top of page

El artículo de las luciérnagas / Pier Paolo Pasolini

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 11 minutos
  • 9 min de lectura

«La distinción entre fascismo adjetivo y fascismo sustantivo se remonta nada menos que al diario, es decir, a la posguerra inmediata...». Así empieza un artículo de Franco Fortini sobre el fascismo (L’Europeo, 26-12-1974); un artículo que, como se suele decir, suscribo por completo, plenamente. Pero no puedo suscribir su tendencioso principio. Porque la distinción entre «fascismos» que hace el Politecnico no es pertinente ni actual. Todavía podía valer hace diez años, cuando el régimen democristiano era la pura y simple continuación del régimen fascista.


Pero hace diez años sucedió algo. Algo que no existía y no era previsible no solo en los tiempos del Politecnico, sino ni siquiera un año antes de que sucediese (o incluso, como veremos, mientras sucedía).


La comparación real entre «fascismos» no puede hacerse, cronológicamente, entre un fascismo fascista y un fascismo democristiano, sino entre un fascismo fascista y un fascismo radical, total, imprevisiblemente nuevo que nació de ese algo que sucedió hace diez años.


Como soy un escritor y escribo en polémica, o por lo menos discuto, con otros escritores, permítanme que haga una definición de carácter poético-literario de aquel fenómeno que sucedió en Italia hace diez años.


Servirá para simplificar y abreviar nuestro razonamiento (y probablemente para entenderlo mejor).


A principios de los años sesenta, debido a la contaminación del aire y, sobre todo, en el campo, debido a la contaminación del agua (los ríos azules y las acequias transparentes), empezaron a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno fue fulminante y fulgurante. Al cabo de unos años ya no había luciérnagas. (Ahora son un recuerdo, bastante desolador, del pasado: y un hombre viejo que tenga ese recuerdo no puede reconocerse a sí joven en los nuevos jóvenes, y por lo tanto no puede tener las hermosas añoranzas de antaño.)


A ese algo que sucedió hace diez años lo llamaré, pues, «la desaparición de las luciérnagas».


El régimen democristiano ha tenido dos fases completamente distintas que no solo son incomparables entre sí, lo que implicaría cierta continuidad, sino también históricamente inconmensurables.


La primera fase de este régimen (como acertadamente han insistido en llamarlo siempre los radicales) es la que va del final de la guerra a la desaparición de las luciérnagas; la segunda fase es la que va de la desaparición de las luciérnagas hasta hoy. Observémoslas de una en una.


Antes de la desaparición de las luciérnagas. La continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano es completa y absoluta. Callo sobre lo que al respecto se decía también entonces, quizá incluso en las páginas del Politecnico: la falta de depuración, la continuidad de los códigos, la violencia policial, el desprecio a la Constitución. Y me detengo en lo que luego ha contado para la conciencia histórica retrospectiva. La democracia que los antifascistas democristianos oponían a la dictadura fascista era desvergonzadamente formal.


Se basaba en una mayoría absoluta obtenida gracias al voto de enormes sectores de clases medias y enormes masas campesinas, manejados por el Vaticano. Este manejo del Vaticano sólo era posible en un régimen totalmente represivo. En aquel mundo los «valores» que contaban eran los mismos que para el fascismo: la Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro, la moralidad. Estos «valores» (como durante el fascismo) eran también reales, es decir, pertenecían a las culturas peculiares y concretas que formaban la Italia arcaicamente agrícola y paleoindustrial. Pero al asumirse como «valores» nacionales perdían su realidad y se convertían en un atroz, estúpido y represivo conformismo de Estado: el conformismo del poder fascista y democristiano. El provincianismo, la tosquedad y la ignorancia tanto de las elites como, a distinta escala, de las masas, eran iguales tanto durante el fascismo como durante la primera fase del régimen democristiano. Los paradigmas de esta ignorancia eran el pragmatismo y el formalismo vaticanos.


Todo esto resulta claro e inequívoco hoy, porque entonces los intelectuales y los opositores albergaban insensatas esperanzas. Se esperaba que todo eso no fuese completamente verdad y que la democracia formal significase en el fondo algo.


Antes de pasar a la segunda fase debo dedicar unas líneas al momento de transición.


Durante la desaparición de las luciérnagas. En este periodo la distinción entre un fascismo y otro que hace Il Politecnico aún podía valer. En efecto, tanto el gran país que estaba formándose dentro del país —la masa obrera y campesina organizada por el PCI— como los intelectuales más avanzados y críticos, no se habían percatado de que «las luciérnagas estaban desapareciendo». Estaban bastante bien informados por la sociología (que en aquellos años había puesto en apuros el método de análisis marxista), pero eran informaciones no experimentadas aún, en sustancia formalistas. Nadie podía sospechar la realidad histórica que habría sido el futuro inmediato, ni identificar lo que entonces se llamaba bienestar con el desarrollo que llevaría a cabo en Italia por primera vez, plenamente, el genocidio del que hablaba Marx en el Manifiesto.


