El Viaje InĂștil (Fragmento) / Camila Sosa Villada
- Revista Adynata
- 1 mar 2025
- 8 Min. de lectura
Hay un tiempo frente a una palabra, o muchas, no importa donde nada pasa. Una estĂĄ detenida frente a una idea escrita y esa idea, a pesar de ser escrita, no tiene sentido. Es un momento de mucha intimidad, un tiempo de meditaciĂłn. Eso que estĂĄ allĂ con un cuerpo, ocupando un espacio, siendo ya parte de lo escrito busca nuestra comprensiĂłn. Entonces es mejor permanecer en ese lugar donde no se puede corregir ni mejorar, ni limpiar, ni escindir, pero tampoco puede borrarse esa frase sin sentido que es necesario volver a esÂŹcribir. Se vuelve a escribir y se libera una parte de su sentido y se vuelve a escribir o reescribir, se tacha y se escribe por encima y el sentido finalmente se manifiesta, como un espĂritu, se anuncia con dos golpes para decir sĂ, un golpe para decir no. Ay, ese momento en que la escritora se encuentra con lo que ha nacido de esa lengua de la que somos aparentemente ignorantes. El sentido de lo incomprensible es huĂ©rfano. Una se entrega a esa pĂ©rdida tan sĂłlo para no pensar en nada. TambiĂ©n es la pĂ©rdida de la orientaciĂłn, es estar en sueños un par de horas, comulgando con nuestras criaturas, haciendo de la inutilidad nuestra mejor aliada.
Y ante todo, es la pérdida de la noción de una misma, el cambio de piel, la juventud perdida de nuestra escritura. La escritura anulando a la escritura. La escritura pareciéndose a recibos de sueldo, a planillas llenadas por alguien que no nos conoce. La escritura como enemiga de sà misma pero también de nosotras, las escritoras, que somos al fin y al cabo la escritura.
Como son las actrices el cine y el teatro.
A veces releo escritos que van quedando en el fondo de la computadora, mails de hace muchos años, poemas dirigidos a amores que ya no existen y es imposible no notar una pérdida en el estilo. Y me atrevo a decir algo peligroso: extraño la escritura de ese estilo. Las falencias, los espacios borroneados, el entrar al terreno de la escritura sin saber nada y negarme a aprender nada. Abusar de los adjetivos, de los gerundios, decir obviedades, relamerse en la tristeza, hundirse en el dolor escrito y extraer de esa confusión unas horas mås de vida. Un poco mås de tiempo para seguir escribiendo.
Ya no escribo asĂ, con esa voz joven que decĂa todo lo que querĂa con simpleza. Tal vez soy mejor corrigiendo, advierto algunos excesos, de un pĂĄrrafo entero puedo exprimir apenas una oraciĂłn, soy capaz de suavizar algunas violencias del lenguaje. Pero esa inocencia con la que decĂa cosas tan terribles de mis veinte años, de mis dieciocho años, la prostituciĂłn, el rechazo de las personas al verme caminar en la calle, todo eso, se perdiĂł.
Hasta hoy, no sé si me sucedieron esas vidas para que las escriba o yo las sucedà para poder escribirlas.
Queda todavĂa una inocencia que sostiene al mundo pendiendo de un hilo:
Siempre es el deseo cada vez. Siempre es un deseo que se escribe. Un pedido de amor, en el sentido mås estricto del término.
La gente que me lee, algunos amigos, algunos lectores desconocidos, a menudo me agradecen que convierta hechos aparentemente terribles de mi vida en literatura. Pero yo no creo que los hechos puedan convertirse en literatura. Se escriben, son hechos escritos. Pero son hechos. Quedan ahĂ, siempre disponibles para nuestros afanes de exorcismos, nuestras fiebres catĂĄrticas, pero no. Nada de eso. Escribir no salva del hecho.
Sobre lo que pasĂł se pueden escribir biblias eternas, que los viejos traumas no se superan. Por lo general, yo los refuerzo.
Pero la escritura tambiĂ©n puede provocar unos movimientos maravillosos, tener consecuencias sobre la realidad de esas, que provocan una felicidad muy cierta, como algĂșn novio que escribĂa notitas y me las dejaba pegadas en la heladera reÂŹcordĂĄndome tomar los medicamentos a tal hora y algĂșn mensaje encriptado para que pensara en Ă©l. Bueno, de eso tambiĂ©n estĂĄ hecha la literatura. De querer ser amados.
