• Revista Adynata

Poesía negra y poesía blanca / René Daumal (1941)

Como la magia, la poesía es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.


Las mismas disposiciones innatas ordenan la máquina del poeta blanco y del poeta negro. Algunos consideran un don misterioso, un sello de poderes superiores; otros, una enfermedad o una maldición. No importa. ¡O más bien sí! tendría muchísima importancia, pero todavía no nos volvimos aptos como para comprender el origen de nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiera, tendería a liberarse de ellas. El poeta blanco procura comprender su naturaleza de poeta, liberarse de ella y darle una utilidad. El poeta negro se sirve de ella, y se esclaviza.


¿Pero que es ese “don” común a todos los poetas? Es un enlace particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de tal manera que cada manifestación de una de esas vidas ya no es sólo el signo exclusivo, sino que puede transformarse, por medio de una resonancia interior, en el signo de la emoción que es, en un momento dado, el color o el sonido o el sabor de sí mismo. Esta emoción central, protuberantemente escondida en nosotros, no vibra ni brilla más que en raros instantes. Esos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos y sensaciones y gestos y palabras, en dicho momento, serán los signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significación llegue a realizar en una imagen que se afirma por medio de la palabra, entonces diremos, más específicamente, que es poeta. A esto llamamos “don poético”, a falta de un conocimiento amplio.


El poeta tiene una noción más o menos confusa de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree tener el mérito de ese don, cree que puede voluntariamente escribir poemas. O bien, abandonándose al mecanismo de las significaciones resonantes, se vanagloria de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría elegido a manera de intérprete. En los dos casos, el don poético aparece al servicio del orgullo y de la imaginación mentirosa. Combinador o inspirador, el poeta negro se miente a sí mismo y se cree alguien. Orgullo, mentira; hay incluso un tercer término que lo caracteriza: pereza. No es que deje de agitarse y penar, o que parezca pose. Pero todo ese movimiento se hace enteramente solo, dado que se cuida de intervenir allí por sí mismo, ese sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni tampoco verse pobre y desnudo, ese sí mismo que cada uno de nosotros se esfuerza en esconder bajo sus máscaras. Es el “don” que opera en él, goza con ello como un mirón, sin mostrarse, se viste como el molusco de vientre fofo, se refugia en su concha de múrice, hecha para producir el púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo de no tener otra riqueza que las responsabilidades asumidas, de esa pereza hablo -¡oh, madre de todos los vicios!


La poesía negra es fecunda en prestigios, tanto como el sueño y el opio. El poeta negro goza de todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes -en la imaginación. A las riquezas mentirosas, el poeta blanco prefiere lo real, aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, incluso si sufre por ello y si sufre por el hecho de sufrir, procura ponerlo al servicio de fines superiores a esos deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de ese don.


No afirmaré: tal es un poeta blanco, tal otro es un poeta negro. Se trataría de ideas, sería caer en opiniones, en discusiones y en error. Tampoco afirmaré: tal tiene don poético, tal otro no. ¿Lo tengo yo? Con frecuencia dudo, a veces creo estar seguro. Nunca alcanzo la certeza de una vez para siempre. Cada vez la pregunta es nueva. Cada vez que el alba aparece, el misterio está allí, en su totalidad. Pero si antes fui poeta, sin duda alguna fui un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es una mezcla de blanco y de negro: pero una tiende hacia lo blanco, la otra hacia lo negro.


La que tiende hacia lo negro, no necesita hacer esfuerzos para ello. Sigue la pendiente natural y subhumana. Uno no tiene que hacer esfuerzos para presumir, para soñar, para mentirse y entregarse a la pereza; ni para calcular y combinar, cuando tanto los cálculos como las combinaciones están al servicio de la vanidad, de la imaginación, de la inercia. Pero la poesía blanca va contra la pendiente, lo mismo que la trucha remonta la corriente para dirigirse a engendrar en la fuente viva. Hace frente, por medio de la fuerza y de la astucia, a las fantasías de los rápidos y de los remolinos, no se deja distraer por el tornasol de las burbujas que pasan, ni tampoco arrastrar por la corriente hacia los dulces valles cenagosos.


¿Cómo sostiene esta lucha el poeta que quiere transformarse en poeta blanco? Diría que de la manera en que intento sostenerla en mis infrecuentes mejores momentos, a fin de que un día, si soy poeta, emane de mi poesía (por más gris que sea) al menos un deseo de blancura.


