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No entregarse a la crueldad / Marcelo Percia

1.

Devastaciones incuban crueldades.


Crueldades cautivan ofreciendo certezas. En tiempos desolados, existencias desesperadas pueden hacer cualquier cosa para sentir, aunque se trate sólo por un instante, una sensación de fortaleza.


¿Qué otras opciones para la desesperación? Desdichas de la vida en común necesitan tiempo, demoras estremecidas, suavidades que palpen espinas del daño, delicadezas que se sienten a conversar la vida.



2.

Crueldades ensombrecen los días, ultrajan dulzuras de la lengua, hieren la imaginación.


Se suele buscar en el resto del mundo animal orígenes instintivos de la crueldad, en paralelo a justificar, también, los orígenes de la propiedad. Existencias hablantes tenemos el mérito de la crueldad. Ninguna otra vida terrestre pudo algo así.



3.

Crueldades no sólo ejercen violencias, realizan violencias que persisten cuando ya no hacen falta. Violencias que no se detienen tras apresar, reprimir, castigar, dominar, someter, humillar, obligar. Violencias sobrantes y encarnizadas. Violencias feroces e innecesarias. Violencias que necesitan de la atrocidad para vivenciar la superioridad de la fuerza.


Hay crueldades que no se ejercen sólo para dominar o mostrar poder, por placer o deleite, sino para vaciarse de cualquier sospecha de debilidad.



4.

Se sabe una sociedad por su impiedad. Por su capacidad de realizar, consentir y perpetuar actos de crueldad.


Se lee en A sangre fría de Truman Capote (1965): “No quería hacerle daño a aquel hombre. A mí me parecía un señor muy bueno. Muy cortés. Lo pensé así hasta el momento en que le corté el cuello”.


Hay crueldades premeditadas y, también, crueldades nacidas del acto de dañar.



5.

El derecho inventó la expresión “crímenes de lesa humanidad” para nombrar acciones que representan el límite de la civilización.


Llamamos crueldad a una acción que no debe suceder, que no se tiene que repetir, que hay que impedir, que se necesita detener. Llamamos crueldad a una forma funesta del daño.



6.

Una de las condiciones de la crueldad radica en el afán de posesión y propiedad. Habitar sin tener, desear sin poseer, disfrutar sin acaparar: ¿se puede vivir así?


El porvenir de lo común no consiste sólo en realizar una justa distribución de riquezas, sino en habitar una común desposesión.



7.

Crueldades se practican en diferentes formas. Se mencionan tres: dañar, dañarse, consentir el daño.


Crueldades de estos tiempos empujan, a sensibilidades dañadas, a hacerse más daño. Ofrecen, a cada cual, la opción de elegir cómo lastimarse.



8.

Sublimar consiste en tornar lo abyecto en sublime. Quizás en interponer tiempo entre el impulso y la acción. En introducir una pausa entre el terror y la huida, entre el incendio y la fascinación del fuego.


Puede que algunas psicologías crean que carnicerías y quirófanos dan asilo a almas homicidas. O que la sublimación sirva para canalizar, reformar, civilizar, tendencias malsanas.


Pero, la crueldad no quiere transformarse en otra cosa más civilizada: la crueldad necesita de la crueldad para imponer su fantasía de inmunidad.



9.

La sublimación se ofrece como limpieza moral que libera de pasiones sucias e indebidas.


Conviene distinguir (aunque no resulta fácil) entre moral y ética. La moral se impone como deber. Persuade a través del miedo y demanda acatamiento. La ética solicita una decisión. Una determinación a favor del cuidado de lo común. La ética no actúa por temor ni por obediencia. Actúa por gratitud con la vida. Una ética que sabe una común debilidad prescinde de la crueldad.



10.

Crueldades no sólo saben que dañan: autorizan, justifican, argumentan, el daño. Añaden, así, más daño al daño.


Se dice que un daño infligido no sabiendo que se estaba dañando exime de culpa, pero no de responsabilidad.


Responsabilidades que admiten el daño, más allá de que lo supieran o no, reconfortan, en algo, al dolor. Responsabilidades que se hacen cargo de las consecuencias de sus actos detienen el daño que, si no, sigue ocurriendo. Sin esa detención, no hay reparación. Sin sanción de la justicia, no hay reparación. Sin acompañamiento comunitario, no hay reparación. Pero, ¿cómo se repara lo irreparable? ¿Cómo hacer posible lo imposible? Lo irreparable no se repara. Pero, aunque el reconocimiento no repare, cobija lo irreparable.



11.

Cercanías que se aman pueden dañarse sin querer y sin saber. Daños que sí saben que están dañando se llaman crueldad. También odio, insensibilidad, blindaje de la proximidad, capitalismo.



12.

Ya se dijo: la crueldad no quiere transformarse en otra cosa. Concibe la piedad como declinación, como caída en la debilidad, como enfermedad del amor, como malsana inclinación al remordimiento. La crueldad no admite arrepentimiento, no se interroga, no vacila. Para la crueldad la culpa la tienen las víctimas. Uno de los triunfos de la crueldad reside en que las víctimas se sientan culpables de sus sufrimientos.



