La imposible fidelidad a uno mismo y a los demás / Claire Marin
- Revista Adynata

- 2 dic 2025
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A veces es necesario desviarse, cuando el camino emprendido parece trazado por otros y no es fruto de un descubrimiento personal. Cuando nuestros pies caminan solos, sin la cabeza ni el corazón. Mis actos hablan por mí, me definen, pero también me obligan, de un modo a veces apremiante. Definen mi personalidad, pero también crean un personaje del que me gustaría deshacerme. Mi libertad, sin proponérselo, crea un efecto de determinismo que puede llegar a la alienación. No hace falta ser Sartre para sentirse prisionero de las expectativas de los demás, aun cuando esas mismas expectativas deriven de una elección que ha hecho uno mismo en el pasado.12 Paradoja de la libertad: lo que hemos decidido, con plena conciencia, con convicción, con coraje o con placer, se convierte en nuestro yugo. El deseo que hemos alimentado durante tanto tiempo se transforma en una trampa. ¿Debemos continuar pasivamente haciendo lo que los demás esperan de nosotros? Eso, de alguna manera, sería renunciar a uno mismo: seguir actuando como hemos hecho siempre, contentándonos con alguna sutil variación. Y eso a pesar del desaliento provocado por la repetición, de la desaparición del placer; a pesar de la necesidad de «pasar a otra cosa». ¿O hay que correr el riesgo de perderlo todo lanzándose de cabeza hacia algo completamente diferente?
Quizá ya no sea posible ser fiel. La fidelidad a los amigos, a un amor, a la familia o a uno mismo se vuelve algo inalcanzable. Hay lealtades que dejan de ser vínculos para convertirse en una soga que nos aprieta el cuello. «Me ahogo», decimos, llegados a ese punto. La constancia deja de ser efecto de un deseo interior; se convierte en una construcción artificial, en un esfuerzo agotador para intentar ser uno mismo, para seguir con el mismo papel cuando ya se ha dejado de creer en él. No somos más que una sombra de nosotros mismos, repetimos los gestos que hacíamos antes, sin vivirlos. El que llega a esta situación ya se ha ido, está fuera de esa identidad de antes, de esa relación ya muerta, reproduce los gestos de lo que ha sido, convirtiéndose casi en una caricatura de sí mismo. Como el criado de Sartre en El ser y la nada, interpreta una imitación patética. Es de «mala fe», en el sentido existencial, se miente a sí mismo, fingiendo ser lo que ya no es. No es más que una sombra de sí mismo, ajeno a esta vida en la que tiene la impresión de morir a fuego lento. Cuando ser fiel a uno mismo supone tanto esfuerzo que vivir se convierte en una impostura recreada constantemente, resulta imposible asumir nuestro rol habitual. No nos queda más remedio que huir y traicionar nuestros compromisos.
A veces se produce un ligero desfase, un leve contacto que hace que explote el yugo, que nos liberemos de una vida que ha acabado constriñéndonos demasiado: «Las cosas explotan o nos hacen explotar, las cajas son demasiado pequeñas para su contenido, los alimentos son tóxicos o venenosos».13
Lo que hasta este momento me ha alimentado, rodeado, protegido, ahora me devora, me consume. La costumbre es un pharmakon: a largo plazo, el medicamento es también el veneno. Lo que me contenía me oprime, lo que me abrazaba me ahoga. El sujeto sufre de un desajuste de identidad. Su vida le oprime, está hundido en una existencia que lo bloquea, necesita aire, querría escapar, huir de todo. Ese deseo de expansión, de «dilatación» se expresa a través de la necesidad de cambiar de espacio geográfico, afectivo, profesional, psicológico. Necesita salir de la caja en que se ha convertido su vida. Una caja de dimensiones fijas, con una capacidad limitada. Necesita algo nuevo, movimiento, posibilidades. Vida.
