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Memes, prompts y la extinción del estilo, o sobre cómo ignoramos aquello que usamos / Francisco Reos

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 8 horas
  • 8 min de lectura

John Berger, en Modos de ver (1972), destaca que desde que fue posible la reproducción masiva gracias a la fotografía, se pudo manipular cualquier imagen para transmitir mensajes a gran escala distintos de sus intenciones originales. Podemos tomar una pintura, por ejemplo, El Nacimiento de Venus (Sandro Botticelli), y modificarla para que sirva como gráfica de una refinada etiqueta de vinos.


En el momento en que Berger escribió este ensayo, los smartphones eran un delirio de ciencia ficción, pero hoy en día los stickers, memes y las imágenes generadas por IA se presentan como el paroxismo de su planteo.


Asimismo, los dispositivos inteligentes y su renovación permanente han colaborado en acelerar de manera exponencial un desplazamiento conceptual que se venía gestando hace algún tiempo atrás: lo antiguo y lo arcano ha pasado a convertirse en un depósito de piezas visuales. Entonces, nuestra relación con las imágenes se asemeja a la de un nigromante sin reparo alguno por las historias que las sostienen porque solo le interesa exhumar imágenes, rostros y texturas para tratarlos como simples piezas de recambio estético. Para el Doctor Frankenstein, lo antiguo no es una fuente de sentido, sino una cantera de despojos —píxeles y pinceladas amputadas de su contexto original— que se cosen arbitrariamente para dar una apariencia de vitalidad a un presente que, incapaz de gestar formas propias, se limita a reanimar cadáveres culturales ensamblados a capricho.


Así, terminamos siendo habitantes de una época donde aquello presentado como lo “nuevo” se asemeja más a un cadáver viejo, un monstruo que nos devuelve nuestro propio mensaje de manera invertida: el tiempo ha dejado de avanzar para volverse un bucle de restos ensamblados. Es en este presente producto de la profanación donde el concepto de hauntología de Fisher se presenta como una cruda verdad: el estado de una cultura que, incapaz de gestar un presente auténtico[1] o de imaginar un futuro posible, saquea al pasado de modo que queda embrujada por fantasmas del futuro que nunca llegó. Así la humanidad sufre un afecto muy particular: la nostalgia por el futuro.


Ahora bien, ¿Cómo interviene específicamente la IA en este asunto? Si el smartphone nos permitía manipular su pasado, la IA nos permite forcluirlo.


La diferencia entre el meme y la imagen generada por IA no es de grado sino de naturaleza. El meme, por burdo que sea, supone un ojo que mira: alguien tuvo que reconocer en una imagen existente algo que valía la pena reutilizar. Es un gesto torpe, quizás irreflexivo, pero es un gesto de interpretación intencional. El prompt no mira nada. Parte de ordenes y coordenadas que produce una imagen que nunca existió pero carece de originalidad porque se asume ahistórica. Más que el saqueo de un cadáver cultural es algo más retorcido: la fabricación de un cadáver que nunca estuvo vivo.


Donde el meme cita —mal, superficialmente, pero cita— la IA simula. El smartphone nos volvió saqueadores del pasado visual. La IA nos ahorra incluso la profanación. La genealogía no se interrumpe ni se omite, sólo desaparece.


Es el golpe de gracia a toda novedad posible. Es el cliché automatizado. Todo lo fabricado bajo esta lógica no es capaz de ir más allá de la demanda del consumo. Por lo tanto, en su uso convencional no tiene ninguna potencia para generar un estilo o una ruptura. Es un arte a la carta: su única lectura posible es aquella dictada por el capricho del usuario. La IA solo necesita un prompt impreciso y caprichoso para activar su gran potencia de cálculo y probabilidad con el fin de darle al usuario un producto que pretende ser exactamente lo que pidió.


Estas herramientas que se presentan como facilitadores para la generación de contenidos tienen, en realidad, un propósito evidente pero difícil de aprehender: incitar a llenar el vacío infinito del ciberespacio —porque si hay un vacío alguien tiene que intentar llenarlo—. Tarea que recae sutilmente en el usuario, como si la orden subliminal fuera: “te damos todas estas herramientas. Ahora ¡A trabajar!”. Proletarios creyendo ser dueños del espacio que habitan. La promesa por semejante tarea es la quimera de la fama: una viralización tan fugaz como insignificante y que, en todo caso, servirá de materia prima para que otros produzcan más contenido generando un loop infinito de capas que se pliegan sobre sí mismas.


