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Ladrillos, viviendas, alquileres, desiertos / Fundamentalismo Estético

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 2 horas
  • 18 Min. de lectura

1.

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y en polvo te convertirás”, lee.


Antes de soplar el aliento de vida sobre “el primer hombre”, el Dios judeocristiano moldeó a Adán en barro (min ha-adama). Adán, el “primero de los hombres” para varios credos, fue modelado en adobe, como los primeros ladrillos.


2.

Las cavernas fueron las primeras viviendas humanas.


Antes de que fueran de arcilla, los primeros bloques de construcción fueron hechos de piedra, como también las herramientas para la caza, las armas para la defensa y los utensilios de corte. Un conjunto de bloques de piedra apilados nos sacó de las cavernas. Ni en las cuevas ni en las primeras chozas se pagaba alquiler.


3.

El barro transformado con las manos en paralelepípedo rectangular era, en sus orígenes, tan frágil como lo humano. En Mesopotamia, sumerixs, babilonixs y asirixs comenzaron a cocer la arcilla. Así, el barro cocido dejó de fragilizarse en la intemperie para resistir a los factores exógenos. Zigurats (1), templos y murallas dejaron de deshacerse con las lluvias, volarse con los vientos, desmoronarse ante las sequías. Irak y Siria, tras los bombardeos, dejaron claro que ninguna cocción alcanza para hacer invulnerable a la materia cuando la violencia decide (re)hacerla ruina.


En Europa, el mundo romano sistematizó y estandarizó la producción de ladrillos, diversificó sus formas: cuadradas, triangulares, redondas. El opus latericium, como técnica constructiva, fue una solución local replicable en todo el imperio. La arcilla se volvió logística.


4.

La Edad Media transformó el ladrillo. La tradición mudéjar en España lo combinó con yeso y cerámica: la estructura y la ornamentación se aglutinaron. En el sur de Francia, el ladrillo tolosano, hecho de terracota, definió un estilo de paisaje urbano desde el siglo XI. La materia, de un pálido rojizo, se hacía identidad regional.


El pasaje del ladrillo de adobe al de factoría transmutó la relación con la vivienda. De refugio precario a estructura duradera. De estructura a sistema. De sistema a mercancía.

La Revolución Industrial aceleró los procesos. En Inglaterra, especialmente en Manchester, la abundancia de arcilla roja y carbón convirtió al ladrillo en emblema de la construcción industrial: fábricas, viviendas obreras y expansión urbana. Rojo ladrillo, obrero rojo.


5.

Para endurecerlos, los ladrillos se cocinan en hornos. Los hornos expulsan humos contaminantes.


Los cuerpos exterminados en las cámaras de gas de los campos de concentración nazis eran vueltos cenizas en hornos. Cuando las víctimas de la Shoá producen Nakba, devastación y catástrofe encienden un horno nuevamente para hacer desaparecer vidas inocentes. Una violencia desata otra violencia. Cuando se enfrenta a un grupo terrorista volviéndose un Estado del terror, la espiral de violencia se vuelve un helicoide sin fin.


Cuando la guerra está en las pantallas y las pantallas nos tienen anestesiadxs, se construye una pared de ladrillo delante de nuestros ojos, se nos opaca el brillo de la mirada, se nos secan los ojos, no podemos llorar.


Frente a las pantallas, desorbitadxs, paradójicamente, nuestros ojos fijos se mueven de punto a punto, de un lado al otro. Estamos hipnotizadxs, “cayendo en espiral”, en una dimensión (des)conocida. Un espiral aparece en las pupilas, como en los dibujos animados, pero sin la gracia de lo caricaturesco que describe el aturdimiento de la sensibilidad, sino habiendo incorporado el mareo existencial, la saturación. La hipnosis inocente de seguir el centro del espiral para entrar en trance fue sustituida por una imagen sobre otra que nos anestesia frente al dolor repetitivo de imágenes que solo pueden producir más crueldad.


6.

