Sobre Nunca más como concepto / Alejandro Kaufman

Hay entre memoria y comunicación una tensión antagonista que considerar. La memoria es un emergente incondicionado, mientras que los efectos de la comunicación son productos con propósito. La memoria recluta lo desplazado de la conciencia, la comunicación se constituye en la conciencia. En el modo en que ambas se desenvuelven son concomitantes, coexisten y se confunden, confusión propia de los acontecimientos sociales, pero deseable de someter a escrutinio y de reflexionar sobre los problemas que les atañen.
Del olvido forma parte el registro de que, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, algunos juristas entendieron necesario elaborar nuevas figuras jurídicas, como las de genocidio y crimen contra la humanidad, al considerar que tenían lugar acontecimientos sin precedentes, ajenos a las prácticas milenarias de las guerras, y que requerían un enfoque jurídico transnacional, supraestatal.
Desde entonces, desde el mismo punto de partida en la acuñación de esas nuevas nociones, aun antes de la finalización de la Segunda Guerra que hizo posible poner en evidencia los “detalles” de lo que había sucedido, ya habían sido objeto de controversias sobre su aplicabilidad, alcance y delimitaciones. Desde el inicio fue evidente la reticencia a habilitar una visión punitiva retroactiva sobre los dos grandes fenómenos atroces que duraron siglos y son fundacionales del capitalismo: la esclavitud y el colonialismo, ambos vinculados entre sí.
Se impuso distinguir entre determinados acontecimientos límite y las prácticas bélicas, justamente cuando desde hacía cierto tiempo, de décadas, ya las prácticas de la guerra se habían diferenciado radicalmente de las de tiempos históricos. Uno de los textos paradigmáticos que caracterizó las nuevas condiciones de existencia de los litigios letales fue el de Ernst Jünger, de 1930, donde se caracterizaba a la guerra como “movilización total”, es decir, movilización de toda población y de todo recurso disponible en cualquiera de sus formas, todo ello destinado a la guerra. El niño en su cuna, decía Jünger, se convierte en blanco porque el bombardeo aéreo o el uso de gases tóxicos no puede distinguir entre combatientes y no combatientes. En aquel año, Jünger se refería a las guerras “convencionales”, no pasaba por su mente lo que años después sucedió cuando desde su propio país se pergeñó la “Solución final”. El exterminio nazi fue una perpetración sistemática ejercida sobre una multitud deportada desde grandes distancias para ser tratada como agroindustria. Aunque los “consensos” de la postguerra limitaron jurídica y políticamente los alcances en la conciencia de estas transformaciones en la modernidad, en el horizonte cultural se fue instalando y permaneciendo una profundización del malestar en la cultura en relación con el Poder, sus asimetrías y violencias masivas.
De tal manera, la distinción entre guerra y acontecimientos límite (expresión que abarca con toda seguridad genocidio, exterminio y crimen contra la humanidad, más, eventualmente, crimen de guerra) tuvo que formalizarse bajo plexo jurídico convencional y olvido relativo de lo que fuera retroactivo respecto de barbaries del pasado. Sin embargo, esta misma descripción olvida que el problema concernido por la “Solución final” fue acerca de cómo pudo haber sucedido aquello en la autopercibida cumbre de la civilización, mientras acontecimientos como esclavitudes y colonialismos quedaban naturalizados por la ajenidad cultural adjudicada a sus víctimas, ajenidad pretendidamente redimida por la apropiación de múltiples documentos de cultura, ciencia y arte. Por ejemplo, sustracción de objetos antiguos definidos como culturales valiosos de las colonias y su integración a los patrimonios de museos de las metrópolis coloniales o ex coloniales como acto de civilización, incluyendo que “nosotros los vamos a cuidar mejor que ustedes” tal como lo desmintió la Bagdad devastada por la guerra del Golfo. Redención unilateral que en la actualidad se muestra por lo tanto gatopardista y deslegitimada, y es entonces esa demanda de justicia la que también contribuye a entender por cancelado o en crisis el “consenso” de postguerra sobre derechos humanos.
Dado que la historia social y cultural es concomitante con la historia de la guerra y de incontables masacres de todas las magnitudes, solo delimitadas por el alcance demográfico de las poblaciones concernidas, incluidos exterminios y desapariciones de multitudes, de ciudades y de culturas, la cuestión de qué debió haber motivado el acuñamiento de nuevos términos no reside en penalizar la barbarie de la guerra, tal como se practicó desde tiempos ancestrales sino en cuestiones que fueron el resultado de grandes conjuntos de intuiciones e intelecciones, con diversos grados de elaboración conceptual, acerca de que algo diferente había ocurrido, sin precedentes. Dicho esto no sin consignar que “sin precedentes” no es privilegio de exclusividad ni ausencia de genealogía.
