Gerontofascismo / Franco Bifo Berardi
Resulta innegable el carácter fascista del régimen que se ha instaurado en los Estados Unidos de América, faro de la civilización occidental, durante la última década, esto es, desde que ganara las elecciones un individuo que encarna de manera ejemplar la ignorancia, la arrogancia y el racismo —motor de la historia de aquel pueblo. La prueba está a la vista de cualquiera: violencia contra las minorías, negación de la división entre los poderes del Estado, racismo declarado y mostrado con orgullo, deportaciones masivas y agresividad militar.
Sin embargo, resulta necesario contextualizar la palabra «fascismo», porque no basta para definir la novedad de lo que está ocurriendo; no solo en EEUU, sino en todo Occidente.
El fascismo —fenómeno principalmente italiano— se manifestó hace un siglo como expresión de una población joven. El futurismo italiano fue un adelanto no solo estético, sino también psicológico y político, de aquello que Benito Mussolini acabaría transformando en movimiento de masas, hasta apoderarse del poder político y llevar a Italia a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. La juventud y agresividad masculina eran caracteres esenciales de aquel movimiento, tanto en su versión artística como en su versión política.
Juventud significaba rendirle culto al futuro, desafiar las tradiciones y posicionarse contra el principio femenino (difícilmente conciliable con el militarismo). El fascismo fue así expresión de los jóvenes que habían luchado en la Primera Guerra Mundial, de los veteranos que protestaban contra ingleses y franceses, potencias «plutocráticas» que en el Congreso de Versalles habían humillado a Italia.
Cien años después, la realidad demográfica ha mutado radicalmente: la sociedad italiana, igual que el resto de Occidente (y el planeta en su totalidad), sufre un imparable fenómeno de envejecimiento. Conjuntamente, la disminución de la natalidad y el crecimiento de la esperanza de vida están provocando una desenfrenada difusión de la senilidad. La proporción de personas ancianas ha crecido enormemente en las primeras décadas del nuevo siglo. Hay que considerar, además, que la depresión, la soledad y la anorexia sexual tienden a hacer de la senilidad un carácter presente incluso en las últimas generaciones.
Mientras que el fascismo histórico fue un fenómeno de agresividad juvenil, el fascismo del siglo XXI es un intento rabioso de reaccionar a la depresión senil. El primero expresaba una energía del cuerpo social; hoy día este se encuentra deprimido y exhausto, y solo gracias a la potencia de la tecnología es capaz de expresar su violencia. La violencia del fascismo del pasado siglo se basaba, en esencia, en la fuerza bruta de las porras escuadristas. En el siglo XXI, el poder fascista ataca antes que nada la mente, movilizando la energía nerviosa, sometiendo la elaboración psíquica y remodelando el funcionamiento, hasta llegar a sustituir la actividad de la inteligencia humana por los dispositivos de la inteligencia artificial.
Pero precisamente porque la sociedad del siglo pasado era expresión de energías jóvenes, se podía tener esperanza en un futuro alternativo. Al fascismo se le oponían proyectos de sociedad democrática, liberal o socialista; al nacionalismo y a la guerra se le oponía la perspectiva internacionalista. Y al supremacismo racista se le oponía un movimiento anticolonialista vencedor y en expansión.
También hoy día, naturalmente, gran parte de la sociedad se opone al fascismo y la guerra, ¿pero dónde están las energías necesarias para derrocar al régimen de opresión e ignorancia? ¿Cuáles son las formas políticas capaces de recoger las energías sociales y desencadenarlas contra la opresión tecnofascista? Y, sobre todo, ¿en qué tiempo podrá emerger una alternativa, teniendo en cuenta que el tiempo venidero está ofuscado por la creciente devastación climática, y sobre todo por la rápida difusión de la senilidad incipiente?
La sensación es que el futuro está presente en el imaginario y el discurso cotidianos únicamente como objeto de temor, de una angustia indefinida. Desde que se disolviera la alternativa que tenía al movimiento obrero como sujeto social central, y al internacionalismo como forma general de acción política, el pensamiento crítico parece haber perdido la esperanza, si es posible usar esta expresión, quizás demasiado vaga y engañosa.
Para ser más precisos, digamos que la prefiguración de formas sociales alternativas parece haber desaparecido completamente de las expectativas del pensamiento crítico y los movimientos sociales que se oponen al estado presente de cosas. ¿Se trata de un simple retraso, de una comprensible dificultad? ¿Debemos esperar la elaboración de modelos sociales alternativos a la devastación presente, debemos concentrar nuestros esfuerzos teóricos e imaginativos hacia ese tipo de elaboración? ¿O bien la cuestión central es que la posibilidad de imaginar futuro ha desaparecido de la constitución material y epistémica de la subjetividad presente?
Resulta difícil y doloroso admitir que el horizonte del siglo XX ya no existe, pero lo es aún más admitir que el inconsciente colectivo ha sufrido la pura y dura pérdida de un imaginario de futuro que no sea distópico.