Puede suceder que un suceso de gran entidad psicológica nos haga imposible permanecer como estábamos, por la metamorfosis profunda que engendra en nosotros, por su propia acción reveladora. Tras el reencuentro con un ser que me toca y me estremece con el amor o la admiración que hace nacer en mí, tras una enfermedad o el shock de un accidente, la pérdida inconsolable de un ser querido, me quedo tan profundamente descolocado que ya no puedo seguir siendo fiel a lo que era antes. El cambio se vuelve necesario. Es imprescindible que ese cambio de dirección interior, esa modificación íntima se vuelva visible, en aras de la verdad, pero también porque es algo que hay que vivir, que hay que reflejar con actos, que hay que manifestar ante el mundo. No puedo seguir siendo fiel a la imagen que tienen los otros de mí, ni asumir mi papel habitual; me he convertido en alguien demasiado diferente.
Cuando el individuo se siente llamado, captado, reclamado por algo más fuerte que él mismo —la pasión, el sufrimiento—, cuando se ve desposeído y redefinido por una fuerza superior a la suya —el amor, el dolor, la desolación—, no puede contenerse y seguir siendo quien era hasta entonces, sin más. Tiene que convertirse en otra persona para no sucumbir.
¿Qué pueden hacer en ese caso los que aún lo quieren y lo retienen? ¿Aceptar su incapacidad para mantener el papel de siempre, su renuncia? Aceptar significa decidir ver algo más que dejadez y reconocer la incapacidad real de la persona afectada ante el suceso (la enfermedad, el enamoramiento, el embarazo) que la embarga o que la aplasta con su envergadura, que la transforma interiormente.
Es fácil de decir. ¿Realmente soy capaz de dejar que se aleje de sí mismo, que se convierta en otra persona diferente a la que conozco y a la que amo? ¿Puedo concederle esa renuncia, ese exilio lejos de sí mismo, a riesgo de perderlo? ¿No es más fuerte la tentación de hacer lo que haga falta para retenerlo a mi lado, para intentar que conserve su identidad anterior, evocando la moral (sus compromisos), las emociones, la memoria, para encerrarlo en esa identidad que ya no desea, que ya no soporta? No hay duda de que no sirve de nada recurrir a todos los artificios posibles para impedirle vivir lo que está convencido que debe vivir.
Hay que constatar la violencia de la transformación para el sujeto en cuestión, pero también la violencia que supone esa metamorfosis para sus seres cercanos, para todos los que querían mantener esa proximidad. La ruptura los separa a su pesar. Esa persona cambia hasta el punto de resultar quizá irreconocible: ¿es ése mi hijo, ese adolescente en el que se ha convertido? ¿Es ésa mi mujer, la que me deja por ese hombre joven? ¿Es ése mi hermano, el que apoya a un partido xenófobo? ¿Quién es ese extraño que ha ocupado el lugar y que ha adoptado el aspecto de la persona que tanto quería? ¿Quién es esa cucaracha en la habitación de Gregor?14 En un efecto bumerán surgen las cuestiones sobre nuestra propia ceguera: ¿cómo he podido engañarme hasta este punto, yo que he estado tanto tiempo a su lado? La posibilidad y la libertad de ser otro ponen de manifiesto, de manera dolorosa, las ilusiones del amor y del afecto: la ilusión de una propiedad y de una proximidad, de la transparencia del ser amado. La familiaridad a veces no es más que una impresión. El otro puede sorprendernos, desestabilizarnos, dejarnos perplejos con algo que diga o haga y que nos parezca inimaginable. No sólo no me pertenece, sino que puede convertirse en cualquier momento en una sorpresa, en otra persona, alarmantemente extraña.
