Correspondencia Lou Andreas - Anna Freud* (V) “Di doman non c´e certezza” / Cynthia Eva Szewach
- Revista Adynata

- 2 oct 2025
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“Tales son los enigmas a los que damos el nombre de vida”
Lou Andreas Salomé
Lou, en ocasión del próximo cumpleaños de Freud, le escribe una carta fechada el 3 de mayo de 1924. Le cuenta que no puede contener su “parloteo”: “Usted debería saber verdaderamente todo lo que este año he dialogado silenciosamente en mi interior con usted, para comprender la imposibilidad de escribirlo”. Habla silenciosa que descubre la zona imposible de escribirse. En esa carta, con el afecto de siempre, se explaya en su malestar por los modos en que algunos psicoanalistas, en especial en los Congresos, citan bíblicamente a Freud sin habilitarse un margen de juego creativo. Hace una divisoria entre aquellos textos o ideas que pertenecen al psicoanálisis su carácter enigmático, misterioso, y las que se apartan hacia otros caminos y lo malogran. Freud, en su respuesta días después, sin embargo, está más concernido por el dolor de las operaciones recientes de su maxilar y por la inquietud acongojada por el porvenir: di doman non c´e certeza (Del mañana no hay certeza), escribe evocando un verso de “Canzona di Bacco”, de Lorenzo de Medici.
En la carta del 18 de mayo que compartiremos, Lou le propone a Anna, una forma de escritura cercana, en una atmósfera íntima y en un lenguaje coloquial en la que dialoguen a la manera de mensajes conversados, como vividos en presencia. Lou, a su vez, tiene el don de transformar algunas quejas de Anna en imágenes creativas.
Ambas mantienen una continua preocupación por el dolor ocasionado por las prótesis maxilares de Freud, las intervenciones quirúrgicas que soporta con un temple inigualable, la presencia indispensable del médico, en este tiempo el Dr. Pichler, quien se ocupó con dedicación, cuidado y registro minucioso de cada situación clínica.
Intercambian entre ellas “dimes y diretes”, críticas sobre libros y se refieren a personajes del mundo del psicoanálisis.
Hay algo esencial que se menciona en las cartas: el análisis de Anna con su padre. Sabemos, gracias a un rastreo de Daniel Braun, que en una carta anterior (15 mayo de 1924) también hace mención al análisis con su padre. Lo nombra como de una “proximidad extra-analítica''. “En el análisis con papá falta la tercera persona, le dice a Lou, igual la cosa marcha. ¿Marcha la cosa? O se trata de un disfraz de autoridad, como plantea Lou?” [1]
Lou Andreas en esta carta a esa experiencia analítica, Anna la nombra en ocasiones como conversaciones nocturnas con su padre, la considera una forma de amor, pero que porta una carga extra, una autoridad paterna revestida del ropaje del análisis. No deja de ser, sin duda, un enigma y un asunto no carente de controversia.
Otro de los temas intercambiados: Anna, con admiración, encuentra en el origen ruso de Lou, la posibilidad de cierto modo distinto de sentir el mundo. Lou, en una larga carta posterior, relata entre muchas cosas, su crítica a la forma de pensar en Occidente, la considera reducida, impostada, simplificada por momentos, mientras que en Rusia, para ella, se amplía el espíritu interior a partir de una sabiduría de vida forjada durante milenios. Piensa, con su decir emancipado de las convenciones, que son las mujeres quienes tienen la posibilidad de obrar un cambio, predicar, en contra dicha simplificación occidental.
Lou tiene la sensación extraña de una persistente permanencia en la contemplación de sus recuerdos más arduos, por el contrario, mira con cierta indignación torva el futuro: “Tales son los enigmas (Rätsel)[2] a los que damos el nombre de vida”.
Sentimos cómo el psicoanálisis se está gestando también en estas correspondencias. Lo personal, lo cotidiano, el amor, los cuerpos que padecen, las preguntas por los caminos del analista, las concepciones clínicas de cada una, el clima, los viajes, los ensueños, se entrelazan en la creación de una intimidad surgiente, año tras año, entre las dos mujeres.
18 de mayo de 1924, Göttingen
Mi querida Anna,
Dos grandes alegrías en este tiempo: la carta de tu padre —por la cual debes agradecerle con todo cariño— y hoy la tuya. No sé si terminaré de responder hoy mismo, pero la comienzo bajo la impresión de que así resulta lo más “sprecherichtesten” [3] acertadísimo, correctísimo en la palabra, como si fuera una conversación personal de hablar y responder.
En cuanto a lo que me escribes del cumpleaños, que habrían estado más de sesenta personas y, sin embargo, sólo flores: me lo imagino muy bonito, como si la gente se hubiera transformado en flores para poder entrar y, sin mostrar una apariencia humana, pueden así permanecer en vuestra estima con bello aroma. El mejor regalo habrá sido que tu padre sienta por el momento menos molestias, pues esas molestias “normales”, las más inevitables de todas, deben finalmente irritar de manera colosal, como avispas que son imposibles de sacarse de encima.
