• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (27) La clínica que hacemos / Marcelo Percia

Actualizado: 4 oct


Tristeza de haber sabido los manicomios.


Duelen ciudades que se han vuelto internaciones a cielo abierto con pabellones y zonas de privilegio. Duelen encierros que se viven como libertades.


Por fin se decidió terminar con los manicomios: un paso.


Pero ¿cómo cuesta un común vivir sin expulsiones?


No se sabe cómo alojar demasías fuera de los encierros. Cómo propiciar convivencias a salvo de violencias y crueldades, cómo tramar confianzas en lugar de tender alambres de púas.


Lo opuesto a cuidar consiste en dañar.


La pandemia dejó una alerta.


Antes de este presente y después de estos días, el desvelo de siempre: cuidar, no dañar.



En la soledad de las horas crujen zonas enmudecidas. Sufrimientos encallados fastidian con sus ruidos de dolor. Vidas apabulladas prefieren musiquillas que adormecen.


Demasías fuera de los hospicios interpelan indolencias, indiferencias, anestesias, impasibilidades.



Un embotamiento excitado asedia a una nena del barrio. Se queda con la mirada fija en la chica de trece años. Concurre al almacén para verla. Permanece inmóvil. Espera que se agache para espiarla.


Una presión muda intimida, asusta, sobrevuela como peligro. La acecha en el barrio, en la parada del colectivo, la sigue. Aguarda no se sabe qué, ¿una oportunidad, un signo, una insinuación? La nena llega a la casa con el corazón acelerado.


Un nudo de emociones que miran fijo dice con una voz entrecortada y vacilante, delante de la hermana de la nena, algo que no se entiende: ¿Qué hacemos con mi compañero, eh…? ¿Porque él tiene plata, qué hacemos, eh…?


¿Invitación? ¿Ofrecimiento de un pago? ¿Carcasa vacía de una parada masculina?


Les dijimos que no están solas, que estábamos ahí como equipo, atentas a la situación, advertidas y, también, preocupadas. ¿Cómo equipo? Sí, aquí con ustedes y allá, en el hospital, con quienes tratamos de pensar cómo estar acá. Estamos aquí junto a la insistencia que intranquiliza, que alarma, que se queda petrificada, tratando de pensar qué le está pasando, qué está sintiendo. Y, estamos acá junto con vos, tu hermana, tu mamá y otras vecinas, tratando de compartir lo que atemoriza. Estamos aquí y allá, allá y acá, intentando que la impulsión que acecha se de cuenta de lo que está provocando.



Después de los encierros, demasías salen de los manicomios confundidas, atemorizadas, perplejas. No se trata solo de vidas apartadas que vuelven a la comunidad, sino del retorno de emotividades expulsadas, omitidas, canceladas. El regreso de pasiones indecisas entre el grito y la mudez, entre el delirio y las vigilias del miedo.


Normalidades amansadas no saben qué hacer con las existencias maltrechas que salen de los manicomios. Llegan a los barrios para vivir (entre dos, entre tres, entre cuatro) en pequeñas casas alquiladas con ayuda del hospital. En seguida, se rumorea que salieron del loquero como si se hubieran escapado del infierno, de una gran peste o de un invernadero de perversiones.


Se trata de existencias raras: muestran simpatías o retracciones exageradas, hablan sin parar o entran en mutismos infranqueables, permanecen sin salir nunca o deambulan sin ton ni son todo el día, ríen con ganas o gimen con un dolor inconsolable, confían con inocencia o sospechan de todo.


Retornan con efusividades desreguladas que traspasan conveniencias, costumbres, fingimientos.



Una violencia que no sabe de sí mira, acosa, asedia.


No se esconde, no se oculta, no seduce, no se escabulle detrás de un escudo de cordialidad, pone a la vista, en plena luz del día, sin velos, una mirada masculina propietaria, usurpadora, invasora. Y, al mismo tiempo, una afectividad abombada que no sabe de sí.