Entonces, como redactores de prompts y creadores de memes nos asemejamos al Doctor Victor Frankenstein: jugamos con fuerzas que están más allá de nuestra comprensión y cuyas creaciones quedan en un “sin sentido” por no poder enlazarse con una verdadera genealogía. Se usan y ni siquiera nos tomamos la molestia de descartarlas: quedan vagando por lo ancho y largo del ciberespacio. Solo rellenando el vacío infinito digital.


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¿Cuáles son las consecuencias que genera este tipo de manipulación en nosotros como sujetos atravesados filogenéticamente por la historia, explícita e implícita, de cada imagen que compone nuestro universo sensible?


Al poder servirnos de la imagen a nuestro antojo nos volvemos perezosos: solo reparamos en el significado más directo y superficial. Tratamos a las imágenes como objetos de consumo sin historia o trasfondo volviéndolas -y volviéndonos- irremediablemente banales.

Al predominar el sentido más vulgar, simple y pornográfico, no queda ningún margen para una veta sutil, complementaria y hasta incluso ambigua u opuesta al significado obvio. Justamente, una peculiar cualidad de las imágenes es la de poder alojar múltiples sentidos y opuestos a la vez, pero toda esta riqueza se diluye en las adulteraciones obscenas y básicas. Una imagen ya no vale más que mil palabras porque tiende a un único sentido: el que más nos plazca.


Este asunto va más allá de reflexionar sobre cómo los usuarios trastocan un objeto: las imágenes nos ayudan a conectar con nosotros mismos y con nuestros aspectos ocultos o reprimidos. La manera en que tratamos a las imágenes es un correlato de cómo nos tratamos a nosotros mismos, nuestras determinaciones y a los otros.


Al volvernos impacientes y superficiales con las imágenes nos hemos vuelto impacientes y superficiales con nosotros mismos. Nuestra posibilidad de conectar con aquello que está más allá de lo evidente se vuelve más escasa, distante y, lo que es peor, menos interesante. Las pretensiones y exigencias de descarga y satisfacción rápida -alentado por la lógica porno(gráfica)- nos vuelve ansiosos, incapacitando nuestra mirada profunda y ambigua.


Le hemos perdido el gusto a pensar lo que nos rodea en su forma sutil, sugerida, ambigua y hasta contradictoria. Exigimos que todo se nos ofrezca directo y claro, condiciones que no son ni propias de la imagen ni propias de nosotros mismos. Les pedimos a nuestros objetos que sean smart, que es un eufemismo de que hagan las cosas por nosotros. No es deseable que algo se tome su tiempo, sea engorroso y, menos aún, que no sea claro cuál es su sentido. Cada vez más se impone la objeción: “Si el éxito no está asegurado ¿para qué hacerlo?”


Priorizamos hacer o consumir solo aquello que se muestra transparente, directo, sencillo, útil y satisfactorio, pero vivimos preguntándonos qué es lo que queremos o cuál es nuestro sentido en la vida. Lo eficiente del entorno convive con el desconcierto de nuestro interior. No sabemos qué es lo que nos hace feliz pero sí lo que nos hace la vida más fácil.


Es en esta clausura de sentido donde resulta imprescindible convocar la distinción que el psicoanalista Alejandro Ariel establece entre Estética y Estilo. Para Ariel, la Estética es el conjunto de formas, normas y representaciones consensuadas por una sociedad en una época determinada; es el código que dictamina lo bello, lo aceptable y lo decodificable. Las imágenes generadas por IA y los memes serializados son el triunfo absoluto de la Estética: un lenguaje visual que no cuestiona la estructura, sino que la confirma y la estabiliza. En la Estética, el espectador siempre sabe qué esperar, y la imagen siempre entrega lo que el algoritmo promete. No hay fricción, no hay misterio, solo una repetición confortable que anestesia la mirada.


