Una presentación a partir de la tarea de leer "Darse al Pensar" / Soledad Cottone
- Revista Adynata

- hace 6 horas
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"Hola Sole, ¿cómo vas con la tarea que te encomendé? espero que la puedas disfrutar en medio de tanto que pasa todo el tiempo."
Eso escribió Marcelo y solo pude contestar: "Hola Marcelo, estoy en tarea."
Porque en ese momento estar en tarea era eso: leer entre tanto, entre mucho, escribiendo, gestionando, en una traffic, en las marchas, donde se pueda, leer.
Esa respuesta —"estoy en tarea"—, sin saberlo, ya anticipaba una de las preguntas centrales del libro: ¿qué significa darse a algo? Porque darse al pensar no es mandato académico, no es sentarse con postureo de pensador. Es, como propone Marcelo Percia, una entrega que ocurre entre: entre una gestión y una marcha, entre un recuerdo y una lectura apurada, entre el ruido del mundo y un silencio que a veces ni siquiera sabemos habitar.
Trece formas de darse, una forma del no
Darse al Pensar propone trece gestos: darse al pensar, al estar ahí, al fuego, a la clase, al abrigo, a la noche, a la escucha, a la cita, a la lectura, a la inspiración, a lo profano, a lo venidero, a la amistad. Y una forma del no: No darse a la crueldad.
No son capítulos, son modulaciones de una misma disposición: la de no guardarse nada, la de arriesgarse, la de exponerse a lo que viene sin la protección de las certezas.
Darse al pensar
El libro abre con una imagen poderosa: "cuando un niño llora en un planeta deshabitado, carga con el dolor del mundo. Sobrevive a un tiempo sin Dios, a un tiempo de muerte, a un tiempo sin hospitalidad. La vida todavía sigue llorando."
Pensar no es tener pensamientos. Suceden ocurrencias, chispazos, ideas sueltas. Pensar es otra cosa. Pensar implica "atravesar momento de pasmo, de indecisión, un salto al vacío". Juega con Descartes y el "pienso luego existo", deviene en encarnaduras de la existencia: bailo luego existo, sufro luego existo, me quejo luego existo, tengo con quienes luego existo.
El pensar clínico —ese que a Percia le interesa especialmente— no busca salvar la vida. Dice: “La vida no necesita que la salven. Alcanza con que los pensamientos no la dañen. Y eso ya es mucho.”
Tres condiciones del pensar que retomo: el asombro, la transitoriedad, la conjetura. Pensar es no instalarse en la certeza, esa "fijeza argumentada que protege de las avalanchas de lo impensado" (toma de Unamuno). Junto a Horacio González dice: "Deberíamos pensar otra cosa y no sabemos qué. No saber es lo que nos interesa."
Darse al estar ahí: la pregunta por la presencia
"Estar ahí no alude a un lugar, sino a una disponibilidad." Esta es una de las distinciones más finas del libro. Porque se puede estar presente sin estar ahí. La pregunta "¿estás ahí?" no es una pregunta geográfica. Es una pregunta que sabe que la presencia no está dada por el solo hecho de estar presente.
Percia toma a Leónidas Lamborghini y su fascinación por el limbo de la Divina Comedia. Peor que el infierno, dice Lamborghini, es el limbo: "estar ahí sin condena ni ilusión, sin penumbra ni promesa, sin desgracia ni gracia". Una suspensión sin desenlace. Y, sin embargo —como Faulkner— "entre la pena y la nada, la pena".
Sigo en la tarea de leer y me detengo en la propuesta de "estar en orillas" ahí ante lo insondable, ante lo que hace tanto dolor. Y aparecen los hospitales, los barrios, los centros comunitarios, los CIC —esos que todavía no terminan de construirse—. Estar ahí es a veces un esfuerzo enorme, un sobreesfuerzo. Por eso se necesitan "modos de habitar en las orillas sin desistir".
También me emocionó profundamente el pasaje del Bosque de los Sueños Perdidos, una acción del grupo Escombros en la ciudad de La Plata (2002). La convocatoria decía: "La lista de lo perdido es enorme, dolorosa, tan personal y a la vez tan común. Convocamos a contar lo perdido. ¿Cuál es el sueño que perdimos o que nos robaron?" Alguien respondió: "Un país que nos deje soñar otro futuro. Debe estar aquí y no en Europa."
Leo: “a veces se está ahí ante lo inevitable, lo inapelable, lo que no se puede volver atrás”. Lloro mucho, profundamente, las lágrimas empañan mis lentes. Vuelvo ahora a ese instante: aparece la mirada de mi padre en el momento de ahogo, ese instante en que sé que está muriendo y se ahoga, y quisiera que ahí estuviera mi hermana, la kinesióloga, porque quizás ella puede hacer algo. Estoy ahí en ese momento final, inevitable, doloso, tierno. Agradezco la mirada de mi padre, la última, la primera, la de cada día.
