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Entrevista a Monique Wittig sobre L’Opoponax

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 6 horas
  • 7 min de lectura

Entrevistador: He aquí un libro curioso, interesante y, en definitiva, un muy buen libro. Al leerlo, uno tiene la sensación de que está escrito como pensamos. La música de las frases, la forma en que unas se enlazan con otras, es la misma que tenemos en la cabeza.


Los personajes de este libro son niñas que van creciendo. Al comienzo están en el jardín de infantes; al final tienen quince o dieciséis años. Y es a través del propio lenguaje de la narración, de su evolución, como sentimos el paso del tiempo, cómo llega la edad. Las vemos crecer; mejor dicho, las oímos crecer.


¿Era eso lo que usted quería, Monique Wittig?


Monique Wittig: Sí, por supuesto. Quería que se las pudiera oír crecer, exactamente en el sentido que usted dice.


Entrevistador: El lenguaje cambia. Cambia con la edad, cambia de un año al siguiente; no de un capítulo a otro, porque no hay capítulos, sino aproximadamente cada cuarenta páginas.


Monique Wittig: Sí.

Porque, en el fondo, uno encuentra aquí fragmentos de vida más que una evolución continua. La vida de estas niñas aparece en fragmentos, uno por cada período.


Entrevistador: ¿Recordaba la manera en que pensaba cuando era niña o reconstruyó todo imaginando una determinada mirada infantil?


Monique Wittig: Intenté reconstruirla mezclando imaginación y memoria.


Entrevistador: ¿Tenía recuerdos?


Monique Wittig: Muy pocos.


Entrevistador: ¿Recuerdos de su manera de pensar?


Monique Wittig: Muy pocos. Creo que los recuerdos son más interesantes cuando una los fabrica. A partir de ahí se reconstruye una impresión, una impresión propia del recuerdo, de aquello que queda de él. Lo que permanece es una impresión y, desde esa impresión, una intenta reconstruir un recuerdo.


Creo que de esa manera se consigue mucho mejor la tonalidad de los recuerdos que intentando traducir el recuerdo mismo.


Entrevistador: ¿Fue fácil?


Monique Wittig: No. Fue bastante difícil.


Entrevistador: Al leer este libro da la impresión de que fue escrito para ser dicho en voz alta. Incluso dan ganas de leerlo en voz alta.


Monique Wittig: No, no fue escrito en voz alta. Me gustaría escribir algún día un libro pensado para ser leído en voz alta; sería simpático. Pero sí puede decirse que, cuando se escribe, siempre se oye una voz.


Entrevistador: ¿Es la voz de una de las niñas? ¿La voz de Catherine?


Monique Wittig: Me gustaría que fuera, alternativamente, la voz de cada una de las niñas.


Entrevistador: Pero sobre todo…


Monique Wittig: Sí, sobre todo la de Catherine.


Entrevistador: En este libro prácticamente no hay una historia. Da la impresión de que no ocurre nada. Y, sin embargo, el lector siente una presencia muy fuerte, una realidad muy intensa.¿Qué es esa realidad?


Monique Wittig: Podría decir que me corresponde a mí más que a usted…. En el fondo, soy yo quien termina haciéndose la pregunta. ¿La realidad que percibimos en un libro no es, acaso, la misma realidad que percibe quien narra?


Entrevistador: Sí, pero entonces, ¿qué es esa realidad? ¿Es alguien? En definitiva, ¿qué es? ¿Es usted? ¿Es a Usted a quien el lector encuentra?


Monique Wittig: No lo sé.

Lo que impresiona es el mundo. El mundo tal como puede percibirse, tal como usted mismo puede percibirlo.


Entrevistador: En cualquier caso, esa realidad llega inmediatamente al lector porque el libro lo consigue plenamente. El tono, la lengua y la escritura poseen las características propias de la edad de los personajes.


Después de todo, las niñas siempre están haciendo algo; se mueven constantemente. Y en este libro está el ritmo de la carrera, de los juegos, de pasar de un juego a otro.


Monique Wittig: Me alegra mucho que me diga eso, porque justamente quería expresar un movimiento mediante la frase.