Podría distinguir tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la del ropaje de imágenes y la de la expresión verbal.


Todo poema nace de un germen, al principio oscuro, germen que es preciso volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece oscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para hacerlo brillar, es preciso hacer silencio, porque ese germen es la Cosa-a-decir en sí misma, la emoción central que quiere expresarse a través de toda mi máquina. La máquina en sí es oscura, pero se complace en proclamarse luminosa, y logra que se lo crean. No bien puesta en marcha por el empuje del germen, pretende obrar por cuenta propia, para exhibirse, y para el placer vicioso de cada de una de sus palancas y resortes. ¡Que la máquina haga entonces silencio! ¡Funciona y cállate! Silencio en los juegos de palabras, a los versos memorizados, a los recuerdos ensamblados fortuitamente, silencio a la ambición, al deseo de brillar -porque la luz sólo brilla por sí misma-, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, ¡silencio al gallo que cree conseguir que el sol se levante! Y el silencio aparta las tinieblas, el germen empieza a relucir, luminoso, no iluminado. Esto es lo que correspondería hacer. Resulta muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe como recompensa un pequeño rayo de luz. La Cosa-a-decir aparece entonces, en lo más íntimo de sí, como una certidumbre eterna -conocida, reconocida y espera al mismo tiempo-, un punto luminoso conteniendo la inmensidad del deseo de ser.


La segunda fase, consiste en el ropaje del germen luminoso -que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido-, su ropaje por medio de las imágenes que lo manifestarán. En este sentido, es preciso pasar revista a las imágenes, rechazar y encadenar en sus sitios a todas aquellas que sólo quieren servir a la facilidad, a la mentira y al orgullo. ¡Hay tantas muy hermosas a las que uno querría mostrar! Sin embargo, una vez establecido el orden, es preciso dejar que el germen por sí mismo elija l a planta o el animal con el que va a vestirse dándole la vida.


Y finalmente se trata de la expresión verbal, donde cuenta ya no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y la habilidad exteriores. El germen tiene su respiración propia. Su hálito se adueña de los mecanismos de la expresión, comunicándoles su cadencia. De esta manera, se hace necesario que los mecanismos estén en principio bien aceitados y, sobre todo, perfectamente descomprimidos, a fin de que no puedan ponerse a bailar por su cuenta, a acompañar metros incongruentes. Y al mismo tiempo en que doblega los sonidos del lenguaje a su hálito, la Cosa-a-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? Aquí reside el misterio. No es por medio de la combinación intelectual, dado que para eso haría falta demasiado tiempo; ni por instinto: el instinto no inventa. Este poder se ejerce gracias al vínculo particular existente entre los elementos de la maquina del poeta, y que une en una sola substancia viviente materias tan distintas como emociones, imágenes, conceptos y sonidos. La vida de este nuevo organismo es el ritmo del poeta.


El poeta negro hace poco más o menos lo contrario, a pesar de la semejanza de las operaciones que se efectúan en él. Su poesía le abre muchos mundos, sin duda, pero mundos sin Sol, iluminados por decenas de lunas fantásticas, poblados de fantasmas y a veces empedrados con buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, el del único Sol, sin prestigios, real.


He dicho lo que habría que hacer para transformarse en un poeta blanco. ¡Me falta mucho para llegar a ello! Incluso en la prosa, en la palabra y la escritura ordinarias -como en todos los aspectos de mi vida cotidiana-, todo lo que produzco es gris, pío, sucio, mezcla de luz y de noche. Por lo tanto, reinicio la lucha de inmediato. Me releo. Entre mis frases, veo palabras, expresiones, una ocurrencia que se creyó graciosa, una arrogancia de cierto pedante que debió quedarse sentada en su sitio en lugar de venir a tocar el flautín en mi cuarteto de cuerdas y que, al mismo tiempo, representa una falta de gusto, de estilo e incluso de sintaxis. La lengua, por sí misma, parece dotada para descubrirme a los intrusos. Pocas faltas significan técnica pura. Casi todas son mis faltas. Y tacho, y corrijo, con la alegría que puede experimentar quien se corta del cuerpo un miembro gangrenado.




Édouard Pignon - Gallo (1958) - Aguafuerte, aguatinta y raspado - 33 x 49.8 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.