• Revista Adynata

Cuidar la vida: salvar la lengua / Marcelo Percia



La palabra que sana Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa. Alejandra Pizarnik (1971)



Paradoja de las lenguas

En Vida de Esopo, una novela de la literatura popular griega escrita en los primeros años de la era cristiana, el protagonista (que encarna picardías, ironías, inteligencias insubordinadas) presenta la paradoja de ese músculo blando y suave que se mueve en la boca.

Por un lado, posibilita gustar, comer, cantar, besar, lamer heridas, embellecer la vida; pero, por otro, lastima, enferma, ofende, condena, corrompe corazones.

Lenguas participan de las paradojas de los gemidos: dicen tanto sufrimientos como delicias que no caben en las palabras.

Lalengua

Lacan (1971) adopta la expresión “lalengua” valiéndose del artificio de usar una sola palabra, uniendo el artículo con el sustantivo. Aprovecha un lapsus, en uno de sus seminarios, para indicar que el psicoanálisis se interesa por la lengua no como mera convención comunicativa, sino por sus bruscos equívocos, delicados malentendidos, filosas incisiones, resonancias imprevisibles, reverberaciones silentes.

Así, señala con la notación lalengua, saberes que no se reducen a las arrogancias de las consciencias. Propone atender a lalengua de los sueños, de los síntomas, de las impulsiones devastadoras, de los actos fallidos, de todos los equívocos y olvidos.

Lenguas que cuidan

En espacios de la salud no privatizada, agudezas que desean cuidar atienden golpes de la aflicción.

Se llaman enfermerías, trabajos sociales, terapias ocupacionales, musicoterapias, psicologías, medicinas, sociologías, antropologías, comunicaciones sociales, acompañamientos. Pero también sensibilidades que sanan haciendo teatro, películas, plástica, cerámica, carpintería, sopas, caminatas, bailes, huertas, respiraciones y otras acciones que propician e inventan formas de estar en la vida.

Lenguas enmudecidas

Agudezas que cuidan absorben sufrimientos que enmudecen.

Agudezas que cuidan encallan en las arenas de dolores que escuchan, huelen, tocan.

Agudezas que cuidan vagan aturdidas entre intemperies, abandonos, desamparos.

Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas hablen. Para que nombren lo que hacen, para que cuenten qué les pasa cuando trabajan. Para que se autoricen a balbucear, a susurrar timideces, a vociferar rabias. Para que digan lo que saben, lo que no saben, lo que no consienten.

Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas articulen una común protesta y participen de las decisiones sobre cuántas horas trabajar, cómo atender, cuándo improvisar, cómo valorar sus labores.

Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas abran la boca, afinen cuerdas vocales, suavicen gargantas, comiencen a desenmudecerse. Respiren.

Agudezas que cuidan pueden transformarse en suspicacias que descuidan, en desconfianzas blindadas, en prejuicios estigmatizantes, en recelos amurallados.

Sin la posibilidad de un común pensar (y aun con esa opción) agudezas que cuidan pueden devenir furias exhaustas, listezas que se retiran, frontones que expulsan.

Lenguas subalternas

Se necesita practicar el desatado de lenguas inmovilizadas. El destrabado de hablas indómitas. Remover impedimentos que no dejan que cansancios, tristezas, angustias, ansiedades, temores, saberes calificados y no calificados, se pongan a hablar.

Se necesita sortear represiones, inhibiciones, desdenes; pero ¿cuándo, dónde, con quiénes, practicar el desatado?

Agudezas que cuidan comparten con luchas feministas, entre otras cosas, suplicios de la subalternidad.

Acciones de cuidado, muchas veces, se desestiman agradeciéndolas.

Lo mismo sucede con trabajos que realizan mujeres en los hogares: se les agradece mientras se les ajusta una soga al cuello (haciendo pasar la cuerda por delicado pañuelo).