13.

Crueldades alientan el acto de dañarse: la autodestrucción se ofrece como opción a existencias arrojadas a sentirse fracasadas.


La acción de hacerse daño, ¿puede pensarse como crueldad?


Entre el impulso de dañarse y la acción que daña, no hay pausa, intervalo, posibilidad de detención. El impulso de dañar no se siente sólo como empuje que va a lastimar, sino también como fantasía de cancelación de algo insoportable: una excitación, un nerviosismo, una obsesión, un desamparo, una maldición. La acción del daño, desencadenada, no se puede parar. El después del daño, en ocasiones, sobreviene como adormecimiento, desprecio, odio, derrota. Como un no querer pensar en nada. A veces, lo que no tiene vuelta atrás impulsa a ahondar lo que daña.



14.

Hay una crueldad que se ejerce contra sí.


Reprocharse, entristece; culparse, acusarse y condenarse, entristece; humillarse y menospreciarse, entristece; exigirse más allá de lo posible, entristece; juzgarse con dureza, entristece. Entristecen los reflexivos que evalúan y piden más. Analizar lo que nos pasa, no alcanza para detener automatismos de ensañamiento y mortificación que se activan solos en pensamientos que nos piensan.


Dice la Crueldad: ¡Hacés todo mal! O: ¡Maldigo el día que naciste! O: ¡No mereces vivir! O: ¡Qué poca cosa tu vida! O: ¡No me dejes, lo hago por tu bien!


A veces, la decisión que afirma “¡No quiero vivir más así!”, impone el silencio que se necesita para comenzar una nueva partida. Sin la decisión no se puede, sólo con la decisión no alcanza. Se necesita decidir y volver a decidir muchas veces. Y se necesitan cercanías amables que acompañen la decisión.



15.

Tomada por impulsos ingobernables, ¿una vida puede actuar en forma cruel? Aun cuando una voluntad consiga abstenerse de practicar la crueldad, ¿qué hacer ante impulsos que doblegan voluntades?


Existencias que hablan viven en riesgo de dañar o dañarse. Amores pueden sanar y lastimar, amistades pueden alojar y decepcionar, afectos que ahíjan pueden arropar y condenar, alimentos que nutren pueden enfermar. Y, así cada cosa que imaginemos.


Una paradoja del daño reside en que puede destruir protegiendo.



16.

Las llamadas voces del superyó (que reúnen crueldades, sadismos, tiranías, mortificaciones, agresividades, castigos, azotes, torturas, inquisiciones) antes de pensarse en los pensamientos que nos piensan, vibran como cuerdas vocales de una época. Soplan como heridas del viento.



17.

La crueldad compone una acción que necesita una decisión en su contra. Una decisión que rehúse dañar, que se abstenga de lastimar, que resista el poderío que hacen sentir actos de dominio y ensañamiento.


Rehusarse aun queriendo, abstenerse aun deseando, impedirse mortificar aun disfrutando. Decidir no actuar la crueldad se vuelve condición de un común vivir, de un común cuidar, de un común amar.


Se necesita una común decisión que doblegue atracciones y promesas de la crueldad.


Por ahora, no se puede imaginar una existencia sin violencias. Pero se necesita tomar la decisión de impedirse dañar. La de aprender a guarecerse en una común intemperie.


A propósito de la idea de una crueldad irreductible que encuentra en Freud, Derrida (2020) se pregunta: “¿Una ética, un derecho, una política, pueden ponerle fin?”.


Acaso una común vulnerabilidad no pueda ponerle fin a la crueldad, pero sí apostar a no necesitar de ella.



18.

Componemos una civilización habituada al daño, expuesta al daño, aturdida por tanto daño.


En la intimidad del daño, cada cual puede a su manera realizar o consentir un acto de crueldad. Puede realizar en soledad y por su cuenta, lo que el capitalismo consuma todos los días como desigualdad, injusticia, fatalidad.



19.

Juegos de las infancias necesitan ternuras, cuidados, simulaciones de furias cariñosas y de ímpetus fingidos. Interrupciones pacificadoras. Juegos cobijan violencias, sin realizarlas.


Crueldades no juegan o conciben un solo juego: el juego macabro que bordea la muerte. En sus desquicias, crueldades vivencian una instantánea inmortalidad.



20.

Discutir condiciones de la crueldad supone cuestionar el capitalismo como decisión civilizatoria.


No se sabe la felicidad. Hablas del capital la vinculan a consumos que, muchas veces, dañan la vida. Crueldades no procuran felicidad, pero proveen sensaciones de omnipotencia que adormecen angustias.



21.

Crueldades, en ocasiones, racionalizan y justifican sus actos en nombre del bien común o circunstancias de fuerza mayor, dicen: “No nos dejaron otra opción, se necesitaba un sacrificio para salvar al mundo”.



22.