Entre Barcelona y Basilea, Laura Arensburg dibuja incesantemente espirales para De lágrimas y vueltas (2026), donde interviene la superficie misma de la visión, sin fijar el ojo en un punto que gire para convencernos de una realidad psicodélica (2). No para adormecerlo del todo, sino para desplazar su eje, para hacernos volver a enfocar. Un cambio en la mirada del espectador que, en correspondencia con la artista palestina Shada Safadi, no busca anular la visión, sino reorientarla. Los espirales de Laura y las cartas con Shada son un ladrillazo en los ojos que forma un nuevo ecosistema: a través de las lágrimas, disolver el sopor, volver a hacer sentir lo que se ve. Espirales que se muestran en La Capella, dentro de un antiguo hospital.


Mientras tanto, en Manchester, en un espacio que se nombra casa (HOME), artistas retiran sus obras ante la censura: cuando decir Palestina incomoda, la hospitalidad se vuelve filtro y la casa expulsa (3).


7.

“lað”, se pronuncia “lað”, le corrigen mientras camina por Deansgate Street. “Esta calle es una de las más caras del mundo”, continúa el guía del walking free tour. Manchester es una ciudad de superficies rojas donde la especulación aprendió a conservar la estética obrera mientras vacía su pasado social. El alquiler promedio en Deansgate ronda las 3.766 libras mensuales (4).

De la contaminación gris de los humos de las fábricas urbanas a precios hechos del humo especulativo. Ciudades cada vez más “verdes” que, poco a poco, se hacen de podios y premios en sostenibilidad y eficiencia energética; mejoras que, paradójicamente, expulsan a sus vecinxs.


La vivienda roja como una nueva “postal turística”: pasearse por un pasado industrial cuidadosamente curado, donde el ladrillo ya no aloja cuerpos sino capital.


Ladino era el dialecto que hablaban lxs sefardíes expulsadxs de la Península Ibérica en el siglo XV. También se usa en Centroamérica para referirse a aquel “mestizo de indígena y blanco que solamente habla español, en contraposición al hijo de padre y madre indígena que habla la lengua de sus progenitores”; mientras que en México describe al “indígena mestizo que reniega de las costumbres de su comunidad indígena, o que se aprovecha de los indígenas que no hablan español” (5). Comúnmente se le dice ladino a alguien que se beneficia de lxs otrxs de forma disimulada y astuta: un ladrón puede ser un ladino.


En algunos países de Latinoamérica, a esxs que se aprovechan de lxs otrxs se lxs llama “ladillas”.


Algunas personas, para proteger su vivienda de lxs ladronxs, tienen perros que emiten fuertes ladridos.


Tres fonemas. Un movimiento mínimo de letras y aparece: un dialecto, una forma que reniega de su origen y se aprovecha de lxs débiles, un saqueo, un parásito, un grito animal.


Tres fonemas comparten ladrillo, ladino, ladrón, ladilla, ladrido: “lað”.


Lad, en inglés medio, viene de “ladde”, usado en un principio para llamar a un joven sirviente, aprendiz o asistente de rango inferior. “Lad culture” se utiliza para describir comportamientos machistas o abusivos con les otres —especialmente en la universidad o en contextos de celebración—. ¿Se podría sumar a la “lad culture” a quienes forman parte de los conglomerados que especulan con el precio del ladrillo? Ya no solo responsables de los abusos del exceso festivo, sino responsables de hacer de la vivienda una fiesta para pocxs: una administración calculada del daño mediada por “contratos, índices, rentabilidades”.


/“lað”/ Un mismo núcleo “fonético” pincha: aprovecharse sin ruido, morder sin mostrarse, proteger sus propiedades mientras se vacía la vitalidad de otrxs que intentan pagar el alquiler.


8.