No darse a la crueldad: la apuesta ética
¿Qué es la crueldad? No solo el acto violento. Es también esa "adherencia a la fuerza, ese odio a la debilidad, esa huida de la vulnerabilidad". Es la violencia que persiste cuando ya no hace falta, la violencia sobrante, encarnizada, innecesaria. La que necesita de la atrocidad para disimular la sospecha de debilidad.
Resuena: "uno de los triunfos de la crueldad reside en que las víctimas se sientan culpables de su sufrimiento." Y también la crueldad contra uno mismo: exigirse más allá de lo posible, juzgarse con dureza, humillarse —derivas del superyó.
Crueldad "no emana de la pulsión, pulsa sin interioridad". Y aquí hay un diálogo implícito con Freud (el Freud de Por qué la guerra), pero también con la pregunta por el capitalismo como "decisión civilizatoria". La crueldad no es un accidente. Es una forma de organizar la sensación de invulnerabilidad a través de la desigualdad.
Frase para subrayar: "La crueldad no se ejerce contra otro, sino contra la vulnerabilidad."
Rita Segato aparece para pensar la "función moralizadora de la violencia", la crueldad como "forma probatoria de masculinidad". Fernando Ulloa, por su parte, la define como "la fatalidad social de una vida no abrazada por la ternura" e introduce la expresión "cultura de la mortificación" para abordar aquellas configuraciones culturales hostiles, adversas, infamiliares, que se normalizan como componentes de la vida cotidiana. Vidas mortecinas, apagadas, sin ánimo, sin deseo.
Esta sección cierra con una idea inquietante: "Irse de la crueldad, tal vez equivale a irse de la humanidad." No porque la crueldad sea esencial, sino porque estamos tan hechos de ella que separarnos nos vuelve irreconocibles. Pero, aun así, la apuesta es intentarlo.
Darse al fuego: la transmisión como relevo
Lucrecio ofrece una imagen: la carrera de antorchas. Unas vidas crecen, otras se agotan, y las generaciones se pasan como corredores la antorcha de la vida. "No se recibe la antorcha para atesorarla como un bien propio, se la recibe para pasarla."
Eso es darse al fuego: recibir y dar. No acumular. Transmitir.
El libro contrapone el fuego al hielo de esta época. "La historia del yo —dice citando a Choi Seung-Ho— merece registrarse como una era glacial." El interés individual, la prioridad amorosa centrada en lo propio, todo eso congela. Urge, entonces, "saber los secretos del calor, darse al calor sin dañarse". Como los puercoespines de Schopenhauer, que necesitan acercarse para no morir de frío, pero sin lastimarse.
Didi-Huberman y sus luciérnagas: "no han desaparecido en la noche. No. Las luciérnagas han desaparecido en la cegadora claridad de los reflectores feroces". Sin embargo, hay de su insistencia, de su fugacidad, de su estar intermitente. Sobreviven a la contaminación lumínica, a la robotización de los corazones, a la fuerza abrasadora del capital.
Agrego: la esperanza como luciérnaga: algo brilla tenuemente entre la oscuridad. ¿Serán esperanzas intermitentes?
Darse a la clase, a la escucha, a la lectura: Sensibilidades, enlaces, tejidos entre aulas y clínicas.
Darse a la clase implica "darse a una exposición sin resguardos, a un abandono, a una vulnerabilidad". Tres condiciones de un estar ahí dándose.
"Poco saber no equivale a saber poco. Poco saber alude a darse al estar ahí sabiendo lo limitado, lo inalcanzable, lo inconcebible. No piensa una voluntad. Piensa una herida."
Darse a la escucha no es lo mismo que oír. Se oye con el cuerpo, se escucha pensando. Hay una escucha que "se pregunta cómo escuchar, qué no estoy escuchando", y otra que "se afirma en no querer entender". ¿Cómo escuchar sin entender? La noche del 23 de noviembre de 1888, Van Gogh se corta la oreja izquierda. Darse a la escucha, dice Percia, "implica darse a un dolor sin veladuras".
Darse a la lectura es, ante todo, un acto de libertad. Borges: "La frase 'lectura obligatoria' es un contrasentido. La lectura no debe ser obligatoria. Si un libro les aburre, déjenlo." Leer por placer, por deseo, no por deber.
No se trata de "encontrar tiempo" sino de robarle tiempo al reloj de la utilidad. Ese que mide el rendimiento, el que convierte las horas en salario, el que nos dice que una hora de silencio sin resultados es una hora perdida.