Tal vez usted está haciendo algo sin querer, algo que no se da cuenta, algo que está preocupando a sus vecinas del almacén. ¿Qué cosa les preocupa? Ellas están seguras de que usted mira a la nena, que se queda mirándola, que le pide que se agache para darle algo y que se queda observándola. Les preocupa porque la nena sintió que usted la siguió desde la parada del colectivo y, entonces, ella corrió porque tuvo miedo.


Infancias van y vienen del colegio, toman colectivos, caminan solas desde las paradas hasta sus casas. Se teme por ellas. Con ese miedo se vive en los barrios. Esa rareza que mira fijo, que sigue, que vigila, revela un cotidiano expuesto a violencias y temores. No se trata solo de una corporalidad adulta que sigue a una niña, sino de la amenaza de masculinidades que asolan y dañan infancias y mujeres.


¿De qué tuvo miedo? Tuvo miedo de que usted le haga algo. ¿Algo? Sí, tuvo miedo de que usted la agarre, la abuse, la viole. Pero, si yo no la conozco, solo quería preguntarle el nombre.



Una indigencia amorosa que lleva cincuenta y cinco años esperando hacerse amiga de la vida: está ahí, de pie, petrificada.


¿Cómo pensar esa insistencia muda? ¿Empuje de una excitación irresistible? ¿Soledad abismada a un cráter de silencio y de dolor? ¿Obsesión que asedia y se impone? ¿Fijación que regresa a una escena que permanece intacta? ¿Bloqueo que cierra el paso a algo todavía más temido? ¿Estancamiento que engendra pestilencias? ¿Atadura que se asegura a un pilar? ¿Anclaje en el único arraigo conocido?

Muchas veces, afectividades viven encerradas en claustros traumáticos.


Un trauma está siempre ahí como herida en lo vivido, como sacudida que no termina de asentarse en ningún suelo, como memoria perforada, como arpón que permanece agazapado en todos los presentes. Acontecimiento que supera, por su intensidad, eso que una vida puede contener, tolerar, nombrar, recordar, elaborar.


Un trauma está siempre ahí como perturbación que excede y hechiza, que expulsa capturando y que captura expulsando.


Pasmos nacidos de lo traumático, que no saben de cuidados que protegen y abrazan, viven cautivos de violencias y ultrajes, terrores y servidumbres.


Vamos a evitar que los impulsos lastimen. Aunque no se dé cuenta, hay acciones que hacen daño. Hay que cuidar a las infancias. Usted, ¿quiere lastimar a esa nena? No, no quiero. Entonces, confíe en lo que le decimos.


La confusión que asedia, acecha, fija la mirada, no se da cuenta de lo que está haciendo. No supo, no quiso, no registró que hizo algo que causó miedo.


Cuando no hay percepción de que se daña, urge un acto clínico. La advertencia tenaz de que se puede estar haciendo daño sin querer. Muchas veces la responsabilidad adviene, así, como saber tardío.


Tenemos que decirle algo: si usted no la quiere lastimar, no vuelva mirarla así, la nena está asustada, lo mismo que las vecinas del almacén.



La inadvertencia que presiona empecinada, dice que en su infancia la forzaron y violaron, pero que en algún momento le comenzó a gustar.


Pero, ¿qué le hicieron? No sé, no me acuerdo, me hicieron la cola. Al principio no quería, pero después me empezó a gustar. No importa que después le haya gustado, eso estuvo mal, eso no se le hace a las infancias, no debió haber pasado.


En el torbellino traumático se superponen momentos. En un comienzo, el sorpresivo asalto de un abuso o una violación, la sórdida brusquedad de la violencia; pero después, en la confusa evocación de lo ocurrido, sobreviene lo vivido como aturdimiento excitado o excitación aturdida.


Perplejidades que no disciernen eso que les está pasando, muchas veces sufren no sabiendo si lo que les están haciendo les hace bien o les hace mal. Esa indecisión añade estupor al daño.


La clínica que hacemos revuelve cenizas. Lo vivido solo se sabe como una grisácea suavidad que queda tras muchas combustiones. Momentos deshechos. Restos que, sin embargo, todavía tiemblan, sudan, palpitan, aferrados a unas pocas palabras.



La sombra que atemoriza dice que en el hospital lo llamaban violín.