Hablas del capital trazan mundos paralelos. En uno, quienes pueden someten, mandan, amenazan, suplician, matan. Mientras el resto se las arregla como puede. En otro, quienes tienen dinero pagan por tener fuerza y seguridad.


Un mundo del daño liberado y otro protegido y custodiado. Un mundo de vulnerabilidades mancilladas y un mundo de invulnerabilidades ensalzadas. Un mundo desgraciado y condenado y un mundo inmune e impune. Un mundo de debilidades aterrorizadas y aisladas y un mundo de privilegios y existencias afortunadas.


Junto al abismo del miedo, se dibujan dos opciones: sobrevivir en un infierno o salvarse comprando un paraíso.


Esta división entre un mundo de la debilidad y un mundo de la fuerza reedita la lucha de clases con otros nombres.


Llamamos civilización a un conjunto de crueldades más o menos administradas por los Estados. Sin bienestar, justicia, protección social, sólo queda un Estado de crueldad.



23.

De alguna manera que no se sabría decir, en la bruma de los días se entraman crueldades, angustias, desigualdades.


¿Qué le hace esta trama a los cuerpos que habitamos?, ¿qué le hace a los sentimientos que encarnamos?, ¿qué le hace al amor, a la sexualidad, al erotismo, al trabajo, a la vida en común?, ¿qué le hace al aire, al agua, a la tierra?


Clínicas que practicamos se desvelan ante estas preguntas. Y ante esta otra: ¿por qué saber lo que daña no detiene el acto de dañar o dañarse?



24.

La fuerza luce arrogante, fascinada de sí, satisfecha. Daña para confirmar su poder.


Tal vez la crueldad no tenga que pensarse como insensibilidad, sino como adherencia a la fuerza, como repulsión de la debilidad, como huida de la vulnerabilidad provocando daño.


En novelas, series, películas, en las que el bien lucha contra el mal, hay un momento en que, ante una víctima indefensa, el villano declara con ostentosa crueldad: “¡Te tengo en mis manos!”.


Crueldades se saborean como golosinas de poder.



25.

Tal vez la crueldad no necesite pensarse como pulsional. Crueldades no emanan de una pulsión: pulsan sin interioridad.


Hablas del capital necesitan indolencias, indiferencias, impasibilidades, anestesias, para imponer sus crueldades sin que pase nada.


Franco Berardi (2024), a propósito de lo que llama brutalismo libertario, escribe: “en la lucha por la vida, aquellos que no están a la altura de la ferocidad merecen morir. La empatía no es compatible con la economía de la supervivencia; de hecho, es autolesiva”.



26.

En tiempos de entreguerras capitalistas, en 1931, la entonces Liga de las Naciones propone intercambios epistolares entre intelectuales. Einstein escribe a Freud a fines de julio de 1932 y Freud entrega su respuesta en septiembre. Ese breve intercambio entre Einstein y Freud se conoce con el título ¿Por qué la guerra?


Freud presenta lo que llama una mitología pulsional del psicoanálisis. Una teoría que recrea tensiones entre amor y odio. Una conjetura que sostiene que pulsiones de conservación y destrucción habitan en todas las existencias humanas. Una creencia de que la pulsión de amor supone la tendencia al apoderamiento o que agredir y destruir provocan placer. Freud concluye que la pretensión de desarraigar las inclinaciones a matar o aniquilar compone una ilusión. No concibe una vida en común sin compulsión a la violencia. Descree que una sociedad igualitaria, sin necesidades materiales, pueda evitar el gusto por la destrucción. Y, en tanto no se pueda eliminar la propensión a agredir, propone desviarla: promover vínculos de amor y lazos de identificación, someter la vida pulsional a la dictadura de la razón, confiar en que la cultura pueda más que la guerra.



27.

Uno de los traductores de la obra de Freud al castellano, José Luis Etcheverry (1995), relata que se inclinaba a traducir el vocablo alemán Trieb como querencia en lugar de emplear la palabra pulsión siguiendo la tradición francesa. La idea de querencia ayuda a no pensar en tendencias del ser o en impulsos de una supuesta naturaleza humanizada.


La pregunta, entonces, se podría hacer así: ¿cómo ocurre que sensibilidades de una civilización se aquerencien a la muerte, a la mortificación, a la crueldad?


Una posible respuesta podría pensarse así: mortificación y crueldad se ofrecen como lugares a los que acudir en estados de incertidumbre, confusión, miedo. Mortificación y crueldad se postulan como sitios a los que volver para untarse con el aceite de la fuerza. Reducir otras vidas a la condición de objetos, dominarlas, poseerlas, manipularlas, explotarlas, seduce avideces que, así, participan de la ilusión de sentirse poderosas y seguras.


Terribleces que dañan, lastiman, violan, el porvenir de lo común.



28.

Crueldades no componen un carácter constitutivo o estructural de las sensibilidades que hablan.


Hablas del capital, ¿inoculan repugnancias?, ¿infunden odios en afectividades desamparadas?, ¿aplican inyecciones de muerte para proteger de la muerte?, ¿enseñan la destrucción como un ejercicio de poderío?