Los primeros ladrillos aparecieron en el Neolítico, cerca de Anatolia o Jericó. Próximo a Palestina. Lejos, o quizás no tanto, de cualquier museo del mundo, hay una guerra desatada. Vidas masacradas, casas arruinadas, cuerpos estallados. Franjas sin tregua. Vidas sin refugio, sin curas, sin medicación, sin agua potable, sin alimentos. Franjas exterminadas. Costas devastadas, imaginadas con inteligencia artificial como proyectos inmobiliarios: mega rentabilidades de magnates transformadas en “inversión en ladrillos”.

Lejos, o quizás no tanto, expuestos en museos, bloques ordenados, pulidos, casi inocentes. Ladrillos: ruina o escultura. El museo abre la boca, quiere comer en nombre de dar a ver. ¿Es una institución bélica? ¿Un arma de guerra? ¿Una organización subversiva?


La boca emblanquecida, dientes lustrosos tras “banditas whitening”, es la de un lobo domesticado alimentado con carne de artista: cualquier escombro (6) de la barbarie se vuelve civilización y todo acto de civilización es barbarie.


Pero a veces la mandíbula no logra cerrar del todo. En la Bienal de Venecia, parte del jurado dimite: no hay neutralidad posible cuando la vara cambia según el conflicto. Cuando unas guerras se denuncian y otras se administran, el arte deja de fingir distancia: o toma partido o legitima (7).


9.

Una niña de cinco años mira Present Tense, la instalación de Mona Hatoum realizada en 1996 para la Galleria Anadiel en Jerusalén Este. La pequeña quiere acercarse a jugar con esos bloques blancos; el mediador le llama la atención y regaña a su madre.


Presente tenso: un territorio que no es sólido, que se desgasta imperceptiblemente en cada (cont)acto, en cada fricción con él. Miles de bloques de jabón de aceite de oliva de Nablus, materia hecha para el contacto, para limpiarnos, para el agua, para el uso, dispuestos como mapa. Cada vez que es mostrado, cada traslado, cada cambio de temperatura, cada capa de polvo, cada gesto de conservación lo transforma. No necesita deshacerse para estar en riesgo: alcanza con existir como jabón. Estos cuadrados atravesados por pequeñas cuentas de vidrio dibujan un mapa quebrado de los Acuerdos de Oslo de 1993 (8). Archipiélagos sin continuidad, territorios prometidos que ya nacen fragmentados. Cartografía frágil: precariedad de vidas expuestas al límite, expósitas a su desaparición.


El museo mantiene viva la obra, pero también la separa de su condición: del olor del aceite, del cuerpo, del uso que la hacía reconocible para quienes habitan esos territorios. Miradas, flashes, grabaciones, posteos, restauraciones: inertes gestos que conservan y a la vez desplazan. Present Tense es todos los tiempos verbales que no querríamos que existieran. Es un presente imperfecto y un futuro descompuesto. Luego de treinta años, la obra cuenta un infierno que no termina.


10.

Mientras, en el presente, 400 cubos de madera y 12 performers juegan a reimaginar el interior del paisaje dentro del museo Bahnhof, en Hamburgo. La obra de Lina Lapelytė convoca a hacer la exposición con nuestras manos: construir con otrxs las estructuras que vamos a habitar durante la visita. Estructuras que arman y desarman el paisaje del espacio. En Hacemos años de las horas (2026), el cuidado, la coexistencia y el tiempo configuran una experiencia que nos permite pensarnos como unx de esos bloques de madera que manipulamos: constructorxs de un hábitat en transformación constante.


Frente a la lógica del riesgo especulativo —romper por abajo para sostener lo alto, vaciar la base para que otrxs acumulen altura—, como en aquel juego de maderitas donde se gana al retirar piezas sin que la torre caiga, Lapelytė introduce un desvío: aquí no se trata de ganar, sino de armar con otrxs. Hacer con otrxs es condición para que la experiencia de vivir el tiempo en común no se convierta en una acumulación de piezas muertas desparramadas, en una arquitectura de restos sueltos.


Unx de lxs visitantes, mientras pasea, le pregunta al cuidador de la sala: ¿de dónde viene la madera de los cubos? ¿Dónde está ese bosque? ¿Qué raíces quedaron expuestas? ¿Qué suelo fue removido?


