Disponibilidades que acompañan y cuidan / Fernando Ceballos
- Revista Adynata

- hace 4 horas
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A mis compañeros acompañantes terapéuticos Sofi, Eze, Franco, Vane, Marcia, Fio
“Es con el ambiente que sanamos a la gente”. Jean Oury
Estar disponible no es estar veinticuatro horas todos los días. Estar disponible es ofrecerse, es dar a conocer una presencia, es acercarse a ese que sufre dando conocimiento de que allí puede haber otro, un semejante. Un nombre, un horario, un lugar y un tiempo. Y ese ofrecimiento tiene que ver con el tiempo al cual uno se dispone. Ofrecer tiempo, eso es estar disponible. Esa “presencias cercanas” de las cuales hablaba Deligny.
Hola buenas tardes. Soy Fernando. Pertenezco al equipo de salud mental, hoy voy a estar de 14 a 20 horas. Vamos a pasar durante la tarde a invitarte a que puedas participar de diferentes actividades. No estás obligado a participar, pero para nosotros sería muy bueno que te puedas integrar, salir un poco de la habitación. Más allá de esto cualquier cosa que necesites, o necesites hablar un rato con alguien, me podés buscar allá en esa oficina de salud mental o pregunta por mí en la oficina de enfermería. Muchas gracias.
Una presencia con un aire de gentil compromiso que oficia de anfitrión hospitalariamente posibilitando un espacio, otro espacio, otra dimensión.
“No resulta fácil desarmar cerrojos que separan y distinguen entre una atención que se llama individual y otra que se nombra grupal.
La presencia simultánea de soledades que se desconocen entre sí, suele considerarse abundancia que apabulla, dispersión que diluye lo particular, impedimento de una exclusividad1”.
Después de las 16 horas la puerta se abre mágicamente y el pasillo de la sala de internación de clínica médica de un hospital general se alarga por la tarde. En ese preciso instante aparece otra dimensión. Una especie de universo paralelo que se abre como una desgarradura del sistema, deshilachando estigmas, prohibidos y los no se puede; descifrando sintagmas rotos, fantasmas, fragilidades, claroscuros, perplejidades, extrañezas. Cartografías de un lenguaje que va y viene, creándose cada vez e irrumpiendo pleno en un ambiente petrificado por los procedimientos. Y estamos ahí locos o no, fuera de toda categoría, fuera de todo sentido. Abrimos, no para en-cerrar. Abrimos, para permitir abrir-se. Dimensión que respeta al otro en el momento de su dispersión, posibilitando una frontera, porque si la apertura no tiene bordes se transforma en un pozo sin fondo. Bordes que ayuden a apoyarse, a respetarse en la palabra, en el deseo, en las decisiones. Bordes que delimitan un adentro ávido de mostrarse. Un adentro plagado de afuera.
Esta dimensión aparece cuando uno de los pibes que cursaba una internación, después de haber decidido irse de la institución sin el alta correspondiente, a su regreso nos dice: yo me fui porque acá me aburro. La palabra aburrimiento retumbó de lleno en nuestra sensibilidad ya que, a partir de esas palabras empezamos a ver que no había en nuestro trabajo clínico, un lugar para “el estar internado” que sea diferente a lo que propone la lógica manicomial: dormir, comer, encerrarse en la habitación, tomar la medicación a horario, controles cada 6 horas, respetar las normas a rajatablas, no propiciar ninguna crisis, no deambular por el hospital, entre otras cosas que hace una persona que está “normalizada”. Claudia Baffo en una investigación de internaciones de salud mental en hospitales generales de Río Negro, dice: “Hallamos que la continuidad de cuidados aporta accesibilidad a la internación, la cual es valorada por los usuarios como una etapa del tratamiento, mientras que el aburrimiento se conceptualizó como una de las formas de violentación institucional”2.
El aburrimiento como otra de las modalidades en que las diferentes capilaridades de la violencia institucional disciplinan los cuerpos sosteniendo esa lógica de normalización. Modos en que esos cuerpos rutinizan sus movimientos, sus discursos, sus gestos. Modos en que las instituciones sujetan subjetividades inconformes. Pero también sabemos que esos modos clasificatorios muchas veces arropados de violencia, no llegan a todos aquellos que habitan los hospitales intentando encontrar otras clínicas posibles. Existen otros modos en donde el otro está presente desde su historia, su cultura, sus palabras, sus deseos, sus demasías, sus inclemencias. Existen otros modos porque existen otras sensibilidades.