El Estilo es aquello que agujerea la Estética. No es un adorno ni una marca de diseño, sino la irrupción de la falta, el síntoma y la singularidad de un sujeto. El Estilo es ese desvío, esa torpeza o aspereza inasimilable que no encaja en ninguna plantilla prefabricada, ontológicamente está por fuera del consenso de la época. Mientras la Estética (como el prompt de una Inteligencia Artificial) se nutre de la inducción y la predicción para replicar el pasado, el Estilo es un salto al vacío, un acto creador que inaugura una manera inédita de estar en el mundo. Al reducir nuestro universo visual a meras piezas de recambio intercambiables y efímeras, no solo estamos agotando la Estética; estamos clausurando la posibilidad misma de que irrumpa el Estilo y, con él, nuestra propia verdad.


***

Detengámonos en algunos breves ejemplos que servirán para ilustrar cómo en cada imagen se encuentra el recorrido del pensamiento y de la filosofía de la humanidad entera. Por más que las lógicas contemporáneas de circulación intenten achatar lo visual, reduciéndolo a la inmediatez del consumo, al arte a la carta o la ironía rápida, cada imagen concentra una profundidad filogenética imborrable.



Arcano mayor número 6 (o triunfo) del Tarot de Marsella, baraja que se cree que fue compuesta durante el siglo XV
Arcano mayor número 6 (o triunfo) del Tarot de Marsella, baraja que se cree que fue compuesta durante el siglo XV

Esta conocida plantilla de meme guarda una profunda conexión con las vicisitudes del amor y los vínculos sexoafectivos: cuando se pone en juego una elección del partenaire hay siempre un tercer elemento en disputa. Por más que el vínculo esté formalizado, la terceridad continúa teniendo algún lugar en la pareja como un ordenador.


Este simpático y divertido meme no parece que vaya mucho más allá de los significados que cada uno le quiera dar. Sin embargo, su mundial viralización se debe a las resonancias que esta imagen guarda con la imaginería de la historia humana. El conflicto, la disputa, la duda y la decisión son elementos nucleares en cualquier relación amorosa.


Por eso las resonancias implícitas con la segunda imagen citada -el arcano sexto de la baraja de tarot de Marsella- son innegables. En esta carta, los personajes son los mismos y juegan el mismo papel. Poder detenerse para analizar y apreciar la riqueza de esta imagen es una manera de aproximarnos a comprender la complejidad de nosotros mismos.


Similar análisis se puede hacer con el siguiente ejemplo:



En esta publicidad se reproduce la relación del sujeto con su propia imagen: su admiración y belleza y también sus aspectos ominosos y mortíferos.

Toda imagen especular posee una parte luminosa y otra parte oscura.

El mito de Narciso se puede ver con claridad, pero no como una advertencia o parábola, sino asociado a un objeto de consumo exclusivo y de estatus.


Entonces, tratamos a las imágenes con una total indiferencia hacia sus trayectorias, su densidad y su origen. En vez de intentar leerlas como capas sedimentadas de sentido, las tratamos como objetos descartables de nuestro capricho: impresas rápido, compartidas sin pensar, reemplazadas por la siguiente imagen que —en un ciclo sin pausa— hará lo mismo con la que la precedió. Como ya fue mencionado, vivimos en un entorno en el que la obsolescencia ya no está restringida a los objetos técnicos sino que alcanza también a los símbolos, a los relatos y a las formas sensibles. La imagen pierde su potencia disruptiva: la potencia del Estilo como acto creador está aprisionada, solo una pantalla infinita donde todo circula al mismo ritmo y al mismo volumen.


Si las imágenes están hechas de historia, de mitología, de lucha simbólica, de fuerzas en tensión, entonces nuestro trato ignorante hacia ellas genera consecuencias existenciales. Al renunciar a comprenderlas, estamos renunciando a comprendernos.


Nos hemos conformado con la última hoja de la copa del árbol creyendo que esa hoja es todo lo que hay o, lo que es peor, perdiendo directamente el interés por conocer el resto de sus ramas, flores y tronco. Recuperar el espesor de las imágenes es recuperar también una ética de la percepción.



[1] Denominó presente auténtico a aquel contexto actual que es capaz de ubicarse en una genealogía que lo precede y, por tanto, se reconoce como efecto de una línea temporal. Paradójicamente, lo que garantiza su autenticidad es asumir su condición filogenética, rechazando cualquier delirio refundacionista.


Caravaggio (1597-1599) Narciso. Pintura al óleo 110 cm × 92 cm. En Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma,  Italia
Caravaggio (1597-1599) Narciso. Pintura al óleo 110 cm × 92 cm. En Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma, Italia

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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