A quienes han crecido en el horizonte del progreso y la democracia les cuesta aceptar la idea de que ese horizonte haya desparecido para siempre. Mientras tanto, en el nuevo horizonte, la misma noción de «humano» parece disolverse.
Especificidad del autoritarismo libertario
El autoritarismo que se va desplegando no puede entenderse utilizando únicamente los instrumentos del análisis político heredados del marxismo y el pensamiento crítico del siglo XX. Resulta necesario movilizar además conceptos provenientes del campo de la psicopatología. Solo así podemos medir la distancia entre el régimen trumpista —y sus vasallos locales— y la racionalidad política a la que estábamos acostumbrados en esa época que llamábamos modernidad.
Si nos limitamos al análisis político, no seremos capaces de entender la estructura íntima del comportamiento de esta nueva clase de depredadores blancos, ni tampoco la génesis de la agresividad racista y machista, o los proyectos de devastación y genocidio que dichos dominadores han elaborado y se disponen a poner en acción. Para comprender la novedad existente en la locura del poder actual, hemos de admitir que la acción política contemporánea es escenario de un drama psicótico, y que para entender el discurso de los nuevos tiranos y de quienes los apoyan, votan y empujan a seguir, resulta necesario tomar como punto de partida el sufrimiento político y sus manifestaciones más delirantes.
La especificidad del autoritarismo contemporáneo no está tanto en sus formas políticas, que suelen imitar y reproducir las del fascismo mussoliniano, el nazismo hitleriano o el racismo del Ku Klux Klan, sino en sus modalidades delirantes, que son distintas de aquellas que alimentaron el nazifascismo del siglo XX. En otras palabras, la especificidad de la enfermedad política del nuevo siglo se halla en sus formas psicóticas, que son esencialmente seniles y depresivas, no juveniles y eufóricas como las del pasado.
En 1919, Sándor Ferenczi observó que el psicoanálisis dispone de conceptos para entender la neurosis individual, y quizás también de técnicas terapéuticas capaces de curar el sufrimiento individual, pero no está en absoluto dotado ni conceptual ni prácticamente para afrontar la psicosis de masas. En las décadas siguientes a las afirmaciones de Ferenczi, algunos psicoanalistas intentaron delinear la formación psicológica del fascismo de masas. Wilhelm Reich, por ejemplo, identificó la represión sexual como una de las causas principales de la adhesión masiva a políticas autoritarias y nacionalistas. Tal marco interpretativo parece hoy desfasado, porque la represión sexual ha sido sustituida por una parálisis del deseo, al mismo tiempo que el discurso del poder está dirigido a desatar las pulsiones, a hacer obligatorio el placer, más que a imponer la represión y culpabilizar el consumo sexual.
No por casualidad en el discurso del poder de las nuevas derechas resuena la palabra «libertario», que en el siglo pasado pertenecía al léxico de las izquierdas y a algunas componentes del movimiento obrero. El término, que en los años sesenta era indisociable de la dimensión colectiva de la libertad en la igualdad, lo retoman a partir de los ochenta los teóricos de la desregulation thathcheriana y reaganiana, con una intención totalmente diferente, más aún, antagónica. En los años noventa se convertiría en la palabra clave de los teóricos de la Red digital, los cuales fueron capaces de realizar la revolución tecnocomunicativa gracias a la ruptura de toda regulación estatal en las comunicaciones.
El concepto «deregulation» ha sido central en esta reprogramación semántica: en el siglo XX, violar las reglas significaba emanciparse del autoritarismo político y moral; a partir de los años ochenta, pasó a significar absolutismo del beneficio empresarial, liberado de vínculos políticos y morales.
En el nuevo siglo, la retórica libertaria ha acabado expresando un individualismo sin límites éticos que reafirma el culto a la empresa sin ningún tipo de reconocimiento del interés colectivo.
Hace un par de siglos, Samuel Johnson se preguntaba cómo era posible que la palabra «libertad» fuera proferida apasionadamente por parte de los comerciantes de esclavos. Por aquel entonces «libertad» significaba —y vuelve a significarlo hoy en día— libertad de someter al otro a las cadenas que te permiten enriquecerte o satisfacer tus pulsiones más crueles.
Jeffrey Epstein es, en ese sentido, un perfecto representante de la cultura libertaria del siglo XXI. Representa una forma de libertad sexual muy distinta de aquella que concibió el movimiento hippie en los años sesenta, en cuya cultura la libertad sexual no podía existir sin igualdad entre quienes disfrutaban de ella.
No existe ninguna igualdad en el caso del violador serial y proxeneta que capturaba a chicas de familias pobres para obligarlas a satisfacer los deseos de hombres poderosos, repugnantes aristócratas ingleses, o sádicos como el primer ministro israelí Ehud Barak.
El autoritarismo libertario es un oxímoron del poder: esclavitud de la mayoría en nombre de la libertad de una minoría de negreros.
Fuente: Publicado en italiano en Machina-DeriveApprodi el 08/10/2026 Traducción inédita publicada en https://aesteladodelmediterraneo.wordpress.com/2026/10/09/gerontofascismo/





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