11.

Si el territorio se arrasa hasta volverlo materia disponible —madera, aceite, suelo—, entonces la violencia no se limita a los cuerpos: alcanza al hábitat mismo. No solo vidas: también ecosistemas. No solo guerra, genocidio: ecocidio. El aceite de oliva de Nablus en los jabones de Hatoum, como la madera de estos cubos, no son materiales neutros: son restos de un paisaje intervenido, de una tierra en disputa, sometida a extracción y desgaste. Lo que aquí se toca, se apila o se contempla proviene de un suelo que ya no está intacto.


Topadoras gigantes que, con reflectores incandescentes, hacen desaparecer la tranquilidad de la noche y avanzan como un batallón de infantería volteando sotos, mientras el crujido de los troncos al caer todavía hace eco en el sótano de ladrillo a la vista de la “sala bóvedas” del Centro de Exhibición Conde Duque, en Madrid.


Los cubos de Lapelytė y los ladrillos del Jenga podrían ser el producto final de los fragmentos de árboles arrancados de raíz que se ven en Caída na noite (2024), de Oliver Laxe.


12.

Antes de jugar con Jengas, de más pequeñxs, si tuvimos suerte, jugamos con muñecas, autitos, topadoras miniaturas, bloques de construcción de plástico, etc. “Ellxs” jugaban poniendo un bloque sobre otro bloque, armando estructuras seguras. Ellas armaban la casita y necesitaban un hijo al que darle la mamadera: “el bebote”. “Jugamos” un género desde muy chicxs. Los juguetes con los que jugamos son un ladrillo más de la institución sexo-genérica que se nos asignó al nacer, eso cuenta Juguetes (1978), donde, en plena dictadura militar, en la puerta de la Sociedad Rural Argentina, María Luisa Bemberg le pregunta a las infancias por sus juguetes (9).


Años después, el interior climatizado de una mansión se volvería espectáculo. Un juego cambia de escala, pero no de lógica. Hugh Hefner, creador de Playboy, no sale de casa: nos invita a su mansión. La mansión Playboy no es un afuera de la infancia, sino una continuidad sofisticada. Un hombre adulto rodeado de muñecas disponibles, intercambiables, escenográficas. Paul B. Preciado cuenta en Pornotopía que Hefner emerge como la primera figura de “un hombre de interior”: no abandona la casa para “traer el pan”, sino que convierte la casa en un dispositivo televisado. Un laboratorio doméstico donde se ensaya una nueva masculinidad en pijama (10).


13.

Mientras tanto, lxs más pequeñxs continúan jugando a volverse superhéroes. Superman, Mujer Maravilla, Batman, Batwoman: son algunos de los nombres. Sin importar el género, lxs superhéroes son justicierxs de moral blanca con empatía de manual de psicología positiva y una pedagogía afectiva tan higienizada que convierte la violencia en virtud siempre que la ejerza un cuerpo normativo; llaman justicia a restaurar el orden desigual que lxs produjo; hacen coincidir el bien, con sospechosa insistencia, con lo blanco, lo binario masculino/femenino y lo perfectamente legible. “Por suerte”, con los años, la industria del cómic entendió que para expandir mercado debía pensar en las minorías.


Los hombres superhéroes se caracterizan por la fuerza, la muscularidad y la masculinidad. Para hacer un ladrillo, y para “hacer a un hombre”, el barro es amasado, golpeado para que tome forma, secado y cocido para volverse duro. La masculinidad muchas veces sigue los mismos pasos que un ladrillo artesanal: se hace a los golpes.


