Saberes de infancias / Verónica Scardamaglia
Jugar a vivir
sin saber de economía
acumulando caramelos a pesar del dentista,
sabiendo del ahorro
de saborear un chocolate Suchard
hasta el último mordisco
y calculando, cuadradito a cuadradito,
cuánto hay para cada una.
Jugar sin saber de horarios
de madrugada, en la cocina,
sacando ollas y cucharas
con ruido a batería que no tiene vecinxs,
o de mañana
antes de cambiarse para ir a la escuela
y dejar congelada a mamá
cuando se le escapa
ese automático que reclama:
“no podés estar jugando todo el día”.
Jugar a “la vendería”
inventando palabras y productos,
sabiendo ya que algo
se intercambia por algo:
un collar vale dos caramelos,
una gomita de pelo, uno,
una cartera de mamá, tres paquetes de galletitas.
Salir llorando del jardín
por la interpelación de un mini varón
ante la declaración del azul como color preferido,
“ese no es un color de nenas”.
Y una especie de revancha
ante la llegada de un día del niño,
con la pregunta inocente:
“¿y el día de la niña cuándo es?”.
Disfrutar del mar, aún ante el frío
que hace decir “vuelvo en un rato”
y atreverse a cuestionar
la dimensión del tiempo
“tía, ¿un rato cuánto es?”
Afirmar, con todo el amor que cabe
en ese lenguaje a media lengua,
“yo sé, mami, que Macri es tu enemigo”
o preguntar inocentemente,
“má ¿los que votan a Cristina son cristianos?”
Lo único imperdonable
de estas infancias
que he disfrutado
ha sido el descaro
de decir poesía
para decir policía.





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