Crueldades se disputan corazones aterrados: les prometen la consistencia de las piedras. Crueldades se deleitan con exhibiciones de fuerza y arrogancias propietarias.



29.

El proyecto de la Ilustración de arrancar de su minoría de edad a la humanidad, como pensaba Kant (1784), no derivó en el progreso ilimitado de la razón, sino en el creciente anhelo de invulnerabilidad. En la ilusión de alcanzar un lugar seguro y protector: el hogar de la fuerza.


Vivimos en una época aquerenciada a la figura de la fuerza. A su parada de poder y suficiencia, a su alarde de inmunidad e impunidad.


La dictadura de la razón, en la que confiaba Freud en 1932, concibió la shoah como exterminio razonable.



30.

El nazismo sigue orbitando en el mundo como fantasma de poderío. La fuerza como orgullo de la razón, como elegancia viril, como semillero de heroísmos individuales. El ideal de participar en una selecta corporación de vidas blindadas se impone sobre la posibilidad de sabernos habitantes de una común debilidad.



31.

Una y otra vez hace falta volver a un escrito de Simone Weil (1940) en el que alerta sobre la enfermedad de la fuerza. En el que describe cómo la guerra moviliza el ideal de una fuerza que enceguece y esclaviza. Cómo la fuerza reduce la vida a una cosa que se puede dominar y matar. Cómo la fuerza se emplea para avasallar y embriagar de superioridad.


Dañar, al cabo, ¿daña a quien daña? ¿La guerra exceptúa del dolor? La guerra habilita acciones crueles y homicidas. La guerra brama el desquicio de la fuerza. Y, sin embargo, no en la fuerza, sino en una común debilidad residen las potencias que salvan.



32.

La fuerza practica la crueldad para autoafirmarse. Hacer sufrir para sentirse a salvo del sufrimiento. La crueldad no se ejerce contra otro, sino contra otra vulnerabilidad. Se necesita ensañarse ante el desamparo puesto en otra parte, para sentir, mientras se lastima, que se está a salvo del dolor. Se ejerce o se consiente la crueldad para participar de la ilusión de pertenecer a la comunidad inmunizada de la fuerza.



33.

A veces, la crueldad desafía a la muerte haciendo sufrir.


Alcanzar la inmortalidad representa el mayor anhelo de las criaturas que hablan. Inmortalidad como salvoconducto mágico para transitar la vida sin riesgos ni dolores. Quizás todos los delirios de poder, todas las formas de acumulación de lo innecesario, todas las búsquedas de privilegios, todas las arrogancias, proveen una escurridiza sensación de inmortalidad.



34.

Crueldades que se ensañan con las debilidades, ¿necesitan vejarlas?, ¿se deleitan destruyéndolas?, ¿temen reconocerse en la endeblez que rechazan?


Crueldades se ensañan con la fragilidad para exorcizar el mal de la debilidad. Fanatismos, para consolidar sus uniones, apartan fuera de sí aquello que rechazan. Adherencias se sienten poderosas odiando.


Psicologías que llaman a las intimidaciones grupales bullying, desconocen enseñanzas de Enrique Pichon Rivière (1977): no se trata de intolerancias o violencias que rechazan existencias inválidas, sino de rituales que expulsan lo temido.


En una época en la que los sentimientos de debilidad, vulnerabilidad, fragilidad, se viven como catástrofes personales, se busca (no importa cómo) estar del lado de la fuerza, la invulnerabilidad, la dureza. La sensación de formar parte de una mayoría ampara más que estar en minoría y andar en soledad.


Disidencias padecen crueldades.


Se odia, se persigue, se desea extinguir, a minorías que desafían la ilusión de pertenecer al mundo compacto y seguro de una mayoría.


Agrupamientos no segregan personas, expulsan afectividades que temen: se ensañan con lo débil, vulneran lo vulnerable, se endurecen ante lo quebradizo.


No se trata de mortificar a quienes se identifican como débiles (lo que de hecho ocurre), sino de -a través de esa mortificación- extirpar de sí cualquier signo de debilidad.


Pichon recuerda (a partir de la figura de chivo emisario, idea que reúne todo lo que se rechaza) que las prácticas sacrificiales ofrendan vidas como acto de expiación, protección, purificación. Se ejerce crueldad para consolidar un sentimiento de inmunidad. Se daña para conjurar afectividades que nos ponen en peligro.



35.

Crueldades robustecen fantasías de invulnerabilidad.


Asistimos a una civilización que repudia la fragilidad. Una civilización que se ufana en ignorar la muerte. Una civilización que rechaza flaquezas de las vejeces. Una civilización habituada a las violencias. Una civilización que divide poblaciones entre vidas protegidas en abundantes dineros y muchedumbres apiladas en zonas de desprecio. Una civilización que culpabiliza a quienes enferman o incurren en la falta de morirse. Una civilización depredadora que concentra riquezas responsabilizando a quienes no tienen trabajo. Una civilización que postula “todos somos mortales, pero las pobres vidas vulnerables son más mortales”.