Después de la desaparición de las luciérnagas. Los «valores», nacionalizados y por tanto falsificados, del viejo mundo agrícola y paleocapitalista, de pronto ya no cuentan. La Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, el orden, el ahorro y la moralidad ya no cuentan. Y tampoco sirven ya, porque son falsos. Sobreviven en el clericalfascismo marginal (incluso el MSI, en sustancia, los repudia). Les sustituyen los «valores» de un nuevo tipo de civilización, totalmente distinta de la civilización campesina y paleoindustrial. Esta experiencia ya la habían tenido otros estados. Pero en Italia es especial, porque se trata de la primera unificación real de nuestro país, mientas que en otros países se superpone, con cierta lógica, a la unificación monárquica y a la posterior unificación de la revolución burguesa e industrial. El trauma italiano del contacto entre el arcaísmo pluralista y la nivelación industrial quizá tenga un solo precedente, la Alemania anterior a Hitler. También aquí los valores de las culturas particularistas fueron destruidos por la violenta homologación de la industrialización, con la consiguiente formación de aquellas enormes masas, ya no antiguas (campesinas, artesanas) ni todavía modernas (burguesas) que nutrieron el cuerpo salvaje, aberrante, imponderable de las tropas nazis.


En Italia está sucediendo algo parecido, y con más violencia aún, porque la industrialización de los años setenta es una «mutación» decisiva incluso comparada con la alemana de hace cincuenta años. Como todos saben, no estamos ya frente a «tiempos nuevos», sino a una nueva época de la historia humana, de esa historia humana cuyos plazos son milenarios. Era imposible que los italianos reaccionasen peor de como lo hicieron ante semejante trauma histórico. En unos años se convirtieron (sobre todo en el Centro-Sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal. Para entenderlo basta con salir a la calle. Pero naturalmente, para entender los cambios de la gente, hay que amarla. Yo, lamentablemente, a esta gente italiana la había amado, tanto desde fuera de los esquemas del poder (al contrario, en oposición desesperada a ellos) como desde fuera de los esquemas populistas y humanitarios. Se trataba de un amor real, radicado en mi modo de ser. De modo que vi «con mis sentidos» cómo el comportamiento impuesto por el poder del consumo rehacía y deformaba la conciencia del pueblo italiano, hasta una degradación irreversible. Algo que no había ocurrido durante el fascismo fascista, un periodo en que el comportamiento estaba completamente disociado de la conciencia. En vano se obstinaba el poder «totalitario» en imponer sus modelos de comportamiento: la conciencia no estaba implicada. Los modelos fascistas solo eran máscaras de quita y pon. Cuando cayó el fascismo fascista, todo volvió a ser como antes. Se ha visto también en Portugal: después de cuarenta años de fascismo el pueblo portugués ha celebrado el primero de mayo como si el último lo hubiera celebrado el año anterior.


Es ridículo, pues, que Fortini sitúe la distinción entre un fascismo y otro al principio de la posguerra: la distinción entre el fascismo fascista y el fascismo de esta segunda fase del poder democristiano no tiene parangón, no solo en nuestra historia, sino probablemente en toda la historia.


Pero no escribo este artículo sólo para polemizar sobre este particular, por mucho que me interese. Escribo este artículo, en realidad, por una razón bien distinta. Es esta.


Todos mis lectores se habrán dado cuenta del cambio producido en los capitostes democristianos: en pocos meses se han convertido en máscaras fúnebres. Ciertamente, siguen exhibiendo sonrisas radiantes, de una sinceridad increíble. En sus pupilas luce una chispa auténtica, satisfecha, de buen humor. Siempre que no sea la chispa pícara de la astucia y el ardid. Algo que los electores, al parecer, aprecian tanto como la felicidad plena. Además, nuestros capitostes siguen pronunciando, impertérritos, sus peroratas incomprensibles, en las que flotan los flatus vocis de las tópicas promesas de siempre.


En realidad son máscaras. Estoy seguro de que, al levantar esas máscaras, no se encontraría ni siquiera un montón de huesos o de ceniza: allí estaría la nada, el vacío.


La explicación es sencilla. Hoy, en realidad, hay un dramático vacío de poder en Italia. Pero entendámonos: no es un vacío de poder legislativo o ejecutivo, no es un vacío de poder directivo ni, por último, un vacío de poder político en cualquier sentido tradicional. Sino un vacío de poder en sí mismo.