Fue esa diferencia aquello que originó una expresión cara para las memorias argentinas de la historia reciente: Nunca más. Que no se repitiera aquello que nunca debió haber sucedido. ¿Pero no había sucedido siempre? No de esa manera, no con ese método, no con esas técnicas. No de tal manera que cancelaba toda posibilidad de comunicación de lo acontecido, tanto durante su transcurso como después. Aquello que es objeto de la expresión Nunca más depende de una intelección que solo se determina después de los hechos, en tanto que la perpetración es clandestina y no deja registro.
Ahí aparece una diferencia radical con las prácticas combatientes, cuyo registro, representación, comunicabilidad y relato épico son constitutivos de las guerras. No hay guerra sin todo ello. En cambio, los acontecimientos límite alcanzan un estatuto comunicacional de ausencia, negacionismo, deprivación de registros, incompatibilidad con una narrativa épica. No hay vencedores porque no hubo vencidos, porque no hubo combate, no hubo oportunidad de sobrevivir por resultado de una propia acción defensiva u ofensiva. Las víctimas fueron puestas antes en situación de inermidad y cautiverio por la que fueron víctimas en primer lugar en un procedimiento sistemático, industrializado de manera moderna, en el que la muerte, “traslado”, “disposición” y tantos otros eufemismos era el final de un procesamiento que empezaba mucho antes de la aprehensión o deportación de las víctimas, en la medida en que mucho antes hubo de instalarse en la esfera pública un régimen de discurso que redujo a las futuras víctimas físicas a víctimas morales, categoriales, mediante métodos que son aún más difundidos que los empleados en las perpetraciones físicas porque durante años su conocimiento y análisis constituyó los protocolos preventivos de una eventual repetición de los acontecimientos del horror. En nuestro país, en tan solo unos meses todos esos protocolos y las instituciones que los gestionaban fueron despiadadamente desmontados como parte de la destrucción de la estatalidad y del lazo social, determinando así la apertura de algunas de las condiciones de posibilidad de una repetición, repetición que nunca se concibe como idéntica sino conceptualmente homóloga en cuanto a sus propósitos, no en cuanto a los “detalles”. Es un fenómeno que no se anuncia ni declara de modo comunicacional sino indirecto, de modo que toma desprevenida a una población, por lo menos a la mayor parte, incluyendo a las víctimas.
Entonces: Nunca más no es referido a las guerras como tales sino a los acontecimientos límite, cuya perpetración no se anuncia, no se declara, no se comunica, no se manifiesta, se deniega. Es en su diseño un acto no comunicacional. A la vez, de una forma progresiva debido a las grandes transformaciones modernistas, sociales, urbanas y tecnológicas, la propia naturaleza de la guerra ha ido transformándose ella misma en productora de acontecimientos límite, al menos potencialmente, de modo que distinguir entre guerra y acontecimientos límite no es algo que se pueda dar por sentado ni se puede simplemente encargar a expertos académicos y jurídicos que definan desde su sede la naturaleza de los sucesos.
La inteligibilidad que hemos alcanzado sobre los acontecimientos límite no se la debemos históricamente a juristas y académicos especialistas, sino a testimonios de sobrevivientes y a las creaciones culturales que las vuelven comunicables en el orden del común, de la experiencia, dentro de lo de todos modos muy difícil y controversial que es esa empresa. Nuestro país se ha caracterizado por un liderazgo reconocido globalmente tanto en ese sentido como también en el jurídico, no obstante que el papel decisivo en el curso de las memorias comenzó por Madres de Plaza de Mayo y siguió con organismos de derechos humanos, Abuelas, Hijxs, Nietxs e Historias desobedientes, lista que no tiene nada de exhaustiva porque progresivamente la trama civil de la sociedad se fue comprometiendo de manera masiva con las prácticas de la memoria, así como el Estado mismo en diferentes gobiernos, hasta llegar al tiempo presente, en que se intenta volver atrás, regresar a un pasado de olvido, injusticia y privación de la verdad.
Digamos también aquí que la condición paradigmática inherente al concepto de Nunca más se imbrica con el patriarcado, con la opresión de género, con el repudio radical hacia la cosificación, con la inermidad e indefensión que los actos de violación y abuso tienen como premisa estructural que da lugar en la conciencia a lo que tanto se ha pasado por alto, reprimido, omitido, reproducido de nuevo ante cada ola feminista y disidente emancipadora. La noción de Nunca más establece una conexión entre aquello que no debería haber sucedido y lo que habiendo sucedido de modo ancestral debe cesar para siempre: #niunamenos.