Las superheroínas suelen quedar asociadas a la velocidad, el combate, la astucia, etc. En 2007, en Barcelona, apareció una que abogaba por aquellxs inquilinxs que no podían pagar el alquiler o la hipoteca, por aquellxs que no tenían acceso a una casa propia. Supervivienda era el nombre que llevaba Ada Colau, quien luego sería alcaldesa de Barcelona desde 2015 hasta 2023. El personaje arremetía contra la burbuja inmobiliaria y la especulación urbanística. Con capa y antifaz, irrumpía en mítines y actos políticos denunciando la falta de vivienda digna: denunciaba que jugar a la casa propia no era algo para todxs. El juego de niñxs, esa forma de vida ensayada de pequeñxs, quedaba como un simple anhelo de la infancia.


Las superheroínas solo funcionan en los cómics. Ada, a pesar de hacerle frente a la especulación del “ladrillo”, no pudo frenar la avalancha de aumentos en la renta y la ambición de los “grupos económicos” extranjeros “inversores”, que se quedaron con fincas enteras como activos, maximizando la renta a través de contratos temporales, donde lxs arrendatarixs están obligadxs a presentar la razón por la cual necesitan alquilar (11), lo que estimula la precariedad habitacional.


Mientras tanto, otrxs también se disfrazan. No para interrumpir desahucios ni denunciar la especulación, sino para defenderla. En Argentina, Javier Milei aparece enfundado en trajes de superhéroe, parodiando una épica que ya no salva a nadie: el enemigo ya no es la injusticia, sino el Estado; la misión ya no es proteger cuerpos, sino liberar mercados (12). Casualmente, los colores se repiten. Amarillos, capas, guiños visuales que recuerdan a aquella “Supervivienda” que Ada Colau encarnaba en las calles de Barcelona. Pero donde antes había denuncia, ahora hay celebración. Donde había interrupción del daño, ahora hay legitimación de su funcionamiento.


Si la “Supervivienda” de Colau irrumpía para señalar que el derecho a habitar estaba siendo vulnerado, aquí el gesto parece invertido: el superhéroe Milei no defiende la casa, sino la lógica que la vuelve inaccesible. No se trata de detener la expulsión, sino de garantizar que ocurra sin interferencias. La figura se repite, pero el sentido se desplaza. Bajo la misma estética —capa, personaje, intervención pública— lo que cambia es el campo de fuerzas: de un lado, el intento de frenar la maquinaria; del otro, su aceleración. En ese pasaje, la vivienda deja de ser un derecho a defender y se consolida como activo a liberar.


14.

Lxs dueñxs de más de cinco propiedades, en España, son llamadxs “grandes tenedores”. Por ejemplo, en Barcelona, los datos de 2025 muestran que 8.500 propietarixs concentran el 45% de los pisos en la ciudad (13).


El problema del acceso a la vivienda es algo que siempre estuvo presente en la Argentina en los llamados “sectores populares”. En los últimos años, las clases medias argentinas comenzaron a tener el mismo problema. Compartir piso, recurrir a las mismas formas que se utilizan en Europa, fue una de las soluciones. El fenómeno se extendió aún más por la falta de padres, madres o adultxs de la generación anterior que sean propietarixs, cosa que complica el acceso a una “garantía” para el alquiler.


Hace pocos días, en el Congreso de lxs Diputadxs, el Partido Popular, Junts per Catalunya y Vox votaron en contra de las prórrogas de los contratos de alquiler, ley que buscaba ser amparo para mantener el precio de los alquileres. El tenedor pincha. No solo come: atraviesa. Los grandes tenedores son herramientas para comerse a lxs pequeñxs inquilinxs. Algunas veces el lenguaje doméstico esconde una violencia sin metáforas.


15.

El título de un libro de Virginia Woolf es Una habitación propia (14). Escribía en 1929 la complejidad de tener un espacio para sí, un espacio para escribir, un espacio propio: “durante todos estos millones de años las mujeres han permanecido adentro, las paredes mismas hoy en día están impregnadas de su fuerza creadora, tanto así que esta fuerza ha sobrecargado la capacidad de los ladrillos y el cemento y tiene que encauzarse hacia las plumas y los pinceles y los negocios y la política”. A casi 100 años, una habitación propia es un lujo para ellas y ellos.


