• Revista Adynata

Octubre Adynata / VPS

Actualizado: 19 oct

Las anclas y los cimientos de la normalidad se resisten a soltarse. Con cada intento, tiemblan y se desgarran vidas.


Se escucha, como disparos a repetición en el consultorio: tengo cuadros depresivos reiterados, tuve un ataque de ansiedad, me despierto a la noche por miedo, soñé que se va a morir alguien, nada de lo que hago alcanza, estoy agotada, me siento desvitalizadx, vivo pensando cómo sentir menos angustia, ya no tengo ganas de nada.

Entre lágrimas, acongojadxs o a los gritos, la interpretación del anclaje de lo vivido se obstina en ubicar que “el problema soy yo”. Y, a través del paciente trabajo de interrogar y abrir sentidos, de conversar y tejer relaciones, de acompañar para inventar posibilidades, se despliega una y otra vez el desplazamiento a que el problema es el YO.

Una y otra vez. Una y otra vez.

Una y otra vez y todas las veces que hagan falta perseveramos en señalar, para resquebrajar, la arrogancia patologizante de la normalidad buscando descascararla y que la piel pueda volver a erizarse.


Ya desde hace años pero aún más desde el magnicidio, las amenazas y sus miedos salieron a pasear por la ciudad.

(¿Será que en lugares con más cielo, verdes y marrones la vida pueda transcurrir de otras maneras?)


En el asfalto todo se endurece y se naturaliza. Hasta los despliegues y daños de la cocaína parecieran hoy normalizados, ¿será porque simulan menor dureza que la que transmite eso que progresivamente, gentrifica y reemplaza adoquines? Pareciera que ya ni adoquines quedan para las resistencias. Si hasta las piedras de Plaza de Mayo están, desde aquel diciembre de lucha y represión contra la reforma previsional en 2017, pegadas al suelo.


Pareciera que la patologización desmedida, “sin médico y sin enfermo”, efectuase su función de encubrir los daños y crueldades seriales que provoca la normalidad.

Esa maquinaria civilizatoria que, entre exterminios y exterminios, viene condenando y cooptando, entre muchas cuestiones, a la piel y los disfrutes. Ocio y placeres han quedado y quedan condenados por las religiones, adiestrados por la educación y mercantilizados por el espectáculo y los mercados.

Las posibilidades del estar ahí en cuerpo, tiempo y espacio se cercenan y viven acechadas ya sea por morales, ya sea por consumos, ya sea por tecnologías.


Afirmaba Pierre-Joseph Proudhon en "¿Qué es la propiedad?" (1840): “Si tuviera que contestar a la siguiente pregunta: ¿qué es la esclavitud? y respondiera en pocas palabras: es el asesinato, mi pensamiento, desde luego sería, comprendido. No necesitaría de grandes razonamientos para demostrar que el derecho de quitar al hombre el pensamiento, la voluntad, la personalidad, es un derecho de vida y muerte, y que hacer esclavo a un hombre es asesinarlo. ¿Por qué razón, pues, no puedo contestar a la pregunta ¿qué es la propiedad? diciendo concretamente: la propiedad es un robo, sin tener la certeza de no ser comprendido, a pesar de que esta segunda afirmación no es más que una simple transformación de la primera? “.

Con la postpandemia, el YO y la propiedad se están viendo reforzados.

Con la Pandora-pandemia se desataron todos los males con todas las amenazas para todos los miedos del mundo – habidos y por haber- que están recargando y pretenden garantizar que el gobierno de la normalidad permanezca intacto.


Como dijimos alguna vez, resulta más sencillo imaginar un apocalipsis zombi que un mundo sin policías. Del mismo modo, ¿cómo sería imaginar – y efectuar- un mundo en el que la piel, esa de todos los colores, pudiese vibrar y disfrutar de los placeres?

Leemos en el mes de marzo en una de las Sesiones del naufragio:

“Ternuras, suavidades, dulzuras, tibiezas, componen alegrías de las cercanías. Conjuros sanadores de la enfermedad de la fuerza.”


Leemos a Audre Lorde en esta Adynata octubre:

“Lo erótico no se puede experimentar de segunda mano. En mi condición de feminista negra y lesbiana, tengo unos sentimientos, un conocimiento y una comprensión determinados de aquellas hermanas con las que he bailado, he jugado o incluso me he peleado a fondo. Haber participado profundamente en una experiencia compartida ha sido muchas veces el precedente para realizar acciones conjuntas que, de otro modo, habrían sido imposibles.”

Quizás en lo erótico, lo otro de la enfermedad de la fuerza.


V. Nicolás Koralsky (2020) Sin título


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.