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Lou Andreas Salomé: razón poética en el psicoanálisis / Cynthia Eva Szewach

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 6 horas
  • 4 min de lectura

Él tenía el don de desaparecer de sus ojos asombrados

Wislawa Szymborska

                                                                                               

Se asomó una pequeña mueca en Freud que Lou Andrea Salomé registró atenta y de manera fotográfica. En la Carta abierta de agradecimiento a su maestro, escrita en 1931, “Mein Dank a Freud”, recuerda cuando en Múnich, tomando el té tras el Congreso de 1913, Freud le contó sus recientes experiencias con supuestos fenómenos telepáticos, luego, con una pequeña mueca nada disimulada le dijo: “Si realmente fuera necesario adentrarse en este atolladero con fines de investigación, entonces que de lo posible ocurra recién después de mi muerte”.[i]


Los temas del ocultismo y la telepatía tentaron a Freud quien incluso, como se sabe, llegó a publicar algunos artículos, aunque prefirió no adentrarse demasiado en esos sitios. Eran asuntos inconvenientes frente a algunos de sus interlocutores o detractores en el mundo de la ciencia. Lou sabía escucharlo sin que lo amenace por ello ningún peligro y alentaba dichosa sus bordes de irracionalidad, incluso desconocidos para él mismo, pero en absoluto ajenos a los misterios del descubrimiento del inconsciente.[ii]


Lou Andreas Salomé fue una de las mujeres que contribuyeron a la historia del pensamiento. Estaba convencida de la potencia de la conversación con sus contemporáneos, de la creatividad en las experiencias vividas con sus amores a los que marcó con sus ideas emancipadas y de los cuales recibió improntas indelebles. Devino psicoanalista luego de atravesar un derrotero centrado en la filosofía, en las letras, en la dramaturgia. Fue una incansable lectora. El encuentro con Freud en 1912 cambió su vida para siempre, y también incidió en la de él, quien será su amigo y confidente hasta el fin de sus días.


La declaración de Freud en aquel té: “que sea después de mi muerte”, no contará con la presencia de Lou. Ella parte poco tiempo antes que su amigo. Se cuidaron entre sí hasta los últimos años. Freud, incluso, le enviaba dinero y ella, se preocupaba mucho por su salud. Luego de la muerte de su querida amiga, pronunció unas palabras: “Era de una modestia y una discreción poco comunes. Nunca hablaba de sus propias producciones poéticas y literarias. Sabía dónde es preciso buscar los valores de la vida. Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y de la armonía de su naturaleza". Cuando se conocieron en Viena, fue para ambos un episodio conmovedor. En algún momento oyó a Lou lamentarse de no haber conocido el psicoanálisis en su juventud: “¡Pero si en realidad después de todo en aquellos días no existía tal cosa!”  exclamó Freud, con característico humor agudo, cobertura del dolor de la pérdida.


A Lou Andreas Salomé el psicoanálisis le dio, tal como le escribe en una carta a Anna, “una seguridad imborrablemente alegre”. Sostenía ferviente que, a pesar de los pesares, la vida valía la pena de ser vivida. Para Freud la guerra devastó para siempre la alegría como modo de ver el mundo, el Mal no tendría descanso: “repetirá el experimento cultural con otros pueblos”. No se equivocó. Cierta esperanza que leemos en el texto de “Lo perecedero” quedaba ya en las sombras. Aun así, estimulaba afectuoso, la inquebrantable fe y el entusiasmo que Lou tenía simplemente por el hecho de estar en la vida.


A ella le interesaban el hombre y la mujer común, algunas personas que incluso no podían pagar el análisis a veces las atendía gratuitamente y trabajaba en su casa durante largas horas del día. Respetaba, a diferencia de Freud, a quienes sufrientes se aferraban a la religión, como un modo de dar lugar a una fuerza que ayude a levantarse por las mañanas.


La infancia, en consonancia con la poética de Rilke, es un territorio que reviste para ella especial interés. Una patria adonde volver una y otra vez. Aunque la niñez pueda estar plagada de terrores, paradojalmente es una zona expulsora de miedos y donde anidan los mojones necesarios para la creación. La vida, por otro lado, estaba más cercana para ella al ensueño que a la vigilia.


Su manera de ubicarse para escuchar era femenina, abierta, habitada por las propias fragilidades, involucrada, hasta incluso excedida, tal como Freud le marca en algún intercambio epistolar, donde se delimita y debaten, cuál es la función que le es propia a un analista.


La razón poética de su pensamiento y la escritura metafórica, tantas veces incomprensible, imprimieron zonas vivas de posibles desajustes de las sendas convencionales, en diferencia con un psicoanálisis de jerga o ajustado a los moldes institucionales. “La poeta del psicoanálisis” la nombraba Freud.


Encontró un modo de ubicarse con su maestro. Más allá de algunas diferencias, tal como lo planteaba María Zabrano con Ortega, no se trataba de ir contra él, sino por momentos estar en otro lado, en el desvío. No se trataba de ejercer una rivalidad sino de ciertas lejanías con lo dado.


El erotismo y la embriaguez sexual se expanden para ella en terrenos donde el cuerpo adquiere una mayor amplitud de conexiones entre sí, en especial lo anal el territorio de lo vaginal como “un tomar en alquiler” nur in pacht, una tenencia temporaria, donde comparten placeres en continuidad inédita. Este asunto es citado varias veces por Freud como un hallazgo salomiano novedoso.


La sublimación para ella, no se desarrima de una erótica: "quienes subliman... no son ascéticos renunciadores, sino aquellos que aún en las más inhóspitas circunstancias conserven todavía el olfato para sus conexiones secretas para lo más remoto, zahoríes que aún en el suelo más reseco perciben los puntos manantiales".


En el suelo desértico… un resto de savia brota, casi imperceptible. 




[i] “Mein Dank a Freud” Libro en proceso de traducción con Jorge Salvetti

[ii] Se puede encontrar el desarrollo de este punto en el capítulo “Vivencia Freud” de su autobiografía titulada Mirada Retrospectiva, y en el libro de Florencia Abadi y Matías Trucco sobre Lou Andreas Salomé.

 

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Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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