• Revista Adynata

Consumos problemáticos: a las cosas por su nombre / Verónica Scardamaglia

1.

En el manual de cómo enseñar el buen vivir en las escuelas, el tema de las drogas ocupa, desde hace décadas, los primeros puestos del ranking.

2.

En los noventa hasta la policía se ofrecía para dar charlas de prevención de drogas. En ellas, desplegaba, casi como si de promociones se tratara, un catálogo informativo sobre nombres, apodos, formas de consumo y efectos acompañado, por supuesto, por un sermón penalizante. Pero éste pasaba desapercibido dada la oleada de curiosidad que se había abierto paso y ocupado muchos cuerpos que ya estaban a la búsqueda de aquellas sustancias que aún no conocían.

Como desde hace 30 años he trabajado sobretodo en Ciudad de Buenos Aires, no tengo idea si la bonaerense (conocida desde esos años como la maldita policía) también se ocupaba de esto.

3.

Los noventa fueron también los años de oleadas de prevención con spots contra las drogas en la tele. En una de ellas, impulsada por presidencia de la Nación con Carlos Menem en el sillón, Fleco y Male, animaciones de la campaña del Dr. Miroli, casi inocentemente te decían “drogas ¿para qué?”. Por esos mismos años, la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha Contra el Narcotráfico lanzaba en los veranos de la costa atlántica otros spots a partir de los cuales, mientras Diego Maradona publicitaba el “Sol sin drogas”, Charly en Gesell desde algún micrófono, le redoblaba con su voz rasposa: “drogas sin sol”.

4.

Los noventa también fueron los años de la denuncia de los nariguetazos en el Congreso.

5.

Por aquellos años, aprendí a trabajar con el equipo coordinado por Miguel Casella del Departamento de Prevención del CENARESO -Centro Nacional de Reeducación Social, creado en 1973 y rebautizado desde el 2016 como Hospital Nacional en Red Especializado en Salud Mental y Adicciones “Lic. Laura Bonaparte”-, en abordajes con formas desacompasadas con aquel tiempo de pizza con champán. Una posición que no buscaba demonizar objetos o personas, que utilizaba el juego y la risa como herramientas pedagógicas y que ponía el foco en el capitalismo, eso que viene produciendo estas formas de vivir y de relacionarnos.

Por aquellos años, quedaban tan abrochados drogas y SIDA como drogas, SIDA y profesorxs de Biología o Psicología. No me animo a afirmar que hoy sea tan diferente.

Esos avatares me convocaron para hacer una capacitación en servicio para la formación en prevención inespecífica de lo que se llamaban agentes multiplicadores. Desde ahí empecé a escuchar hablar de reducción de daños.

Las capacitaciones docentes que ofrecía la Comisión para la promoción de la salud y la prevención del SIDA, coordinada por Silvia Portas y Rubén Ghía se sostenían en una posición de trabajo anti abstencionista, no represiva ni penalizante. Muchas cosas me impactaron de aquellas capacitaciones, una de ellas, el cruce con el trabajo que venían haciendo representantes de diferentes iglesias. Recuerdo con mucho agradecimiento al Pastor luterano Lisandro Orlov.

6.

Recuerdo los automatismos moralizantes que me movían en las aulas en los noventa. Trabajaba en el turno noche del Hipólito Vieytes de Caballito, una escuela de comercio, en aquel momento sólo para varones, que pasó a ser mixta con las reformas educativas de 1994.

Sólo se soltaba de aquellos automatismos que hoy siguen habitando las aulas, la convicción de no hacerme la boluda ante pibxs que se mostraban rotxs; ver o escuchar se me transformaba en la responsabilidad de hacer algo con eso.


Aún eran tiempos en que se ordenaba a lxs estudiantes ponerse de pie para recibir a lxs profesorxs cuando llegábamos a la puerta del aula. Era tal la incomodidad que me ocupaba que montones de veces olvidaba ordenarles que se sentaran. Ni bien nos fuimos conociendo, logramos evitar esa parodia de autoridad y me contaron que la sostenían sólo con quienes la pedían.


Recuerdo dos intervenciones que me dan entre vergüenza y risa.

