• Revista Adynata

Después de los manicomios / Fernando Stivala

Dentro de 100 años en un mundo ya apocalíptico, había una vez…

Un lugar donde tenemos inhibidas las emociones, circulan por la calle policías de los estados de ánimo, gendarmes que previenen exceso de risa, agentes que indican el tránsito de las racionalidades. Impiden que llores, que te sobre emociones, que hables sola. Patovicas que sacan armas por las dudas que estés sacado levantando la voz, en fin… paradojas del espectáculo.

Les que escapan de ese mundo, les rebeldes, se juntan en un edificio abandonado. Viniéndose abajo, sostenido por escuálidas columnas. En algunos rincones todavía se ven retazos de pizarrones de lo que alguna vez fue una facultad. Tiene estructura de que antes haya sido un estacionamiento o un taller secreto de confección de ropa.

En esa reunión clandestina aparece una voz que dice:

Nos tenemos que ocupar de las emociones compañeras, no les dimos bola por mucho tiempo, las dejamos en manos de otros.

Y cuando nos ocupamos lo hicimos de manera personal.

Hemos ido a alguna terapia, conversado con amigues. Hemos meditado, tuvimos coaching, usamos pastillas. Hicimos homeopatía y autoayuda. Pasamos por distintas terapias, nos psicoanalizamos y nos mandaron de niñes. Buscamos en la alimentación, en la reflexión. Hicimos de todo con el cuerpo. Bailamos, comimos, gritamos, nos expresamos, dibujamos, cogimos, lloramos, hicimos teatro, danza, circo, y hasta formamos alguna banda.

(Por favor no crean que estoy hablando de sublimación. Sublimación: transformación que sigue obedeciendo a un centro o amo)

Todas buenísimas, afirmativas, y por eso quizás estamos acá. Sobrevivimos.

Pero no alcanzó.

Tenemos amigos que andan en una, vecinas, familiares, desconocidos, estados donde eso mucho nos vuelve a abarcar, nos toma. Y encima nos persiguen.

No lo neguemos más. No se lo podemos encargar más a los manicomios ni a las clínicas. Es problema nuestro, de la cultura.

Si ellos abusaron también fue porque nosotros no quisimos mirar. ¿No supimos, no sabíamos?

Ahora ya sabemos, ahora que miramos y vemos claramente que eso es insensible y nada saludable nos tenemos que dedicar. No se trata solo de denunciar. También ocupémonos de lo que no hicimos durante siglos. Nos va a costar mucho.

La imaginación se embotó.

Empecemos, ya empezamos.


Carlos Tárdez, Aquiles, óleo sobre tabla, 162 x 195 cm.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.