Creo que por eso mismo el libro está construido a partir de una especie de yuxtaposición.

El movimiento de correr, de jugar, de caminar, aparece menos descrito que producido por

los propios saltos del lenguaje: de una frase a otra, de una anécdota a otra, de un tema al siguiente, exactamente igual que una niña abandona un juego para empezar otro.


Entrevistador: Hay una especie de interrupción permanente de la actividad.

Todo está siempre en movimiento. Incluso los nombres pertenecen al mundo de la infancia.


Es decir, los personajes no se llaman simplemente Catherine, Valérie o Nicole, sino Catherine Legrand, Valérie…, Denise…, exactamente como aparecen escritos en los cuadernos escolares.


Monique Wittig: Sí, en los cuadernos de clase.

¿No le parece demasiado severo?


Entrevistador: No, en absoluto. Es simplemente un hecho.

En general, cuando hablamos de una persona adulta, decimos solamente su nombre de pila: Catherine…


Monique Wittig: Pero creo que, para las niñas y también para las personas adultas, el hecho de tener un nombre completo es muy importante.


Por ejemplo, en algunos libros de la Biblia aparecen únicamente largas enumeraciones de nombres. Se dice: «En tal tribu están Fulano, Mengano, Zutano…» Ya ni recuerdo cuáles son esos nombres.


Y, sin embargo, el simple hecho de enumerarlos, de decir uno tras otro el nombre y el apellido, les da realidad.


En el fondo, cuando alguien es nombrado, existe.


Entrevistador: Es verdad.

Hace un momento usted decía que en este libro nunca hay una pausa verdadera. Nunca se pasa realmente a otra línea de pensamiento: se va de un tema a otro, pero el movimiento nunca se detiene.


Ayer, cuando hablábamos de esto, usted me dijo: «Vivimos así».


¿Cree que incluso de adultos vivimos de esa manera?


Monique Wittig: Creo que sí. Al menos, me parece que sí.


Entrevistador: ¿Y qué queda entonces?


Monique Wittig: Creo que nuestros recuerdos nunca forman una línea continua.

Si intenta recordar exactamente qué hizo hace tres meses, probablemente no recuerde casi nada. Tal vez aparezca un hecho cualquiera, completamente al azar, y ese hecho se engancha con otro.


Los hechos no sólo se acumulan: somos nosotros quienes los vamos acumulando en nuestra vida. Siempre estamos corriendo detrás de algo.


Entrevistador: ¿Hace zigzag.?

Hay algunas expresiones que no deben tomarse literalmente.


Pienso, por ejemplo, en una frase que aparece varias veces cuando habla de Denise o de Valérie: «Se le cayó la goma sin querer» o «se cayó sin querer».


En esos casos hay que entender exactamente lo contrario: “sin querer” significa que fue deliberado, pero dando la impresión de que ocurrió por accidente.


Monique Wittig: Sí. Creo que es una forma de camuflaje.

Entrevistador: Tengo la impresión de que usted escribe eso de manera muy espontánea, como si esa idea siguiera estando muy presente, muy cercana para usted.


¿No le quedó un poco esa costumbre de hacer las cosas “sin querer”?


Monique Wittig: Espero que no.


Entrevistador: Da la impresión de que esa expresión vuelve muy a menudo.


Monique Wittig: Sí, aparece bastante seguido.

Pero creo que, en las niñas, siempre existe una cierta falta de sinceridad frente al mundo adulto.


Siempre hacen las cosas “sin querer”.


Entrevistador: ¿Y usted no conservó un poco de eso?


Monique Wittig: No lo sé.


Entrevistador: Cuando las niñas son un poco mayores, Catherine Legrand y su hermana ingresan como internas en un convento.


¿Su experiencia personal le sirvió para escribir esa parte?


¿Usted misma estudió en un internado religioso?


Monique Wittig: No. Nunca fui a un internado.

Pero sí conocí, como creo que casi todo el mundo en Francia, el convento y la institución religiosa.


Y, sobre todo, hace tres o cuatro años trabajé durante unos meses como profesora en una institución religiosa.


Eso me hizo volver a pensar en muchísimas cosas.