Agudezas que cuidan -al igual que sucede en las subordinaciones de género y en los sometimientos de clases- suelen estar omitidas o consideradas como lenguas inferiores entre los discursos de la salud.

Lenguas trabadas

Se trata de lenguas que hablan con dificultad.

Fonaciones atenazadas por las emociones.

El cartel de la enfermera con el dedo índice sobre los labios pidiendo silencio dice muchas cosas. Protege convalecencias de ruidos que lastiman. Imparte una orden que se quiere no autoritaria. Enseña el gesto que sella los labios de la enfermera para hacerse callar sola.

El cartel indica, a la vez, la necesidad de silencio y la coacción que silencia.

Lenguas trabadas, pero no por palabras o locuciones difíciles de pronunciar, como en esos juegos que se hacen para que alguien se equivoque y, entonces, reírse de los tropiezos del habla; se trata de lenguas impedidas por el miedo al ridículo y a la humillación.

Lenguas trabadas por imperativos domesticadores, los mismos que recaen sobre lenguas travas y otras disidencias.

Lenguas trabadas, por el temor y la culpa, ante poderes normalizadores que castigan cada vez que curiosidades entusiasmadas se alejan del redil.

Tirar de la lengua

Cuidados no tiran de las lenguas llagadas de dolor, acompañan con silencios y esperas.

La acción de tirar de la lengua se traduce como sacar por la fuerza, por medio de persuasión, engaños, amenazas, una información retenida.

El modelo remite a violencias admitidas en interrogatorios judiciales y policiales, aunque también se extiende a diferentes situaciones de la vida familiar e institucional.

Tirar de la lengua remite a vigilancias, controles, confesiones. Alude a sospechas, desconfianzas, reservas, incredulidades.

Clérambault (a quien Lacan reconocía como maestro de la psiquiatría francesa) practicaba un habilidoso tirado de lengua: conducía entrevistas diagnósticas, con inadvertidos rodeos que hacían detonar delirios retenidos.

Una cosa tirar de la lengua (hacer hablar valiéndose de artimañas), otra saber estar disponibles cuando las lenguas se sueltan a hablar.

Morderse la lengua

La expresión morderse la lengua significa impedirse decir.

Alude al miedo a que se nos escape algo que queremos ocultar por protección, secreto, fidelidad.

En las instituciones de salud, agudezas que cuidan practican mordidas: se infligen el dolor del acallamiento.

Amordazamientos delatan instituciones enfermas.

Pero también morderse la lengua concierne, a veces, a un respetuoso cuidado: impedirse decir algo que presione, que imponga una dirección moral, que avasalle.

Morderse la lengua, también, puede pensarse como detención que se pregunta si conviene hacer o resulta preferible no hacer.

En ocasiones se cuida absteniéndose de actuar.

Gestiones hospitalarias no computan el escuchar, sonreír, acompañar, dar tiempo, llorar, como acciones clínicas.

Cuidados, a veces, practican el solo estar.

Un estar ahí como secreta sabiduría clínica.

Cuidados componen demoras, a veces, no diciendo nada, no pidiendo nada, no haciendo preguntas. Acogiendo tristezas calladas. A la espera de inciertos arribos. Sin prisas ni impaciencias.

Unos pocos versos de Audre Lorde (1992) dicen casi todo: “Si vienes, me quedaré callada y / no te diré palabras agresivas; / no te preguntaré por qué, ahora, ni cómo, ni lo que sabías / Sí, nos sentaremos aquí en silencio / a la sombra de distintos años / y la rica tierra entre nosotras / se beberá nuestro llanto”.

Metete la lengua… vos sabés dónde

Este modismo no importa como grosería, sino como latigazo que anula y acalla. Violencia con la que un poder enseña a guardarse el malestar. También describe jerarquías patriarcales que se ejercen sobre las receptividades silenciadas.

No tener pelos en la lengua

Arrojos solitarios de lenguas que hablan en forma clara y directa, aún sabiendo que pueden molestar o no gustar. Lenguas descascaradas que se exponen a rechazos, represalias, soledades desabrigadas.