“Saberes que se revalorizan y surgen desde abajo, desde las periferias de la sociedad, no necesitan validarse por discursos científicos y oficiales, pues no hay nada más válido que lo que se vive en propia carne, en la casa, en el barrio, en la comunidad. Es a partir de ahí, y sólo desde esa posición, que estos saberes resignifican los saberes oficiales, hegemónicos, visibilizando voces y prácticas que han sido descalificadas”3.
Apenas han terminado de tomar la merienda, y cuando el carro que reparte la leche se aleja ruidoso y chueco por el pasillo hacia la cocina, ya se pasean al frente de la puerta de la oficina del servicio de salud mental insistiendo ser atendidos en sus demandas. Y como imponiendo su deseo, al que sale o al que entra le piden algo: galletitas, lápices para dibujar, la impresión de un dibujo, una musiquita, un mandala para pintar, jugar un bingo, unos mates. ¿Puedo entrar? Todavía no. Esperen un ratito. Bueno ahora sí. Llegan sin invitación previa. “Porque el asombro autoriza el encuentro, la sorpresa del encuentro. El azar hace el tejido de un encuentro”4. Ya son las 16 y la tarde toda se abre en un sendero de cuidados. Y se van metiendo de a uno. Despacito desparramando sigilo, miradas, sonrisas, desparpajo, creatividad, interrogantes, timidez. Todos saludan y piden permiso, excepto la que fuma mucho. Entran a una dimensión de disponibilidad que los acompaña y cuida, capaz de contener lo múltiple, lo diverso, lo heterogéneo. Acrobacias cimarronas que acompañan y cuidan dando su presencia. Una acequia que refresca pensamientos, apacigua desenfrenos y desaburre cotidianidades. Refugio de un común hablar que posibilita demoras y relevos para tanta inconformidad, donde se resignifican y cobran valor esos pedacitos de genealogías esparcidos por el aire. Es desde allí, en ese espacio y tiempo, donde se urde la historia individual y las trayectorias colectivas y “se hace semblante a la indiferencia presumida del mundo”5.
Ingresan. Se acomodan en lugares que van apareciendo espontáneamente según su elección alrededor de la mesa. Y entran en esa dimensión otra que les devuelve miradas, abrazos, palabras, deseos, pedidos, recelos. Hay momentos también en donde los reproches se hacen escuchar. Hasta se mandan al frente entre ellos. Quieren exclusividad. Yo llegué primero. No, si está él, vuelvo después. Yo también quería poner un poco de música. A mí no me gusta la música que él elige. ¿Porque él tiene acompañante y yo no? Incomodidades del estar con otros que propone la diferencia de lo colectivo. Hasta que, en un instante, así inesperadamente, aparece como cierta armonía. Se apaciguan los movimientos y se acomodan los cuerpos. Un momento en donde cada uno intenta ocupar ese lugar sin invadir, sin someter, sin expulsar al otro. Ella, ante el barullo, el tumulto y las turbulencias, aprovecha el cambalache y por un ratito “se adueña” de una de las acompañantes. Cuando él se da cuenta hace un berrinche. Se calma cuando se percata de que todos lo estamos mirando. La acompañante es una joven que despliega ternura y deja una estela amorosa en cada intervención. Todos y todas quieren ser acompañados por ella. Están ahora mirando fotos de cuando él era pequeño en el celular de ella. El chino me decían, me dice. Miro las fotos, es un chino. El otro se queda merodeando buscando favoritismo. Hace unos días que ya no intenta irse de la internación. La última vez que vino su madre, él le pidió algo y después le dijo que se fuera. Hay como un dejo de tristeza incrustada en ese rostro desde que su mamá no apareció más. Una resignación que puede ser entendida como compensación o estabilidad siguiendo la lógica de la normalización. Pero hay tristeza. No llora, ni hace escándalos ni crisis ni está violento ni tampoco está echado en la cama todo el día. Sólo aparece con su tristeza a cuesta. Va y viene. Y la verdad esa imagen pega de lleno en miradas que la miran. Miradas que lejos de