• Revista Adynata

Gualeguay (fragmento) / Juan L. Ortiz


Y fue la casa “sobre” el parque con Poroto, el pintor.

Una gracia fluída de senditas, pálida entre las hierbas,

nos llevaría a los dos, como en un templo, hasta tu propio seno, madre común.

El Parque no tenía entonces caminos para autos, y de Bililo

y de Don Cirilo y de Don Silverio y de Don Andrés y de Emilio y de Huguito, era el verde país.

Los eucaliptus gris-azules en la lluvia para nuestra primera comunión.

Y el claro entre las ramas para el sauce lejano de la isla...

El sauce lejano, casi soñado en el atardecer tras la ventana con rejas...

Y Turguenef al amor del fuego y en la voz amiga, en aquella tarde de plumillas...

Y Antonio, el “itálico”, diluyendo de Toselli toda la luna del arrabal

y del río, en la canoa que rodearía la isla, en la alta noche...

Y Raúl, y el "Negro Víctor”, y Manuel, y Juan, ese domingo

primaveral del agua y de los años, en el deslizamiento alegre

hacia la Cesta del mate bajo los follajes de “la vuelta”, aún ligeros...

La canoíta “nuestra”, muy sensible, cosía orillas de magia,

y fue sabiendo con nosotros todos los minutos de allí:

de los reflejos, de los escalofríos, de los sentimientos ya fugitivos,

ya extáticos, ya indecisos, de un adorable tiempo de isla...

Larga y blanca, ganaba la isla por el arroyito de la crecida

bajo un minucioso homenaje de finos lazos de trepadoras...

Un silencio de flores que la “pala” se esforzaba delicadamente por no herir...

Y eran las humildes apariciones: la araña enorme sobre una enorme hoja aflorante,

las bullentes napas rojas de las hormigas, la ramita de una culebrilla

como otra ramita, destellada, del laurel o del curupí o del aliso...

Y el albardón interior, con los gallitos del agua, y los teros y las gallinetas,

esbeltos y pintados como para una “féerie” de praditos de esmalte

y de tallos curvados y de campanillas lilas sobre un cielo rizado.

Y el celeste de este cielo caído, en su lejanía lisa, y sus orillas de paja...

Oh, cuando nos hundimos, los ojos cerrados, hasta los tejidos más secretos

del “silencio” y sentíamos tras de los bisbiseos, tras las quejas y suspiros

e ilusiones y muertes de un cristal que estaba en todo igual que un alma,

tras los roces y soplos de no sabíamos que dios desconocido,

al canto íntimo del mundo, la melodía de la unidad, de la esencia...

El silencio, por cierto, era de una trama tan efímera, tan huidiza

como el día del agua, como la “celistia” del agua, como la lunación del agua.

Si bien algunos hilos permanecían fieles al matiz del momento, o de la hora, o del año

y ciertas notas más o menos constantes aunque en un juego opuesto al tiempo

o asumiéndolo ebriamente, parecían a veces su propio mínimo latido...

Sí, sobre las hierbas tardías, era el mismo silencio el que solía titilar en algún grillo...

Y ese grito dulce de pájaro que no sabíamos nombrar y en que estaba la herida

de la melancolía isleña, profundísima, bajo los velos felices del lugar...

¿Un dolor agudo pero tierno de transparencia rota o abismada en sí misma?

¿Una ruptura de ramas en el hastió eterno de su reflejo, quizás?

¿O de pequeñas ondas fatigadas sobre el débil brazo abatido, y aún vivo, de un sauce?

Todo lo ignorábamos, pero la breve frase alada sangraba límpidamente algo más hondo:

una como tristeza de una humedad ya metafísica, ya musical, sin fondo...

Y luego de las gotas, en el seno del paisaje, ahora más ligero, respiraba cierto alivio...


Y la melopea de la rana en celo... ¿Que ilusión escondida entre los cabellos de los pastos

llamaba tímida y suave, o se daba, solo, simple, a los ecos?

Nunca oyeran los aires, sobre las lagunas y los bañados, punzar pena más dulce.

Junco del amor de allí, invisible en la luz, con el anhelo de la luz

que nacía de las savias, y aún, algo perdida, se dolía...

Oh, los sutiles espíritus de la tierra no siempre se encuentran

y es a veces su extravío el que pide cadenciosamente en algunos llantos extraños...

Fue “Juan, el Renguito”, quien me hablara en un atardecer de ese casi lamento

tan puro, que yo no conocía todavía. “El Renguito”,

era un poeta simple y sabio a la vez, de una humildad profunda,

y un cuentista de peripecias raras, de nobleza nada común.

Poroto también, además de pintor y grabador y escultor, era poeta.

Sus "poemas morados”, que yo solo conocía, decían las cosas de la media luz en la espesura y

[las aguas.


Y la cabeza de sátiro celeste de Verlaine, y la de Poe

“tal que en el mismo al fin la eternidad lo hubo cambiado",

y la de Tagore, fluvial, y la de Cervantes, afilada, y la de Barret jesúscristiana,

en barro, cera y óleo, hablaban sobre las repisas y la mesa y la pared

de un pulgar entusiasta y de un pincel admirado...

No olvidaré, oh amigo mío, aquella noche bajo el paraíso del patio.

Tirados sobre sendos catres, nuestros pensamientos, bajo el espíritu lunar,

fueron haciéndose graves, y dimos vueltas al destino humano y cósmico,

tú un poco descreído y yo siempre con mi fe en el amor y sus salidas finales...

Te evoco también pasando el alambrado frontero, con la “pala”, en la dirección del río,

para pescar mojarras que traerías al gato nuestro, el “Rubio” episcopal,

seguido del "Guardacasa”, el perro de Huguito, una gran bondad baya.

—El “Rubio” nos acompañaba a veces hasta la isla, con cortos reposos sofocados y tendidos,

y en una noche de espinel cayera bruscamente sobre las llamas del agua...

Fue una fuga serpentina, entre fuegos rotos, hacia un retraimiento decisivo...




Fuente: Ortiz, J.L. (2005) Obra Completa. Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe.


Cristina Ataide - "(Im)permanências" - 2003 - Instalación (Madera Pigmento, Cables de acero)


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.