Lenguas entrecortadas

La expresión lenguas entrecortadas hace referencia a lenguas lastimadas (tajeadas) por las instituciones que callan y hacen callar.

Pero también alude a momentos en los que los pensamientos se encuentran desbordados por las emociones. O los saberes rebasados por los no saberes.

Lenguas que trastabillan, tropiezan, tartamudean, por el peso de las dudas.

Conviene recordar que gestiones burocratizadas actúan como máquinas de seccionar lenguas, como programas que mutilan hablas que consideran subalternas.

Gestionar no equivale a cuidar.

Gestiones consiguen, resuelven cosas, administran, cumplen indicaciones, racionalizan recursos.

Cuidados atienden lo irremediable. Se inclinan ante aflicciones que no saben qué les está pasando, escuchan llamados que interfieren rutinas y alteran el orden.

Gestiones se miden por sus adecuaciones y rendimientos.

Cuidados no se miden.

Sueltos de lengua

Locuciones que denotan ansiedades, imprudencias que dicen todo, que hablan de más, que no miden consecuencias.

Acciones no meditadas e irreflexivas: irse de lengua, irse de boca, lenguas largas, lenguas flojas.

La vida institucional funciona como escuela de adiestramiento: cada cual aprende a censurar, controlar, vigilar, lo que está por decir.

Al cabo, intenciones que cuidan se protegen atándose las lenguas.

Darle a la lengua

Se traduce como hablar mucho, como disfrutar de una conversación, como desahogo que carece de interés, como pérdida de tiempo.

Se atribuye despectivamente esa práctica a las cotorras y a las mujeres.

Sin embargo, darle a la lengua podría pensarse, si no se descalifica la acción, como oportunidad de las hablas que se liberan.

Momento en el que, laboriosidades que cuidan (solo destinadas a acatar) se ponen a decir lo que les pasa.

Darle a la lengua se podría pensar como darle tiempo a la palabra. Como ocasión para compartir pesares y astucias.

Darle a la lengua se podría pensar como circunstancia no vigilada en la que se relatan gestos de cuidado que el cronómetro institucional no ve, no mide, no estima.

Darle a la lengua se podría pensar como deseo y necesidad entre intemperies que saben que cuidar supone también protegerse del aislamiento. Resguardarse de la creencia de que cuidar compromete un trabajo individual.

Darle a la lengua se podría pensar como urgencia conversacional, como demora que una gestión (ocupada en fichar entradas y salidas) suele considerar tiempo malogrado.

Malas lenguas

Se trata de murmuraciones que difunden chimentos, rumores, calumnias, desmerecimientos, noticias falsas.

Se trata de lenguas que hacen daño, que envidian, que desacreditan, que hieren con la palabra.

Se las llama viperinas para asociarlas a víboras venenosas (también serpentinas o bífidas o de hacha o de escorpión).

Malas lenguas desprecian tanto a agudezas que cuidan como a existencias que solicitan atención.

Una de las marcas del desprecio y la dejadez: clasificar a existencias denigradas como caños.

Malas lenguas condenan vidas que consideran arruinadas, perdidas, sin valor.

En un proceso de formación, a fines de los años noventa, con enfermeras jóvenes en el Hospital Esteves, un manicomio para mujeres de la provincia de Buenos Aires, se planearon acciones para sacudir inercias institucionales. Un grupo de díscolas colgó un cartel en la entrada que decía: “Las malas lenguas lastiman, las buenas suscitan orgasmos”. Las autoridades lo hicieron retirar de inmediato.

Urge un común afilado para resistir malas lenguas, se necesitan lenguas agudas y rebeldes dispuestas a atender vidas rotas y descosidas.

Lenguas almibaradas

Se trata de lenguas dulzonas que untan oídos de las autoridades.

Se trata de lenguas aclimatadas que se someten complacientes o de lenguas destempladas que fingen someterse para sobrevivir.