En una prueba de psicología, un estudiante estaba tan pero tan fumado que no podía ni escribir. Sin saber qué hacer o qué decir, sólo sabiendo que no quería condenarlo, lo sermoneé un poco diciéndole que así no podía hacer a prueba y lo mandé al baño a lavarse la cara para que se despabile.

Otra vez, al entrar al aula, ante un buzo de Viejas Locas repleto de hojas de marihuana, le pedí al estudiante que se lo sacara. Contraofertó dárselo vuelta y así pudimos llevar adelante la clase.

Recuerdo conversaciones en sala de profesores en las que éramos “mal vistos” lxs profesorxs que reconocíamos dibujos, jerga y olores. Se nos acusaba de hacer “apología de las drogas”.

7.

Mientras trabajaba en el CENARESO, conocí el funcionamiento de los grupos de familiares y amigos, Nar-Anon, que acompañan a quienes realizan tratamientos en Narcóticos Anónimos.

La modalidad de los grupos testimoniales de autoayuda trabajan con el Sólo por hoyi, oración del papa Juan XXIII, llamado decálogo de la serenidad, que se utiliza como parte del tratamiento para sostener el paso a paso de los 12 pasos de la recuperación. Estos abordajes, iniciados en Estados Unidos en 1935, herederos del trabajo con tuberculosis del Dr. Pratt (1905), se apoyaban en activar tanto la emulación como la solidaridad en el grupo. Incentivan enlaces emocionales con premios y castigos, promoviendo la influencia mutua de las emociones en las que lo fraternal y lo vivencial operan como soporte y restitución de lo perdido. Funciona aquí la lógica de lo igual en la que reina el Yo que funciona bajo el cielo de los refuerzos y las repeticiones: “los peces son amigos, no comida”. Fragmento del grupo de autoayuda de tiburones de la película Buscando a Nemo, que solía utilizar para trabajar en las aulas, cuidando de transmitir el respeto ante esta posibilidad terapéutica que puede permitir la ruptura de un ciclo como parte de un recorrido, cuando se decide iniciarlo.

8.

También por aquellos años trabajé en una comunidad terapéutica en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Se regía por un conjunto de normas a respetar para resocializar al paciente, que allí llamaban residente. Las tres normas principales eran: no drogas, no sexo, no violencia. Recuerdo que había una norma que obligaba a bañarse en 8 minutos. Ante una transgresión grave a alguna de las normas, uno de los castigos -que allí se llamaban “situaciones de aprendizaje”- era permanecer en silencio el tiempo que se estipulara (que podía ser todo el día) en “la silla de la reflexión” que estaba ubicada en medio del comedor. Otra práctica de castigo la llamaban “confrontación”. En ella quien había transgredido se paraba a menos de un metro del superior para recibir sermones, gritos y hasta insultos, sin poder emitir sonido.

Como condición de ingreso para ese trabajo, había que experimentar una semana de internación haciendo las actividades y tareas que planteaba el tratamiento, bajo argumentos cognitivos conductuales de experimentar lo que lxs residentes vivenciaban. Sólo tomaban psicologxs recién recibidxs.

9.

Con los años y durante algún tiempo, los abordajes pedagógicos dejaron de hablar de drogas y pasaron a hablar de adicciones y dejaron de condenar sustancias y personas.

Gracias a las oleadas progresistas, hoy se nombra como consumos problemáticos a esa insistencia en trabajar en prevención con estos temas. Si bien esto permite que en algunas zonas del mundo docente se puedan infiltrar algunas posibilidades vitales, las incómodas morales pedagogizantes sostenidas como policías de la salud, siguen erigiendo sus condenas en las aulas. Siguen sosteniendo imposturas que siguen sin permitir llamar a las cosas por su nombre. No se habilita a conversar sobre éste y otros temas desde lugares que no fomenten el terrorismo pedagógico. Se siguen ubicando sólo a los jóvenes como centro del problema. Se sigue centrando a las drogas casi como únicos objetos de consumos problemáticos, sin interpelar las prácticas que fabrica el capitalismo ni a la maquinaria productora de consumidores. Quedan como intocables el capitalismo y su necropolitica.

10.

