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Sudor y trabajo: cómo ganarás el pan / Mariela Sancari

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 1 día
  • 9 min de lectura

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la misma tierra

de la cual fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás

Génesis, capítulo 3, versículo 19


El fruto prohibido. Dios castiga a Adán: dolor y frustración, esfuerzo y sacrificio. Dios castiga a Eva: parirá con dolor. En el tomo I, capítulo XXIV de El capital, Karl Marx hace referencia a esa primera mención del sudor en la Biblia cuando dice:

"Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer."


Según Marx, la expropiación de tierras a los campesinos, el colonialismo, el comercio de esclavos, las legislaciones contra los pobres y la mendicidad fueron los procesos mediante los cuales la acumulación originaria se convirtió en la base necesaria del modo de producción capitalista. «La acumulación primitiva no pretende más que trazar el camino por el cual surgió el orden económico capitalista, en Europa Occidental, del seno del régimen económico feudal. Por ello describe el movimiento histórico que, al divorciar a los productores de sus medios de producción, los convierte en asalariados (en proletarios, en el sentido moderno de la palabra), al tiempo que convierte en capitalistas a quienes poseen los medios de producción», escribe al director de la revista Otiechéstvennie Zapiski en 1877.


Pero la pensadora Silvia Federici, en su libro Calibán y la bruja (2004), hace un análisis crítico de la visión marxista argumentando que «este proceso requirió la transformación del cuerpo en una máquina de trabajo y el sometimiento de las mujeres para la reproducción de la fuerza de trabajo. Fundamentalmente, requirió la destrucción del poder de las mujeres que, tanto en Europa como en

América, se logró por medio del exterminio de las “brujas” […]».


La filósofa e historiadora feminista sostiene que la persecución y caza de brujas, que se extendió por más de tres siglos y tuvo su mayor intensidad entre 1580 y 1630, supuso un ataque sistemático y devastador contra el universo de las prácticas femeninas, el conocimiento de las mujeres sobre su cuerpo y el control sobre su reproducción y sus habilidades para curar.


En el contexto de las crisis poblacionales de los siglos XVI y XVII en Europa, el Estado, con el apoyo incondicional de las Iglesias (católica y protestante), acosó y degradó sin cesar la figura de la mujer independiente que vivía y se mantenía sola, que entendía de herbolaria y de los medios para sanar, que no obedecía dócilmente a las figuras masculinas, que cuidaba de sí misma y de las demás y que tenía conocimientos de partería y anticoncepción.


Las brujas se convirtieron en un sujeto social peligroso del que era necesario deshacerse; representaban la mayor amenaza en el contexto de una sociedad modelada hacia el disciplinamiento necesario para la transición entre el feudalismo y el capitalismo. A base de acusaciones de herejía, desenfreno sexual, irracionalidad e infanticidio, los cazadores de brujas rebajaron la posición social de las mujeres, que fueron perdiendo poder e independencia —les fueron arrebatados—, y las sumieron en la pobreza absoluta y la dependencia de sus familiares varones.


Lo que tampoco nos cuenta la leyenda del pecado original teológico es que el sudor esforzado de la mujer ha quedado desterrado del relato histórico de la acumulación primitiva y del desarrollo del capitalismo. Consignadas al trabajo reproductivo no remunerado para satisfacer las necesidades de un orden capitalista ascendente, las mujeres proveyeron «al capital del aparentemente inagotable suministro de trabajo necesario para la acumulación» (Federici, 2010).


Si bien lo consideraba una actividad vital para el desarrollo humano, Marx veía en el trabajo, en la estructura capitalista, una forma de alienación: «El trabajador se siente fuera de sí en su trabajo y en sí fuera del trabajo» (Manuscritos económicos y filosóficos, 1844). Creía que solo cuando se retomara el control social de la producción lograrían los trabajadores liberarse de tal explotación. Así, el sudor — vinculado al esfuerzo físico derivado del trabajo asalariado— se convierte en el bien del que se apropia el capitalista: produce plusvalía, es decir, enriquece a otro.


En el siglo XVIII, uno de los efectos de la Revolución Industrial en Inglaterra fue la creación de un sistema de empleo precarizante, con salarios bajos y condiciones paupérrimas, que recibió el nombre de sweating system o sistema del sudor. En La revolución traicionada (2016), Trotsky lo responsabiliza de agotar «la principal fuerza productiva: el hombre».


Aunque siempre se haga mención del «hombre» como medida y figura paradigmática de la sociedad, en estos talleres —en su mayoría textiles— se empleaba principalmente a mujeres que laboraban desde sus casas, a quienes solían llamar sweaters («sudadoras»), palabra que devino sinónimo de trabajadora extenuada y a menudo vinculada a las labores domésticas o femeninas.