clasificar, miran esos ojos opacos, desvanecidos, sin brillo. Intentamos hacer aparecer ese brillo, pero cuesta. No hay caso. Pero de repente nuevamente aquella acompañante llega plena a ese encuentro. Hace gestos afectivos, lo abraza. Lo mira de lleno. Él se da cuenta. Se deja llevar por esa aura que envuelve la escena. Se queda allí como hipnotizado. Sigue cada juego, cada convite. Y regresan esos chispazos de brillo en esa mirada. Chispazos que ayudan a aguantar el cimbronazo. El otro, con cachetes plagados de pecas, encontró también esa mirada en otra acompañante terapéutica que derrocha hospitalidad y que lo invita a escribir. La escritura hace vomitar palabras que riman. A mí me gusta el Rap, dice. Y va escupiendo palabras que riman. Palabras que encuentran tonalidad sensible en donde la disponibilidad cuida. La acompañante se sorprende ante ese rapto de creatividad adormecido. Él arremete con otra estrofa, y otra y otra. Tiene una pila como de veinte papelitos de prescripciones médicas llenas de rimas que prescriben atardeceres, calles, peleas, deseos, ganas, dolor. Otro se cansó de esperar algo que no estaba recibiendo y se fue a dormir un rato. La otra mira como hace el que escribe para escribir de esa manera. No puede entender ese momento. El ambiente es fluido, agradable, acompasado. Se armó un bingo de repente y la morocha que ingresó esta mañana, con rostro de cacique y pelo ennegrecido que cae como flecha hasta su sonrisa impecable, hace de Riverito cantando los números. Se sabe todos los números de la quiniela. 27 la misa, 55 la música, 64 el llanto, dice. Yo le invento algunos para ver si realmente era verdad esa sapiencia quinielera. Se enoja, me reta y me expulsa del bingo por desconfiado. De repente llega la que fuma mucho y pide ir a fumar unos puchos. La acompañamos. Hablamos. Fuma como si los cigarrillos se fueran a terminar esa misma tarde, no los de ella, sino todos los cigarrillos. Fuma irrefrenablemente enojada con el mundo. Antes de terminar un pucho está encendiendo otro con el que acaba de fumar. En la humareda dice ¿Puedo pintar? Claro. ¿Te gusta pintar? Yo pinto con témpera. Hice muchas pinturas, dice. Llega de fumar y se acomoda en la punta de la mesa, acerca unas témperas en una especie de cubetera que le permite tener variedad de colores. Y pinta. Pinta rostros. Pinta con una cadencia que impresiona. Pinceladas de rojo, verde y negro marcan un rostro de mujer. Sólo ella puede hacerlo tan bien, con ese asombro furioso que le permite su creatividad. El que pone música está absorto de lo que está viendo. Se olvida por un momento del ritmo cumbiero que marcaba con sus pies, y se queda petrificado ahí mirando cómo ella desparrama su arte. De repente se levanta y le dice: yo le podría un amarillo. Ella por primera vez saca los ojos de su pintura y lo mira furibundamente. Un instante de tensión se apodera del espacio. Vuelve su mirada a la pintura. Saca un pomo de color amarillo y hace un trazo. Graciaz, le dice suavemente terminado con z. El DJ, se sienta nuevamente en su lugar. Se arma el mate. Circula en una ronda que pareciera que no tiene conexión, que son individualidades que se unen nada más que por el mate y el ambiente acogedor. El mate permite la mirada. Cuando se lo pasan se miran. Algunos así nomás, otros se sonríen, otros simplemente se miran. Cuatro juegan al bingo, uno musicaliza el contexto, otro entra y sale como desafiando al umbral. Otra hace sopa de letras. Otro, calca una figura de Dragón Ball en el trasluz de la ventana. Y ella pinta. Hablan entre ellos, se pasan cosas, se miran, se tocan, se cuentan historias inverificables. El tiempo pasa enlentecido y plácido. Hay chispazos de atardeceres en donde la juntada se hace necesidad. Y atrás de todo, despacito pero no por ello menos alegre, Los Continuados acompasan cumbieramente el ambiente. Después de las 16, la tarde es una burbuja que se hace propicia para poder habitarla sin enloquecer.