¿Hace con otras existencias lo que le hicieron? ¿Vive la violación como hecho de iniciación que disciplina: Total después te termina gustando?


¿Concibe el mundo como un teatro con solo tres papeles: verdugos, víctimas, extras?


En la ejecución de las violencias, ¿obra un goce, una pertenencia, una enseñanza ejemplar?


Violar está mal. No se puede someter a nadie en contra de su voluntad.


Paulo Freire (1970) escribe su Pedagogía del oprimido para poner a la vista prácticas de enseñanza basadas en la pasividad, el sometimiento, las jerarquías, los poderes. Una pedagogía que se opone a las pedagogías de la crueldad de los encierros.


La clínica no se propone como otra didáctica, pero comparte con el educador brasileño la preocupación por la acogida de lo oprimido, la convicción en la soberanía de la pregunta, la confianza en un común desaprender automatismos de lo atroz.


El equipo ondula y se agita como espacio de deliberación sin fin. Pero, a veces, detiene sus derivas para fijar una boya, marca, señal, signo, punto inmóvil, en inmensidades sin bordes.


No, eso no, eso no debió ocurrir, eso no puede volver a repetirse.



La mendicidad que observa y asedia a una nena del barrio, ¿pone en juego la sexualidad?, ¿se trata de pulsiones eróticas?, ¿de tendencias libidinales? O, ¿permanece supliciada? ¿Aquerenciada a formas de violencia e intimidación? ¿Estancada y estacada, girando alrededor de una fe demolida o de un hogar en llamas?


La insistencia que asedia, acecha, mira fijo, intimida, quiere saber el nombre de la nena. No está ante las disyuntivas descriptas por el psicoanálisis respecto a la satisfacción del deseo: renuncio a satisfacer un deseo inconveniente o lo reprimo realizándolo en forma encubierta a través de la formación de síntomas; o no renuncio ni reprimo, sino que busco imponérselo a otras vidas en contra de su voluntad o consentimiento.


El desamparo que intimida, ¿cumple un patrón masculino?


La vulnerabilidad que asedia, acecha, persigue, cuenta cómo la agarraron el primer día que la llevaron a un instituto en la escalera entre varios.


Instituciones de encierro instruyen la usurpación de los cuerpos como trofeos o pruebas de valor.


Como dice el personaje de un padre violador en la desgarrada dramaturgia de Vicente Zito Lema (2000). “¡El mundo es así: o le rompés el culo al que tenés debajo o viene otro de arriba y te lo abre a vos!”.


En los manicomios sexualidades casi nunca se expresan como eróticas decididas, sino como exhibiciones de poder, de dominio, de sumisión, de manipulación de los cuerpos. También, algunas pocas veces, como formas de amparo, compañía, alianzas, cariño.



No se trata solo de poner límites o enunciar prohibiciones, se trata de advertir que habitar un sentimiento supone dar acogida a una confusión, a una ambigüedad, a un malentendido.


Las infancias están prohibidas para todos, quieran o no, porque aunque quieran no pueden saber si quieren lo que quieren.


Consentimientos se presentan frágiles e inconstantes. En cada que desea actúan excitaciones y terrores, atrevimientos y controles, curiosidades y pudores.


Pero, ¿si sentí que me gustó?


Sí, sintió que le gustó, pero también sintió el terror, la desconfianza, la ternura fallida, las memorias de dolor, las cicatrices de las violencias sufridas.


Eso, que en un momento le gustó, antes, mucho antes lo hirió. No debió ocurrir. Pero, un chico asustado e indefenso no puede decir que no. Usted tiene que saber, ahora, que aunque no tenga mala intención, el equipo piensa que mirando y siguiendo a esa nena le está haciendo daño.



Hervideros de sensibilidades que salen de los manicomios no creen en la potencia de los saberes, sino en el poder de las jerarquías.


La agitación que asedia, acecha, mira con fijeza, todos los días toma su medicación. Reconoce la autoridad de figuras masculinas o de mujeres que están en posiciones de jefas masculinizadas.


La transferencia no se afianza en la suposición de un saber que tienen sensibilidades que escuchan, sino en la localización de una figura de poder institucional que administra sustancias.