Leer como "ensueño deseado". Y también leer para "hacer amistad con quienes sienten la vida de un modo que nos hace bien".
Pascal Quignard escribe: "Un libro es un pedazo de silencio en las manos del lector." Y Percia agrega: "A veces la acción de desleer importa más que la de leer: desleer supone leer por primera vez lo ya leído."
Darse a la inspiración, a lo profano, a lo venidero:
Darse a la inspiración aparece a través de una figura conmovedora: Chino, un poeta apócrifo que lleva más de diez años en un psiquiátrico. La psicóloga del taller de escritura lo ayudaba a imprimir lo que escribía. Vendía sus versos en el hospital, entre la gente del pueblo, donde podía. Alguien le pregunta: "Chino, ¿usted copia tal cual lo que esos dioses le dictan?" Él responde: "Sólo cambio alguna que otra palabra para que la cosa se entienda." Y agrega: "Estos dioses malandros sólo me dictan lo que otros poetas destruyeron, perdieron o imaginaron sin llegar a anotar. Pero también me dictan cosas que nadie se animó a pensar. Esas no las copio."
Hay versos que cruzan fronteras de las que después no se vuelve.
Piensa la interioridad de otro modo. No como algo que debe ser iluminado por un análisis. "No se trata de que algo oscuro se vuelva claro, sino de admitir lo inaccesible como inaccesible, lo incomprensible como incomprensible, lo inabarcable como irreductible." “Se trata de pensar la interioridad como niebla, nube, espuma, como memoria vaporosa, como manojo de sensaciones dispersas en un cuerpo, como burbujas vacías y a la vez repletas de historias.” "Interioridad como flotación abierta, como soplo, levitación, movimiento de aire."
Las clínicas, entonces, “no tendrían que ver con la manifestación o revelación de una verdad, sino con el súbito silencio, con algo que pasa en ese minuto eterno de recogimiento, en la última despedida, en un común silencio ante lo indecible.”
Leonard Cohen, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011, dijo: "La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Si supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría a ese lugar más a menudo."
Darse a lo profano y darse a lo venidero completan esta constelación. Darse a lo profano es pensar por fuera de lo sagrado, de lo consagrado, de lo que ya tiene respuesta.
“Vivimos tiempos que anuncian que las pocas protecciones hospitalarias que quedan corren riesgo de desaparecer. Tiempos de clínicas extenuadas que no pueden contener tanto dolor. Ni tanta desigualdad. Ni tanta hostilidad. Ni tanto sin adónde ir. Ni tanto sin qué comer. Ni tanto sin con quien hablar”. Darse a lo profano es hacer pie en la intemperie, sin refugios establecidos.
Darse a lo venidero, finalmente, “habilita a fabular más allá de lo ya sabido”: no se trata de lo nuevo, sino de lo que viene, lo que interrumpe, de lo que llega como pregunta. Lo venidero hospeda lo que se está gestando: no promete certezas, sino que se abre a lo que aún no tiene nombre. El porvenir no es un destino, es una disponibilidad.
Darse a la amistad: la forma que contiene a todas las otras
Al final aparece darse a la amistad y en ella resuena todo lo anterior. Porque el fragmento que leo después de haber armado la presentación me obliga a reescribirla.
Dice Percia: "Darse a la amistad comienza con las ausencias, con las añoranzas. No se disuelve con la muerte, crece con la ausencia, habita el presente como congoja, la súbita pregunta de qué hubieras dicho."
Esto me golpeó. Porque solemos pensar la amistad como presencia, como encuentro, como lo que ocurre cuando estamos juntos. Pero para Percia, la amistad es también —y quizás, sobre todo— lo que persiste en la falta. Esa pregunta que nos hacemos frente a una situación difícil, frente a una alegría que no podemos compartir, frente a una decisión que nos desvela: ¿qué me dirías si estuvieras?
"Confidencias que se tenían con quienes ya no están" —esas conversaciones que seguimos teniendo en voz baja, en el auto, antes de dormir, caminando por la calle. Percia las describe hermosamente: "suelen presentarse así: necesito hablarte de algo, no sabes lo que pasó, lo que te voy a decir no tiene que salir de acá." Las confidencias "conservan el encanto de la infancia", esa mezcla de secreto, de riesgo, de confianza absoluta.
"Amistades dibujan en el aire un común sentir —dice Percia—, no un sentimiento en común." Diferencia sutil, decisiva. El sentimiento en común es la coincidencia, el acuerdo, la misma opinión. El común sentir es otra cosa: una sintonía que no borra lo intransferible de cada uno. "Un sentir en el que el sentimiento de cada cual queda dispuesto y, a la vez, sustraído, como un tácito saber sobre lo intransferible e intraducible."
