• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (6). Vivir entre metáforas /Marcelo Percia

Habitamos vidas semióticas. Continuos vértigos de sustituciones, de encuentros de representaciones fortuitas y ocurrentes.

Como escribe Rilke (1922) “…y ya saben los astutos animales que no nos sentimos muy seguros en casa, dentro del mundo interpretado”.

Sin metáforas no sabríamos cómo pensar la vida.

Entre todas las significaciones que nos piensan están la de la navegación y el naufragio, la de soltar amarras y zarpar, la de levar anclas y encallar, la de andar a la deriva y la de soltar el timón.

Una obra de Jorge Macchi (2010) que forma parte de su serie “crónicas eventuales” se llama fragata. Consiste en una fotografía de una caja de fósforos cortada en un extremo sobre un plano azul que se percibe como una embarcación hundiéndose.

Dice sobre la obra: “La imagen de la caja de fósforos comenzó siendo un dibujo, y terminó en foto de la caja real, inclinada de costado sobre un plano azul. No hay tragedia, sino exacerbación del artificio. La caja está cortada sobre un plano azul que se nota que no es el mar. Como pasa con el teatro, sabemos que asistimos a un mundo artificial y, sin embargo, nos conmueve”.

La caja de fósforos, que se llama Fragata, porta la ilustración de un barco de vela con tres palos.

La composición de Macchi no oculta el engaño: una sencilla superposición fotográfica sobre un fondo azul uniforme trastorna la percepción. Ofrece un plácido extrañamiento que zarandea la mirada. Hace abrir los ojos y hace trastabillar la cabeza.

Ayuda a soltar otras conexiones. Una de ellas, la sutileza que reúne fósforos y agua: húmedos o mojados pierden el poder de encender un inmediato y provisorio fuego.

La obra de Macchi relata desgracias silenciosas de los días.


Se llama naufragio a la pérdida súbita de una embarcación segura, tal vez la percepción última de la fragilidad de la vida.

No se termina de gastar la metáfora del hundimiento para pensar la existencia. La traslación que avisa que nos encontramos, de pronto, arrojados en un inmenso mar sin referencias que nos contengan. La figura del frío que hiela hasta agarrotar los sentidos y apagar las consciencias.


El infinitivo analizar admite formas reflexivas analizarse o analizarme.

Enunciados que refuerzan la ilusión de un dominio de sí.

Tal vez conviene pensar en darse a un análisis.

Lo que quiere decir, entre otras cosas, darse a un desprendimiento o caída de la quimera de sí.


Darse a un análisis se asemeja a darse a un naufragio.

A desasirse de suelos firmes.

A aventurarse lejos de puertos seguros.

A apartarse de caminos trazados.

A pensar contra la corriente.

A practicar la inmersión en un crudo desamparo.

A respirar la inminencia de la muerte.


Vivir no consiste solo en aprender a navegar, trazar mapas, leer brújulas, orientarse con las estrellas, atravesar tormentas, eludir arrecifes, tener dónde amarrar.

Vivir supone, también, darse a un naufragio.

Saber estar en el momento límite en el que una existencia solo quiere seguir viviendo.

En el borde resbaladizo en el que una temblorosa osamenta se resiste a morir, no demanda privilegios, ni solicita reconocimiento, ni ostenta una identidad, ni protege posesiones, ni odia, ni hace daño, ni conquista, ni gobierna. Solo pide ayuda.


Escribe Pascal (1670) en sus Pensamientos: “Remamos sobre un medio vasto, siempre inciertos y flotantes, empujados de una punta a la otra. Si aparece algún término en el que pensábamos fijarnos y asegurarnos, oscila y nos abandona; si lo seguimos, escapa a nuestras manos, se desliza y huye con eterna fuga. Para nosotros, nada se detiene. Tal es nuestro estado natural y, sin embargo, es el más contrario a nuestra inclinación; ardemos por el deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se eleve al infinito, pero todo nuestro fundamento cruje y la tierra se abre hasta los abismos”.

Pascal visualiza la imposibilidad de una fijeza segura e inmóvil en la que poder construir una inmensa torre; a la vez que advierte una inclinación a afirmarnos en un territorio firme.

Como no hay puerto seguro ni se puede estar a resguardo de los peligros del vivir, Pascal propone una apuesta sin fin: como el naufragio resulta inevitable, solo queda tratar de encontrar una y otra vez una salida.

Casi cuatrocientos años después, se podría volver a decir: un común estar no necesita suprimir la inestabilidad, la incertidumbre, el riesgo. Tres condiciones inevitables del vivir. Pero sí urge poner fin a la desigualdad. Su sin fondo de crueldad.


La metáfora del naufragio mantiene intacta la ilusión de calma, confort, control, en tierra firme. La creencia que solo naufragan imprudencias que se aventuran más allá de las costas o fronteras establecidas.