“Y puede entonces crearse el espacio del decir. El espacio del decir, no es algo que encargamos, así como así, en el lugar: “¡Yo voy a hacerles un espacio del decir!”, es algo que llega allí, como un efecto de sentido o un efecto de emergencia. Podemos pensar entonces que hay “semblante” por ahí, la emergencia de algo en relación con el orden del decir, de un decir que no se dice. (…) Podemos tener acceso a uno u otro, pero sobre todo por los intersticios, es decir, por los entredichos, a través de algo que justamente los va a “conjugar”, y que está entre las palabras. Lacan decía: “Entre las palabras y entre las líneas”. El sentido está entrelineas. Sabemos bien que el contexto (refiéranse a Roland Barthes, Hjemslev y otros),el contexto, es justamente aquello que da lo connotativo, el sentido”6.
Una dimensión como un deslizamiento constante, un hálito que no conoce categorías, una serie continua de transformaciones que se complementan en un ambiente común. No existe un a priori que lo limite, no se cristaliza en un estado. Las actividades no son regladas, sino inventadas en el fragor de la tarea y son como esos zigzagueos de un río de llanura que va trazando cartografías en un tiempo que no es lineal y se desencadena a sí mismo en su propio acontecer.
“(…) es desde otra práctica clínica, que ya no sea solo patrimonio de psiquiatras y psicólogos, sino de todos aquellos que participen en la atención al sujeto de la demanda, y el sujeto mismo. Una clínica del sujeto en su contexto, una clínica de la dignidad”7.
Un remanso que abraza cuerpos bohemios atormentados, heridos de ausencias, de desamparos, de por-venir, de estigmas. Cuerpos que irrumpen inesperada e inconformemente en escenarios petrificados por protocolos estandarizados en donde la transferencia se desplaza al llenado de un cuestionario, o donde una conversación se transforma en un interrogatorio conformando un discurso exclusivamente clasificatorio, sustentado en una lógica distributiva y valorativa que conforma binarismos: normal-anormal, loco-cuerdo, tranquilo-agresivo, estabilizado-excitado, etc.
Entonces se abre esa puerta como un portal que intenta revalorizar en esta dimensión esos saberes del acompañamiento y del cuidado subalternizados por la hegemonía psi, que existen y surgen al margen poniendo el cuerpo e inventando estas otras posibilidades clínicas. “Quizás sólo se trata de decir que las clínicas que hacemos no dependen tanto de un escenario o de gestos aprendidos en las universidades, como de la puesta en juego de una posición. Ensambles entre el deseo de hablar y el deseo de escuchar. Conjugaciones entre el deseo de saber y un saber sobre lo no sabido”8.
Es desde éste punto de vista que resulta crucial pensar en la legitimidad de esos saberes que germinan por fuera de un consultorio o un diagnóstico como una forma de pensamiento entre varios. El conocimiento que surge en estos espacios no replica las estructuras formales de una clínica hegemónica que propone un tratamiento, sino que está nutrido de creatividad, solidaridad y “transformaciones subjetivas”. Es ese “entre” sinuoso que va hilvanando múltiples relaciones heterogéneas. Ese devenir que se muestra siempre en tensión y que tiene una visión plural del mundo que no intenta tolerar la diferencia, sino de habitarla. Oficios del acompañar y del cuidar. Creaciones por fuera de lo establecido que refundan nuevas miradas, abrazos, gestos o escuchas “sacadas de la galera” para cobijar sufrimientos, desesperanzas, alegrías, logros. Corazonadas que iluminan el escenario rutinario y lo transforman en estrategias clínico-políticas que ni nosotros sabíamos que sabíamos. Compromisos guardados o negados que aparecen redondamente en el momento justo cuando desaparece la ciencia.
“Es una pasión ética la que nos hace permanecer en este espacio: el espacio de acogida de una lejanía, de un imposible. Esta acogida de lo inaparente, de lo aún no dicho, pone en cuestión nuestra base, nuestra comodidad”9.
Para desbaratar esa parafernalia de dispositivos biopolíticos que nos plantea el modelo, nos propusimos abrir esa puerta como una picada que atraviesa la linealidad cientificista para que las tardes no sean lentas, lacias y planchadas, sino que sean nuestras y se puedan transportar a otra inmensidad sensitiva de iguales. Y así se fue desplegando un momento sublime de la tarde para acompañar y cuidar. Ellos y ellas se acompañan y se cuidan.
