Los detectives salvajes (fragmento) / Roberto BolaƱo
- Revista Adynata
- 1 jun 2024
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Hay una literatura para cuando estĆ”s aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estĆ”s calmado. Ćsta es la mejor literatura, creo yo. TambiĆ©n hay una literatura para cuando estĆ”s triste. Y hay una literatura para cuando estĆ”s alegre. Hay una literatura para cuando estĆ”s Ć”vido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estĆ”s desesperado. Esta Ćŗltima es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verĆ” a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida mĆ”s o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahĆ estĆ”. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estĆ”s sereno, para cuando estĆ”s calmado, pero tambiĆ©n puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crĆtico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie.
Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ĀæQuĆ© es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el tĆpico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba despuĆ©s de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ĀæPor quĆ© limitado? Elemental, porque no puede leer mĆ”s que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón. En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaƱa mĆ”gica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, Āæno? Bien, he hablado claro. AsĆ les hablĆ© a ellos, les dije, les advertĆ, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otro sĆ: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. Ā”MĆ”s temprano que tarde se acaban! ĀæPor quĆ©? Ā”Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegĆ”ndose, el dolor termina haciĆ©ndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros frĆos. El lector desesperado (mĆ”s aĆŗn el lector de poesĆa desesperado, Ć©se es insoportable, crĆ©anme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiĆ©ndose en desesperado a secas. Ā”O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de pĆldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama asĆ, yo le llamo asĆ) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. Ā”Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo Ā”lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de MesĆas ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sĆ consigue una pĆ”gina serena, una pĆ”gina meditada, una pĆ”gina Ā”tĆ©cnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertĆ. Les seƱalĆ© la pĆ”gina tĆ©cnicamente perfecta. Les avisĆ© de los peligros. Ā”No agotar un filón! Ā”Humildad! Ā”Buscar, perderse en tierras desconocidas! Ā”Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura DamiĆ”n, y no me hicieron caso.
Fuente: BolaƱo, Roberto (1998). Los detectives salvajes. Editorial Alfaguara, 2007.
