• Revista Adynata

La bolsa y la vida / María Pía López

1.

La primera acción en la que se usó la consigna Ni una menos, arrancó con una discusión acerca del uso performático de las bolsas. Corría marzo de 2015 y había cadáveres de pibas arrojadxs en basureros, bolsas de residuos, containers. Subrayaba, todo eso, la lógica del desecho que anida en todo femicidio: cuerpos considerados basura, condenados a serlo. Restos en el basurero. La operación feminista era convertirlos en otro tipo de restos, capaces de volver a significar, tendidos en el telar de una narración común, que ligue duelo y pelea. María Moreno había escrito una suerte de manifiesto en la que nos llamaba las mujeres de la bolsa; y Virginia Cano y Marta Dillon hendieron la noche con un grito: no somos mujeres de la bolsa. Somos sobrevivientes, dirían, y en la furia con la que sostuvieron esas palabras se definió parte de la fuerza de lo que vendría después: la capacidad de situar políticamente los femicidios y de encontrar en su denuncia no la apología de la víctima o el ensueño del castigo, sino la fuerza de una desobediencia capaz de enjuiciar todo el orden social. Discutir una imagen era discutir también la presencia performática de las muertes, pero una querella no borra todas las alternativas y aún hoy se hacen performances artístico-políticas con mujeres embolsadas para recordar en ellas a las asesinadas. Esos actos heredan la invención del Siluetazo: la reproducción seriada y callejera de las siluetas equivalentes a la traza forense alrededor del cadáver, para aludir a los cuerpos no presentes de lxs detenidxs-desaparecidxs. Interrogar sus cercanías y diferencias es preguntarse por su eficacia política, entendiendo por tal no la resonancia electoral o partidaria de algo sino su potencia en participar de una trama de narraciones que producen o disputan sentido.


2.

Los feminismos dialogaron con las disputas por el sentido desplegadas por los movimientos de derechos humanos y tejieron críticas profundas al individualismo neoliberal y a la condena a interpretar dentro de ese marco la desigualdad entre los géneros. Los discursos, los documentos, las performance artísticas, la dramaturgia de la movilización, las miradas de las fotógrafas y videastas, las asambleas y su polifonía, fueron tejiendo un mapa desigual de interpretaciones, pero a la vez alojando imágenes de una sociedad igualitaria y una vida desobediente. Las performance con las bolsas, aparecían en ese contexto con su énfasis de denuncia contra los femicidios. A la vez, corrían el riesgo de ese subrayado que pone a una movilización al borde de un sentido dominante: el más aceptado y reconocido socialmente, al que hay que tensar para poder afirmar que no solo se defiende la preservación de la vida sino la pelea por una vida digna de ser vivida. El acto supone algo que está en nuestras experiencias: todxs podemos ser victimizadas, porque precisamente ese es el signo de una violencia que es estructural y sistemática y que año a año recrudece en su crueldad. La bolsa nos espera, pero a la vez todo lo que hacemos es para evitar ese destino para nosotras y para todxs. Los feminismos denunciaron esa amenaza pero a la vez quisieron extraerla de la literalidad que la repone, tramándola con otros sentidos y en especial con la discusión de qué se entiende por vida.


3.

La consideración sobre qué es la vida y la apuesta -como han dicho las activistas chilenas- a una vida digna de ser vivida, es parte de las construcciones de los feminismos y el núcleo de muchos debates que se dieron alrededor de la legalización del aborto. La pandemia global puso la amenaza sobre la vida en el centro de la escena: cuidados, emergencias y vacunas. No la puso solo al modo de reposición de la lógica comunitaria de preservación (“nadie se salva solo”); sino con las viejas rutinas de la competencia despiadada, la acumulación de ganancias y el acopio capitalista. La vacuna contra el COVID se convirtió en apuesta internacional cooperativa, en patentamiento privado, en compras millonarias por parte de los países centrales y en objeto mágico. En Argentina las derechas pasaron de una oposición militante a la vacuna “rusa” (con su aroma de antigua guerra fría) a la construcción a su alrededor de una nueva estrategia narrativa. Esa estrategia reescribe la narración que sustenta el law fare: el drama de las sociedades es la corrupción supuesta de la clase política, que no es agente de la organización de lo público sino un estamento expropiador. Frente a esa clase, así descripta, el empresariado se sitúa como agente de la expansión económica. Ese discurso desplaza la cuestión de la justicia social hacia la justicia como aparato judicial. Así las cuestiones dramáticas de una sociedad no se resolverían por otra vía que el otorgamiento de la suma del poder público a la casta judicial. En esa trama se incluyen hoy las vacunas, los listados y los privilegios. El modo en que se trata la cuestión suprime toda la reflexión sobre la reconstrucción del Ministerio de Salud, los esfuerzos de la aerolínea de bandera, la gestión estatal de la crisis, para poner el foco en un grupo de personas que se saltearon el lugar en la lista de espera.


4.

La eficacia de ese desplazamiento obedece al éxito del cambio en la idea de justicia. Mientras los feminismos, muchos de ellos, trabajan en el sentido de salir del esquema de justicia-aparato judicial para pensar en la justicia social (articulando la cuestión de la violencia con la de la desigualdad económica y la explotación); las derechas operan subsumiendo todo a lo judicial y borrando la pregunta por la igualdad. La performance realizada el 27 de febrero, con bolsas mortuorias en las que un cartel indicaba una frase general y un nombre propio o una alusión, coloca en el centro todas estas discusiones, tan nítidamente que lastiman.

Esas bolsas no son denuncia, son amenazas.

En el Siluetazo, las siluetas llevaban un nombre propio y una fecha, porque la persona aludida estaba desaparecida; aquí el nombre propio es el de alguien a quien se acusa de haber saltado su lugar en la lista y por lo tanto provocado la muerte de otra persona por no haber llegado a vacunarse. No le pidamos lógica a ese razonamiento, porque el problema no es de lógica sino de lo que hace movilizando el miedo a la muerte como hostilidad hacia la vida de otrxs. No se privaron de poner, en esas bolsas, el nombre de una Abuela de Plaza de Mayo, para rubricar, con violencia aterradora, que lo que esperan es que las muertes siempre se cosechen en el mismo lado, y no entre los victimarios. Lo que esperan es que esa amenaza, la del terror sobre nosotrxs -como escribió, tantas veces, León Rozitchner-, siga operando como obstáculo para las peleas por la justicia social.

O ovo (Urutu), 1928. Tarsila do Amaral, óleo sobre tela 60.50 cm x 72.50 cm

361 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo