• Revista Adynata

Que muera el miedo, que vivan las (pro)fugas / Rocío Feltrez

(…) el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá,

a menos que algo pase,

un acto de desobediencia casi imposible de imaginar,

como si de repente el cazador se detuviera

justo antes del disparo

porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre

de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte,

y supo que formar parte de la especie dominante

es ser como una fiera que ha caído

en una trampa de metal que destroza lentamente

cada músculo, cada ligamento,

para que sea más fácil desangrarse que poder escapar.


Leona, Claudia Masin



Padre de familia. La hija se cuida. No dice lo que siente y menos aún lo que desea. Cuando comparte un libro que le gusta o una banda de música que le hace vibrar la piel, el padre desliza una sentencia de desprecio hacia la elección de la criatura que ahíja. El problema tal vez no sea tanto el contenido de esa obra, la letra de esa canción o las ideas que sostiene ese libro como el hecho de que esté eligiendo algo por fuera de la familia. El problema quizá sea mostrarse deseando otras maneras de existir que no figuran en el combo herencia-familia-heteronorma. A la herencia le aterroriza el desvío.


Esa tiranía doméstica, mata. Esa imposición de una manera de vivir, asesina.


Escribe la furia. ¿Saben lo que implica pasar de un estado de completa sumisión, de estar al borde de la muerte, a poder decir “¡basta!”, “¡no quiero vivir así!”, “¡no quiero morir!”? ¿Saben lo que implica deshacer esa película de miedos e inmovilidades que instalan las palabras, gestos, actos hirientes que se engalanan y perfuman para poder tocar la piel sin resistencias durante meses, años, vidas? A veces los barrotes de la celda que habitamos se desdibujan, se disfrazan. Y, como sabemos, no hay mejor sujeción que aquella que se presenta y se vive como libertad.


No hace falta recibir una amenaza de muerte para estar viviendo una situación de dominación, una situación de violencia. Lo que muchas veces produce y sostiene ese estado de sujeción e inmovilidad son esos “(…) ‘pequeños’ y cotidianos controles, imposiciones y abusos de poder” que Luis Bonino nombra como micromachismos a los que, tal como recuerda, otrxs autorxs han llamado “pequeñas tiranías, terrorismo íntimo, violencia ‘blanda’, ‘suave’ o de ‘muy baja intensidad’, tretas de la dominación, machismo invisible o sexismo benévolo[1]. Según Bonino


“son abusos que se realizan sobre las mujeres por el hecho de serlo. Abusos asentados en una creencia masculina procedente del modelo de Masculinidad Hegemónica que lleva a los varones a sentirse superiores y a dar por sentado que la mujer debe estar disponible y al servicio de los propios deseos, placeres y razones. Y que desde esa posición y para asegurarla, es lícito utilizar diversos procedimientos de control e imposición. Ese disponer de la mujer es una de las prerrogativas, ventajas o privilegios incuestionables que muchos varones aun creen merecer de forma natural e incuestionable. De ella derivan muchas otras tales como el sentirse con derecho a estar disponibles para sí sin rendir cuenta, a tener la razón sin demostrarlo, a no ser opacado por una mujer, a ser reconocido en todo lo que hacen, y a que lo suyo no quede invisibilizado, a ser escuchado y cuidado, a aprovecharse de los propios objetivos. Desde este punto de vista, los micromachismos son unos de los modos masculinos más frecuentes de ejercer, no sólo abuso sino la defensa de esos privilegios de género”


La palabra empoderamiento tal vez no sea la mejor para nombrar a ese proceso de desprendimiento de un estado de dominación; de ese terrorismo íntimo que, como sugiere Bonino, crea un clima de agobio y mortificación. Pero por ahora no está habiendo otra palabra-relevo que convenza y es realmente más urgente pensar cómo hacemos para desprogramar las pequeñas tiranías que las masculinidades hegemónicas han ejercido y siguen ejerciendo sobre nuestros cuerpos. Y cómo hacen ustedes, varones cis heterosexuales, para romper el pacto de silencio que perpetúa estas miserias. ¿Cuántas veces le señalan a su amigo o compañero que eso que está haciendo, diciendo o pensando es la condición de posibilidad del sufrimiento de las pibas? Que eso mismo que sostenés vos, varón cis heterosexual, es lo que piensa el chabón que mata de treinta puñaladas a una piba. ¿Cómo viven con eso? ¿Cómo vivimos con eso?


Algunxs ya no podemos soportar los autoritarismos, los supremac(h)ísmos, la arrogancia de lo humano tan blanco, tan varón, tan clasista, tan ra(cis)ta, y heteronormado. Nos bulle el rechazo en la piel. Y sí, otro de los problemas es el de la heteronorma. Porque no sólo se trata de una “orientación sexual”, como se dice. Es un régimen que clausura sentimientos y alimenta rigideces que animan estallidos de violencias. Un régimen que prevé un plan de vida basado en la pareja exclusiva, la reproducción, la construcción de una familia. Una familia que muchas veces termina siendo territorio de crueldades, y una monogamia que clausura otros amores: a veces hasta clausura el amor a un amigo, a una amiga, el amor a los libros, a la pelota, a dormir la siesta, a la aventura, a hacer nada, a otras cosas que están fuera de la pareja, ¡clausuran la vida misma!


La exclusividad amorosa mata. Me refiero al mecanismo de exclusión de todos esos otros amores-momentos que hacen al vivir. Porque quien mata asesina también la posibilidad de que ella viva esos otros amores-momentos. No puede soportar que haya vida más allá de él. Que haya vida, deseo, fuga.


Sabemos que aquello que han hecho y hacen todavía con nosotras es imperdonable: acortar las posibilidades de vida, clausurar los desvíos que nuestros cuerpos imaginaron, dictarnos cómo tenemos que pasar los días. Qué cosas deben gustarnos y cuáles no. Con quién tenemos que coger, cómo y cuándo. Paren de matarnos es, también, ¡paren de decirnos cómo carajo tenemos que vivir y con quiénes! Paren de imponernos planes de vida que nos asfixian.


Porque, además, ¿no conviene desconfiar de la llamativa cantidad de ‘seguidores’ que tienen esos programas de vida tan editados, con tanto filtro, tan de revista Para Ti? ¿Cuándo vamos a animarnos a explorar otros parentescos, otras maneras de amarnos, de vivir?


Mientras muere lo que no vemos morir, la vida insiste. Pero estas palabras lindas hoy no alcanzan. No alcanzan porque seguimos siendo asesinadas por varones cis heterosexuales todo el tiempo. Y no sé si es posible seguir diciendo que no sabemos cómo hacer para que paren de matarnos. En serio, pensemos, ¿Quién mata?. Esa masculinidad, ¿cómo es? ¿Es posible desprogramar lo que está inscripto en el cuero duro de la cultura desde hace milenios? ¿Cómo?


Ustedes, chabones cis heterosexuales que hacen silencio frente a los chistes misóginos de sus amigos, hijos sanitos del patriarcado, ¡fúguense e inviten a la fuga! Pero hablo de la fuga que necesitamos, la que da vida, no esa otra fuga a la que están también muchas veces acostumbrados –la fuga de sus responsabilidades como cuidadores, por ejemplo-. Ustedes, interrumpan al amigo que está violentando a la piba, no alimenten ese pacto de silencio, fuguensé de esas vidas miserables que habitan y encubren. Juntensé a pensar por qué carajos pasa lo que pasa, de qué cultura de la crueldad están participando. ¿Por qué decimos que la mano que empuña el cuchillo que asesinó a Úrsula podría ser la tuya? ¿Nada de esto te hace ruido?


A vos, chabón, que cada vez que reclamamos por nuestros derechos tenés algo que opinar, que cada vez que hablamos de la socialización de los varones cis heterosexuales necesitás marcar una diferencia, señalar la excepción, y ponerte del lado de los buenos, ¿no te da vergüenza querer seguir siendo el protagonista de todas las historias? Querer decirnos incluso cómo tenemos que narrar nuestros dolores y alegrías. ¿No pensás que hay algo del modo en que habitas la tierra que es cómplice de estas muertes, de estos dolores, de estas crueldades? ¿Por qué se te frunce tanto el culo cada vez que señalamos y cuestionamos tus privilegios?


Y todo bien con el “lado mujer” y el “lado varón”, y con que “hay mujeres que también son machistas y violentan a sus parejas”, y lo que carajos sea, pero, ¿quiénes asesinan y a quiénes? ¿Cómo y en qué circunstancias? ¿Viste a un “lado varón” asesinando de treinta puñaladas a una piba? ¿Qué deja pensar acá esa idea?


Necesitamos políticas públicas que acompañen a quienes están en peligro, a todas las pibas que no saben, no pueden, no encuentran la manera de irse de una situación en la que su vida está realmente en riesgo. Lugares físicos para alojar a las pibas que necesitan fugarse. Pero no podemos conformarnos con el rescate de una situación límite. Hay cosas que pensar y hacer antes. Uso el pronombre femenino adrede, hablo de las pibas aunque sabemos que esto no es sólo contra las pibas. Qué decir de las compañeras travestis, muchas de cuyas muertes ni siquiera figuran en los registros, no hay lágrimas que caigan sobre esos cajones y hasta a veces ni hay cajones.


Escribe la furia. La furia que quiere que muera el miedo, ese miedo que murió en esa piba que está parada en Rojas frente a la yuta pidiendo justicia por el asesinato de su amiga y recibe un disparo de bala de goma a milímetros del ojo. Queremos que esta furia se convierta en otra cosa. Por todas las vidas que ya no están y por todas las posibilidades de vida que sistemáticamente se nos son escamoteadas por esta máquina del terror. No queremos vivir más esta cultura de la crueldad. No queremos ser más esta humanidad patriarcal, blanca, cisexista, racista, clasista y heteronormada.


[1] Bonino Méndez, Luis (2004). Los micromachismos. En Revista La Cibeles N° 2 del Ayuntamiento de Madrid. Noviembre 2004. Pág. 1.



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