Marguerite Duras dirå que la soledad es necesaria para la escritura, que todo escritor debe estar solo, construir su soledad. En este punto acuerdan muchos de los escritores que conozco. Afirman que la creación es un hecho solitario. Estamos solos frente a la escritura, frente al amor (¥qué solos estamos frente al amor!); frente a la belleza. Todo intento por transferir ese estado de soledad es lo que nos vuelve seres afectuosos y afectivos.
Sin embargo, una vez que la palabra llega, ya no me siento sola. Me siento sola con el pensamiento, en determinados rituales que llaman a la palabra. Pero luego comienzo a poblar las hojas de compañĂa. Traigo a mis ancestros, a mis herÂŹmanos, a mis amigos, a todos los fantasmas que me extraen de la angustia. A veces traigo tambiĂ©n a los muchos amantes con los que me he encon-trado en la noche, ojo con ojo, para amarnos y desaparecer. Entonces la soledad deja de ser tal.
TambiĂ©n estĂĄn los duendes, esos duendes de los que hablaba Lorca, ahĂ, acompañåndonos, riĂ©ndose de nosotros o clavĂĄndonos mĂĄs honda la espina para que lo escrito sea poderoso.
Existe una comuniĂłn, ÂżCĂłmo negarla? CĂłmo no decir que junto a nosotros tambiĂ©n estĂĄn los que nos inspiran, los que nos ayudan, los maestros que escribieron antes que nosotros y que nosotros leemos buscando un bastĂłn, un apoyo frente a lo inasible de escribir. Y estĂĄn los lectores. No. No estoy sola cuando escribo. Alguien tambiĂ©n corrige y comete los actos de puntuaciĂłn. Sugiere con el rigor de una demanda descartar frases, pĂĄrrafos enteros, adjetivos, idas y vueltas, dimes y diretes, la parte vulgar de la escritura. Un editor que no te deja sola en el proceso es parte de la compañĂa. Es parte de la amistad, de la comuniĂłn, de la bĂșsÂŹqueda del otro.
La soledad no es privilegio de poetas y escriÂŹtores, no se estĂĄ mĂĄs solo siendo escritor de lo que puede estarse en todos los actos de comuniĂłn de nuestra raza.
Algunas cosas en mi vida comienzan a ser despuĂ©s de ser escritas. Por ejemplo, el amor. Es increĂble cĂłmo el sistema es siempre el mismo. Puedo sentir cierta confusiĂłn o desazĂłn respecto a un vĂnculo, entonces escribo y el amor se revela en las palabras y me doy cuenta que era de esa magnitud el estado de incertidumbre, tan paÂŹrecido al amor. Un deseo se dice mĂĄs fĂĄcilmente de lo que se escribe. Escribir un deseo es un acto de confirmaciĂłn.
Tengo pocos argumentos, pero puedo citarlos. Los contratos de venta, los acuerdos, las partidas de nacimiento, los matrimonios, los testamentos, todos son escritos. Cobran un valor al ser escritos y firmados. Por esa razĂłn yo no querĂa editar mi primer libro de poemas. No querĂa dejar por escrito y fijado en papel algo de lo que posiblemente me arrepentirĂa. Algo a lo que las personas podrĂan volver cada vez. Como quien recurre al original de un contrato y dice: Ă©ste fue nuestro acuerdo, a esto me comprometĂ, a esto te comprometiste.
En el CorĂĄn se dice: âEstĂĄ escritoâ.
TambiĂ©n se dice: âA las palabras se las lleva el vientoâ.
En ese sentido, creo que escribir se parece mucho a hacer una promesa.
Escribir supone un acto de constricción. Un detenimiento en el ritmo del mundo. Se razona para escribir. Asà como el texto va detrås de la memoria, del mismo modo el razonamiento se encadena a la escritura. Como cuando se sueña y se tiene la impresión de que una voz antigua, nuestra, pero tan antigua que parece mås sabia y ajena, nos quiere decir algo sobre nosotros mismos y entonces lo escribimos. Vamos con ese sueño escrito a nuestro psicoanalista, con ese sueño escrito inmediatamente después de ser soñado.
La crueldad de lo que se escribe nunca serĂĄ alcanzada por la crueldad de lo que se dice. Sobre lo dicho no hay pruebas, mĂĄs que la fe y la confianza. Sobre lo escrito no caben refutaciones.
Las excusas no se escriben.
Escribir implica una rebeldĂa porque escribir supone la reflexiĂłn. Y la reflexiĂłn es inadmisible en tiempos de producciĂłn. Conlleva una pausa, un volver a los recuerdos, volver a una misma.