Él menciona que la prótesis ya no rinde ni lejos lo que en un principio prometía: pobre prótesis, que no puede acompañar lo que quizás las malditas cicatrices quizá logren durante mucho tiempo. (…)
A menudo pienso en el análisis con tu padre: ¿cuándo hubo jamás algo semejante? Ya el simple hecho de que exista, es una obra maestra; él puede permitirse ese tierno y paternal don de severidad, la autoridad revestida (disfrazada) con el ropaje del análisis, que en cierto modo tiende a anularse a sí misma. Su beneficio no puede ser sino más amor hacia él, pero un amor por así decirlo, alado, que observa con superioridad, pero también aquella otra forma de amor que se siente más como una carga, que hunde sus raíces en los orígenes y con la cual siempre se lucha.
¿Existen realmente reuniones periódicas con analistas con orientación a la pedagogía? Debería permitirme escuchar —participar, naturalmente no. Es un tema que no tengo estudiado.
También en el análisis se me impone, cada vez con más fuerza, el aspecto educativo en la “lucha en la resistencia”, me resulta infinitamente interesante cómo todo funciona en ese terreno: lo que en el analizante está hecho de valoraciones “éticas” o “morales” ya adquiridas o auto producidas. (…)
Por lo demás ¿también vas por las mañanas al Pabellón psiquiátrico? ¡Eso es un montón! sobre todo siendo que tu propio análisis ocurre por la noche y difícilmente logres dormir enseguida.
Te agradezco mucho por los libros: llegaron en buen estado. ¿Es necesario conocer “El libro del Ello” de Groddeck? Yo no lo tengo, ni lo he leído. ¿Y qué hay con el “Dios ajeno y propio” (¿o al revés?) de Reik? Varias veces lo he visto anunciado con elogios, pero eso no significa que nos aporte gran cosa al psicoanálisis; sus otros trabajos, sin embargo, son excelentes.
Me irritó enormemente Kayserling. Me envió el séptimo cuaderno de “El camino hacia la perfección”, y allí me topé con observaciones tales como que Jung sería un pionero para toda la filosofía futura, además de que el mejor, el más fino, profundo y puro de los psicoanalistas sería nada menos que Hattingberg y que sólo a él deberían dirigirse quienes deseen ser psicoanalizados. Esto defiende Kayserling (…). Como único libro sobre psicoanálisis que “puede ponerse sin reparo alguno en manos de la mujer más pura” se presenta The Re-integrating of the Individual de Beatrice Hinkie; aparte de eso, “sólo los escritos posteriores de Jung no suscita escándalo…”. ¡Ah, qué estupidez citarte esto! Pero reviento de indignación al ver cómo esta cabeza significada por una vanidad sin límites pasa por alto cuán sublime no puede ser sino la reacción, frente a una “impureza” tan fuerte. También él estuvo en vuestra casa, después de haberse ocupado del psicoanálisis. Pero Romain Rolland habrá sido, sin duda, el más simpático (aunque, a decir verdad, tampoco logro digerir bien sus libros, pese a todo el respeto que me inspiran).
Ahora escribes acerca de Eitingon; luego volveré sobre ello, pues esta carta debe partir ya, después de haber quedado día y medio en espera. Recuerdo el motivo real de nuestra discusión entonces: me decías que te parecía tan natural e ineludible seguir en todo a E., de manera casi involuntaria; y que algo de ello debía de hallarse incluso en el ideal masculino que formaste (junto a tu padre) a partir de H. Jones y E. Yo, en cambio, me sentí desconcertada por aquel librito de novelas de tu biblioteca que él te regaló [4]. No correspondía a la imagen del joven Eitingon que conocíamos de antes; mucho más, en cambio, correspondía al actual, en su ocultamiento de la muerte de su suegro. Y luego vinieron aún impresiones personales semejantes.
Sólo que mi relación con él es distinta de la tuya: como él ha cambiado tanto (yo lo apreciaba mucho en aquel entonces), estoy en camino hacia él, aún no lo he reconocido, lucho contra él —quizás para luego sacudirlo. En cualquier caso, nuestra discusión es todo, menos teórica. También de eso se sustrae. Pero el punto decisivo requiere una exposición más extensa de la que cabe en este final de carta; es algo de gran importancia para mí.
Ojalá que, en medio de todo el polvo, bochorno, penumbra y estrépito, con que caracterizamos el verano vienés, no tengas además catarro (de heno, alergia). Supongo que no lo mencionas porque el doctor Deutsch te lo curó.
Sí, es una lástima que vuestro verano recién comience el 15 de julio, aunque es espléndido que puedan viajar lejos. ¿Adónde será?
Mi querida Anna, te beso en la boca.
