Lilísima / María Moreno
- Revista Adynata

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Lila fue la primer sobreviviente de un campo de concentración que conocí, después me llamó la atención la dedicatoria que figura en el libro de Pilar Calveiro Poder y desaparición “Para Lila Pastoriza, amiga querida, experta en el arte de encontrar resquicios y de disparar sobre el poder con dos armas de altísima capacidad de fuego: la risa y la burla”. ¿Risa en la ESMA? ¿Burla? Parecía imposible nos decíamos con Alan Pauls en pretendido tono filosófico y en las escaleras del Centro Cultural Haroldo Conti adonde habíamos concurrido para unas jornadas sobre Memoria y ficción. Lo que no se puede evitar no se puede prohibir, como la risa. El Holocausto no hizo desaparecer los chistes judíos y Lila se permitía dar testimonios como éste: ”Conversábamos de cucheta a cucheta. Imaginábamos qué actor de Hollywood encarnaría a cada represor. Pensábamos que no sobreviviríamos pero soñábamos un contrato cinematográfico, con nosotras como guionistas”.
Tras su secuestro y en la mesa de tortura estuvo flanqueada de ambos lados por miembros del Ejército y de la Marina, respectivamente, a esto lo contaba sonriendo y agitando la cabeza de un lado a otro como si fuera un pase de comedia. Dicen que logró hacerse llevar desde la ESMA a la cárcel de Devoto donde estaba detenido su marido Eduardo Jozami. En el camino hizo parar el auto que la conducía para bajarse en un quiosco a comprar un chocolate. Eduardo al verla la miró espantado, y se negó a recoger el regalo, ¿pero por qué? preguntó Lila con auténtico asombro. ¡Porque está prohibido! dijo Eduardo. Y unos de los marinos que la custodiaban lo puso de ejemplo. ”Tome nota de la disciplina de su compañero”. Pero Lila, aún con la muerte como cálculo futuro de su destino, parecía salirse siempre con la suya. Su estilo personal, él que llegué a conocer en democracia y con ella liberada, parecía el de una zozobra constante. Si la llamaba por teléfono nunca estaba disponible o estaba dentro de un consultorio adonde a Jozami los estaban operando de cataratas o tenía los pies en el agua porque el inodoro se había tapado provocando una inundación en su casa o en ese preciso momento la grúa le estaba llevando el auto o simplemente había perdido los anteojos.
Lila fue secuestrada el 15 de junio de 1977 y liberada el 25 de octubre de 1978. “En el campo, para sobrevivir no hay que ser invisible. ¿Te imaginás vos con tu prosa `elegante’ estar obligada a hacerle un discurso a Massera“. Me cachaba mal.
Lila: vida política
Siempre militó y como la mayoría tanto de la izquierda como del peronismo, pasó por el Partido Comunista. Después de integrar una serie de organizaciones, recaló en Montoneros.
Como periodista fue elegida por Rodolfo Walsh para formar parte de la agencia ANCLA que pertenecía al Departamento de Informaciones e Inteligencia de Montoneros, aunque logró un amplio margen de libertad informativa. Estaba formada además de por Lila por Carlos Aznárez, Lucila Pagliai y Eduardo Suárez. Los integrantes de ANCLA estaban unidos por la crítica a la conducción y una “hipótesis de resistencia” que Walsh dejaría detallada en los textos que dirigió a la cúpula de la organización entre agosto de 1976 y enero de 1977.
En la ESMA un grupo de prisioneros, entre los cuales estaba Lila, que fueran empleados en tareas de archivo, análisis de coyuntura, elaboración de documentos y diversos informes de uso interno, se abocaron simultáneamente a simular colaboración y a proclamar su conversión desplegando los argumentos y valores del enemigo. Ese peligroso doble juego fue fundamental para aumentar el número de sobrevivientes. A raíz de los privilegios obtenidos, los integrantes del staff de la ESMA pudieron fortificar sus estrategias en común, que ya venían armando por entre las fisuras del poder en el campo, acordando que su tarea no afectaría a personas ni a organizaciones populares, ampliar el grupo incluyendo a la mayor cantidad de prisioneros posible, instruir a los recién llegados en aquellas acciones que disminuían el riesgos de ser trasladados, orientar sus análisis de manera que su interpretación implicara menos riesgos para los militantes en libertad y, logrado el objetivo de la supervivencia, denunciar ante los organismo internacionales.
“¿Por qué nosotros? -se preguntó entonces Lila- Es difícil precisarlo. Una de las razones es que la marina no tenía un servicio de inteligencia propio. El grupo de tareas del Tigre Acosta se componía por la patota que hacía los operativos y el que ellos llamaban ‘de inteligencia’ era el de los mismos torturadores”.
Lila y otros sobrevivientes fueron liberados en 1979 y salieron al exilio, en calidad de prueba de los derechos humanos vigentes en la dictadura y garantes de la vida de los rehenes que permanecían en el campo y de los familiares presos o en libertad vigilada. En España, Lila Pastoriza y Pilar Calveiro permanecieron escondidas en la casa de un pariente español, como es frecuente tener en la Argentina. No podían volcarse a la denuncia ni restablecerse en la solidaridad. ”Teníamos miedo de hacer algo que perjudicara a los que estaban adentro. Pero, mirá que ingenuas... Estábamos contentas. Habíamos ganado una pequeña batalla. Habíamos salido sin hacer ningún desastre. Los marinos nos habían dicho: No cuenten nada porque nadie les va a creer y si les creen, van a creer también que son agentes nuestros”.
En democracia con Lila dirigimos la colección Militancias de la Editorial Norma, título que parecía tajante. Con él esperábamos plantear una pluralidad de experiencias de los años setenta, no con la ilusión de sumar una totalidad, sino de sugerir en el plural de la palabra, no sólo a los diversos grupos de la militancia política sino también fuentes diversas que iban del testimonio al documento y de la investigación al ensayo crítico, incluyendo como autores a integrantes de generaciones cuyas herramientas eran diferentes La colección se inauguró con Política y/o violencia, una aproximación a la guerrilla de los años setenta, de Pilar Calveiro, Editamos entre otros Traiciones: la figura del traidor (y la traidora) en los relatos acerca de sobrevivientes de la represión de Ana Longoni, Los zapatos de Carlito de Federico Lorenz y Rodolfo Walsh y su época de Eduardo Jozami.
Lilísima
Declaró en la CONADEP, en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la ESMA, por los derechos humanos en la Casa Argentina durante su exilio mexicano. La lista de ese “prontuario” político para sus enemigos fue vastamente difundida en estos días.
Y cada vez que declaró lo hizo con ese estilo “cheto” y como desinteresado con que debe haber angustiado hasta a sus secuestradores. Emanaba de ella una autoridad y una precisión para denunciar la violencia ejercida sobre los otros que –cuando daba testimonio- paralizaba a los abogados enemigos que jamás se permitieron con ella ninguna de sus habituales impertinencias fascistas.