Por supuesto que la espontaneidad es un priÂŹvilegio de la palabra dicha. Lo que se escribe difĂÂŹcilmente es espontĂĄneo. Pero estamos hechos de pĂ©rdidas. Como escritora, a las cosas determinantes de mi mundo prefiero escribirlas. Para que sean, por ejemplo, el amor, la felicidad, la amargura, antes que decirlo, antes que gritarlas, primero las escribo. Es el poder profĂ©tico de la escritura.
Estoy convencida del error Hay un error en lo que escribo. No puedo decir cuål es pero sé que estå. El error se ha vuelto invisible a los ojos pero estå. Es lo que me hace dudar de mi escritura. Es lo que me dice que nada estå resuelto.
Ese error que se convirtiĂł en estilo es lo que salva a lo que escribo de las miradas extranjeras, las miradas que nada saben, que intentan ponerle valor a la escritura de una persona. Que dicen: esto es poesĂa, esto no es poesĂa. Esto es mierda, esto no lo es. Esto se escribe dentro de este mo-vimiento. Esto no. Esta frase es mierda, otra vez.
Creo que no maduro mi escritura por el miedo que me causa ese juicio sobre algo tan ĂnÂŹtimo que decido mostrar.
El mismo juicio que me atemoriza de mis padres. Porque al fin y al cabo, la literatura nunca ha dejado de ser el padre y la madre: Ocupada por esas dos presencias que fueron escritas una y otra vez hasta el cansancio. Son todo lo que fue fijado. Es monumental su presencia en la Eter atura.- Son como piedra caliza. El caråcter de lo que se escribe, tan como ellos. Los mås dañinos y los mås capaces de dar amor.
Por momentos estoy irreconciliable como mi mamĂĄ, no me encuentro en nada, los espejos me agreden, siento que me falta todo, que soy la mujer mĂĄs frĂĄgil y miserable del mundo, escribo en un pantano donde brotan mis mĂĄs horribles criaturas. Lo que escribo se pone asĂ, como mi mamĂĄ empastillada despuĂ©s de una pelea con su esposo, entregada a la miseria, a la falta de respeto sobre ella misma, a la falta.
Y por momentos siento la determinación de mi papå sobre el mundo que lo rodeaba. Y asà como lo vi poner de pie los muros de su propia casa, yo también decido sobre la literatura. Decido cometer el error de escribir. Yerro, escribo mal, digo mal las cosas, conjugo mal, repito hasta el cansancio, abuso del pretérito pluscuamperfecto
y me enorgullezco de eso como se enorgullece mi papĂĄ de su ignorancia, de su falta de tacto, de su ignorancia total sobre los âbuenos modalesâ.
Escribo asĂ, tan alcohĂłlicas son mis palabras como lo fue mi papĂĄ y tan desamparadas e insaÂŹciables como lo fue mi mamĂĄ.
Por lo demĂĄs, la literatura no ha escrito ninguna soluciĂłn a los daños de mi vida. SĂłlo imprimiĂł una virtud en mĂ, un sentido poĂ©tico con que mirar las cosas.
Mi papĂĄ y mi mamĂĄ son todo lo que he es alto en mi vida. MĂ escritura es la tercera pieza de ese amor de mis padres que vino tan complicado al mundo. Desde siempre, desde que la clase de una familia es determinada por el sistema, se fabrican a nuestra medida esos amores destinados a doler. Porque asĂ se escribiĂł, asĂ lo escribieron los poetas romanos y aĂșn no podemos deshacernos de ello. AsĂ, desde la muerte de mi abuela materna, muerta a manos de su esposo y la amante de su esposo, obligada a practicarse un aborto clandestino con un palo de perejil, muerta de fiebre, infectada por dentro de esa clase de pobreza donde el amor propio es aĂșn mĂĄs rechazado que el amor por los demĂĄs. Desde la muerte de mi abuelo paterno aplastado , por una cantera que se derrumbĂł sobre su cuerpo de minero, que terminĂł por caer como la violencia misma del cuerpo de mi abuelo, que castigĂł con tal crueldad a sus hijos, entre ellos a mi papĂĄ, ahĂ, ahĂ en ese nudo estĂĄ la raĂz de la escritura.
SĂłlo es eso: un rastreo del dolor a travĂ©s de las palabras. Por supuesto que en esa. travesĂa aparece eventualmente la dicha, que viene a reÂŹcordarle a la escritura su verdadera naturaleza: la oposiciĂłn. Siempre estaremos oponiĂ©ndonos en la escritura. Siempre tendremos un enemigo, una contracara. Siempre habrĂĄ algo, o alguien que oponga su naturaleza a la nuestra.
Fuente: El viaje inĂștil (2018) Ediciones La Uña Rota y DocumentA/EscĂ©nicas.