"Se extrañan las rarezas de la amistad" —esa expresión me encanta: las rarezas, lo no solemne, lo que no se ensaya. “Las extravagancias, las manías, los caprichos.” Porque "una vida no se sabe si no se cuenta", y "en cada amistad la vida se cuenta distinta". No es que la amistad sea un espejo fiel. Es que cada amistad compone un modo de estar en la vida que solo existe en ese encuentro, en esa relación, en esa desviación de una conversación.
"Amistades no se reúnen para asaltar un banco o cambiar la vida o hacer justicia, aunque sientan ganas de esas cosas." No, la amistad es más modesta y más radical a la vez. Las complicidades de la amistad "componen una forma de la confianza" —como si la confianza necesitara desarmarse para volver a armarse de otro modo—. “Dan reposo a la vulnerabilidad". Y añaden "el contento de estar, esa alegría sencilla".
Maurice Blanchot, tras la muerte de George Bataille en 1962, advierte que: "No se habla sobre el amigo, sino que se sigue hablando con él. No se escribe acerca de su ausencia, sino que se prolonga la conversación. Se busca seguir escuchándolo, permanecer junto a él. Continuar queriéndolo."
Eso es la amistad, para Percia: una conversación que no termina. Un hilo que la muerte no corta. Una presencia que se vuelve más intensa en la ausencia. Solo queda la palabra, la confidencia, la pregunta "¿qué hubieras dicho?".
Y el fragmento cierra con una honestidad conmovedora: "Si estuvieras con vida en este momento funesto escribirías, por fin, la página perfecta que le daría a este mundo desquiciado una salvación que no sabemos, porque esa perfección nos está vedada." La amistad no salva. No da la página perfecta. Pero sostiene el deseo de escribirla.
Lo que la amistad le hace al pensar
Vuelvo ahora al comienzo. Darse al pensar no es un acto solitario. Por eso el libro insiste en que "pensar en común" no es lo mismo que "un común pensar". En el primer caso, lo común es el lugar, el modo, la circunstancia. En el segundo, lo común es el prefijo del pensar: no hay pensar sin un común.
La amistad es ese común. No porque los amigos piensen lo mismo —eso sería aburrido o aterrador— sino porque el pensar ocurre entre. Entre una confidencia y otra, entre un silencio y una pregunta, entre un extrañar y un reencontrarse.
Por eso darse a la amistad es, quizás, la forma más encarnada de darse al pensar. Porque en la amistad no se piensa sobre la vida. Se piensa con la vida, desde la vida, a pesar de la vida. Y cuando la amistad se vuelve ausencia, el pensar no cesa: se vuelve más lento, más hondo, más hecho de silencio y de congoja y de esa pregunta que no tiene respuesta pero que no podemos dejar de hacer: "¿qué hubieras dicho?"
Chino, el poeta del psiquiátrico, dice que hay cosas que nadie se animó a pensar y que él no las copia. Tal vez la amistad sea eso: el lugar donde nos animamos a pensar juntos lo que solos no podríamos ni copiar ni decir.
Una pregunta (y para seguir)
El libro no da respuestas. Da qué pensar. Da a pensar. Se da al pensar. Y quizás esa sea su mayor generosidad.
Vuelvo al mensaje de Marcelo: "Espero que la puedas disfrutar en medio de tanto que pasa todo el tiempo."
Leer Darse al Pensar en medio de tanto que pasa —marchas, gestiones, silencios apurados, dolores que no terminan de elaborarse— fue, efectivamente, un disfrute. No un disfrute liviano. Un disfrute denso, de esos que duelen como cuando se lee: "Pensar desde los pies, desde una uña encaramada, desde un dolor de muela, desde el sufrimiento de alguien a quien se ama, desde un país en llamas, desde la última caricia. Desde te extraño o desde te quiero."
Porque pensar desde el te extraño es pensar con los ausentes. Es prolongar la conversación. Es seguir escuchándolos, permanecer junto a ellos, continuar queriéndolos.
Esa es la tarea: darse a pensar, a estar ahí, al fuego, a la clase, al abrigo, a la noche, a la escucha, a la cita, a la lectura, a la inspiración, a lo profano, a lo venidero, a la amistad. Y, sobre todo, no darse a la crueldad.
Porque, como dice Percia: "La vida no necesita que el pensar la salve. Alcanza con que los pensamientos no la dañen."
Y quizás la amistad sea eso: un pensamiento que no daña. Una conversación que no termina. Un estar ahí incluso —y, sobre todo— cuando el otro ya no está.
Ahora que terminé el libro, vuelvo y digo:
Estar en tarea sigue siendo la respuesta posible.




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