El niƱo proletario / Osvaldo Lamborghini
- Revista Adynata
- 1 jul 2022
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Actualizado: 3 jul 2022
Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niƱo proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus dĆas lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y re viciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lĆcitos de la parturienta, se emborracha con un vino mĆ”s denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niƱo con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niƱo el niƱo proletario trabaja, saltando de tranvĆa en tranvĆa para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compaƱeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
En mi escuela tenĆamos a uno, a un niƱo proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo habĆa cambiado por el de Ā”Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a Ā”Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, Ā”Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertĆamos en grande.
Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niƱo proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Con el correr de los aƱos el niƱo proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sĆfilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a travĆ©s de las generaciones. Como la Ćŗnica herencia que puede dejar es la de sus chancros jamĆ”s se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilĆcita, y asĆ, gracias a una alquimia que aĆŗn no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegarĆ© a entender), su semen se convierte en venĆ©reos niƱos proletarios. De esa manera se cierra el cĆrculo, exasperadamente se completa.
Ā”Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venĆa sin vernos caminando hacia nosotros, tres niƱos burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y asĆ ocupó toda la vereda. Ā”Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a quĆ© nueva humillación debĆa someterse. Nosotros tampoco lo sabĆamos aĆŗn pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. Ā”Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror, oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras mĆ”s odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiĆ©ramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvĆa de dorado color.
A empujones y patadas zambullimos a Ā”Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahĆ, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecĆa contraĆda por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a Ā”Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testĆculos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niƱo proletario de arriba hacia abajo y despuĆ©s ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululĆ”bamos. Gustavo se sostenĆa el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.
No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
Nosotros quisiĆ©ramos morir asĆ, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.
Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.
Porque Gustavo parecĆa, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que tambiĆ©n a nosotros venĆan a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.
Porque el goce ya estaba decretado ahĆ, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niƱo proletario. El goce estaba ahĆ, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiƱo de Ā”Estropeado!, Gustavo, quien nos liderarĆa luego en la edad madura, todos estos aƱos de fracasada, estropeada pasión: Ć©l primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de Ā”Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó hĆŗmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparĆ”bamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
Esteban y yo nos contenĆamos Ć”speramente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperĆ”bamos y esperĆ”bamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a Ā”Estropeado! y Ā”Estropeado! no podĆa gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.
A Esteban se le contrajo el estómago a raĆz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un esplĆ©ndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agachĆ©, lo incorporĆ© a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajĆ© los pantalones. Por el ano desocupĆ©. DesalojĆ© una masa luminosa que enceguecĆa con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojĆ©.
Mientras tanto ”Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.
Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadĆ© un pie con un punzón a travĆ©s de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le cortĆ© uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irĆan a servirle. Nunca mĆ”s correteos, correteos y saltos de tranvĆa en tranvĆa, tranvĆas amarillos.
Promediaba mi turno pero yo no querĆa penetrarlo por el ano.
āYo quiero succión ācrujĆ.
Esteban se afanaba en los Ćŗltimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de Ā”Estropeado! se desuniera del barro para que Ā”Estropeado! me lamiera el falo, pero debĆa entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrĆ un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demĆ”s, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebanĆ© la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niƱo proletario. Cuatro tirones rĆ”pidos, dolorosos, sin todavĆa el prĆstino argĆ©nteo fin de muerte. TodavĆa escabullirse literalmente en la tardanza.
Gustavo pedĆa a gritos por su parte un fino paƱuelo de batista. QuerĆa limpiarse la arremolinada materia fecal conque Ā”Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que Ā”Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre parĆ©ntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movĆa, asĆ, y asĆ, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponĆa, el sol que se ponĆa, ponĆa. Nos iluminaban los Ćŗltimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lĆvido Gustavo miraba el sol que se morĆa y reclamaba aquel paƱuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi paƱuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequĆ© mis lĆ”grimas en ese mismo paƱuelo, y sobre Ć©l volquĆ©, aƱos despuĆ©s, mi primera y trĆ©mula eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi paƱuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y asĆ me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paƱo la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahĆ.
Descansaba Esteban mirando el aire despuĆ©s de gozar y era mi turno. Yo me acerquĆ© a la forma de Ā”Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquĆtico lucĆa lĆvido azulado. TenĆa los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavĆa, despuĆ©s de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alarguĆ© el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo mĆ”s feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esfĆ©rico del sol para felicitar. Me agachĆ©. ConectĆ© el falo a la boca respirante de Ā”Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imitĆ© la forma de la fusta. A fustazos le arranquĆ© tiras de la piel de la cara a Ā”Estropeado! y le impartĆ la parca orden:
āHabrĆ”s de lamerlo. Succiónā
”Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentÔndome el placer.
A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendĆa para mi crujir.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Pero tambiĆ©n vendrĆ” por mĆ. Mi muerte serĆ” otro parto solitario del que ni sĆ© siquiera si conservo memoria.
Desde la torre frĆa y de vidrio. Desde donde he contemplado despuĆ©s el trabajo de los jornaleros tendiendo las vĆas del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacĆo y crispado. Yo soy aquel que ayer nomĆ”s decĆa y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.
Desde este Ć”ngulo de agonĆa la muerte de un niƱo proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
Los despojos de Ā”Estropeado! ya no daban para mĆ”s. Mi mano los palpaba mientras Ć©l me lamĆa el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde morĆa. DescarguĆ© mi puƱo martillo sobre la cabeza achatada de animal de Ā”Estropeado!: Ć©l me lamĆa el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querĆan que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. EmpuƱƩ mechones del pelo de Ā”Estropeado! y le sacudĆ la cabeza para acelerar el goce. No podĆa salir de ahĆ para entrar al otro acto. Le metĆ en la boca el punzón para sentir el frĆo del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejĆ© que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.
āAhora hay que ahorcarlo rĆ”pido ādijo Gustavo.
āCon un alambre ādijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.
āY adiós Stroppani Ā”vamos! ādije yo.
Remontamos el cuerpo flojo del niƱo proletario hasta el lugar indicado. Nos proveĆmos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.
Fuente: "Sebregondi retrocede", de Osvaldo Lamborghini, publicado en 1973 Ā© herederos de Osvaldo Lamborghini.