La expresión Nunca más no es una manifestación de deseos sobre lo que no va a ocurrir o no queremos que ocurra o impediremos que ocurra. Su consistencia depende de que se vuelvan efectivamente inviables, imposibles, de hecho irrealizables las condiciones que harían posible tal repetición. En su apariencia tiene el aspecto de un enunciado contrafáctico o utópico. Una forma de ponerlo a prueba es compararlo con sucesos indeseables que pretendemos impedir o prevenir, que han ocurrido siempre a lo largo de la historia, y frente a los cuales no podemos de ninguna manera declinar la preparación para enfrentarlos. De esa naturaleza son los accidentes, incendios, sismos, estragos de diverso tipo, pero también las guerras. Si dijéramos “Nunca más” a las guerras, tal afirmación no tendría credibilidad si continuaran existiendo los ejércitos, las doctrinas bélicas, las armas, las hipótesis de conflicto, etc. etc. No se trata de un mero ejercicio mental por dos razones. En primer lugar, porque la modernidad ilustrada no es congruentemente compatible con las prácticas guerreras. Aunque no hubo acuerdo general al respecto, y las guerras napoleónicas desmintieron cualquier ilusorio utopismo, la noción adversa a la guerra como práctica social es inescindible, aun como controversia, de la modernidad ilustrada y los “derechos del hombre”. Por eso también el malestar en la cultura en el siglo veinte y luego la consternación frente a los acontecimientos límite no se puede reducir a una cuestión de “hipocresía” o doble vara, porque el proyecto de la libertad, igualdad y fraternidad de la ilustración moderna se encuentra en los cimientos del mundo contemporáneo realmente existente, con todas sus contradicciones, litigios, inconsecuencias e injusticias. Convendremos también en que no hay otro mundo realmente existente en el presente o en el pasado que de modo inequívoco constituya una alternativa real y radicalmente superadora de una de las causas decisivas de infelicidad, la muerte infligida entre multitudes, llamada guerra. En el fondo de la problemática de los derechos humanos reside un núcleo adverso a las guerras, de carácter inherentemente pacifista, como también feminista. Por lo cual decir “no es una guerra, es un genocidio” y considerar la diferencia de modo banal por cuanto nos sensibiliza, relata o impresiona un determinado evento carece de la consistencia conceptual que demandamos para nuestras memorias, necesitadas de distinguir entre un movimiento revolucionario armado de carácter masivo y el genocidio de que fue víctima una vez vencido en términos militares. Aquí se impone recordar sumariamente que la clandestinidad de las guerrillas se practicaba respecto de las identidades y acciones en defensa de la represión. Las acciones mismas, salvo contadas excepciones, tenían firma política y se comunicaban constante e inmediatamente de ejecutadas. Justo al revés que las perpetraciones genocidas de la dictadura, que eran absolutamente clandestinas, basadas en la desaparición de personas. La desaparición es constitutivamente un acto de no comunicación, no solo de censura o represión, porque consiste en someter a toda una sociedad a la sustracción de miles de personas destinadas a centenares de centros clandestinos de detención para su apresamiento, tortura y “traslado”, exilio, privación legalizada de la libertad o liberación en algunos casos. El núcleo decisivo de todo el procedimiento es la desaparición, es el oscurecimiento de la estatalidad responsable de nacimientos y fallecimientos, la destrucción de tal institucionalidad que no solo no ha logrado repararse, no obstante ingentes esfuerzos de parte de la sociedad civil y de algunos tramos de la estatalidad postdictatorial, sino que en la actualidad se la está intentando retrotraer a fojas cero.
Entonces, si no podemos decir nunca más a incendios porque la civilización es inflamable, a sismos porque la geología es inestable, a accidentes porque el control ejercido sobre las cosas es limitado, etc., etc., o a las guerras porque existen en estado de preparación todos los recursos para emprenderlas: decimos nunca más a la desaparición forzada y sistemática de personas, a la ESMA y su “maternidad”, etc., etc. A que todo ello no solo no puede ser concebible o previsible o programable, sino que también se debe impedir todo avance en la categorización de eventuales víctimas primeramente sometidas a un tratamiento discursivo de exclusión social preparatorio de la eliminación física. Nunca más significa que todo ello no debe suceder de raíz, desde el minuto cero en que se hacen figurables tales perpetraciones. Hemos retrocedido en estos últimos años, como bien sabemos. Así como sabemos que le es concomitante el retroceso infligido al #niunamenos, lejos de haberse pasado de ningún número de pueblos. Nunca más se extiende por concepto y por afinidad al cuestionamiento del patriarcado.