Por un error de asignaciones de materias pudimos inventar en tercer año la asignatura Comunicación: Análisis de los discursos socioambientales.

Aquel grupo fundador de la escuela, tan intenso como maravilloso me resultaba un desafío constante. Un curso con muchos caciques, solía decir (aún no estaba presente el lenguaje inclusivo en las formas de nombrar). Recuerdo que lxs tenía en las últimas horas de los miércoles, con la ventaja de que ya quedábamos pocxs en la escuela y pasaban más desapercibidas las actividades que solíamos hacer.

En una clase en la que trabajamos interpretación y multiplicación de sentidos, Bob Marley se hizo presente en una actividad. A partir de unas fotocopias con la imagen de este músico majestuoso, abrochado desde lo común del sentido a la marihuana, se invitó a que las intervinieran y situaran diferentes sentidos posibles. Les propuse poner música para acompañarnos. Y un poderosísimo silencio abrió una común espesura acunada por el reggae. Por supuesto el impulso docente me ocupó y necesité que algo discutiéramos. Me decía la moral pedagógica que no alcanzaba con eso, que hacía falta conceptualizar y explicar algo para que eso fuera una clase. Discutimos entonces sobre consumos y también sobre religión y, sobre todo, sobre música. Recuerdo que nos reímos mucho cuando hablamos de los consumos domésticos de psicofármacos y ellxs se imaginaban qué consumían sus familias y sus docentes.

Los trabajos que realizaron quedaron exhibidos en los pasillos de la escuela con la intención de mostrar y demostrar que ellxs eran mucho más que un curso desordenado y difícil.

11.

La cuadrícula del dispositivo pedagógico, en miles de puntos, no ha variado demasiado. Se han instalado nuevos eufemismos que funcionan activados tanto desde el marketing de la autoayuda como desde los imperativos de la moral pedagógica, armando un diagrama laberíntico que impone sus paradojas.

Una de ellas consiste en la necesidad de pedir silencio. Dice una estudiante: “nos piden tanto que nos callemos que después, cuando nos piden que participemos, nos quedamos calladxs”. En el mismo sentido, se pide participación de un modo tal que luego se la censura si no cuadra con los parámetros preestablecidos. Ya en los 90 discutíamos la tensión entre “el alumno real – el alumno ideal”.

12.

Compartir las aulas con jóvenes da trabajo. Y ya no se trata sólo de discutir la función docente en el par de opuestos autoritarismo - compromiso, no sólo porque hay compromisos autoritarios y autoritarismos comprometidos sino, y sobre todo, porque abunda algo para lo que no encuentro término academicista que lo contenga: lo chanta. Quizás pariente del simulacro, pero en estos tiempos ya ni eso le interesa sostener. Lo chanta, cuando ocupa el lugar docente, funciona como la vil complicidad que habilita el bullying. La indignante complacencia que mira al costado cuando alguien fuma en el baño. La insoportable capacidad de decir “hay tantas denuncias por acoso en esto últimos años porque los profesionales del Departamento de Orientación escuchan demasiado a los alumnos”. Lo chanta zafa, no da clase. Cuando no está con su cabeza gacha ante su celular, parlotea y aconseja. Cuenta anécdotas grandilocuentes y aprueba a todxs para evitar problemas. Quizás ésta es la nueva forma de una vida sin conflictos que construye el capitalismo.

13.

El último lunes antes de las vacaciones de invierno -que en el mundo docente se nombra como receso escolar- se realizaron en la escuela talleres de consumos problemáticos para los 4tos y 5tos años.

No estoy al tanto de cómo se organizó esta movida. No sé si la última semana antes del receso sea, estratégicamente, buen momento. No lo creo si es que se busca enlazar el tema consumos con otras clases para seguir trabajándolo; tampoco si se busca que no consuman tanto en vacaciones de invierno.


Muchxs de lxs pibis coincidían en que el video que pasaron estuvo bueno.

Ya desde los '90, cuando se establecieron férreas críticas a las clases expositivas, los videos tomaron la posta. Antes, desde videocasseteras y con la dificultad de que no todas las escuelas contaban con sala de proyecciones, menos aún con televisores o videocasseteras. Recuerdo que algunxs docentes iban a dar clases llevando en una gran bolsa junto con otros materiales, la videocassetera.