A veces esa transformación del sujeto supone una liberación. A veces es una renuncia a lo que nos sobrepasa. La grieta se agranda. Ya no es posible luchar. Romper, abandonar a los nuestros, el trabajo, el país, es atribuirse el derecho de rendirse ante esa fuerza que toma las riendas y que se impone a nuestros compromisos, nuestras promesas, nuestras lealtades; dejar de fingir que somos lo que no conseguimos llegar a ser o lo que no conseguimos mantener. Me gustaría ser fiel, pero ya no tengo fuerzas para serlo, necesito otra cosa cuya fuerza me dé vida. Me gustaría ser la persona que conocen y quieren mis seres más cercanos, pero la enfermedad me ha transformado, el atentado me ha conmocionado, la agonía de un ser querido me ha vaciado por dentro, el exilio me ha descolocado. Ya no puedo ser lo que era, por ahora o para siempre. He visto la posibilidad de algo diferente que ha hecho que ser fiel a mí mismo y a los demás me parezca una comedia y una impostura. Ya no puedo mantener la misma despreocupación de antes de vivir ese trance, no puedo hacer como si no hubiera oído esos insultos, como si no hubiera sufrido esa agresión. No puedo negar lo que he perdido. La ligereza, la confianza, esa ilusión de cara al futuro. No puedo fingir que la irrupción de ese evento nuevo no habría alterado el equilibrio íntimo de mi personalidad. El evento traumatizante a veces es antiguo y, de pronto, se reactiva por un cambio de circunstancias. El nacimiento de un hijo, una nueva responsabilidad profesional, un viaje, un reencuentro. Ese desfase descentra al sujeto, que se agita como una brújula enloquecida. Ya es imposible mantener el rumbo de antes. Ya no soy digno de la confianza y la paciencia de mis seres próximos, de mis amigos. Me siento en deuda, pero esa deuda es insalvable. Ya no puedo más, no podría ser lo que esperan de mí. Me descubro impotente ante la fuerza de otros afectos, de otras necesidades, de otras dependencias. Eso en ocasiones puede significar que cedo ante mis demonios, que me dejo arrastrar por una lógica de la destrucción. La ruptura es dolorosa cuando descubrirse tan impotente es para el propio sujeto una profunda decepción. Querría ser lo que se espera de mí, estar a la altura de las expectativas. Al sufrimiento de la decepción, de decepcionarse a uno mismo, se une la vergüenza al pensar que no somos más que una fuente de decepción. «I cheated myself like I knew I would»,15 canta desesperadamente Amy Winehouse, que se suicidará unos años más tarde. La incapacidad de llegar a ser lo que querríamos ser es causa de un profundo sufrimiento. A veces la ruptura va ligada a la tentación de la deriva: llegar hasta el final de un proceso que sabemos que acabará mal, el poder de la destrucción. En ese caso no se trata tanto de afirmar como de «desaparecer de uno mismo».16 Nuestra modificación es la huella que deja la violencia en nosotros mismos, estigma de una fractura que nos ha transformado y de la que no vamos a recuperarnos. Desgraciadamente, a veces se rompe para seguir una locura personal, una línea de bruja. Toda ruptura conlleva la esperanza de encontrarse y el riesgo de perderse.
12. Es lo que explica Sartre en una entrevista concedida a la televisión canadiense, en 1967, hablando del peso de los compromisos. Sus tomas de posición en política le han encasillado en un cierto papel, lo que ha hecho de él un intelectual comprometido, etiqueta que le pesa y que le obliga. Véase Madeleine Gobeil-Noël y Claude Lanzmann, Sartre inédit. Entretien et témoignages. Entretien à la télévision Radio Canada (15 août 1967), DVD, Nouveau Monde Éditions, París, 2005.
13. Gilles Deleuze, Crítica y clínica, Anagrama, Barcelona, 2006.
14.Cf. Kafka, La metamorfosis, Alianza Editorial, Madrid, 2011.
15.«Me he mentido a mí misma, como sabía que haría.» Amy Winehouse, «You know I’m no good», Back to Black (Universal Records, 2006).
16. Tal como expone el sociólogo David Le Breton en Desaparecer de sí, Siruela, Madrid, 2016.
Fuente: Rupturas. Cómo superar el desgarro que produce una experiencia dolorosa. Planeta 2020. Claire Marin.




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