• Revista Adynata

Ordalía / Eduardo Magoo Nico

Quien adolece de alguna enfermedad

O anomalía

Ve la entera humanidad

Como un sólo cuerpo doliente

Y siente cada célula de su cuerpo

Tendiendo hacia una inopinada felicidad

Cree que a aquella humanidad

Y a ésta felicidad

Lo empuja

Un destino particular


No conocerá en verdad jamás

Su verdadera identidad

Sino una interpretación

Cómica

Histriónica

Satírica

De sus desventuras

Y rechazará siempre toda evidencia

De la profunda tragedia

Que se cela en ella

Dentro suyo una idea exaltada

De rebelión

Lo lleva al centro del ciclón

Al corazón lacerado de la existencia

En el que la luz del día

Entra poco y mal


Unas pocas ranuras

Que se abren hacia el exterior

Portan junto al poco oxígeno

Ciertos olores cáusticos

Tremendamente penetrantes

Que se pegan a las mucosas

Impregnan la saliva

Contaminan continuamente el gusto

E invaden con cada respiro sus pulmones


Ve relámpagos

Oye agudos silbidos

Y es recorrido

A lo largo de todos los canales de su voluntad

De resueltas intenciones

Contrarias a la Idea

En la que se ha formado


¡Escapemos de una vez de aquí!

¡Incendiemos las fábricas, los autos, los bancos!

¡Destruyamos las máquinas!

¡Al paredón los milicos!

¡Muerte a los patrones y a los capataces!


Una certeza física

Casi un grito de sus vísceras

Lo advierte

De que ninguna voluntad moral

Le habría servido

Para frenar ese estímulo imperioso

¡Vomitar!


Aquel maldito vómito de cada tarde

Cuando regresa del trabajo

Se manifestaba tempranamente

En el umbral de su puerta

Toda vez que intentaba subir a su habitación

Y no lograba avanzar un paso

¡Hasta las constelaciones se detendrían

Ante semejante marasmo!


Yo evitaba mirarlo

En esos momentos

Por la piedad que me producía...

-No hagas caso a lo que digo

Me repetía ante cada exabrupto

-Vos sos demasiado inocente para entenderlo

¡La felicidad no pertenece a nuestro mundo!

¡Es un invento de los ricos!

A pesar de todo

Desde muy chico yo siempre he deseado ser feliz

Algunos días, en mi primera juventud

Me sentía invadido a tal punto

Por este sentimiento

Que me ponía a correr a brazos abiertos, gritando:

¡Es demasiado!

¡Es demasiado!

¡No puedo tenerlo todo para mí!


Ahora en el barrio

Me llaman Marzo

(Vaya uno a saber por qué...)

Y vos, como las flores que se abren

Al primer sol de primavera

Te presentaste a mí

En un Domingo de Gala

Que vuelve a mí cada tanto

Como una sombra luminosa

Entre torpes pinceladas de color


Un signo de reconocimiento

Irradiaba tu cuerpo

¿Pero cómo explicarlo?

No existe un código que explique

El deseo que convoca a los eternos enamorados

En torno a una muchacha

Distinguiéndola de las otras


Algo así como el favor tribal

Que consagra a los nacidos “raros”

Por vivir apartados en su propio sueño

Y acosados por visiones

De las que nunca, o rara vez

Despertarán


Ella siempre aceptó con humildad

Esa marca

(Hay quien la espera

Hay quien la presiente

Hay quien la precede

Hay quien la rechaza)

Un signo

Un punto de luz entre las sombras

Que la distingue de todos los demás


Quien ha muerto

Yace y reposa

Y el que a pesar suyo sigue viviendo

Trata de darse algo de paz


Hay un Marzo en mí que busca la guerra

Y un Marzo obediente

De ojos contenidos y sanguinolientos

En ocasiones una verdadera espada incandescente

A veces una feroz parodia

Otras

Un simple amante de la historia y de la humanidad

Y siempre un orden metódico

Para predisponer el campo

A la batalla


Se han inventado en estos años

Nuevos nombres

Para la vieja industria del exterminio

Denominaciones sofisticadas

Para las más brutales erupciones de ignominia

Demencia

E imbecilidad

Propias de nuestro tiempo

(El de la degeneración burguesa)

Un retroceso conciente y perfectamente planificado

A la barbarie...


Esta masa

Esta pobre materia de fatiga

Y de servicios

Ha de volverse inerte

(Pasta para hacer fideos)

O simplemente será desintegrada

Como harina (casi impalpable)

Que bien puede ser lanzada al viento

Con un gesto divertidamente perverso

Sin que a nadie le incomode...

¡Como en un patético y cada vez más miserable Carnaval!

¿Campos de concentración?

¿Bombardeos masivos y/o telecomandados?

¿Guerra bactereológica?

Ese es el concepto

Llámelo como quiera

Si no quiere llamar a este estado de cosas:

Barbarie


“¿Acaso Usted piensa que será harina de otro costal?”

¡Habría que poner estos carteles

En los portones de las fábricas

De las iglesias

De los ministerios

De las oficinas

Y de los bancos!


En su soliloquio

La voz se le hacía a Marzo más rauca

Mientras en él retornaba

Menos frecuente

Y discontinua

La necesidad de gritar

Gritar como en una asamblea

O un comicio

Tal vez viendo por la ventana de su cuarto

(En este marzo de cuarentena)

Una bella mañana de primavera

Pensó en escaparse una vez más con su Lady

(La perrita que fuera su segunda madre

Y su novia de la infancia)

Al “bosque encantado”

Pasaron frente a él

A una velocidad increíble

Muchas escenas de su vida

Y muchos fragmentos

De la historia humana...

La sonrisa que asomaba en el rostro

No era demasiado diversa

De esa sonrisa de quietud

Y de ingeniosa inocencia

Que le sobrevenía

Después de cada ataque epiléptico

“Si fuera posible: morir temprano y sin dejar olor”

Fue lo último que dejó escrito

(Pulcramente) en su cuaderno

Ahora sucio, borroneado y maltrecho.



Eugene Richards S/T (Hospital Psiquiátrico Criminal, Lima, Ohio.) 1982 Fotografía 52 x 76 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.