Las actividades que realizaban estas mujeres en el hogar, incluso si eran por encargo, se instauraron entonces como trabajo «no productivo» por estar inscritas en el ámbito privado de la casa, mientras que las del hombre eran reconocidas y remuneradas con una paga muy superior. También la reproducción de la mano de obra —esencial para la acumulación del capital— fue invisibilizada al presentarla como vocación femenina y nombrada como «trabajo de mujeres».


Es notable encontrar indicios de cómo la lógica que encadenó el sudor con el esfuerzo logró permear el lenguaje de quienes criticaban dicha asociación. En una carta de Marx a Engels del 24 de agosto de 1867, leemos:

En cuanto al capítulo IV, me costó mucho trabajo descubrir las cosas en sí mismas, es decir, sus interrelaciones […]. ¡Al final, lo escribí entre carbúnculos y los reclamos diarios de los acreedores!


Marx pasó gran parte de su vida adulta acosado por la enfermedad. Antes de cumplir cuarenta años, ya se quejaba regularmente de forúnculos insoportables. Sufría dolores articulares recurrentes, lesiones cutáneas e inflamación del hígado. Lo más probable, aunque no fue diagnosticado así en su momento, es que se tratara de hidradenitis supurativa, una enfermedad poco común de las glándulas sudoríparas

que se caracteriza por abscesos llenos de pus, generalmente en la ingle y las axilas, zonas donde abundan dichas glándulas. La hidradenitis supurativa causa inflamación crónica y secreción. Las enfermedades cutáneas, así como el sudor, tienen efectos secundarios psicológicos bien conocidos: cambios de humor, asco y baja autoestima. Con una mezcla de lamento y regocijo, escribió a Engels en 1867: «La burguesía recordará mis carbúnculos hasta el día de su muerte».


En su análisis Sudor en la Biblia Latina, Matilde Conde Salazar, doctora en Filología Latina, distingue:

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se puede observar una relativa diferenciación en el empleo del vocabulario según el trabajo al que se refiera: opus, negotium indicarían una visión positiva, como el de Dios en la creación, mientras labor, sudor, dolor, fatiga o tristitia hacen referencia al esfuerzo físico que supone un trabajo. […] Sudor se documenta en latín desde época arcaica con los sentidos de «sudor», «exudación» y «esfuerzo». […] En época clásica, y sobre todo en los autores cristianos, se identifica continuamente con labor, pero también con otros términos que significan tristeza, penuria, dolor, etc.


Podemos ver cómo, a partir de la mención del sudor en el Génesis como «la palabra de Dios» y de la retórica de la teoría del valor del trabajo —que naturaliza la explotación—, se busca anclar una imagen del trabajador dignificado por el sudor de su esfuerzo y se establece así el principio de lo que podríamos llamar «la religión del trabajo».


Humedecer las relaciones


Fluyen

Salpican

Escurren

Gotean

Inundan

Se desbordan

Se estancan

Empapan

Sumergen

Disuelven

Rocían

Chorrean

Riegan

Mojan

Filtran


En su libro La modernidad líquida, el sociólogo Zygmunt Bauman compara y analiza ciertas cualidades de los líquidos y los sólidos para intentar aprehender las características de la época en que vivimos: «Los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma. En tanto los sólidos tienen una clara dimensión espacial, […] los fluidos no conservan una forma durante mucho tiempo y están constantemente dispuestos (y proclives) a cambiarla». Estar proclives significa abrirse a nuevas relaciones o formas de relación.


Su inclinación a la transformación y la fluidez es lo que nos ha llevado a considerar los líquidos, y en especial los residuos corporales, como amenazadores. La falta de una estructura estable y fija y la imposibilidad de contenerlos del todo es lo que nos produce ansiedad o la sensación que la filósofa y psicoanalista Julia Kristeva ha llamado abyección, un concepto muy complejo que define como «aquello que perturba la identidad, el sistema, el orden. Aquello que no respeta los límites, las posiciones, las reglas. Lo intermedio, lo ambiguo, lo mixto» (Poderes de la perversión, 1980).


La fluidez está asociada al movimiento, a la corriente, al desplazamiento, a la circulación. Conocemos la imagen del agua estancada y lo que esa inmovilidad ocasiona: algo que tendía a correr se empantana y, eventualmente, decae, se pudre, se arruina, llega a su fin. Vinculados también a la caída y la dispersión, a la absorción y la penetración, a la acumulación, la separación y la mezcla, los líquidos dan lugar a un sinfín de imágenes.