La sensación de invulnerabilidad –para sostenerse– necesita desigualdades, sufrimientos, injusticias.


Fantasías de invulnerabilidad se completan con hablas de más producción, más rendimiento, más consumo. Se completan con hablas de los bancos, los seguros, las medicinas privadas.


Crueldades vulneran vulnerabilidades para sentir, así, una provisoria invulnerabilidad.



36.

Hace tiempo que suenan las alarmas: hablas del capital habilitan el daño. Legitiman el alarde y la celebración de la crueldad. En tiempos de tantas crueldades racionalizadas, la palabra crueldad pierde su capacidad de denuncia o detención del daño.



37.

Ya se dijo: crueldades redoblan la crueldad culpando a las víctimas. En el después cruel de la crueldad, el verdugo dice a la víctima: “No te victimices” o “No exageres”.



38.

Martínez Estrada (1946) presagia que la barbarie triunfará con el nombre de civilización. Y que la crueldad reinará como una pedagogía racional. Vislumbra tiempos en los que la violencia se llamará administración y en los que el suplicio se llamará protocolo. Tiempos de una crueldad aséptica como la que Hanna Arendt (1963) atribuye a Eichmann, quien sólo trató de cumplir con su deber de gestionar bien un campo de exterminio.



39.

Theodor Adorno (1966), en La educación después de Auschwitz, piensa que el único ideal de la enseñanza tendría que residir en una sola meta: que Auschwitz no se repita.


Recuerda que Freud advierte que la civilización porta el impulso de destruir la civilización. Considera que asistimos a un momento de desesperación: urge proteger a la vida del daño que podemos hacerle.


Adorno propone combatir la insensibilidad. Entiende que la ficción de la fuerza se alimenta odiando a la debilidad e inclinándose con docilidad ante el poder.


Se pregunta si los medios de comunicación de masas inciden más sobre lo que pensamos que lo que se enseña en clases. Alerta sobre la masificación como sentimiento de protección y confortabilidad que da pertenecer a la mayoría. La uniformidad como escondite seguro. Se forma parte del grupo perseguidor o del grupo perseguido, se está del lado de los victimarios o del de las víctimas.


Adorno alerta sobre la educación del rigor. El rigor como aprendizaje de la virilidad, el aguante, la crueldad. La dureza como indiferencia al dolor.



40.

La educación militar muchas veces emplea la tortura, la violencia, la humillación. Lo mismo que la educación carcelaria. En la imaginería militarista la tortura educa. La tortura hace parte de la ficción formativa. Esta identificación de la hombría con la tolerancia al dolor es la base de la formación de las armas. Reproducen la máxima: A golpes se hacen los hombres. Poder tolerar el dolor para luego infligirlo. Recibir un bautismo de fuego que lo autorizará a torturar después. Un educando tiene que aguantar ser enterrado, de pie, en un pozo estrechísimo durante tres o cuatro días. Si sale vivo, se recibe de macho.


En el mismo sentido, en Contra-pedagogías de la crueldad, Rita Segato (2018) intenta pensar consecuencias de la cosificación de cuerpos feminizados, la función moralizadora de la violación, la crueldad como forma probatoria de masculinidad.


Tal vez no se trata de enseñar una contra crueldad, sino de poder prescindir de ella, de aprender a habitar una común vulnerabilidad.



41.

Tres palabras dicen la trama de crueldad, angustia y desigualdad en nuestro presente: “No hay plata”.


Los sustantivos injusticia, inequidad, encarnizamiento, maldad, exclusión, vejación, estigmatización, abuso, violación, atrocidad, mortificación, ensañamiento, segregación, recuerdan algunos de los nombres que entran y salen de esa trama.



42.

Fernando Ulloa (1995) llama crueldad a la fatalidad social de una vida no abrazada por la ternura. Introduce la expresión cultura de la mortificación para indagar qué pasó en nuestras vidas durante los años del terrorismo de Estado. Piensa la mortificación como imposición de una vida mortecina, apagada, sin ánimo, sin deseo. La languidez de existencias abatidas que acatan el daño creyendo que, a través de la sumisión, se protegen de peores sufrimientos.


El terror de Estado conquista la complicidad y el consentimiento de quienes, entre cuestionar la crueldad o acatarla, optan por lo último para quedar del lado de la protección de la fuerza.


Ulloa anticipa tiempos de intimidación de la intimidad. Tiempos de miedos, amenazas, aturdimientos. Tiempos de desánimos y desapariciones voluntarias. Tiempos de vidas que deciden ausentarse sumergidas en violencias, alcoholes, sustancias.



43.

El psicoanálisis distingue negación de desmentida.


La negación del dolor actúa como si no hubiera ocurrido lo que sí ocurrió. La desmentida del dolor actúa como si lo que ocurrió no hubiera ocurrido tan así. La negación suprime lo vivido. La desmentida hace dudar y lleva a desconfiar sobre la percepción de lo vivido.


Desmentidas gestan crueldades.


No conviene confundir negacionismos con defensas de sensibilidades sobrepasadas. Negacionismos componen decisiones políticas que justifican o disminuyen un mal que saben y no pueden ocultar.



44.

Nos hemos acostumbrado a consumir el daño como espectáculo. Nos hemos habituado a ver (en noticieros, series, películas) escenas de guerras, crímenes, violaciones, torturas, cabezas guillotinadas, ahorcamientos, ejecuciones en sillas eléctricas, bombardeos a poblaciones indefensas.


Para peor narrativas apocalípticas nos persuaden de que todavía no hemos conocido lo peor. Ficciones distópicas exageran desastres y extreman devastaciones actuales. Escenifican violencias y desamparos aún más inconcebibles. Perfeccionan nuestras mansedumbres. Nos vuelven condescendientes con los males que nos golpean a diario. Terminamos pensando que los exterminios del presente, después de todo, tienen formas menos sanguinarias que las de los exterminios y catástrofes por venir.


Así trabaja la incubadora de servidumbres consentidas que llaman libertad.



45.

Crueldades no se presentan como bloques homogéneos de maldades. Practican bondades selectivas. Lucen, también, rostros tiernos. A veces, confunden tanto que, aun haciendo daño, no se advierte que están lastimando.


La dramaturgia de Eduardo Pavlovsky (2015) indaga, como pocas, la intrincada emocionalidad de la fuerza, la reserva de compasión que habita en la crueldad, el momento de declinación del poderío como instante de desesperación.



46.

Acciones que dañan sin darse cuenta sobrellevan culpas por siempre.

Acciones crueles, que tributan a poderes caprichosos e insaciables, gozan de excepciones y olvidos.



47.

Escribe Kafka (1918): “El animal arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para volverse amo. No se da cuenta de que solo se trata de una fantasía creada por un nuevo nudo en la correa”.


Kafka relata el último poder que le queda a la víctima: el de vejarse y torturarse. Adueñarse de su propio sufrimiento.



48.

Alguna vez, en las sombras de los manicomios -recordando una idea de Bataille (1962)- se pensó que quienes no tienen ningún derecho, ninguna esperanza, ningún sosiego, ningún porvenir, terminan ejerciendo la única soberanía que les queda: cortarse con un vidrio, tragarse algo cortante, tomar alcohol, exponerse a golpes y violencias, terminar en una zanja.


¿El único poder soberano que queda en un tiempo sin otras soberanías reside en el poder de hacernos mierda (o hacer mierda otras vidas)?


No dejarse excretar, una y otra vez, por poderes de una crueldad sumaria o fantasmas del ensañamiento. Actuar el único dominio posible: provocarse y consumirse en el dolor.


Dice Bataille que el alcohol, un sorbo y otro sorbo sin parar, a veces, actúa como milagro: se siente por un momento un fondo de soberanía.


A veces, en el límite de la desesperación, sensibilidades aturdidas intentan anestesiar el dolor con más dolor.


En ocasiones, la crueldad se ofrece como única compañía confiable en la desolación.



49.

Se tambalea con la cara desencajada. Dice, disculpándose: Hoy estoy escabiado, vuelvo la próxima. A lo que alguien, dándole la mano, responde: Aquí podés venir como estés y cuando tengas ganas, siempre te vamos a recibir. Le ofrece un lugar. No le pide ni le demanda nada. Sabe que el escabiado sufre gobernado por imperativos que no puede saciar. Que vive torturado por la culpa y vaya a saber qué más. Sin embargo, entre caer en manos de la crueldad que lo asedia o caer en el espacio amigable que se le ofrece, el escabiado opta por la compañía de la crueldad.



50.

Cada vez que se consuma un acto de crueldad está sospechada la lengua. Hay crueldades adheridas en la piel de las palabras. Hay, en sus paredes vibrantes, moléculas de capitalismos, patriarcados, colonialismos, normalizaciones.


Habitar una lengua no supone habituarse a violencias y crueldades que esa lengua carga como olvido. Se necesita tartamudear, enrarecer los vocablos, impugnar expresiones que los hábitos del habla callan.


Pésima costumbre la de las crueldades clasificatorias que reducen la vida a casilleros psicopatológicos. Manuales diagnósticos anestesian nombrando, aíslan adjetivando, desafectivizan clasificando.



51.

Si la modernidad europea se organiza alrededor del dilema ser o no ser, estos tiempos se debaten entre la opción cuidar o dañar. Dañar, ¿atrae más que cuidar? La intensidad de lo cruento, ¿provocan una fascinación que las prácticas de cuidado no consiguen?


Se trata de encantar formas de un común cuidar que detenga lo que daña. Pero, ¿cómo?



52.

Para pensar la crueldad se necesita recordar dos cosas que supimos en la pandemia: la población del planeta puede desaparecer y las lógicas capitalistas están más preparadas para sacrificar y destruir que para cuidar.


La crueldad no importa, ahora, como maldad o placer que daña, sino como dadora de una sensación de inmunidad a través del ejercicio caprichoso y desquiciado de la fuerza.


La pandemia pudo oficiar como rito de iniciación, como aprendizaje de cuidado de una común vulnerabilidad. Algunas veces, ocurrió eso. Otras, afianzó aislamientos, salidas individuales, rechazos de voluntades cooperativas y solidarias.



53.

En días de la pandemia, queman viva a una mujer que duerme bajo un puente en el barrio de Constitución. La mata el odio. El odio por mujer, por pobre, por morocha, por sucia, por enrostrar el desamparo, por afear la ciudad. Por poner a la vista el destino más temido: ir a parar a la calle cuando no quede otro lugar a dónde ir.


Horacio González escribe en julio del 2020 una crónica de ese hecho relatado por la mujer que deja la huella de su vida carbonizada. Relatado por una sombría silueta de hollín sobre la vereda.


La mujer quemada se pregunta a lo largo de la narración: “¿Por qué razón alguien eligió no sólo expulsarme otra vez, sino disolverme usando el fuego?”. “¿Quién decidió quemarme viva?”. “¿Quién podía odiarme hasta ese punto, si yo no tenía nombre y sigo sin tenerlo?”. “¿A quién insultaba mi cobija raída?”. “¿Fue una persona en representación de otras personas, que en una noche de maldición, deciden cuántos cuerpos se deben desechar?”.


El relato termina así: “El humo pegajoso que ahora me lastima sobre la pared anónima que me aloja, aquí donde ahora yazgo, hace que los diarios digan que soy la anónima mujer quemada, un alma abolida por una simple llama que incendió mi cuerpo odiado”.



54.

La disyuntiva que vivimos, por momentos, se presenta como pertenecer al mundo de la fuerza o al mundo de lo despreciable. Lo que no se piensa como fuerte, se piensa como excremento.


Hablas del capital profesan el éxito de la fuerza, de la violencia, de la virilidad. Cultivan el ensañamiento contra las debilidades abandonadas, raras, mendigantes.



55.

La idea de que siempre hay alguien que la está pasando peor compone la última suerte de sobrevivencias desencantadas. La vaporosa compensación de que hay vidas todavía más estropeadas.



56.

El pensamiento sobre la crueldad necesita distinguir entre dolores inevitables y sufrimientos innecesarios. La vida supone dolores inevitables. Crueldades infligen sufrimientos innecesarios. Morir, enfermar, perder, extrañar, resulta inevitable. Hacer sufrir, avasallar, lastimar, resulta innecesario.


¿Qué hace que lo innecesario ocurra como maldad pudiendo ocurrir como belleza?


Angustias no se pueden evitar, pero un día crueldades y desigualdades se sabrán innecesarias.



57.

Violencia y terror, aversión y crueldad, componen pasiones que habitan la vida en común.


Sartre (1943) proponía pensar la crueldad no como malformación, sino como componente que nos habita en potencia.

No conviene acarrear como legado clínico la idea de psicopatía ni la etiqueta de psicópata como identidad individual o cualidad personal.


La crueldad nos habita como tentación agazapada. No se sabe si se la puede expulsar o no de la vida en común. Se necesita interrogarla como sujeción. Como embriaguez de un poder que necesita dañar para afirmarse. Como consentimiento de intemperies que se someten ilusionadas en recibir protección absoluta. Como fragilidad que niega la fragilidad abusando de ella.


¿Habitamos poblaciones aquerenciadas al odio antes que al amor, a la amenaza antes que a la confianza, a la salvación individual antes que a la mutualidad, el cooperativismo, la solidaridad? ¿Gregarismos de la crueldad ofrecen protecciones más seguras que gregarismos de la suavidad?


Un acto de crueldad, en cualquier lugar que estalle, llama a que pensemos no en una personalidad maligna, sino en el mundo que lo hizo posible.


Tal vez se puedan pensar antídotos o contravenenos para la crueldad.


Uno: sostener el deseo de una común debilidad amorosa que agite dulzuras animosas. Incluso cuando eso resulte imposible.


Escribe Oscar del Barco (2004) en una carta que desencadenó el debate del No matarás: “Sé, por otra parte, que el principio de no matar, así como el de amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también sé que sostener ese principio imposible es lo único posible”.



58.

Orwell, en 1984, anticipa que cuando un poder está por caer no practica la seducción ni la persuasión, se afirma haciendo sufrir. Consentimientos, miedos, amenazas, no bastan; sólo sufrimientos aseguran al poder su sensación de dominio. Poderes confirman sus vigencias perdidas ejerciendo crueldades.



59.

Afectividades que odian incuban crueldades.


Odios se sienten. Crueldades se ejecutan. Odios maceran desprecios, coleccionan resentimientos, proyectan venganzas. Crueldades actúan dañando. Odios desean hacer sufrir. Crueldades hacen sufrir. Odios buscan compensar una injusticia. Crueldades arbitran la condena de la fuerza. Odios celebran desgracias de existencias odiadas. Crueldades realizan esas desgracias. Odios mantienen un desquiciado lazo con el amor; crueldades, no. Odios compensan traiciones. Crueldades infunden valentías a las cobardías.