Nos quieren hacer creer que es imposible generar estas dimensiones. Por eso abrimos esa puerta también como una trinchera del encuentro hacia una nueva clínica que intenta profanar desde la liberación de la potencia de lo impensado, desde un impoder que, como políticas de lo común, sustituye lógicas manicomiales incrustadas en prácticas hospitalarias. “No se trata de transgredir por transgredir, profanar por profanar, inventar por inventar. El asunto reside en autorizarse a imaginar clínicas a medida de lo que se necesite. Desaprender solemnidades académicas para imaginar estados de palabra en los espacios en los que transcurre la existencia”10. Clínicas que sostienen cadencias que se acompasan al son de la música, la risa, el mate, los colores, las palabras, las miradas. Cadencias que se complementan y por un momento intentan ser otros y otras. Cadencias que sostienen ráfagas de ternura y hospitalidad. Cadencias que conjugan sensibilidades desamparadas. Cadencias que hilvanan secuencias de desolaciones que intentan cobijarse en una mirada que no exige resultados ni propone categorías. Cadencias que se complementan a través del juego y la invención. Cadencias que generan esa llamita que calienta inconformidades. Cadencias que nos transportan a otra dimensión en donde el aburrimiento no tiene lugar.
1 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia
2 Baffo, Claudia. Internaciones por salud mental en sala común de hospitales públicos en Río Negro: modelo de atención y valoración de usuarios y profesionales. Tesis doctoral UNLa. Doctorado en Salud Colectiva. Cohorte 2016-2018
3 Ríos, “Cachito” Leandro. Saber en lo cotidiano. Revista Topía. https://www.topia.com.ar/articulos/saber-lo-cotidiano
4 Oury, Jean – Depusse, Marie. A qué hora pasa el tren… - Conversaciones sobre la locura. 1ª ed. – Ediciones Té de Boldo – Córdoba 2022. Pág. 34
5 Depusse, Marie. Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. 1ª ed. – Córdoba. Ediciones Té de Boldo, 2025. Pág. 62
6 Oury, Jean. Libertad de circulación y espacio del decir. Ediciones Té de Boldo. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html
7 Desviat, Manuel. Pensar la salud mental: aspectos clínicos, epistemológicos, culturales y políticos. Editor Omar Alejandro Bravo. Una publicación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales № 11 octubre, 2016
8 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia
9 Oury, Jean. La psicosis, la institución, la muerte. Ediciones Té de Boldo. Córdoba, Argentina. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html
10 Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia
Bibliografía
Baffo, Claudia. Internaciones por salud mental en sala común de hospitales públicos en Río Negro: modelo de atención y valoración de usuarios y profesionales. Tesis doctoral UNLa. Doctorado en Salud Colectiva. Cohorte 2016-2018
Depusse, Marie. Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. 1ª ed. – Córdoba. Ediciones Té de Boldo, 2025.
Desviat, Manuel. Pensar la salud mental: aspectos clínicos, epistemológicos, culturales y políticos. Editor Omar Alejandro Bravo. Una publicación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales № 11 octubre, 2016
Oury, Jean. La psicosis, la institución, la muerte. Ediciones Té de Boldo. Córdoba, Argentina.
Oury, Jean. Libertad de circulación y espacio del decir. Ediciones Té de Boldo. https://www.tedeboldo.com.ar/fanzines/LibertadDeCirculacion.html
Oury, Jean – Depusse, Marie. A qué hora pasa el tren… - Conversaciones sobre la locura. 1ª ed. – Ediciones Té de Boldo – Córdoba 2022. Pág. 34
Percia, Marcelo. Clínicas profanas. Revista Adynata, julio 2023. https://www.revistaadynata.com/post/clínicas-profanas---marcelo-percia
Ríos, “Cachito” Leandro. Saber en lo cotidiano. Revista Topía. https://www.topia.com.ar/articulos/saber-lo-cotidiano

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Muy interesante poder desaprender lo hegemónico para acercarse a lo cotidiano, la vida de todos los días, con más posibilidad de conversación. un gusto leerte amigo, un abrazo y gracias por compartir