Por lo tanto, nunca más no concierne a la “violencia política” que en sí misma nada tiene que ver con los acontecimientos límite, aun cuando conceptualmente, como tal, puede no estar exenta de actos reprochables incluso jurídicamente bajo el mismo criterio. Por diversas razones, en nuestro país tales circunstancias no han devenido en concreciones sustentables, no obstante reiterados intentos de quienes recuerdan con nostalgia y justifican los acontecimientos del horror. De entre los aspectos más problemáticos en los discursos públicos sobre la llamada “teoría de los dos demonios” se cuenta que la perpetración genocida provino de una sola agencia, la estatal, organizada en forma solidaria e institucional, mientras que su oponente primeramente derrotado en términos bélicos antes del golpe del 76 estaba constituido por muy numerosas organizaciones políticas, algunas de ellas político militares. No solo fue desaparecida una parte sustantiva de quienes participaron de aquella “violencia política” sino también muchas otras víctimas que no tuvieron ninguna relación con ella. Y es que no se trataba de reprimir a la “violencia política”, a la que se pretende culpar en bloque, con muertos y sobrevivientes, con desaparecidos y activistas sindicales, culturales o sociales, sino definirla de una manera ideológica y social, de modo que se trata de un procedimiento categorial propio de las perpetraciones exterminadoras. Categorías de perpetración que prevenir, no tipificaciones judiciables.
Momento de afirmar lo siguiente: las víctimas de los acontecimientos del horror son bien concretas y materiales, pero las categorías a las que supuestamente pertenecen son inventadas por los perpetradores, invención que están en condiciones de realizar porque se consolidan en una identidad auto conferida y organizada en forma totalitaria, desde la cual conciben una categoría sin sustento empírico alguno, tal como los “subversivos”. Una vez organizado el aparato exterminador, de su configuración forma parte un régimen de “selección” de las víctimas sobre la base de una categorización insostenible, impuesta sobre sectores segregados de la población, es decir, performativa. Es por eso que los exterminios no pueden realizar su designio porque las categorías inventadas pueden tener un centro definible relativamente, pero constan de círculos concéntricos que a medida que se alejan del centro se vuelven difusos, y por lo tanto nunca se puede saber si la perpetración pudo ser culminada (es a ello que se deben los vituperios del tipo “no fue terminada la faena”). Las metáforas que se suelen usar para tales propósitos por algo se extraen de lo viviente biológico, donde supuestamente las identidades pueden ser categorizadas de modo empírico. Esto tampoco es siempre verificable, pero digamos que suponemos haber erradicado el virus de la viruela. Si esto pudo suceder es porque disponemos de una categorización precisa y rigurosa de lo que debe ser eliminado. Esto no sucede con ninguna categoría social, cultural, ni humana en general. Todos los seres humanos nos mezclamos por más identitarismos segregatorios que procuremos. Por eso podemos decir provocativamente, pero de modo no menos cierto a los efectos de lo aquí argumentado, que “no existen” subversivos, ni judíos, ni gitanos, ni homosexuales, ni discapacitados, ni mujeres, ni negros, ni indígenas, si se trata de trazar una frontera categorial delimitadora que determine la diferencia entre la vida y la muerte. Que esto no sea sentido común es una victoria o un talante hegemónico logrado por el Mal: que la performatividad inherente a tales caracterizaciones parezca estar sepultada por el identitarismo.
En definitiva, interesó aquí deliberar sobre la expresión Nunca más, acerca de a qué se puede referir de modo consistente, sustentable y no ideológico o desiderable: a determinados acontecimientos límite, endógena y genéticamente no comunicables, objeto de negacionismo en tanto la negación de la existencia de quienes se definen como víctimas es lo constitutivo del suceso. Las perpetraciones no pueden ser confesadas ni reconocidas por los responsables, salvo excepciones o intentos frustrados. No es un acuerdo o un pacto solamente aquello que determina la incomunicabilidad de las acciones por parte de sus responsables. Por ahora sabemos empíricamente que así sucede y que se trata de un rasgo intergeneracional que lleva a un Estado responsable de un genocidio en el pasado a considerar delito declararlo como tal, aun cuando por el tiempo transcurrido, más de un siglo, ya no queda nadie con vida ni de los perpetradores ni de los sobrevivientes. Nadie ya puede ser juzgado por ese genocidio, y aun así se persiste de modo contumaz en el negacionismo. El drama de la memoria es intergeneracional, y la cuestión del Nunca más es una noción que tal vez proceda social y políticamente en mayor medida de un modo intuitivo que conceptual, respecto de la cual las convenciones jurídicas y expertas son indispensables, pero no suficientes. Donde hay crímenes contra la humanidad, es la humanidad como tal la interpelada en un devenir memorial y conceptual que no tendrá fin imaginable para nuestros tiempos.
Referencias
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Reproducido de: “Sobre Nunca más como concepto”. (2026). RevCom, 17, e102. https://doi.org/10.24215/24517836e102




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