Tu Lou
1 de junio 1924, Viena
Mi querida Lou,
Esta vez me tentó esperar hasta el domingo para escribirte, pues los días de semana estuvieron completamente abrumados por el sol implacable, acompañado del inevitable catarro ocasionado por la alergia y ocupados por la clínica psiquiátrica, los pacientes, un curso y mi análisis vespertino. Hoy, en cambio, celebro el domingo en calma, en la penumbra, detrás de la cual el sol debería molestar a otras personas, y así dejarme tranquila a mí.
Papá se encuentra bastante bien. Pichler vuelve a ocuparse de la prótesis y, por lo pronto, ha logrado mejorar mucho la capacidad de comer. La próxima semana debería ocuparse de la capacidad de hablar. Sin embargo, en general me preocupa la larga interrupción del tratamiento con Pichler que, para papá, se ha vuelto indispensable. Si Pichler mismo no tuviera que ausentarse, preferiría de lejos que nos quedáramos enteramente en Viena. En cambio, los planes se extienden hasta algún lugar de Suiza, quizá Flims, en el Cantón de los Grisones. No puedo decir, de momento, que me alegro.
Los dos libros por los que preguntas te los enviará la editorial en los próximos días. Papá piensa que ambos habrán de interesarte, por precaución, he pedido su opinión al respecto.
El ensayo de Kayserling ya lo conocía cuando le hablé de éste a partir de tu carta, pero lo dejó bastante indiferente. El sábado pasado me visitaron por primera vez Aichhorn, Bernfeld y Hofer; conversamos de todo un poco, en especial acerca de los primeros análisis de la señora Klein en Berlín. Tal vez logremos reunirnos dos o tres veces más antes del verano. Lo que más me interesó es ver a Aichhorn y Bernfeld juntos y oírlos pronunciarse sobre las mismas cuestiones.
Tienes razón en suponer que nuestras sesiones de análisis vespertinas tienen algo muy particular, justamente por la ausencia de la tercera persona, aquella que suele utilizarse en la transferencia y en la que normalmente se juegan y resuelven los conflictos. Pero aun así funciona, incluso con gran seriedad y profundidad, con avances más grandes y menos resistencias que en aquellos años atrás. Lo que ahora, por primera vez, experimento y comprendo en ello son justamente las cosas que también se relacionan con Eitingon y con lo nuevo en él, aquello mismo que mencionas en tu carta: la aceptación de la firmeza quizá que todos necesitamos (y de la que también Aichhorn carece) y la comprensión de aquello en lo que consiste la “excesiva bondad” de Eitingon, que en cierto punto acaba por anularse a sí misma (…).
Anoche, por primera vez en más de un año, asistí de nuevo a una reunión social, una especie de fiesta vespertina en el jardín de los Bernfeld, allá en Lainz. Fue, sin embargo, bastante penoso y me aburrí terriblemente, hasta que hacia la una y media de la madrugada encontré a alguien dispuesto a acompañarme de regreso a casa. Con todo, me interesó ver a los demás y poder relacionarlo con todo lo que he oído en este último año, tanto en los relatos de mis pacientes como en la clínica, acerca del modo de vida actual en los diferentes estratos sociales.
Pienso a menudo en lo que una vez me dijiste: que aquí, en los países occidentales, creemos demasiado en que no existe más que esta forma única de vida cotidiana, exterior, mezquina y pequeña, tal como la conocemos; mientras que ya en Rusia, y con mayor razón aún en Oriente, lo esencial, comienza detrás de lo que aquí constituye la realidad entera. ¿Lo recuerdas?
Lástima no haber nacido como un monje errante indio. Me gustaría aún convertirme en algo semejante. Quizá te parezca que eso no constituye un gran éxito del análisis. Pero no es un pensamiento melancólico; al contrario, es muy gozoso. Además, todo este aprender y experimentar es en realidad algo muy hermoso, también parecido a lo que una vez conversamos: la paulatina plenitud de conceptos que hasta entonces se llevan consigo vacíos.
Nos ha embargado la idea de que Rilke te llama a Suiza. ¿Y si nos encontráramos allí y pudiéramos quedarnos juntos? Suiza es pequeña y todo está cerca, y cada vez resulta más necesario que pronto te volvamos a ver.
Te saludo y te beso de todo corazón.
Tu Anna
*La lectura y traducción de estas cartas fue realizada con Bettina Klunkert y Vanesa Haunold.
[1] Daniel Braun, en su Seminario “Breve historia de la Contratransferencia” organizado por Otro Cauce(2025).
[2] Rätsel puede ser traducido como enigma, misterio, adivinanza, acertijo. Elegimos por el contexto enigma.
[3] Se trata de un neologismo de Lou, un superlativo compuesto entre sprechen (hablar) y richtig (correcto).
[4] En el original no se entiende el título del libro dice sólo “…Sentimental".




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