Alba tiene 99 años. Quería seguir viviendo en su casa con su cuidadora, Ana, que vino de Perú hace 15 años para vivir con la señora. Alba quería morir en su casa, junto a Ana. Sus hijos la hicieron firmar un “documento”, dice. La casa se vendió hace unos meses por ocho veces el valor por el que la compraron en los años cuarenta. Alba, ahora, vive en una residencia para ancianos. Cada vez que entra la enfermera a la habitación, pregunta por Ana. Ana es la única que la visita una vez por semana.


16.

En otro libro, un manual de seguridad y riesgos del trabajo, está escrito: “El polvo de ladrillo lastima la visión”. Sin contrato, sin descansos pautados, sin horarios, sin horas extras, sin seguro, sin viáticos, sin techo: él hace una changa. Adán manipula la carretilla, mueve sacos de arena y otros de cemento, pone ladrillos. Mientras parte el endurecido bloque naranja hecho a la medida de la industria de la construcción, salta una astilla sobre uno de sus ojos. La córnea se perfora. Martín, su patrón, el que lo “llamó” para que se “gane unos pesos con una changuita”, juega al tenis en una cancha hecha del mismo polvo que acaba de entrarle a Adán en el ojo. Martín hace la vista gorda. “Si tenés plata, invertí en ladrillo”, escuchó Martín por ahí.


Martín tenía la idea fija de convertirse en propietario. Hacerlo no lo liberó: lo fijó, un privilegio de pocxs. La hipoteca que sacó gracias a un conocido en el banco lo inmovilizó con deuda. A él le enseñaron que las cuotas que paga se llaman UVA (Unidad de Valor Adquisitivo). Ahora siente las UVA como una fruta que se le fermenta en el estómago pero no lo embriaga: lo angustia. Martín también sabe que un crédito impagable desahucia.


17.

“Si no hay demanda, no hay oferta”, dice el conductor del programa de la tarde que escucha Héctor mientras toma el segundo colectivo para llegar a su casa. “El mercado se regula solo”, escucha de un “analista” por la radio. Acto seguido, una publicidad dispara su eslogan: “Una casa se hace ladrillo por ladrillo, no lo dudes: poné todos tus ahorros en cumplir el sueño de la casa propia”.


Héctor camina por las calles de tierra de su barrio hasta el corralón y pide uno. Solo uno: “es para lo que le alcanza”, le dice al dependiente mientras busca los pesos en su bolsillo. Le dan un bloque naranja de 19 centímetros de soga, 9 de grueso y 9 de tizón. Todas las noches duerme con la cabeza apoyada en él, pero ni así puede conciliar su sueño.


18.

Los medios dicen: lxs pequeñxs propietarixs especulan. Se omite: el mercado está organizado para que especular sea la única “racionalidad posible”. Hacer del ladrillo un negoción es una regla implícita para tener propiedad. Especular viene de mirar desde arriba. Atalaya, espejo, vigilancia. Un especulador observa el futuro como quien espía un movimiento. No ve “hogares”: ve alzas y bajas en los precios. No ve vidas: ve flujos que destinan cada vez más parte de su fuerza vital a pagar el alquiler.


Alguien dice: “falta vivienda”. Otrx le señala: es “ley del mercado, hay escasez de oferta”. Una casa, un lugar para vivir; una propiedad, un valor. Microcentros zombis con oficinas vacías. Turismo basura, pisos de alquiler Airbnb. Contratos con aumentos semestrales. Propiedades hay demasiadas. Acciones políticas para que haya casas, escasas. ¿Diseño de interiores o diseño de la economía liberal?


19.

“Debajo de los adoquines hay tierra, lo comprobé”, suspira un trabajador arreglando los cables de luz luego de romper el suelo de cemento.


Una baldosa gris oprime un mundo. Un bien raíz no alimenta la tierra: la seca, la inmoviliza, la tapa. Ese suelo deja de sostener y empieza a sujetar.


