Deseo, desfogue y desfachatezClaudia Rodriguez, Pedro Lemebel, y Agustín Gómez Arcos / Rocío Feltrez
- Revista Adynata

- hace 1 día
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Sobre La misteriosa mirada del flamenco (2025), de Diego Céspedes
[ALERTA SPOILER]
En este estar migrante, la palabra soledad tiene otros sentidos. A veces es el territorio propicio para el nacimiento de encuentros queridos. En esas ocasiones no refiere a algo que se quiere evitar, sino a una aventura que se decide tantear alegremente. Aunque se asista sola al cine, una conversa con voces, imágenes, colores, emociones. Lo hace hasta con las lágrimas que brotan del cuerpo que respira justo al lado. Está también la promesa de una conversación futura. Y alivia y anima saber que habrá con quiénes compartir lo vivido, con quiénes pensar. Quizá se puede habitar la soledad como aventura porque también es posible estar en los días rodeada de cariño. Sin ese encantamiento, sin esas miradas amorosas, ¿qué se podría?
La misteriosa mirada del flamenco es una película chilena dirigida por Diego Céspedes y estrenada en dos mil veinticinco.
Todo transcurre en un remoto pueblo minero en el Chile de los ochenta. Una de sus protagonistas es Lidia, una nena que ha sido abandonada hace años en la puerta de la única cantina del pueblo, regenteada por una familia de travestis que se sostienen económicamente dándoles placer a los mineros que las buscan (no tan) clandestinamente.
La Flamenco es la madre adoptiva de Lidia. Mamá-travesti.
La Flamenco está enferma.
El pueblo entero vive bajo amenaza: la peste les está matando.
Se dice que todo comenzó cuando la Flamenco miró fijamente a un hombre.
Que desde ese instante comenzó a sobrevolar en el pueblo el rumor de la peste.
La fulminante mirada de Flamenco.
Los mineros se organizan para vigilar a quienes creen propagadoras de la peste: esas vidas de miradas misteriosas. Para sentirse a resguardo de esa amenaza letal, las mantienen con los ojos vendados, vigilándolas de día y de noche. Pero pasan los amaneceres y estos hombres fuertes y valientes no pueden resistirse a las tretas de las débiles. Los acorazados vigilantes van cayendo de uno en uno en la tentación. Algunos se enamoran. De esas miradas, de esas rarezas, de esos misterios. Curiosamente, el encantamiento más poderoso cae sobre el más rudo y convencido de todos los mineros del pueblo.
Muchas vidas se están yendo y la tristeza se agolpa en las gargantas. Algunas quieren que Lidia, la nena, se vaya a la ciudad; el territorio que promete una vida normalizada, lejos de la peste y la familia cuir. Imaginan la salvación.
Después de la proyección de la película viene el coloquio. Qué alivio –pienso. ¿Dónde pongo ahora todas estas emociones, estas presencias que visitan mientras estas imágenes, estas voces, me sacuden? Sobrevuela mi cabeza una santísima-insurrecta-trinidad: Claudia Rodriguez, Pedro Lemebel y Agustín Gómez Arcos. Se agolpan en un corazón que late tan fuerte que necesita largarlo, hablar, decir algo, compartirlo.
Pido el micrófono con las palabras escapándoseme por la boca. Primero digo eso, declaro mi estado. Hay un corazón desparramándose. Decido hablar para cuidar la misma idea que quiero compartir. Hay algo de esa desfachatez travesti que necesitamos recuperar y abrazar bien fuerte. ¿Por qué justificarnos todo el tiempo? ¿Por qué tenemos que explicar una y otra vez las razones por las que merecemos existir y el derecho que tenemos a hacerlo en nuestros términos? ¿Por qué tenemos que pedir permiso para seguir estando en este mundo? Mostrarnos buenas, sumisas, arregladitas. Tal vez tengamos que diferenciar el exceso de intelectualización que en ocasiones penaliza y detiene esa desfachatez, de la necesidad de recuperar nuestras memorias, de no olvidar las luchas de nuestros territorios, los nombres que queremos que sigan sonando en todos lados. Abrazar y cuidar esa desfachatez, esos desfogues.
