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Caligrafía Nómade XXXIV / Patricia Mercado

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 2 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Benjamín tenía el pelo lacio y un silencio hondo en la mirada.

Había nacido en el pueblo hacía un poco más de una década. Su mamá cocinaba guisos y milanesas y los vendía a los vecinos para poder criarlo, a él y a su hermanita.

Benja, como le decían todos, iba a la escuela, y lo más lindo eran los recreos para jugar a la pelota. Corría atrás de la redonda con ansias de gol. Inventaba diagonales, curvas y puntos abruptos sobre los baldosones rojos.

Horizontal, el mundo se extendía bajo sus pies ágiles y soñadores, hasta que la voz aguda de la maestra sonaba del otro lado del patio llamando a clase.


Cuando empezó el verano, y la escuela cerró por vacaciones, el hijo mayor del carnicero volvió de Mendoza, donde estudiaba para matricularse como guía de montaña.Volvió, y construyó una palestra sobre la pared del viejo tanque de agua del pueblo.

Linda y vistosa, la palestra parecía una piel llena de granos de diferentes formas y colores.


Vestido con la flamante camiseta de Argentina, con el diez en la espalda, y los pantaloncitos de fútbol que le regalaron para navidad, Benja se sumó a la troupe de tres o cuatro muchachones que por las tardes iban a entrenar.


Ahí comenzó a trepar.

Le enseñaron a untar sus manos con polvo de magnesio para evitar resbalarse. Le consiguieron un par de zapatillas de escalada de su talla. Verdes y amarillas, las zapatillas parecían una promesa.

Los muchachos lo alentaban y le iban indicando secuencias, más fáciles, más difÍciles, para hacer la trepada.

Pie-pie, mano-mano, y así.

A veces se caía e iba a dar sobre los colchones que habían puesto junto a la pared por precaución.


No faltó ni una tarde ese verano.


De a poco, su cuerpo memorizaba un modo vertical de andar el mundo.

Cada tarde, en esa pared del viejo tanque, aprendía a soñar la piedra. La de las montañas que rodeaban el pueblo y saludaban con su presencia imponente en cada una de las ventanas de las pocas casas desde el amanecer.


En marzo, cuando el viento se hizo frío, el hijo del carnicero volvió a marcharse.

De camino a la escuela, cada mañana y cada tarde, Benja pasaba frente al viejo tanque y miraba la palestra con tristeza.



Un mediodía llegó a su casa que estaba vacía.Su madre y su hermanita habían viajado a la ciudad a buscar los remedios como cada fin de mes.

Sobre la mesa del comedor lo esperaba un plato repleto de guiso tapado con un repasador azul.

Se sentó a comer y sintió una urgencia a la altura del pecho.

Dejó el almuerzo por la mitad y fue a la pieza donde dormían él y su hermana. Con un manotazo sacó de la mochila la carpeta de la escuela y la tiró en la cama. Cargó las zapatillas, esas raras como decían los chicos, y agua.

Rumbeó hacia el cañadón.

Dos horas después estaba frente a la pared de piedra.Tan silenciosa como él.

Esta vez no se puso a silbar ni a buscar con la mirada algún guanaco en la extensión de la estepa.


Se calzó las zapatillas. Se untó las manos con el polvo de la latitta plateada que los muchachos le dejaron cuando terminó el verano y confió.

El corazón latió fuerte y empezó a subir.

No era el semblante amable de la palestra. Ni había colchones.

La severidad de la piedra convocó una hombría que él desconocía.

Estaba solo.

Hizo fuerza con los dedos y las puntas de los pies. Su cuerpo inventaba, de a poco, el camino.

Trepaba sin mirar abajo, como si la irradiación del vacío moviera cada músculo.


Iba en pos del cielo con determinación. El anhelo crecía con la altura.

Subía, pero la piedra se alargaba,ascendente, en cada uno de sus pasos.


El brazo izquierdo comenzó a tirarle. Cada vez más.

La pared milenaria le retaceaba las arrugas imprescindibles para llegar arriba. Como si escondiera con recelo su secreto.


En ese laberinto intentó encontrar dónde asirse.

En un momento ambos pies quedaron en el aire, sin apoyo. Sintió en las manos todo el peso de su cuepo tenso.

Buscó darse un nuevo impulso con la cadera para apoyar los pies sobre la piedra.

Su cuerpo parecía de plomo.

Respiró, y volvió a intentarlo. El miedo le llenó los pulmones.

Sintió el tiempo detenerse, hecho piedra también.


Un instante después, justo en la intersección entre lo vertical y lo horizontal del destino, Benjamín caía en la inmensidad del viento arropado con la camiseta del diez.


Cy Twombly 8 Odi di Orazio, 1968 Sillón de yeso negro con borde blanco 48,3 × 68,6 cm
Cy Twombly 8 Odi di Orazio, 1968 Sillón de yeso negro con borde blanco 48,3 × 68,6 cm



 
 
 

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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