La modernidad europea emplea las imágenes de la navegación y el naufragio como figuras de la aventura, la exploración, el riego.


En medio del indolente mar, a veces, no hay otra salvación que aferrarse a una tabla.

Aunque siempre habrá que distinguir entre una tabla que sirve para mantenerse a flote y un salvavidas de plomo.

Aferrarse a un último recurso supone, a la vez, desaferrarse del peso de posesiones innecesarias.


En un episodio de la serie francesa El colapso, creada por el colectivo Les Parasites (2019), vemos a un millonario que recibe insistentes llamados en los que le avisan que está por salir un avión rumbo a una isla donde podrá estar seguro. Le quedan minutos para llegar a tiempo. Sin embargo, en el apuro y la desesperación se retrasa hasta perder el vuelo, entre otras cosas, por empecinarse en llevar consigo sus obras de arte más valiosas.


Durante años en diferentes experiencias de formación y estudios sobre grupos se empleó, con variantes, el relato de un naufragio para poner en marcha un juego de roles.

El barco se está hundiendo. Queda un pequeño bote salvavidas. Por su capacidad limitada, cada cual puede llevar consigo hasta cuatro objetos que considere importantes. Cada pertenencia se anota en un papel.

De pronto, estas existencias, ahora, naufragantes, se encuentran sentadas en el piso, protegidas por un círculo de almohadones que simulan los límites de una frágil embarcación que flota en un inmenso mar.

Al rato, la coordinación informa que el grupo, por consenso, tiene que desprenderse de veinte objetos porque la barca, tan precaria, no resiste semejante peso.

Cada cual cuenta lo que lleva y se discute qué arrojar al mar. De a poco, comienzan a emerger liderazgos, repliegues, alianzas, solidaridades, exclusiones, desprecios.

Enseguida se vuelve avisar que hay que seguir tirando cosas hasta que ya no quede nada de qué deshacerse.

Sin embargo el peligro no cesa y hace falta decidir quién abandona la balsa.

El juego aprovecha el naufragio como experiencia límite para una analítica de las pasiones que detona la vida en común.

Se observan sacrificios y heroísmos, mezquindades y violencias.

Casi nunca naufragantes se rebelan, en el juego, contra la conducción de la experiencia. No objetan las consignas ni las cambian. No se les ocurre inventar una isla u otras opciones en las que se salven todas las vidas.

El acatamiento de la fatalidad de que mueran quienes tengan que morir sobrevuela como un verosímil inapelable.

En una ocasión, naufragantes decidieron alternarse flotando por turnos fuera del bote.

Un común naufragio necesita imaginaciones insumisas ante las crueldades derivadas de todos los pánicos.


Acaso se pueda pensar, también, en darse a la orilla, a esa húmeda franja de aguas que suben y bajan.

Darse al borde, al límite, al umbral.

Darse otra posibilidad entre el peligro y el tedio, entre lo previsible y lo imprevisible, entre la helada y el fuego.


Ninguna nave se construye ni nadie se embarca para naufragar.

Naufragios se consideran como indeseadas fatalidades o fracasos, como metáforas de un desvalimiento extremo, como mísera precariedad de la existencia.

Se dice: “Me estoy hundiendo en la angustia”. “No encuentro de qué agarrarme”. “No me puedo mantener a flote”. “Me siento en un mar de incertidumbres”.


Nunca se sabe cuánto duele un dolor.

Alguien dice en estos días: “Cada noche ilumino con una pequeña luz la oscuridad de las aguas. Busco sobrevivientes, pero no encuentro a nadie. Me despierto llorando a mares”.


Una sentencia popular previene que no hay que ahogarse en un vaso de agua ni naufragar en una pileta de lona.

La expresión ahogarse en un vaso de agua relata desgracias de ensimismamientos asustados. Asfixias del aislamiento. Extremas reducciones a comprimidos dramas personales. Ahogos como daños auto-infligidos.

También se avisa que se puede naufragar en tierra firme o estar a gusto en el continuo mar.


En Sobre la naturaleza de las cosas (De rerum natura), Lucrecio, un pensador de un siglo antes de la era cristiana) escribe:

“Está bien ver al navegante lejano luchar contra la borrasca y naufragar, no porque nos alegremos del mal ajeno, sino porque es bueno hallarse libre de tormentos”.


Empatías conservan resguardos secretos. Empatías dicen siento lo que te pasa como si me pasara o podría pasarme también a mí. Sin olvidar que, en este momento, no me pasa lo que te está pasando. Empatías sinceras muchas veces gozan del privilegio de la distancia.


A partir de esos versos de Lucrecio, Hans Blumenberg (1979) escribe Naufragio con espectador, un libro que releva el empleo de los tropos del hundimiento en el pensamiento europeo de la Ilustración y del Romanticismo.