Los “bienes raíces” son “inversiones inmobiliarias”. Una acepción de la palabra invertir es dar vuelta algo. ¿Se puede invertir la lógica de invertir en vivienda? ¿Cómo sería ese giro? ¿De ser un activo a ser un campamento de refugiadxs? ¿De renta a una ocupa?


20.

Claudia deja su casa propia en Abasto, Buenos Aires. Le cuenta a su amiga Romina que se va a vivir a otro departamento más barato en Parque Patricios. Dice que así hace una diferencia con la renta mes a mes. Quiere habitar en los retornos de la inversión. Sacarle un poquito más a la diferencia entre lo que cobra del alquiler, el alquiler que paga y la cuota que debe de la hipoteca.


Jorge vive en el Raval, Barcelona. Tiene 74 años. Aprendió hace seis meses, gracias a una inmobiliaria que vende los pisos del barrio a extranjerxs, qué era la “nuda propiedad”. Le recomienda hacerlo a su compañero de banco de plaza, Joan que tiene 73 recién cumplidos. Jorge y su mujer, Pilar, de 72 años, decidieron vender la casa que compraron años después de haber llegado de Badajoz. La vendieron con ellxs dentro. Seguir habitándola hasta que otrx sea su poseedor cuando ellxs mueran. Gerard, el comprador, invirtió en la muerte del matrimonio. Hace entrar el tiempo de vida como cálculo. Lxs hijxs de Jorge y Pilar no tienen nada que heredar, tampoco quieren quedarse con deudas. Mientras tanto, Gerard tacha los días para hacerse adjudicatario y salir de la habitación que alquila por Plaza Universitat.


Aranxa está jubilada, fue profesora de instituto en Otxarkoaga, Bilbao, por más de 50 años. Comparte su casa con Youssef, un joven de origen palestino que estudia Artes en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) (15).


Aranxa dice: “Txikiak handi”, “lo pequeño es grande”, traduce. Cree en solidaridades compartiendo la vivienda con quienes no pueden conseguir alquilar. Dice que con ponerse un pin con una sandía en el bolso no basta a su edad, y que tampoco tiene fuerzas para subir a la flotilla e intentar ir a Palestina. Youssef tiene 26, aprendió español a fuerza de choques culturales y lingüísticos mientras trabaja en una verdulería. Aranxa dice que Youssef es una tranquilidad para ella. “Así estoy acompañada por si me pasa algo”, dice. Youssef dice “aquí hay que aprender vasco”.


Youssef cree que, a través del arte, puede ayudar a mantener viva la memoria de los pueblos que, como el suyo, están siendo exterminados. Trabaja con archivo y narración oral. Sabe que no ganará dinero con su profesión, no es eso lo que lo motiva. Dice que desobedeció a su madre al elegir la carrera; en su familia le decían que tenía que ser médico.


21.

Forensic Architecture fue creado por Eyal Weizman, arquitecto israelí, en 2010, en la Universidad Goldsmiths de Londres. Weizman siente que su responsabilidad es trabajar por la liberación de Gaza, insiste (16).


En 2022, la Galería de Arte Whitworth de la Universidad de Manchester le pide la renuncia a Alistair Hudson, director desde 2018, luego de exponer una declaración de solidaridad con Palestina publicada por el colectivo Forensic Architecture (17).


No es un episodio: es un patrón en las universidades del “norte”. Hablar de Palestina se paga con dimisiones, despidos y silencios forzados.


Las aulas de la universidad se vuelven cada vez más silenciosas. Se debe hablar exclusivamente de lo que está en el programa. ¿Qué está en el programa?


22.

Las universidades están cansadas. Sienten que dentro de sus claustros van quedando solo esxs que saben repetir lo que se tiene que repetir, sin dudas, sin balbuceos, sin tensiones con el presente. Las universidades, vaciadas, despresupuestadas, buscan fuerzas para seguir insistiendo en cambiar su nombre por diversidades. Las universidades están cansadas de ver: sueldos estancados, papers desleídos, pensamientos huérfanos, carreras de obstáculos, lecturas sin sabor, exigencias sin sentido; en un contexto que no imagina ningún mundo donde se quiera vivir.

