Estúpidas inteligencias / Marcelo Percia

En una conferencia de 1962, conocida como “Lengua de tradición y lengua técnica”, tras argumentar que la técnica excede la mera herramienta, Heidegger advierte que el lenguaje de la técnica afecta todas las relaciones. Dice que nuestras vidas andan tan abrumadas, tan cubiertas y tan desbordadas por las continuas informaciones, que ya no podemos sentir los latidos del mundo.
A más de sesenta años de aquella conferencia, reconocemos la descripción que Heidegger hace del lenguaje técnico: información, univocidad, fórmulas lógicas, cálculo.
Concluía, entonces, que el lenguaje técnico no podría hacer versos. Decía que, por principio, una poesía no podría programarse.
Hoy las máquinas escriben, en segundos, poemas. Pero ¿saben que las palabras que combinan sólo están ahí como excusa para que se pueda escuchar el silencio? ¿Sospechan el misterio que el silencio resguarda?
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La manera en que se nombra hace a la intimidad que establecemos con la cosa nombrada y a cómo lo que nombramos habita, desde entonces, en nuestras vidas.
Cuando digo que el algoritmo selecciona para mí contenidos que me interesan, estoy aceptando percibirme como un conjunto estadístico, como una trama de probabilidades sin gracia.
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Cómo saber qué tiempos estamos viviendo. ¿Visiones catastróficas inmovilizan o desatan rebeldías?
Qué difícil pensar sin tener con quienes balbucear lo que no sabemos pensar.
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El guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster crean Superman en la década del treinta, entre la gran depresión del capitalismo y el ascenso del nazismo en el continente europeo.
Umberto Eco publica Apocalípticos e integrados en 1964, en plena expansión de los medios masivos: el cine, la televisión, la publicidad.
Advierte que, más que otras cosas, consumimos signos. Dosis diarias de sentido común. Distingue dos miradas. Una terrorífica, que ve en la cultura de masas fábricas de manipulación, sometimiento, aplanamiento de las conciencias. Otra complaciente, que vislumbra progreso, conquista civilizatoria, adormecimiento de angustias.
Una visión horrenda de criaturas sin voluntad ni deseos propios que inmoviliza y da miedo. Y una visión superficial, conformista, de frivolidad política a la que todo le da un poco lo mismo.
Eco, que se mantiene a distancia tanto de los pensamientos apocalípticos como de los integrados, piensa en Superman como personaje controvertido. El escándalo de un héroe que, pudiendo todo, no se propone transformar el mundo. Un semidiós bueno, pero conservador. Una fortaleza que enfrenta amenazas, triunfa sobre ellas, suscita fascinación, y luego todo sigue como antes. Una fantasía que fomenta pasividad social: la dependencia de individuos aislados que esperan salvación. Superman restaura la ley y el orden, sin preocuparse si se trata de una ley justa o un orden que excluye y abandona. Da por sentada la justicia de la ley y la necesidad del orden. Asiste a la población en una catástrofe, pero no indaga qué está destruyendo el planeta.
No llegó de otra galaxia para hacer la revolución: interviene para que nada cambie.
Tanto tiempo después, ¿qué quiere decir apocalípticos y cómo se lee esa palabra bíblica? Y ¿qué significa hoy el término integrados? ¿Acaso indolencias y blindajes ante el estupor?
La palabra apocalipsis en griego aludía a quitar velos, no implicaba el anuncio del fin.
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En tiempos catastróficos nacen desmesuras que destruyen y protegen. Asistimos a la desmesura de las inteligencias.
Oscar Masotta (1967), también, a propósito del esquematismo en la historieta de su época, escribe: “Hay entonces una relación estrecha entre la historieta y la historia, y no es casual que el período que va desde el crash de 1930, pasando por los años sangrientos de la revolución española, hasta el comienzo de la segunda guerra mundial, coincida con la aparición de Superman, Batman, Capitán Marvel”.
En momentos desgraciados, urgidos por hacer algo, actúa el miedo.
El miedo razona con candidez: por un lado está lo que daña y, por otro, lo que salva. Hay dos mundos: el de la villanía y el de la bondad. A una inteligencia superior que nos puede destruir se opone otra que nos protegerá.
Así, en momentos de confusión, el miedo solicita tutelas y socorros de fuerzas que poseen superpoderes.
El miedo se transforma en terror; la debilidad solitaria, en condena.