Lenguas que responden en forma mecánica “todo bien” o “sin novedad”. Que conocen que el ideal institucional consiste en que no haya nada que reportar, en suprimir la conflictividad.

Lenguas territoriales

Salas y servicios no quieren disidencias, solicitan sumisiones.

Recomiendan docilidades dependientes, indiferentes, cada una en su quintita, que no se mezclen ni se metan en problemas.

Enseñan a escribir la palabra Jefatura con mayúsculas.

La expresión lenguas territoriales también alcanza a parcelas alambradas en las universidades: pertenencias a disciplinas, escuelas, doctrinas, autoridades teóricas.

Entusiasmos que cuidan habitan en las fronteras, realizan acciones que bordean los límites de las disciplinas, se asoman al umbral de clínicas venideras.

Con la lengua afuera

Locución que describe momentos de cansancio y gran esfuerzo.

También lenguas voluntaristas, lenguas sacrificiales, lenguas heroicas, lenguas exhaustas, lenguas del yo.

Lenguas que suspiran impotentes.

Una enfermera de muchos años de sala dice: “Usted sabe cómo me queda la cabeza si las cien camas que me tocan en el turno se ponen a hablar todas en una misma noche”.

No se atienden camas, no se atienden casos, no se atienden etiquetas diagnósticas, se atienden lenguas llagadas, partidas, cortadas.

También se atienden sueños, olvidos, negaciones, confusiones, temores, torturas morales, desenfrenos que no pueden parar de hacerse daño.

Se atienden lenguas extranjeras, lenguas silentes, lenguas desquiciadas, que de pronto, se ponen a hablar en el momento menos calculado por la gestión.

Agudezas que cuidan, ¿cuidan por amor?

Agudezas que cuidan realizan un trabajo.

Una labor que requiere saber, disponibilidad, receptividad, deseo.

Agudezas que cuidan atraen y repelen afectividades que reverberan en los hospitales, salas comunitarias, barrios.

Reverberaciones que, si no se piensan en un común conversar entre quienes trabajan, terminan provocando reacciones cerradas y violentas.

Agudezas que cuidan (muchas veces extenuadas) si no se dan tiempo para hablar de lo que sienten cuando trabajan, se defienden rigidizándose. Comienzan a hablar lenguas que -dañadas y fosilizadas- sueltan palabras como si fueran cosas clasificadas.

Sin la invención de un común hablar, de un común pensar, de un común reír, de un común amar, agudezas aisladas quedan a merced de individualismos voluntaristas, sacrificiales, heroicos. O de blindajes que tratan mal porque no pueden más. O de fachadas que solo están pendientes de publicitar lo que hacen.

Agudezas que cuidan muchas veces andan asqueadas de tanta desesperación.

A veces desean hablar y otras no tienen ganas.

También se necesita inventar demoras que respeten períodos de silencios.

Lenguas sucias

La expresión suele hacer referencia a lenguas groseras y faltas de educación.

Pero también puede aludir a lenguas guarangas cercanas del hedor y del dolor.

Lenguas sucias que se oponen a pulcritudes académicas, que no repiten jergas del discurso médico. Ni automatismos técnicos ni palabras autorizadas por teorías prestigiosas.

Se necesita hacer lugar en los hospitales a las lenguas mal habladas.

Fernando Ulloa (1995) advierte que cercanías que trabajamos en las instituciones, cada tanto, necesitamos practicar la “socialización de los carajos”. Se refiere a la expresión de un desasosiego estallado que de pronto dice: “¡No sé qué carajo hacer!”.

Arrebato que, aislado, está en el borde de la queja y la impotencia, pero que, si se expresa en un común carajear, deviene protesta enojada que resiste y se rebela ante el malestar.

Lenguas sucias, muchas veces, se presentan como lenguas insolentes, atrevidas, descaradas, sin mordazas, alegres y furiosas.