Clínicas celebran conversaciones en un común naufragio.

A veces, consiguen hacer lo que el irse a pique no permite: suspender la catástrofe.

Dar un respiro, inyectar una pausa en la perentoriedad.

Hablar de lo que está pasando hasta que una palabra o un silencio, quizás, vislumbren una inesperada orilla.

La maravillosa magia del tiempo se dice en la frase final con la que se termina cada sesión: Seguimos con esto la próxima.


Tal vez la novela moderna del naufragio europeo se llame Robinson Crusoe escrita por Daniel Defoe (1719). Cuenta a la vez el drama del individualismo, el colonialismo y el capitalismo. Componentes que renacen tras el naufragio como si compusieran la vida misma, la única posible.


Nietzsche (1882) en un pasaje de la Gaya Ciencia piensa las metáforas de la navegación y el naufragio como avatares inevitables de pensamientos disruptivos. ¿Se trata de decidir naufragar? ¿Practicar un total abandono? ¿Dejarse llevar por las derivas de la razón? ¿Morir ahogados en emociones indómitas?

Tal vez solo desamarrarse de una moral sin asirse de ninguna otra, solo zarpar sin saber hacia dónde, solo partir.

Solo sentir, actuar, pensar, desamarrando, zarpando, partiendo.


El hundimiento del Titanic ocurrido en 1912, al chocar contra un iceberg, sigue resonado como figura del hundimiento de la civilización moderna.

Como si el indolente mar, más de un siglo atrás, hubiera avisado lo que, desde entonces, la tierra no deja de decir: arrogancias del progreso están destruyendo la vida.


La hipotermia resulta la peor enemiga en un naufragio. Se recomiendo, para sobrevivir más tiempo, no consumir energías nadando, sino adoptar la postura fetal y flotar abrazados o casi tocando otros cuerpos vivos.


El artista mexicano Héctor Zamora presenta en 2012 una instalación que lleva el nombre de Orden y progreso.

Se trata de un barco que se va desmantelando y destruyendo a golpes de martillos y hachas durante la exhibición.

Escribe Zamora: “El barco es un símbolo de la aventura y el descubrimiento; pero también representa la esperanza del refugio o la posibilidad de sobrevivir en un ambiente hostil, es vehículo de viajes místicos, encarnación del poderío militar y comercial, de la conquista y la dominación”.

La acción de Zamora cuestiona soldaduras entre orden y progreso.

Orden y progreso toma su nombre del lema inscrito en la bandera brasileña.

Frase que alude a uno de los ideales positivistas formulados por Augusto Comte: “El amor por principio, el orden por base y el progreso por fin”.

La idea de progreso transporta sentimientos encontrados: de gratitud cuando salva y reconforta vidas y de resquemor por su indolencia destructiva.


Benjamin (1931) advierte que la decisión de destruir lo dado solo se adelanta a la silenciosa y continua acción del tiempo. Lo duradero importa como promesa, ilusión, calma, pero no como destinación, capricho, eternidad. La destrucción no siempre choca o rompe con lo existente. A veces, elude santuarios y deja atrás fetiches de mármol.

Interesa de la destrucción su deseo de abrirse paso. La destrucción no se ensaña con lo que se desmorona.

Escribe Benjamin sobre lo destructivo: “…solo tiene como consigna hacer sitio. Solo una actividad despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre tiene más intensidad que el odio”.

La destrucción bejaminiana no se pregunta qué va a ocupar el lugar de lo destruido, prefiere -aunque se trate de un instante- el silencio del espacio vacío.


Cautelas clínicas dicen en estos días:

“Mientras estamos viviendo este tiempo que nos ha tocado, no podemos saber, por ahora, cómo nos afecta todo lo que está pasando”.

“La pandemia actúa como lente de aumento”.

“Abatimientos, cansancios, tristezas, que estamos sintiendo sobrevienen como aflicciones de una civilización a la que admitíamos pertenecer, creyendo que estábamos a resguardo en nuestras pequeñas fortalezas individuales”.

“En esta suspensión, en esta incertidumbre, en este miedo a morir, se actualizan y estallan suspensiones contenidas, certezas inútiles, muertes diferidas y olvidadas”.

“No queremos saber lo que ahora estamos sabiendo aún sin querer saberlo: en esta inevitable intemperie planetaria, el único secreto del porvenir reside en la común decisión de cuidar lo vivo”.


Un poema de Pizarnik (1962), “explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome", dice lo indecible: la vida como desprendimiento, rapto, fuga.

No interroga el después ni el destino de la nave.

Relata la partida: como suspiro, ansia, curiosidad.



Jorge Macchi, Fragata, serie Crónicas eventuales, 2010

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