Pienso en Chile, hoy gobernada por la ultraderecha. Comparto el primer nombre, que brota como un río sin cauce, se arroja de la boca mientras la mano tiembla. Claudia Rodriguez. “Activista, travesti, pobre y resentida” –como solía nombrarse. Recupero esa vida, me emociono, lamento esa muerte. La que sostuvo y sostiene las luchas por los derechos de las personas con VIH, la escritura fanzinera, la poesía trava, la ciencia ficción travesti y tantos mundos más. Pienso en la compilación de fanzines que en España editó Barrett, con la curaduría de Mariana Enriquez en dos mil veinticuatro. Una de las lecturas que propuse para el Club de Lecturas Desviadas en la librería en la que trabajo en Madrid. La de Claudia es una escritura descarnada, que no complace a nadie, ni se victimiza, ni pide perdón. Una escritura que deja temblando. Claudia-deslenguada. Claudia-metralleta. Qué desfachatez necesaria la de Claudia. ¿A cuántas de las que, como dice otra imprescindible, la Lemebel, han nacido “con una alita rota”, les ha invitado el encuentro con esos fanzines, esa poesía, esa vida a desfogarse? Y así aparece otro nombre, la pluma barroca de Lemebel, la que defiende la amistad y los raros parentescos, como Haraway, pero latina, marica, aún más de las nuestras. Es que hay también en esa misteriosa mirada del Flamenco una visión del mundo que cuidar. Esos territorios menospreciados por las normalidades, que sólo conciben a la familia nuclear y a la pareja como los lugares privilegiados y muchas veces exclusivos para sostener la vida, son los que esta visión del mundo quiere abrazar. Esa mirada que quiere vendarse y que muchas veces también puede venderse a cambio de la seguridad que da seguir la norma, el camino ya trazado. Pero hay tanto todavía por imaginar, tantas formas de vida que habitar para probar y ver qué pasa. Ojalá podamos animarnos a más. No vendarnos, no dejarnos vendar ni vendernos. Recuperar esa mirada del mundo, cuidarla, darle importancia. Una manera de estar jugada y juguetona, un estar en la vida vivas, pase lo que pase. Tener algo que gritarle al mundo, incluso algo en que fracasar, pero habiéndolo intentado, habiendo intentado otra cosa.
Así también decide vivir María República, la protagonista de la novela de otra marica que me tiene encantada desde hace ya un tiempo: Agustín Gómez Arcos. Y aparece la tercera presencia en este devenir médium-corazón parlante. La marica que nace en Almería con las plumitas chuecas e inventa, para volar, una pluma subversiva que el poder admira, pero sin poder reconocerlo abiertamente. Durante muchos años esa obra se lee en el armario. Durante la dictadura franquista, se le otorga en dos ocasiones con el Premio Nacional Lope de Vega por su dramaturgia, pero la censura del régimen fascista le retira el premio, ya que la representación de sus escandalosas obras implicaría un crimen moral. Harto de la persecución, en el sesenta y ocho, esa marica que vivió con VIH se exilia en Francia y adopta esa otra lengua que le permite, ahora sí, volar sin censuras y explorar la narrativa. Escribe catorce novelas que desde hace unos años viene traduciendo y publicando la Editorial Cabaret Voltaire.
María República es una prostituta que vive con sífilis cuyo padre y madre han sido fusilados por el franquismo. Su tía burguesa y fascista la encierra en un convento de clausura para que las monjas la reeduquen a base de humillaciones, rezos, castigos y trabajos forzados. El final es memorable: el día de la celebración de su consagración como novicia, a la que asiste su tía y los fascistas más ilustres de la ciudad, María República –que, entre tantas cosas, ha sido forzada a abandonar su segundo nombre, República– lleva adelante un plan que ha venido elaborando secretamente desde el primer día de encierro. Una vida aún viva asiste a la incineración de las paredes del infierno. El fuego desfoga a República, que no ha muerto. Aunque le hayan quitado todo, en esas llamas se ilumina el porvenir.
Recupero la última escena de La misteriosa mirada del flamenco. Es conmovedora. No voy a contarla en detalle, solo decir que es la escena del rechazo a la normalización; la afirmación de una vida desviada. Es el “no, no quiero”. La insistencia en la rareza, en el umbral.
En ocasiones ese rechazo se vuelve difícil. Asusta. Lo sabemos.
Porque, ¿qué mundo inventamos para sostenernos cuando la forma de vida que queremos e intentamos cuidar supone la exclusión de los lugares seguros que promete la normalidad? En ocasiones, la soledad se vive como castigo, ese ese lugar temido que se querría evitar a toda costa. Urge reivindicar eso que, para los ojos del Estado, del mundo, de la mirada normativa, es nada, o es el mientras tanto. Los ensambles cuir, las amistades, los raros parentescos intra e interespecies. Reivindicar esas formas de vida inusuales, aunque sepamos que en ocasiones las miradas de desprecio agitan en nosotras memorias de daños astillados que aún siguen pinchando.
¿Por qué, en lugar de exigirle al mundo otra cosa, tenemos que adaptarnos a lo disponible? ¿Por qué no desfachatar lo posible? ¿Cómo queda el corazón de nuestros mundos nacientes cuando intentamos normalizarnos para que nos acepten, para no perder tanto, para no lidiar con el fantasma de la desolación?
Hay una gran paradoja: esas vidas misteriosas, desviadas, atrevidas causan tanta atracción como rechazo. Eso les sucede también a los mineros del pueblo. Quieren estar cerca de esas rarezas, las desean, pero a la vez toda esa extrañeza contagiosa causa vértigo y repulsión. Como si esas miradas fueran portadoras de preguntas insoportables: ¿estás contento con la vida que llevas? –podría susurrar una mirada sin planearlo. Es que esa mirada misteriosa, esa jugada y riesgosa visión del mundo, esa vida viva, tiene un perfume embriagador.