En el trajín de las soledades, se trata ahora de confiar la transferencia a una posición que llamamos equipo. Una figura no personal, a salvo de la voluntad individual o de las ansias de un yo tentado por caprichos y arbitrariedades, cansancios y frustraciones.


Equipo como agitación de deseos, saberes, disponibilidades, que se encuentran en una común debilidad para pensar la clínica.


El equipo dice, el equipo piensa, el equipo se pregunta, el equipo va a seguir pensando, el equipo va a cuidar que usted no dañe ni lastime. Esto que usted me cuenta me hace mal, me asusta, me provoca desconfianza, no sé si podré seguir acompañándolo, lo voy a conversar con el equipo. Usted debe saber que el equipo lo acompaña porque desea hacerlo; pero, también, porque usted tiene derecho a que se lo acompañe.



Escribe Pascal Quignard (2013): “El aire contiene al águila que gira lentamente, muy alto, como un punto silencioso en el espacio. Y el águila se entrega tanto a su caída que flota”.


Transferencias tienen la tremenda responsabilidad del aire. El secreto de las vidas que flotan en confianzas labradas.



Somnolencias insomnes salidas de los manicomios respiran hostilidades en el viento.


Lo más grave no reside en lo que está pasando, sino en que lo que ocurre quede fijado como conducta solitaria de una existencia confundida.


Cuidar de un daño no supone una precaución solo centrada en una persona. Se necesita poner en movimiento lo inmovilizado.


Asedios, violencias, intimidaciones, están ahí como amenazas calladas en las calles.


¿Cómo poner en estado de conversación lo que transcurre silenciado? ¿Hablar solo con la sombra que mira fijo? ¿Proponer un encuentro en la casa en la que vive con otras vidas aturdidas? ¿Posibilitar una charla en el barrio sobre temores en las infancias? ¿Coordinar acciones conversacionales con la sala del lugar?


Se necesita pasar del asedio de una turbación que se expone en sus torpezas y prepotencias, al asedio como forma enraizada de las masculinidades.


Lo hostil no actúa igual que lo inhóspito. Lo hostil agrede, violenta, daña. Lo inhóspito no aloja, no abriga, no abraza, no registra. Lo hostil y lo inhóspito se entraman para ahogar demasías.


Impasibilidades urbanas no residen en la incapacidad de sentir, sino en la veda de la conversación. Impasibilidades actúan como habituaciones que hacen posible el diario vivir con lo intolerable. Impasibilidades dicen: de eso no se habla, siempre fue así.


Expresiones como habría que volver a encerrarlos o tienen que meterlos presos o no tienen que dejarlos salir funcionan como automatismos de la expulsión.


Se trata de propiciar estados de conversación en todas partes sobre lo que asedia, acecha, atemoriza, intimida, violenta.


Con el cierre de los manicomios, retornan a los barrios afectividades que demandan el derecho a una común conversación.


Pero, ¿quiénes pueden hablar de lo que les está pasando? ¿Quiénes tienen palabras para decir lo que sienten? ¿Quiénes pueden contar lo que han vivido con miedo?


La clínica que hacemos se sostiene en la palabra. Hay clínica cuando hay palabra. Cuando esa palabra no sella lo indecible con automatismos, lugares comunes, estereotipos de una época cegada. Cuando, en un común escuchar, la palabra toca la vida.



Quería preguntarle el nombre, conocer a una mujer. La nena no es una mujer. Si usted quiere saber el nombre de la chica, se lo tiene que preguntar a la madre o la hermana más grande. Y si quiere conocer a una mujer, eso lo podemos pensar. Pero, usted, tiene que cuidar que esa nena no se sienta mal. Y ¿el barrio que dice? No, el barrio no dice nada. Las mujeres del almacén están preocupadas. Nosotras les dijimos que estábamos ahí. Y que también estamos con usted y con sus compañeros de la casa acompañándolos. Pero, yo no hice nada, le pido cosas, no hice nada. Pero, usted se queda mirándola petrificado. No, no, no, entonces, yo quiero volver al hospital, en ese barrio no quiero vivir más.


