• Revista Adynata

La luna y el tejo / Sylvia Plath

Esta es la luz de la mente, fría y planetaria. Los árboles de la mente son negros. La luz es azul. Los pastos descargan sus penas sobre pies, como si yo fuera Dios, hiriendo mis tobillos murmuran su humildad. Espirituosas brumas humeantes habitan este lugar separado de mi casa por una hilera de lápidas. Simplemente no puedo ver adónde ir.


La luna no es una puerta. Es un rostro por derecho propio,

blanca como un nudillo y terriblemente perturbada. Arrastra al mar detrás de sí, como un crimen oscuro; está en calma

con el bostezo en Ohhh con completa desesperanza. Yo vivo aquí. Dos veces cada domingo las campanas sobresaltan el cielo- ocho grandes lenguas afirmando la Resurrección. Finalmente, ellas proclaman con sobriedad sus nombres.

El tejo apunta hacia arriba. Su forma es gótica. Sus ojos se elevan por sobre él, y encuentran a la luna. La luna es mi madre. Ella no es dulce como María. Sus vestiduras azules sueltan pequeños murciélagos y lechuzas.

Cómo desearía creer en la ternura- el rostro de la efigie, dulcificado por las velas, inclinándose, sobre mí en particular, con ojos indulgentes.


¡He caído tanto! Las nubes están floreciendo, azules y místicas sobre el rostro de las estrellas. Dentro de la iglesia, los santos serán todos azules, flotando con sus pies delicados sobre los bancos fríos, sus cabezas y sus caras rígidas de santidad. La luna no ve nada de esto. Ella es calva y salvaje. Y el mensaje del tejo es oscuridad - oscuridad y silencio.




Alex Freeman, Moony, 2020, Fotografía, Medidas variables


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