Un tango de Luis César Amadori (1932) se llama Rencor. Se lee en uno de sus versos: “Este odio maldito / que llevo en las venas / me amarga la vida / como una condena”. O se lee: “Rencor, mi viejo rencor, / no quiero sufrir / esta pena sin fin...”. Y finaliza así: “No repitas nunca / lo que vi' a decirte: / rencor, tengo miedo / de que seas amor”.



60.

Audre Lorde (1992) planta para las mujeres negras y lesbianas una diferencia entre la ira y el odio: mientras el odio desea dañar, la ira dice basta a lo que daña. A veces, la ira enciende una común indocilidad que dice: ¡Ya no más!



61.

Una pregunta de Derrida (2020): “¿Y si hubiera, a veces, crueldad en no dar muerte?”.



62.

El niño proletario de Osvaldo Lamborghini (1973) relata goces de la crueldad. Una narrativa atroz que disemina preguntas.


Humillar en grupo a una vida desamparada, ¿provee un sentimiento de pertenencia? Ponerse de acuerdo para burlar a una indefensión, ¿crea una ilusión de fortaleza? Reducir una vida a cosa, ¿afirma un sentimiento de dominio? Contemplar la desgracia en otra existencia como destino merecido, ¿permite que nos supongamos a salvo? Saber la indigencia en otra parte, ¿tranquiliza? Lenguajes compasivos, ¿disimulan distancias que protegen de la identificación? Execrar, abominar, maldecir, ultrajar, formando parte de un coro, ¿gratifica? Estar del lado de quienes asustan, aterrorizan, amenazan ¿ofrece una sensación de inmunidad? Empujar, golpear, patear, zambullir en el barro, a la víctima, ¿provoca (a quienes lo hacen) espasmos de placer? Tajear con un vidrio la cara de una criatura desvalida, ahondando los labios de la herida, ¿hace sentir un inusitado poder? Circunstancias de vejación, ¿excitan?


Se lee“… el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación”.


Los ojos, las manos, la fuerza, el sexo, ¿componen órganos de goce? Procedencias sociales, discriminaciones, subalternidades, exclusiones, supremacismos, sexismos, colonialismos, ¿decretan zonas habilitadas para la crueldad? La desnudez de un cuerpo vulnerado, ¿embriaga y autoriza cualquier acto? Una violación entre tres, ¿crea una hermandad enardecida?


Se lee: “Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer”.


¿El goce culmina matando, después de haber violado y mortificado?


El relato termina así “…lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación”.



63.

¿La crueldad necesita pensarse como perversión sádica? Se dice que “la acción sádica goza con la angustia del otro”. ¿La crueldad se deleita con el sufrimiento de una vida vulnerada?


Se trata de iluminar, ahora, otra cuestión: la crueldad necesita ultrajar una debilidad para coronar su posición de fuerza. La crueldad no festeja tanto el daño, como el poderío de la fuerza demostrada.

En tiempos de hambre y de existencias amenazadas, de desprecios y desarraigos, crueldades se consumen como esteroides anabólicos: aumentan ilusiones de inmunidad, afirman la seguridad de que nunca se caerá del lado de quienes sufren, estimulan sensaciones supremacistas.


En su libro ¿Hay que quemar a Sade?, Simone de Beauvoir (1955) escribe: “Sade ha insistido cien veces en este punto: no es la desgracia del otro la que exalta al libertino, es saberse autor de ella”.



64.

Interesa distinguir entre prepotencias de la fuerza y potencias de las debilidades.


Narrativas patriarcales alientan excesos, crueldades, indolencias, como pruebas confirmatorias de pertenencia. No saben, se niegan a saber, la sublevación de las debilidades. Una común sublevación de una común debilidad.


Se necesita anteponer lo común a todos los sustantivos de la debilidad: la ternura, la delicadeza, la fragilidad, la dulzura, suavidad, lentitud, acogida. Y, también, a la furia, la ira, la indocilidad.


Llegará un día en que lo común se empleará como prefijo de la vida.



65.

Se necesita resucitar a la humanidad, sacarla de la muerte, traerla a la vida con ternuras, suavidades, canciones. O, si no, dejarla hundirse en la nada con sus crueldades. Tal vez nazca, haya nacido, esté naciendo, un común vivir que no se llame humanidad, que rehúse ese nombre.


Irse de la crueldad, tal vez, equivale a irse de la humanidad.



66.

El peligro que enfrentamos reside en que el común vivir pierda, sin que nos demos cuenta o deje de importarnos, sus encantos. Que se expulse de la imaginación la potencia de una común debilidad sanadora, de una común suavidad de acogida, de una común delicadeza de una mano que se extiende, de una mano que sostiene, de una mano que evita la caída.


Se necesita, una y otra vez, el contento de lo común para reducir el daño. Y enfurecer la protesta.



Jonathan de Andrade O Peixe 2016. 16mm transferido a 2k

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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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