanza de aprender de la tierra el enigma del destino que, concedido a la semilla, al corazón humano le fue negado[1]; será tal vez más fecundo recordar aquí las enseñanzas del aromo que, sin desmentir el hachazo de la muerte, con sus "raicitas muertas de hambre", sabiendo entonces que no es allí donde puede sostenerse, "...en vez de morirse triste, hace flores de sus penas" (Romildo Risso, "Aromo" en Aromo. Poemas nativos).


La pregunta por el sostén insiste. Es que una pregunta no suele ser materia de respuestas (como tampoco una promesa asunto de cumplimiento) sino de cómo formularla. Y, si de respuestas se tratara, entonces prefiero las que avivan el repiqueteo de la inquietud a las que apagan la chispa encendida del interrogante a baldazos de diccionario.

Ahora sabemos, gracias a Juanele y Watanabe, que la palabra “asirse” puede ser un modo fecundo de plantear la pregunta por el sostén, una manera de aligerar el peso sufriente o la tolerancia sacrificial que la idea de sostén mete de contrabando, cual caballo de Troya, del mismo modo en que sugiere la necesidad de la fuerza y la defensa para combatir la caída.

Nos parece que el asirse no se pretende garantía de no caída. Más despreocupado respecto de los baluartes de firmeza, estabilidad y permanencia, con que el yo se enarbola infatuado con la majestad que sólo cabe reservar a un niño, tampoco deja que se cuele en su trama el significado de “soportar” con el que el sostén suele consentir.

Y aunque no pueda evitar la referencia a las “manos”, que su proveniencia de la palabra “asa” le obliga, cabe recordar aquí los versos de José Pedroni: “…Hay muchas clases de manos…Fíjate en la mano que zurce. Es la mano que vuela. En su ir y venir trae el cielo a la tierra…” (“Manos” en La hoja voladora) Así, el asirse se inclina hacia la caricia que levanta y se distancia del manotazo que derriba.



[1] "Semilla que te has abierto

con miras de hacerte árbol;

corazoncito de flor

que te hacés cuerpo, con barro:

 

¿Cómo jué que no moristes

si te juistes marchitando

y jué por no tener vida

que de la rama te has caído?

 

¿Qué tendrá pa vos la tierra,

que no tiene pa´l cristiano?

¿Qué tendrá tu corazón

que no muere sepultándolo?..."

Romildo Risso, "Lo que son..." en Aromo. Poemas nativos.


Nicola Constantino - Mural Inverso - 2025 - Ceramica Nerikomi - 240 x 210 cm
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Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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