A los ladrillos que hacen a algunas universidades les gustaría cambiar de función, de género, ser de otros colores, ser más porosos, aguantar menos peso, tener menos presiones. También les gustaría escuchar ideas, pensamientos, sentir cuerpos que se jueguen la vida en el pensar.


Trabajar en la universidad, estudiar en la universidad, muchas veces se parece a levantar una carpa en el medio del desierto mientras hay una tormenta de arena. Algunas vidas parecen haber pasado por esa universidad —sin siquiera tener acceso a ella, sin siquiera haberla pisado—: ya no queda nada. Cuando el dolor de lxs otrxs no duele, cuando vivir es sin vivienda, cuando pensar es repetir lo escuchado… todo queda cubierto de gris cemento.


Otras veces, sin embargo, se sigue bailando. Sabiendo que se puede morir explotando por los aires, pisando alguna mina antipersonal; el trance entre ser ladrillo y volverse polvo (18).



Notas

(1) Torres piramidales escalonadas típicas de Asiria y Caldea.

(2) La espiral hipnótica no es solo una figura: es un dispositivo de captura de la mirada. Obliga al ojo a fijarse en un centro que se desplaza, lo aquieta mientras lo arrastra. En ese movimiento, el ojo deja de resistir, baja la guardia, se vuelve permeable. No tanto porque se relaje, sino porque cede. La espiral funciona entonces como un punto focal, un umbral. Esa fijación también puede operar como distracción dirigida: mantener la atención girando sobre sí misma, apartándola de aquello que duele, haciendo que lo real quede momentáneamente fuera de foco. Un ejemplo de ello: https://www.youtube.com/watch?v=6OPIxvrWdM8

(5) Corresponde a la entrada “Ladino” del Diccionario de Apple. Recuperado el 1 de mayo de 2026.

(6) Grupo Escombros se encargó de dar a ver lo que queda después del terror, de la crisis, de la implementación del neoliberalismo. Para más detalles: https://www.revistaadynata.com/grupo-escombros

(8) Los Acuerdos de Oslo (1993) constituyeron un intento de reorganizar el conflicto entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina mediante el reconocimiento mutuo y la creación de una autoridad palestina con autogobierno limitado en partes de Cisjordania y Gaza. Presentados como un proceso transitorio hacia una solución de dos Estados, establecieron una fragmentación territorial en zonas con distintos niveles de control. Sin embargo, la continuidad de la ocupación, la expansión de asentamientos y la persistencia de la violencia evidenciaron los límites de estos acuerdos, que quedaron como un marco inacabado más que como una resolución efectiva del conflicto.

(9) Bemberg, M. L. (1978). Juguetes [cortometraje].

(10) Preciado, P. B. (2010). Pornotopía: Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría. Anagrama.

(11) Obligando al inquilino a matricularse en cursos para justificar su condición temporal, realizar pagos exorbitantes a las agencias inmobiliarias y estar constantemente en la búsqueda de un nuevo lugar donde vivir —considerando la suba constante de los alquileres—.

(12) Javier Milei caracterizado como superhéroe: https://www.youtube.com/shorts/67zjnQ0oT_w

(14) Woolf, V. (2023). Una habitación propia. Frailejón Editores.

(15) Miembro de la Red x Palestina: https://www.redxpalestina.org/

(16) Sobre Eyal Weizman y Forensic Architecture: https://observer.co.uk/culture/interviews/article/eyal-weizman-it-is-my-duty-to-work-for-the-liberation-of-gaza ; https://www.elsaltodiario.com/mapas/eyal-weizman-arquitecto-israeli

(18) Laxe, O. (2025). SIRAT, trance en el desierto [película].


Mona Hatoum 2019 Una pila de ladrillos Instalación
Mona Hatoum 2019 Una pila de ladrillos Instalación


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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