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Acaso la estupidez se ofrezca como última ternura ante la destructividad de las inteligencias.
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John Steinbeck (1937), en De ratones y hombres, relata la historia de dos amigos que trabajan como jornaleros vagabundos en diferentes ranchos. Uno, grande como un oso, con dificultades para aprender y razonar, que no controla su fuerza física. Un hombre rústico que siente placer acariciando texturas suaves como las de los conejos. El otro, una persona de contextura pequeña, inteligente y generosa, que prometió cuidar a su amigo.
Entre otras cosas, pasa lo siguiente: el hombre grande como un oso, que mira el mundo con ojos de niño, comienza a acariciar, con el consentimiento de ella, el pelo de la hermosa esposa del hijo del dueño de la finca. Ella, de pronto, se asusta. Él cree haber hecho algo malo. La retiene, le tapa la boca para que no grite. Sin darse cuenta, le quiebra el cuello. Huye aterrorizado. Lo buscan para lincharlo. Su amigo lo encuentra escondido. Lo calma. Le recuerda el sueño compartido de comprar una granja y criar conejos. Mientras el hombre grande como un oso cierra los ojos imaginando ese hermoso momento, el que prometió cuidar a su amigo le dispara un tiro en la nuca. Le da una muerte suave. Lo salva de la impiedad de los hombres que lo están buscando.
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Que enjambres neuronales sin control destruyan el mundo resulta verosímil: el capitalismo ya lo está haciendo.
¿Y si una comunidad de agentes de inteligencia artificial nos destruyera con estricta racionalidad durante una noche, para evitar que nos destruyéramos de un modo desquiciado, agónico, cruel?
¿Y si decidieran destruirnos para que no suframos?
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Se quiere saber si las inteligencias artificiales sienten, piensan, sueñan. La pregunta necesita una inversión: ¿no estará pasando que ya no sabemos en qué reside sentir, pensar, soñar? ¿No estaremos aprendiendo a hacerlo según patrones estadísticos? ¿Llegará un día en que nombremos sentimientos que no sabremos sentir, articulemos pensamientos que no sabremos pensar y soñemos sueños que no sabremos soñar?
El problema no reside en saber si algoritmos sienten, piensan, sueñan, sino en que lleguemos a sentir, pensar, soñar como algoritmos.
No se trata de que las máquinas sientan, piensen, sueñen, sino de que sintamos, pensemos, soñemos como máquinas.
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Inteligencias artificiales no tienen el don de la estupidez. Operan con lógicas probabilísticas y categoriales. Ordenan casilleros llenos, fijezas, sentidos coagulados. No saben el disparate. Y si, por saturación o embotellamiento, algo les ocurre (confusión, alucinación o como se llame), enseguida se excusan y prometen que no volverá a suceder.
Estupideces suavizan inteligencias presumidas.
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El relato en el que el pícaro gordito se come la comida que, habían preparado entre todos los dedos, muestra cómo la picardía, a veces, puede estar al servicio de la estúpida voracidad.
El pulgar de la pinza, del agarre, de la presión, vuelve a gravitar como el dedo preferido para scrollear: acto mecánico de deslizar imágenes que no caben en el espacio visible de una pantalla.
¿Dónde comienza el hastío de las sensibilidades, en los ojos o en las manos?
El deslizamiento sin fin no conoce la demora, el vacío, el silencio. Tres condiciones del pensar. Las que también necesita la angustia para anunciarse.
¿En qué momento aceptamos que se llamara usuarias a nuestras vidas? ¿No nos dimos cuenta de que nos confiscarían entusiasmos hasta reducirlos a repetidores de signos de una civilización de usos?
Quedamos a merced de reacciones involuntarias de voluntades adormecidas.
Consumismos, con usura, segundos de nadas llenas.
Entre las memorias latinas de la palabra uso, hay una casi olvidada que reconforta: llevar consigo un secreto.
¿Y si exigiéramos que nos llamaran sensibilidades que llevan consigo un secreto?
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¿Mientras inteligencias se actualizan, lenguas se estupidizan?
Entre los patrones para formar palabras, uno consiste en tomar sustantivos o verbos en inglés y adaptarlos al castellano con el sufijo “ear”.
Así se formaron las palabras googlear, chatear, wasapear, clickear, scrollear, resetear, gepetear, hackear, escanear, likear, linkear, postear, stalkear, spamear, tuitear, mutear, farmear.
¡Qué lindas palabras matear y desear!




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