Lenguas sucias conciernen, también, a quienes hacen las tareas sucias en la institución. El trabajo denigrado, descalificado, invisible.

Tareas que las elites profesionales subestiman y consideran de poco valor.

Lenguas cómplices

Lenguas tejidas entre confianzas provisorias, entre afinidades eventuales que arman redes o se refugian en las penumbras para protegerse.

Complicidades airean ideas en una común intimidad.

A veces, lenguas llagadas se anestesian para no sufrir; otras traman complicidades que arden en protestas compartidas.

Lenguas del dolor

Lenguas que se aprenden viviendo y acogiendo estados de aflicción.

La lengua materna de todas las clínicas reside en el dolor.

No existe otra lengua para las sensibilidades que cuidan.

Media lengua

La expresión hablar a media lengua alude a infancias que suprimen palabras en las frases o las dicen incompletas o alteradas.

Pero, también, ilustra la manera de hablar de agudezas que cuidan. Agudezas que no encuentran palabras para decir lo que sienten. Agudezas respetuosas que escuchan vidas fragmentadas. Agudezas implicadas que balbucean o tartamudean inseguras.

Lo tengo en la punta de la lengua anuncia el momento en que se está por decir algo sin poder terminar de decirlo. Inminencia de un por decir que no llega. Olvido circunstancial y circunstancia de toda comunicación balbuceante.

Escribe Pascal Quignard (1993): “Todos los nombres están en la punta de la lengua. El arte consiste en saber convocarlos cuando es necesario y por una causa que revivifique sus cuerpos minúsculos y negros”.

Lenguas muertas

Se llaman lenguas muertas a las que, como el latín o el griego antiguo, ya casi nadie habla.

Pero también hay lenguas clínicas muertas.

Lenguas monótonas y seguras de lo que están diciendo, que asumen fachadas de conocimientos plenos, lisos, sin contradicciones y faltos de dudas.

Lenguas que aclaran y definen todo, que intercalan frases hechas, que abusan de lugares comunes, que descargan sentencias.

Lenguas que repiten fórmulas de manuales, de textos sagrados o prestigiosos.

Lenguas lavadas, limpias, prolijas.

Lenguas sin pensamientos estremecidos. Sin contactos con el sufrimiento.

Lenguas acondicionadas a discursos normalizadores.

Lenguas indolentes.

Lenguas que expulsan diciendo “¡Eso no corresponde acá, tiene que ir a otra parte! Esto pertenece a otra especialidad, a otro sector. Pregunte en otra ventanilla. Pero, ¿dónde? ¡Ah… no sé, acá no!”.

Lenguas vivas

Lenguas que erran y que no saben.

Lenguas del poco saber.

Lenguas que muchas veces trabajan sin entender lo que hacen, pero se hacen responsables de pensar porque lo están haciendo.

Lenguas que acompañan y alojan aflicciones de vidas enfermas, incluso sin saber acompañar ni alojar.

Lenguas que batallan con las enfermedades de la institución.

También lenguas de las astucias, de las tretas, de los ingenios.

Lenguas que no se llevan con hablas técnicas y utilitarias.

Lenguas que no enlazan, no enredan, no demandan, no imponen curas: lenguas del solo estar ahí, como disponibilidades que se hacen presentes cada vez que se las necesita.

Lenguas oportunas que dan una palabra precisa, sin que se la pida.

Lenguas que dan la espera.

Lenguas de la común vulnerabilidad.

La invisibilidad e intangibilidad de las prácticas de cuidado, muchas veces convierte a las lenguas vivas en acciones desaparecidas, en intervenciones sin narrativas clínicas.

Sacar la lengua

Si el acto de sacar la lengua no se reduce a miserables burlas y desprecios, puede devenir insolencia irreverente, provocación pícara, gesto disidente.

Tal vez una acción lúdica y pasional de residencias pasajeras en asentamientos del dolor.

Lenguas recién venidas que resisten indolencias de la solemnidad.


Infantería 2014 Gustavo Schuartz

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