Nunca se llamó víctima, nunca extorsionó con su pasado de resistente, nunca aceptó las jinetas civiles de la heroína y llegó a decirle a un azorado Eduardo Jozami -que se rió porque la conocía bien- que lo suyo no había sido para tanto. Se burlaba de los testimonios que parecían extender en meses sin interrupción las sesiones de tortura y si era celebre por retrasar la entrega de sus artículos entre los que figuraba uno muy lúcido, publicado en la revista Lucha Armada sobre la supuesta traición de Roberto Quieto, secuestrado por los milicos y condenado a muerte por sus compañeros, no era por “desbolada” sino porque estaba evaluando estratégicamente entre lo que era preciso decir y no de sus posiciones críticas que eran colectivas. Así el escritor político no tiene bloqueos, tiene dudas éticas, su procastrinación es cautela táctica y responsabilidad por un nosotros que siempre apunta al futuro como bien común.
El día de su muerte –que no preveía- lloré todo el día y de saberlo, como se habría reído ella. Ahora prefiero evocarla a través de esa foto de viejitos tomados del hombro que caminan por una calle donde la gente ignora que están mencionados en uno de los diarios del Che, y que se van sosteniendo mutuamente, seguros que a pesar de que ellos no estén, la revolución volverá con otros nombres y otras acciones a buscar nuevas formas de sostenerla.
Fuente: Contratapa Página 12, 29 marzo 2026




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