Como nos recuerda Astrida Neimanis en su libro Bodies of water (2017), somos «cuerpos de agua» formados del mismo material que nuestro entorno. Entendernos y relacionarnos como tales desafía el individualismo que nos ha hecho percibirnos autónomos y suficientes: somos parte de lo que nos rodea y otros cuerpos de agua participan constantemente en nuestra formación. «Nuestros asuntos húmedos están en constante proceso de ingesta, transformación e intercambio: beber, orinar, sudar, esponjarse, llorar», continúa.


Los pensamientos están enraizados en experiencias materiales y corporales. Las metáforas no son solamente ornamentos del lenguaje, sino parte constitutiva del pensamiento. Pensamos a través de nuestras experiencias corporales y sensoriales. Así, humedecer las relaciones no es solo una forma poética. La experiencia material de sudar estructura mis procesos de pensamiento. Pienso desde mi experiencia encarnada con la humedad. Pienso con sudor.



Conceptos sudorosos


Las teorías no son meros pronunciamientos metafísicos sobre el mundo desde

alguna presunta posición de exterioridad. Las teorías son reconfiguraciones vivas

y palpitantes del mundo. El mundo teoriza y experimenta consigo mismo. Figurar,

reconfigurar… Todas las formas de vida (incluyendo las inanimadas) hacen teoría.

Karen Barad, Una cuestión de materia


Las personas con hiperhidrosis sufren sudoración desproporcionada y aleatoria que puede empapar la ropa y el calzado, dañar los dispositivos tecnológicos, arruinar documentos, impedir el uso de instrumentos de escritura, fomentar comportamientos de ocultación y aislamiento, degradar la autoestima e incluso provocar acoso tanto en el trabajo como en otros lugares.


El efecto en la vida —laboral, matrimonial, social— es, por lo tanto, profundo. De hecho, las investigaciones indican que la mayoría de las personas con sudoración excesiva confirman que esta afección tiene un impacto negativo en su vida social, su bienestar y su salud emocional y mental.


¿Qué pone en entredicho mi sudor? ¿Qué aportaría al recuento de mi experiencia de vida? ¿Cómo puedo ver y hablar del sudor evitando una mirada antropocéntrica que lo dote de atributos, entienda su agencia de una única forma y perpetúe jerarquías? ¿Cómo sintonizo con su frecuencia para escuchar su canto? ¿De qué maneras ser mutuamente capaz con el sudor?


A partir de mi experiencia de vivir con hiperhidrosis, analizo los modos en que el sudor, como actante, moldea las interacciones con otros cuerpos y su entorno. El mundo como lo conocemos no está abierto a recibirlo como participante de las relaciones. La pensadora Sara Ahmed lo refiere en su libro Vivir una vida feminista (2017) al afirmar: «Cuando intentamos describir algo que es difícil, que se resiste a ser comprendido por completo en el presente, producimos lo que yo llamo “conceptos sudorosos”. […] Un “concepto sudoroso” es aquel que surge de la descripción de un cuerpo que no se siente cómodo en el mundo». Ahmed se apropia de la pregnancia del sudor y lo convierte en una categoría para el pensamiento. Aunque también lo asocia al esfuerzo, los «conceptos sudorosos» nos ofrecen otra perspectiva: son conceptos que se derraman, se escurren y empapan, se filtran y gotean. Pensamientos humedecidos, en remojo.


Las personas que sudamos mucho (o tenemos hiperhidrosis) sabemos que la asociación obligada del sudor al esfuerzo reduce el espectro de la experiencia de sudar. Sabemos que se puede sudar —y lo hacemos— en un rango de circunstancias y situaciones mucho más amplio que no necesariamente supone algún tipo de esfuerzo. Entonces, no se trataría solo del sacrificio que implica o al que hace referencia, sino de la incomodidad de aquello que no se ajusta, de lo que no cuadra completamente.


Cuando uno está incómodo, es consciente de los límites del cuerpo con el entorno, tiene mayor claridad de la manera en que no encaja en el ambiente o situación. La incomodidad de sudar tanto me ha hecho agudamente consciente.


La noción de «conceptos sudorosos» me permite mantener(me) en la complejidad, en la extrañeza. Algo que parece eludir la descripción o el lenguaje para nombrarse puede ser acogido como «concepto sudoroso». No significa una adaptación total, una identificación con eso que se trata de entender, sino una posición nueva desde donde mirarlo. Situaciones, emociones, cosas que no se acoplan y que no deberían.


Me he dejado producir por el sudor.

Soy una mujer chorreante, líquida, inestable, salada, pegajosa, que se desborda.



Fuente: Sancari, Mariela (2026) Sudor. Ediciones Comisura.


Mariela Sancari - Fotograma creado a partir del contacto directo del sudor de la autora con el papel fotosensible.
Mariela Sancari - Fotograma creado a partir del contacto directo del sudor de la autora con el papel fotosensible.

Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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