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  • Foto del escritorRevista Adynata

Economía de la crueldad / gonzalo sanguinetti


Donde tú eres tierno, dices tu plural

Roland Barthes

 

Habiendo escuchado la intervención de Martín Kohan sobre la crueldad, converso con lo que ese señalamiento abre. Pienso la crueldad menos como una “moda” que como una moneda: un instrumento económico aplicado con fines específicos.


Hasta ahora todos los "actos" de gobierno han consistido en efectuar su verdadera política económica. Digo verdadera porque es la primera, la más importante, la que ya está en pleno funcionamiento, dando resultados, y por esto mismo es la más imperceptible, la más subrepticia, la menos visible, la más indeclarada, la más tácita. Llamo "actos de gobierno" a esas escenas en las que el sufrimiento "ajeno" se usufructúa para producir el efecto de un goce apropiable: gozar con la pérdida de puestos de trabajo, con la amenaza de cierre o el cierre efectivo de espacios de trabajo, de espacios públicos, gozar con la privación de empresas nacionales estratégicas signadas con el argumento de lo deficitario, gozar con la quita de comida a comedores comunitarios, con la quita de complementos económicos para quienes el sistema de empleo no otorga lugar, gozar con la descompensación de dos adolescentes que el presidente usa como capital a favor de su incesante show en busca de aprobación, aceptación y celebración, en fin, gozar con el desmantelamiento de lo que asiste y lo que cuida. Estos son actos de gobierno: gozar del empuje al desamparo y la indefensión de vidas otras, es decir, vidas que se perciben ajenas y por eso inafectantes.


Más precisamente, el sufrimiento ajeno ("ajenizado", percibido como ajeno, desasido de su dimensión común) se capitaliza como un activo apropiable. Es un capital que da sensación de indemnidad, superioridad, fortaleza: operación que reivindica el paradigma de una virilidad falocrática cimentada en una fantasía de indemnidad: una fuerza invulnerable a otras fuerzas, una fuerza capaz de someter a todas las fuerzas. Este sería un efecto que provoca la crueldad: el goce de una supremacía sobre algo inferiorizado mediante su sometimiento a través de la fuerza. Dicho de otro modo: el goce de vulnerar a la fuerza una vulnerabilidad para sentirse invulnerable.


Marcelo Percia (2024) escribe: “La crueldad no se ejerce contra otro, sino contra otra vulnerabilidad. Se necesita ensañarse ante el desamparo puesto en otra parte para sentir, mientras se lastima, que se está a salvo del dolor. Se ejerce o se consiente la crueldad para participar de la ilusión de pertenecer a la comunidad inmunizada de la fuerza.”


Las prácticas de humillación, degradación y denigración públicas despuntan como la moneda corriente en estos días, la moneda que funciona, la moneda que lejos de depreciarse, se valoriza. Conforman la política monetaria del gobierno: su plan económico es una economía de la crueldad, una desregulación de la economía material y anímica.


Hay un trueque profundo en marcha: en concomitancia a la decisión de no dispensar ninguna condición material de bienestar -y de destruir las que había-, lo que se dispensa es una habilitación para gozar sin límites (morales, éticos, sociales, institucionales, jurídicos,, sensibles) del sufrimiento ajenizado. Ante tanto desamparo, humillación y vejación infligidos por el plan de despojo y desmantelamiento de las instancias de lo común que lleva a cabo el gobierno, las infinitas formas de la crueldad aparecen como una de las pocas cosas accesibles, un mal de primera necesidad, un activo económico al alcance de la mano.


No hay plata, pero sí hay de y a quienes gozar. No hay goces con otras vidas, colectivos, comunitarios (no hay festivales, no hay fiestas, no hay cultura, las huelgas y las movilizaciones están criminalizadas, no quieren alegrías de lo común), pero sí se podrá gozar de otras vidas, hay satisfacción a costa de otras vidas. “Otredad” ya no funciona como cifra de la vida compartida, convivida, convidada, sino que designa un medio y un objeto de donde extraer satisfacción propia. No se emite moneda, no se inyecta dinero en la economía, pero sí asistimos a una emisión sin precedentes de la moneda de la crueldad y a su irrigación a través de toda la capilaridad del tejido común.


Hay una satisfacción adquirida de la explotación de la desdicha en otrx, por ende, ya no hablamos de la percepción de una plusvalía económica, sino de una plusvalía anímica. Quizá por eso -todavía- la suba demencial, indudablemente asesina, del costo de las necesidades básicas para la vida no "impacta", porque hay una satisfacción sustitutiva operando efectiva e imperceptiblemente desde la economía anímica.