¿Cómo hemos llegado a este vacío? Mejor dicho, ¿cómo han llegado a él los hombres de poder?


La explicación, una vez más, es sencilla. Los hombres de poder democristianos pasaron de la «fase de las luciérnagas» a la «fase de la desaparición de las luciérnagas» sin darse cuenta. Por cercano que pueda esto parecer a la criminalidad, su inconsciencia al respecto fue total: no sospecharon ni por asomo que el poder que ejercían y manejaban no estaba experimentando una evolución «normal», sino cambiando radicalmente de naturaleza.


Habían imaginado que en su régimen todo iba a permanecer sustancialmente igual; que, por ejemplo, podrían contar eternamente con el Vaticano, sin darse cuenta de que el poder que ellos mismos seguían ejerciendo y manejando ya no sabía qué hacer con el Vaticano como centro de una vida campesina, retrógrada, pobre. Habían imaginado que podrían contar eternamente con un ejército nacionalista (lo mismo que sus predecesores fascistas) y no veían que el poder que ellos seguían ejerciendo y manejando ya estaba sentando las bases de ejércitos nuevos transnacionales, casi policías tecnocráticas. Lo mismo cabe decir de la familia, obligada, sin solución de continuidad desde los tiempos del fascismo, al ahorro y a la moralidad: ahora el poder del consumo le imponía cambios radicales, hasta aceptar el divorcio y ya, parcialmente, todo lo demás, sin límites (o por lo menos hasta los límites consentidos por la permisividad del nuevo poder, peor que totalitario en cuanto violentamente totalizador).


Los hombres del poder democristianos sufrieron todo esto creyendo que lo administraban. No se dieron cuenta de que era otro, inconmensurable no solo con ellos sino con toda una forma de civilización. Como siempre (cf. Gramsci), solo en la lengua se han advertido síntomas. En la fase de transición —durante la «desaparición de las luciérnagas»— los hombres del poder democristianos cambiaron casi bruscamente su modo de expresarse y adoptaron un lenguaje completamente nuevo (tan incomprensible como el latín). Sobre todo Aldo Moro, es decir (por una enigmática correlación), el que parece menos implicado de todos en las cosas horribles que se han organizado desde el 69 hasta hoy, en el intento, hasta ahora formalmente exitoso, de conservar el poder a toda costa.


Digo formalmente porque, repito, los capitostes democristianos, con sus maniobras de autómatas y sus sonrisas, en realidad están tapando un vacío. El poder real procede sin ellos, y lo único real que queda de ellos al manejar esos mecanismos inútiles son sus lúgubres chaquetas cruzadas.


No obstante, en la historia no puede subsistir el vacío. Sólo se puede hablar de él en abstracto o en una reducción al absurdo. Lo más probable es que el vacío del que hablo ya se esté llenando a través de una crisis y un reajuste que no dejará de alterar profundamente la nación. Una señal, por ejemplo, es la espera morbosa del golpe de Estado. Como si solo se tratara de sustituir al grupo de hombres que nos ha gobernado de un modo tan espantoso durante treinta años, llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanístico y antropológico. En realidad la falsa sustitución de estos fantoches por otros fantoches (más fúnebremente carnavalescos todavía) mediante un refuerzo artificial de los viejos aparatos del poder fascista, no serviría de nada (y quede claro que, en tal caso, la «tropa» ya sería, por su constitución, nazi). El poder real al que han servido los «fantoches» durante diez años sin darse cuenta de su reali-dad: eso sí que habría podido llenar el vacío (frustrando también la posible participación en el gobierno del gran país comunista que nació de la ruina de Italia, porque no se trataba de gobernar). De este poder real tenemos imágenes abstractas y en el fondo apocalípticas. No sabemos representarnos qué formas tomaría al sustituir a sus servidores, que lo han confundido con una simple «modernización» de técnicas. De todos modos, por mi parte (si mi postura tiene algún interés para el lector), quede claro: yo daría toda la Montedison, por muy multinacional que sea, a cambio de una luciérnaga.


Nota: Publicado en Corriere della Sera con el título «Il vuoto del potere in Italia» (El vacío de poder en Italia).

Fuente: Escritos corsarios, Ediciones del Oriente 1975 y del Mediterráneo, 2009. Traducción: Juan Vivanco Gefaell.


Chiharu Sakamoto La morada de las luciérnagas, 2014 Pintura acrílica sobre lienzo 45,5 × 38 cm
Chiharu Sakamoto La morada de las luciérnagas, 2014 Pintura acrílica sobre lienzo 45,5 × 38 cm


 
 
 

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page