Entrevistador: Es justamente en el convento donde nace esa amistad tan intensa —casi una pasión— entre Catherine Legrand y Valérie.


Su protagonista debe tener unos catorce o quince años.


Monique Wittig: No sabría decir exactamente la edad.

Tal vez catorce o quince.


Entrevistador: Es una pasión que, sin embargo, apenas se manifiesta.

Aparece en unos celos apenas insinuados y, sobre todo, en una enorme tensión.


Y es precisamente en ese momento cuando aparece por primera vez el opopónax.


¿Qué representa el opopónax? Recordemos que también es el título del libro.


Monique Wittig: Creo que corresponde, en el fondo, a una toma de conciencia de sí misma.

Y también al nacimiento del amor.


Quizá sea el nacimiento del amor lo que hace posible esa toma de conciencia.


No lo sé.


Entrevistador: Entonces, ¿qué es exactamente el opopónax?

¿Es la intervención de los demás?


Monique Wittig: Sí…

Es la intervención de los otro…Una cosa oscura. Eso no hemos dicho, lo que no hemos

expresado. Es eso que querríamos decir, que querríamos expresar.


Entrevistador: Es algo que aparece repentinamente en la vida de alguien, en una ocasión determinada.


Monique Wittig: Puede ser, y uno luego toma conciencia.


Entrevistador: Por ejemplo, Catherine Legrand comienza a escribir pequeños mensajes anónimos.

¿Eso forma parte del opopónax?


Monique Wittig: Si..

Es eso mismo…


y, al mismo tiempo, es otra cosa.


Es como si se dividiera en dos.


Al menos, esa es la impresión que tengo.


Entrevistador: Ayer usted me habló de una palabra alemana relacionada con el opopónax.

Hoy, en cambio, me dio otra.


¿Cuál es la correcta?


Monique Wittig: La palabra correcta es Trudemännchen.

Designa a un pequeño hombre que oprime el pecho mientras uno duerme.


Es el personaje de las pesadillas.


Creo que proviene de un antiguo cuento popular alemán.


Es aquello que nos obsesiona.


Aquello que vuelve una y otra vez. Algo que viene de las pesadillas.


Aquello que desencadena algo.


Entrevistador: Al final del libro, Catherine Legrand y Valérie están sentadas una al lado de la otra en un autobús escolar que lleva a las alumnas de paseo.


Ha nacido una amistad apasionada.


Una aventura comienza.


Y, sin embargo, el libro termina justamente allí, cuando todavía casi no ha ocurrido nada.


¿Por qué?


Monique Wittig: Porque, si continuara, correría el riesgo de convertirse en un folletín.

El amor comienza.


Pero eso no es lo importante.


Entrevistador: También porque, a partir de ese momento, la historia empieza a convertirse en una historia de personas adultas.


Monique Wittig: Exactamente.

Ya no estamos en el mismo plano.


Es otra realidad.


Entrevistador: Y desde el momento en que se convierte en una historia de adultos, ¿el lenguaje que había utilizado hasta entonces deja de servir?


Monique Wittig: Creo que sí.

Ya no sería el mismo lenguaje.


En realidad, en los últimos capítulos el lenguaje ya empieza a cambiar.


El ritmo se precipita.


Y ese cambio ya anuncia un final.


Entrevistador: Usted dice, en cierto modo, que cuanto más envejecemos, menos claramente vemos las cosas y, por lo tanto, más difícil resulta contarlas.


Después de eso…


ya se terminó.


Habrá que inventar otro lenguaje para la próxima vez.


Muchas gracias.


Monique Wittig: Gracias a usted.




Fuente: Monique Wittig à propos de son roman "L' Opoponax" dans Lectures pour tous (1964)


William Mophos, “Quintal da Vovข”, (2025), Pintura acrílica sobre fragmento de pared, miniaturas de materiales mixtos, cúpula acrílica con base de tablero de cemento, 21,6 x 23 x 21 cm
William Mophos, “Quintal da Vovข”, (2025), Pintura acrílica sobre fragmento de pared, miniaturas de materiales mixtos, cúpula acrílica con base de tablero de cemento, 21,6 x 23 x 21 cm

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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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