El movimiento transfeminista en Argentina ha obrado como punta de lanza de una serie de intervenciones desde las vidas subalternizadas, que han denunciado e impulsado la desregulación de la economía de la crueldad que el patriarcado capitalista precisa para funcionar (poblaciones que históricamente han sido sometidas a sostener la economía patriarcal con sufrimientos concentrados sobre sus existencias, al ser reducidas a objeto de usufructo para el goce de otros). Un hilo que enhebró esas intervenciones consistió en situar en el centro de la discusión la noción de cuidados como condición de posibilidad mínima para que ocurra toda vida, y como premisa fundante de la pregunta por lo común. Quizá por eso la revancha comienza por ahí: esta es una economía que este liberalismo sí pretende regular, en la que sí va intervenir, en la que sí desea un estado intervencionista.


El movimiento transfeminista efectuó esa desregulación materialmente: en octubre de 2016 realizó el primer paro de mujeres (así llamado entonces): un cortocircuito, un sabotaje, una interrupción literal del circuito económico, que implicó un límite, un corte, un ajuste, un recorte, un achicamiento de la satisfacción libidinal supremacista, de donde el régimen patriarcal extrae su plusvalía anímica. En tanto estructura sacrificial, la estructura patriarcal es un regulador de la economía afectiva: un modo de distribución y administración de los afectos, así como también de la posiciones y privilegios de goce. Otras estructuras sacrificiales componen la trama cotidiana de los días en que vivimos: capitalismo, colonialismo, racismo, cuerdismo, especismo. Así llama Derrida (no sin vacilación) a lugares dejados libres en la estructura de una cultura, una época, una lengua, un pensamiento, para un "matar no-criminal".


Situar al movimiento transfeminista (junto al colectivo de disidencias existenciales y a la ESI) como enemigo, es el síntoma de algo más específico que una revancha: está en marcha una reconquista del goce supremacista (en esta línea estratégica se puede contar el cierre del INADI, otro límite institucional al goce de la crueldad). Esta reconquista trata de recuperar la ganancia libidinal perdida que la naturalización de la crueldad garantizaba, restituir el extractivismo anímico que goza usufructuando el sometimiento de cuerpos subalternizados, y que, a causa de ello, hace posible que otras injusticias, desigualdades, violencias, penurias, desdichas y abusos sean tolerables: porque hay un resarcimiento anímico al gozar del privilegio protector de esa posición de goce.


Escribe Marcelo Percia (2023) que “La crueldad no importa, ahora, como maldad o placer que daña, sino como dadora de una sensación de inmunidad a través del ejercicio caprichoso y desquiciado de la fuerza.”


La crueldad es un extractivismo de la materia vital de un cuerpo. Por eso las luchas transfeministas, anti-racistas, los activismos contra la devastación ambiental, los activismos en salud mental, el activismo disca y crip, que denuncian cómo la economía capitalista se sostiene a través del extractivismo invisibilizado sobre esos cuerpos, conforman la unidad de un eje del mal para este libertarismo, que no es sino el rostro auténtico del capitalismo, sin coartadas, sin ambages, sin diplomacias, sin vergüenza de sí, sin maquillajes, ni pinkwashing, ni greenwashing, es la cara lavada del capitalismo, la plenitud de su rostro atroz.


El plan económico del gobierno consiste en restituir una economía de la crueldad o a la crueldad como operador que regula las relaciones sociales. Restituir los privilegios anímicos del varón heterosexual blanco propietario, viril, fuerte y abusador, como patrón dominante que organiza las posiciones de goce y la distribución del daño, para reorganizar las relaciones sociales en los términos del dominio, y con ello, restituir el sometimiento y el usufructo de lo inferiorizado como operaciones paradigmáticas de resarcimiento anímico ante la confiscación devastadora del poder adquisitivo.


A la recesión despiadada de la economía material, le corresponde una expansión de la economía de la crueldad. Y esto no por casualidad o accidente, son las condiciones exactas que el capital necesita para viabilizar un nuevo proceso de saqueo, despojo, expropiación y concentración de los bienes comunes, que siempre se condice con una redistribución y concentración del dolor y del sufrimiento en los cuerpos inferiorizados.