De pronto, la impulsividad que intimida, sin saber, sin querer, sin advertir, se siente atemorizada, por la violencia del barrio, la violencia de la policía, la violencia del desprecio, la violencia de la estigmatización, la violencia que no sabe de sí.


Hasta ahora, usted no se dio cuenta o nunca supo que las niñeces viven con miedo. Temen que prepotencias masculinas sientan que tienen derecho a adueñarse de los cuerpos de las infancias y de las mujeres como si fueran cosas, trofeos, pruebas ante los otros machos. Mirar con insistencia y seguir a la nena atemoriza. El equipo está pensando con usted y con las mujeres del almacén, ellas confían en nosotras. Pero, este problema se vive en el barrio desde hace tiempo. Hay muchas cosas calladas, que nadie dice, situaciones que las mujeres no se animan a contar. Bueno, bueno…Pero… no… mejor no, por las dudas, yo al barrio no vuelvo más. Yo…yo soy del hospital.


Se encuentra en la cornisa de un edificio en llamas. Estuvo ahí otras veces. Si el barrio se vuelve hostil, decide volver al manicomio como un lugar menos inhóspito.


¿Volver al hospital? ¿Una huída? ¿El trastoque de una fijeza que desestabiliza por otra estabilizada? ¿La crudeza de una restricción?


¿Fijeza, restricción, daño, se presentan como condiciones de un sufrimiento consentido?

¿Eso que, a veces, coincidimos en llamar goce?


Y los compañeros que viven en la casa, ¿qué dijeron cuando contó que se quiere volver al hospital? ¡Quedaron consternados! Y, vos, ¿qué pensás? Me acordé del libro de Artaud “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”.



La clínica que hacemos recala en el silencio de los saberes. Habita un no saber qué hacer que, sin embargo, da cuenta de sus decisiones, de sus actos, de sus palabras.


Una intemperie que se hace cargo de advertir que las pulsiones, a veces, dañan. Que se hace responsable de avisar que, en ocasiones, vivimos encerrados en conductas que lastiman aunque no lo sepamos.


La clínica que hacemos inventa nombres para lo que está haciendo. Bautiza sus intervenciones como pulsión advertida o sujeción alertada.


La clínica que hacemos practica interrogaciones abiertas a lo común. Si atiende a una insistencia que asusta a una nena, indaga también qué otras fijezas aterrorizan a las infancias en los barrios; pregunta, asimismo, qué otras amenazas acechan en las sombras de las hipocresías comunitarias; recuerda, incluso, pedagogías de la crueldad extendidas en todas las instituciones.


La clínica que hacemos transita cruces, mudanzas, migraciones.


Pasa de la idea de pacientes individuales (mi paciente), a la de afectividades en conversaciones clínicas con un equipo.


Parte de las arrogancias de las disciplinas que defienden, cada una por su lado, sus distintivos, a citas gestantes de momentos de un común saber.


Se mueve desde un pensar cuidado que acompaña afectividades externadas en pequeñas casas, a disponibilidades que acompañan a un barrio que necesita conversar sobre lo enmudecido.


La clínica que hacemos se asemeja a compañías de teatros ambulantes o carpas de circo itinerantes. Sensibilidades de cuidado que van de un sitio a otro, que irrumpen en cualquier lugar en el que el deseo de hablar se pueda encontrar con el deseo de escuchar.



Hay una lengua que ultraja, sin ella no habría crueldad. Tampoco se conocerían las voces clasificatorias ni las capturas diagnósticas.


La clínica que hacemos nombra vidas que sufren sin necrosar las designaciones: existencias maltrechas, hervideros de sensibilidad, somnolencias insomnes, embotamientos excitados, efusividades desreguladas, rarezas que miran fijo, indigencias amorosas, confusiones que asedian, inadvertencias que presionan, vulnerabilidades que persiguen, desamparos que intimidan, impulsividades que asustan. Y, así, cada vez.



La clínica que hacemos procura no ahogar potencias disidentes de las demasías.



V. Nicolás Koralsky (2022) "De la serie Talasofilias"

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.