Es importante narrar las alegrías, los placeres, las complicidades. Todo eso que hacemos e inventamos para vivir y que nos da mucha felicidad también. Intimidades raras que desafían los caminos habituales. Se trata de experiencias en las que nos sostenemos cuando el mundo se derrumba, cuando la desafiliación al camino ya trazado que promete seguridades deja a muchas vidas cerca del abismo, con la sensación de derrota, de no tener un lugar a donde ir.
Erotizar la amistad, entrenar la soledad y distinguirla de la desolación, sabernos criaturas habladas por deseos de normalidad, reivindicar el fracaso. ¿Cuántas veces nos hemos aventurado sin brújula, tanteando el terreno, con la ilusión de encontrarnos en algún sitio con alguna monstruosidad en la que reconocernos, caminando con una intuición y por el deseo de que ese mundo que anhelamos exista? No estamos solxs. Como escribe Mana Muscarsel Isla en La fiesta de las amigas: “la loca de los gatos no está sola, está con sus gatos y hay otras locas”.
Hay un poema de Claudia Masin que podría ser el epígrafe de esta bellísima película que –por si no se entendió– recomiendo muchísimo ver. Se llama Mi pueblo fantasma, y puede leerse en el libro La mujer maravilla y yo1:
“Siempre me gustaron las personas raras,
vos me dirás y claro,
si sos una de ellas. Yo te digo sí,
es lo que quisiera, lo que más quisiera, ser
una de ellas. Pero no estoy
hablando de mí, estoy hablando
de esa rareza que detecto
en los demás
como si mi cuerpo fuera un radar
y un imán al mismo tiempo:
desde chica me gustaba
cómo eran, qué decían,
parecía que hasta hablaban
un idioma diferente.
Excéntricas,
en lugar de hacer
un hijo o varios hacían
un escándalo, un revuelo,
armaban su casa
con barrio y con palitos
como un pájaro, con la ayuda
de otros raros
como ellos. No encajaban,
no encajan, no cierran,
no tienen lugar, tienen
lo que tienen, a veces
muy poco, a veces nada y eso
les parece suficiente,
suelen
faltarles las habilidades
de un adulto, acumular objetos,
hacer dinero, una profesión
decente, es como si
muy temprano hubieran
dicho no, no quiero.
Esa negativa, estoy segura,
sostiene el mundo: no el mundo
como lo conocemos, no. Un mundo
tan raro como ellos, que existe
en sus cabezas. Sus cabezas
son hervideros
de ideas incendiarias,
imposibles. Cuando algo cambia,
algo injusto, algo horrible,
miren alrededor: ahí están ellas,
esas personas raras
son las responsables,
han movido
cielo y cierra. No son hombres,
no son mujeres, son una fuerza
de la naturaleza, un ánima
que se esparce, se multiplica,
inunda lo que toca, contagia
su pasión, enferma
a los sanos, a los que están seguros
de su nombre y su especie y su género,
por eso los sanos los quieren
bien lejos. No es mi caso:
son mi familia, vos
que a veces te hacés
la normal, como yo misma,
porque te da vergüenza,
porque te mimetizás con el paisaje
para que no te vean
y te persigan y te coman, vos
sos mi familia,
y en vos y en esa
rareza yo descanso,
me cuidan el sueño esos monstruos
que vinieron fallados,
que no tienen arreglo.
No hay nada que arreglar, te digo
y me digo, lo monstruoso es perfecto,
es la normalidad la peste
que hay que sacudirse del cuerpo
sin pensarlo dos veces,
como los perros cuando salen
del agua, como ellos, los raros,
los que me mostraron el desvío,
es por acá, no tengas miedo,
y si volviera a nacer
volvería a mirarlos, a desear
ser como ustedes,
a buscar su compañía,
así la vida, que era destino,
se vuelve deseo y entonces
qué importa que te miren,
que te desaprueben. Lo que importa
es que de la familia
que nos tocó sacamos esta,
el as bajo la manga: una familia
que es lo contrario
de un ejército,
más bien es un pueblo
del que quiero formar parte
desde siempre,
el pueblo fantasma de los que se quedaron
cuando todos se fueron, el pueblo
de los sobrevivientes, y no es
que los sobrevivientes
no tengan, no tengamos miedo.
Se mueren, nos morimos de miedo:
el amo tiene
sus alambres de púa y
sus sabuesos. El pueblo
del que hablo
tiene la quebradura
y el tropiezo,
pero también tiene
el único poder que no se pierde:
el poder del que se queda
en el umbral y no entra, del que es capaz
de decir no cuenten conmigo, yo
no quiero”.
Febrero, 2026.
1 Un libro precioso publicado en Argentina por Caleta Olivia (2022), que acaba de ser editado en España por Manos de Pan (2026).




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