Por eso esta economía de la crueldad convoca el llamamiento a un nuevo pacto fundacional del patriarcado y clama: “Ahí donde pierden el poder adquisitivo de mercancías, serán resarcidos con el poder adquisitivo de cuerpos mercantilizados de los que podrán gozar para extraer las satisfacciones que no obtendrán de otra manera”.


En este sentido asistimos a una colosal confesión de partes del capitalismo: capitalismo y crueldad son indisociables, no hay economía capitalista sin el soporte de una economía de la crueldad. La crueldad es su operación fundante y su sustento anímico. Sus acciones coinciden punto por punto: apropiación, extracción, explotación, usufructo y vaciamiento de las energías vitales de todo cuerpo viviente degradado a objeto de explotación.

 


En coordenadas latinoamericanas, y a partir del encuentro entre escuchas clínicas y efectos inducidos por la tortura como paradigma político del terrorismo de estado practicado por la última dictadura cívico-militar, Fernando Ulloa ubica el cultivo de las condiciones de existencia de la crueldad en la "falencia del primer amparo": la ternura. Como gesto de hospitalidad fundante, no sólo de un viviente, sino de una común vulnerabilidad entre vivientes, la ternura se compone de tres dones que mitigan la exposición a la intemperie, que amparan el desamparo que nos constituye: abrigo frente a los rigores de la intemperie, alimento frente a los rigores del hambre y miramiento, que no es sino la consideración amorosa sobre una vida en estado de vulnerabilidad, de desamparo, de indefensión.


Ese inasible don que Ulloa llama miramiento amoroso -quizá el más enigmático y sutil-, puede pensarse como un comparecer ante el llamado de lo frágil. Dufourmantelle llama dulzura a esa suavidad herida que atiende la solicitud de lo vulnerable.


En su argumentación, Ulloa repone una idea freudiana: la ternura se originaría en la coartación del fin último de la pulsión, coartación que depende de una terceridad, una instancia de apelación, que oficia de "contertulio de la ternura", ¿qué quiere decir esto? Que la ternura es posible en la medida que vulnerabilidad, desamparo, indefensión no puedan ser usufructuados como objetos al servicio de una satisfacción, y para eso se necesitan al menos tres: entre yo y tú, algo que interponga un afuera al encierro en la asimetría de ese entre-dos. La ternura es en abstención de la crueldad. Ocurre, quizá como sugiere Simone Weill, cuando "no se ejerce todo el poder del que se dispone".


No hay nada sencillo en esto, quizá nada más difícil que esta decisión a la que estamos arrojadxs permanentemente, porque tal abstención no es nunca definitiva: su deliberación se nos presenta cada vez como un asedio que no da tregua. Rilke supo advertirlo, se trata de "lo más difícil que nos haya sido encomendado. Lo último, la prueba suprema, la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son sino preparación."


Para que ocurra enternecimiento en lugar de ensañamiento, es necesario que existan instancias de apelación, inscriptas en la memoria de lo común, que intercedan en esa indefensión del estar a merced. Sin el pulso de una común vulnerabilidad, un común desamparo, una común debilidad, una común fragilidad, que oficien como memorias históricas intercesoras ante el abuso y el ultraje de lo indefenso, el desamparo deviene pasible de ser usufructuado como objeto del que se extrae una plusvalía anímica que otorga la ilusión de indemnidad, supremacía y fortaleza.


La activación de esta economía de la crueldad corre en paralelo con la implementación de una política de producción de desamparos y de erradicación de lo público, en tanto lo público es el lugar donde residen las memorias de lo común como instancias intercesoras de la crueldad.

 

En la ternura y en el duelo encontramos deserciones de la crueldad. Pero ¿cómo ocurre que un cuerpo se incline hacia el encanto de las eróticas de la debilidad antes que a la embriaguez de la fuerza?



No hay tanta novedad en la proposición de esta política de la crueldad, es lo que la lógica del capital ha enseñado y demostrado ya innumerables veces a lo largo de su historia: la producción masiva de dolor y desdicha en favor de unas minorías que gozan de ello. Quizás sí haya novedad en el hecho de haber sido elegida. La pregunta sobre las condiciones de esa elección podría dibujar la forma de nuestro desvelo: ¿qué crueldades ya consentíamos sin advertirlo?

 



Bibliografía Conversada:

-Percia, M (2024) Embriaguez de la fuerza. Publicada en www.revistaadynata.com /post/embriaguez-de-la-fuerza---marcelo-percia

-Ulloa F. (1998) “Pensar el dispositivo de la crueldad”. Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/1998/98-12/98-12-24/psico01.htm




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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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