Más allá del uso y el acceso a las tecnologías, lo difícil sigue siendo lograr un trabajo centrado en la transmisión de cuidados y no de miedos; el desafío sigue siendo lograr entrar en estado de conversación.

14.

Como de consumos se trataba, decidimos proyectar Pink Floyd The wall (Alan Parker, 1982). Para garantizarnos cierta recepción de una película que acaba de cumplir 40 años, armamos las sillas para que recibieran a lxs chicxs después del recreo como anfiteatro, quizás usando al disciplinamiento de los cuerpos y espacios en otro sentido.

La primera vez que ví The wall tenía 15 años. La proyectaban en continuado junto con la ópera rock Hair en un cine por el barrio de Flores. Me llevó mi mamá que, al salir, repetía: ¡cuánta sangre! ¡cuánta sangre!. Al poco tiempo volví a verla junto con amigxs de la secundaria en la trasnoche del cine Fénix. Recuerdo verla nuevamente en los '90, luego de recibirme de psicóloga, y quedar fascinada (y atrapada) por una red de interpretaciones patologizantes y psicoanalizantes. También se la hice ver a mis hijas y la proyecté un par de veces en la escuela. La primera vez, en el 2013, recuerdo la sorpresa cuando el director de ese momento dijo: "¿no tendrías que haber pedido autorización a las familias?".


Esta última proyección pospandemia, nos dejó pensando en cómo se ve distinto según la coyuntura.

La fuerza de esta película logró, en muchas escenas, ganarle a los celulares. La densidad que produjo el transcurso de esa hora y media hizo que, al terminar, necesitáramos movernos un poco antes de finalizar la clase.

Quedé pensando en que muchxs pibxs no la conocían ni por referencias, y también, en la posibilidades de transmisión que se pueden abrir (o cerrar) en la escuela.

15.

Como los talleristas invitados no lograron que se discutiera el video que proyectaron, el taller terminó antes y la materia que continuaba, quedó a mitad de camino entre un taller y una clase. Decidimos entonces retomar el tema aprovechando la presencia de la tutora del curso. Mientras se iba armando el clima invitamos también al preceptor.

La palabra comenzó a girar. Suelta y casi desprendida, casi desatada.

Mientras una profe preguntaba qué les había parecido la actividad, la otra preguntó por los cuidados que tienen al tomar pasti y explotó una carcajada cargada de asombro. Y José gritó: “¡Eso! hay que llamar a las cosas por su nombre, ¡los de recién ni se animaban a decir porro!”. De pronto, hasta lxs adultxs presentes empezaron a hablar en primera persona sobre cómo lograron aprender a cuidarse para no pasarse con el consumo de alcohol. Una piba pensó en voz alta: “es que te hablan de una manera que parece que se piensan que no sabemos nada”. Entre barullos y anécdotas tragicómicas, charlamos acerca de la importancia de a quién comprarle y dónde, en que situación consumir qué cosas y qué relaciones pensamos entre estados de ánimo y consumos.

Hablamos mucho de que los excesos no maten el disfrute, de cómo cuidarnos y de las diferencias que presenta el cuerpo con el paso de los años y de los consumos.

Hablamos de a quién pedir ayuda y de la vergüenza de tener que hacerlo. Decíamos que, algunas veces, quizás para esa situación convenga alguien que no te conozca tanto porque, por ahí, da menos vergüenza contar nuestras miserias.

Y justo un poquito antes de que toque el timbre, balbuceos buscaron esquivar a la moral. Intentaron no desacreditar las experimentaciones de la fiesta. Suavemente intentaron transmitir algo en torno a la importancia de aquellos registros que podamos (o no) conseguir, según lo que puede (o no) un cuerpo. Y una pregunta quedó flotando en el aire: “Profe, ¿cómo sé cuánto es mucho?”.

16.

El azar hizo que, sin saberlo, así transcurriera mi último día de clases en esta escuela tan querida.



i “Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.. Solo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. Solo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.”


Andrew McPhail I’m fucked 2020 instalación de tela, 54" x 70" pulgadas

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.